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Aquel candidato a la presidencia de los Estados Unidos iniciaba su discurso con estas palabras: «Y para concluir...», lo cual es optimista y alentador y, sobre todo, gracioso.
Debería yo iniciar así este sermón sobre La Codorniz. Me estoy poniendo pesado hablando de La Codorniz una y otra vez, y lo que es peor (peor por inevitable), repitiéndome una barbaridad. Así que tendré que concluir pronto, como el candidato a presidente, o cambiar de tema.
Pero antes tengo que hacer algunas puntualizaciones.
A nadie debe extrañar que yo ame tanto a La Codorniz, aquella revista que fue como mi madre. Ella me parió al mundo del humor y el periodismo; ella me enseñó a comportarme con libertad, comprensión y tolerancia. Curiosamente, ella me enseñó buenos modales antes de parirme, que eso sí que es maternidad responsable. En ella aprendí que lo tradicional no es lo mismo que lo rancio, que lo popular no tiene por qué ser cutre, que hay que distinguir entre lo poético y lo cursi y entre la carne y el pescado. O sea, de La Codorniz aprendí lo que se llama la buena educación.
Pero aparte de mi particular amor y mi deuda personal, creo que España entera tiene una deuda con ella. Yo pido que la aparición de La Codorniz en 1941 sea reconocida como lo que fue: un Acontecimiento Histórico Trascendental. Acontecimiento histórico es aquel que influye en la historia de un país. La aparición de La Codorniz conformó la mentalidad de una generación recién salida de una guerra civil que, sin la beneficiosa influencia de la revista, que abrió ventanas a la esperanza en el porvenir, a la ilusión en seguir viviendo a pesar de la miseria, la marginación y la intransigencia ambiental, no sé en qué abismos de oscurantismo y resentimiento habría podido caer. Aquella generación es la madre de la actual, la que ha hecho la transición de la dictadura a la democracia con una serenidad y buenas maneras que han admirado al mundo.
Me dirán que es excesivo atribuir este buen talante de los actuales españoles a La Codorniz. Es posible, pero, desde luego, no difícil de explicar. La Codorniz influyó en mucha gente, sobre todo jóvenes. Se hablaba del estilo Codorniz, de la gracia cordonicesca, de los tipos que aparecían de La Codorniz, de la falta de respeto de La Codorniz hacia lo que muchos aún consideraban respetable. Se imitaba el lenguaje de La Codorniz y, lo que es más importante, se empezaba a considerar la ampulosidad, la cursilería y el arcaísmo reinante con la mentalidad de La Codorniz.
Muchos jóvenes de ahora que no han conocido La Codorniz han recibido su influencia a través de agentes interpuestos. Y los que no han recibido esa influencia se les nota, ya lo creo.
Se me dirá que La Codorniz no ha podido influir en los muchos millones de españoles que no la han conocido ni la conocieron entonces. Pero ese no es un razonamiento válido. Hay millones que no conocen la existencia ni el nombre del doctor Fleming y se benefician de la penicilina. Hay muchos que fuman sin saber de dónde ha salido el tabaco ni quién lo trajo. Muchos jóvenes tienen apenas vagas nociones de la democracia y van a votar cuando les toca.
Antes de que sea tarde quiero advertir que yo no estoy nada seguro de tener razón en lo que estoy diciendo; que es muy posible que mis apreciaciones sean sólo consecuencia de mi particular circunstancia, de mis muy personales sentimientos y preferencias; que mis teorías sobre La Codorniz, como sobre tantas otras cosas, no pasen de caprichosas deformaciones de mi imaginación. Puede ser.
Pero si no les digo todo esto que les estoy diciendo, que, por otra parte, es lo único que se me ocurre, ya me contarán a qué he venido yo aquí. Yo les digo lo que me parece y ustedes se lo creen o no, que allá cada cual y todos somos libres, gracias a Dios.
Les contaré lo que significó, en mi opinión, la aparición de La Codorniz el día 8 de junio de 1941, entre la gente que entonces se llamaba bien pensante, la gente seria y honrada. Que la seriedad y la honradez vienen a ser la misma cosa para muchos.
De entrada, el dibujo de la portada, obra de Tono, era estrafalario y bastante ofensivo para quienes estaban acostumbrados a reírse con los tipos que habían dado risa toda la vida, a ser posible baturros o suegras gordas con bigote. Tono había dibujado un pretendido ser humano encarnado en un trapecio isósceles con sombrero, y una hinchadísima señora que se adivinaba que era señora por lo hinchadísima, y unos supuestos niños que eran apenas unos círculos con ojos. Para mayor insulto a la inteligencia, al fondo se veía un camión que era la verdadera fotografía de un camión pegada en el dibujo para hacer creer que el dibujante sabía dibujar camiones pero que en seguida se comprendía que no sabía.
Y luego el pie absolutamente intolerable, ya que para los señores respetables, lo intolerable era justamente lo que ellos no toleraban.
«—Caramba, don Jerónimo, está usted muy cambiado.
—Es que yo no soy don Jerónimo.
—Pues más a mi favor.»
¿Qué incongruencia era aquella? ¿Qué clase de señora tan estúpida que podía confundir una figura geométrica con don Jerónimo? ¿Qué personaje de chiste era aquel que se llamaba don Jerónimo en lugar de llamarse Regúlez como todos los personajes de chistes? En fin, mal empezaba la cosa. Es decir, no podía empezar mejor.
Por si fuera poco, en la cabecera de La Codorniz se advertía: «Revista de Humor». Lo cual era muy sospechoso, tal vez inconveniente, probablemente sedicioso en una situación como aquella, cuando España estaba en trance de recuperar el Imperio, los Valores Eternos y la Justicia Social, amén de afianzarse como la Reserva Espiritual de Occidente. ¿Qué tenía que ver el humor con todo aquello?
Luego estaba lo del folclore. El folclore había sido desde siempre una manifestación popular, cultural y artística, fuente de sano placer y honesto regocijo. Y si se hacían chistes sobre los personajes folclóricos, era siempre con el respeto y la mesura que merecía la flamenca que decía «mi arma» y poco más y el baturro que exclamaba «ridiós» y pare usted de contar. En La Codorniz se hacía ver que el folclore, además de fomentar, adornar y, a ser posible, contagiar el patriotismo, podía servir para reírse sin dejar de ser persona decente. Encima de la frase «La Parrala dicen que era de Mogué» aparecía la foto de un individuo de la India, con su bigote, su turbante y su collar, que ya me explicarán qué tiene que ver un indio con una mocita sandunguera. La frase «pero nadie supo de fijo saber» estaba ilustrada con una foto de El pensador de Rodin, que ya es falta de respeto a Rodin y a Andalucía. Junto a la frase «unos decían que sí, otros decían que no» aparecía la foto de unos señores que en seguida se veía que eran por lo menos de Oklahoma, hablando por teléfono de lo que había subido el petróleo o cosa parecida. Y así todo. Un intento de desvirtuar las cosas sin la más mínima relación con la realidad.
También los viajes, el tren y la cultura, temas respetables, se tomaban a guasa. Herreros dibujaba un viajero asomado a la ventanilla y hablando con el jefe de la estación parado en el andén:
—Yo viajo por instruirme. ¿Me quiere decir cuántas son veintiuna por trece?
Que era un intento de desestabilizar una de las fuentes de la cultura y la ilustración. Porque ya se sabe que los viajes no se hacen para aprender a multiplicar sino para ver cuántos grados se separa de la vertical la torre inclinada de Pisa y si se cae o no se cae, que eso de caerse la torre de Pisa sí que sería un acontecimiento cultural de primer orden.
Y la burla que suponía para las amas de casa, reinas de los hogares cristianos, una página titulada «Para usted, señora». En aquella página se explicaba cómo se puede convertir una vieja máquina trilladora en un pez. Había tres grabados: El primero, «La trilladora tal como la tenéis en vuestra casa». El segundo eran unos patrones de sastre o de modista: «Patrones para cortar convenientemente la trilladora», decía. Y el tercer grabado, la foto de un rodaballo: «La trilladora ya convertida en un hermoso pez.»
Y es lo que decía la señora del Registrador, que era bachillera superior:
«—Esto es una estupidez; una trilladora es materia inorgánica, mineral mayormente, que no puede convertirse en un pez, materia orgánica por muerto que esté.
—Claro —decía la vecina, mercera de la calle de Fuencarral—. Y que nadie tiene una trilladora en su casa como no sea un recuerdo de sus antepasados, y los recuerdos de los antepasados no se destrozan para convertirlos en un pez ni en nada.»
Pero lo que imaginaba a las señoras hasta el frenesí era el párrafo de las instrucciones: «No olvidar esto; vuestros peces no deben presentar nunca un aspecto polvoriento. Para evitarlo, bastará que todas las mañanas los limpiéis con un trozo de cretona sumergida suavemente en agua jabonosa. Y de esta sencilla manera vuestro pez será la admiración de todas las visitas.»
Y concluían las señoras de su casa, reinas del hogar:
«—Pues buena se pondría mi cuñada si por todo motivo de admiración presentara yo en mi casa un pez lavado con agua jabonosa. ¡Quita, quita!»
Y arrojaba la revista lejos de sí con gesto de asco.
Pertenecían, pertenecen aquellos humoristas a una generación que empezó a vivir con el siglo y les tocó en suerte ser la primera generación, ¡la de los locos veinte!, que les vio a las mujeres las pantorrillas en su totalidad. Esto los hacía tal vez más aptos para el cultivo del limpio erotismo, lo que en sus padres del Madrid Cómico había sido reprimida rijosidad. Pero los censores, que solían confundir las cosas, fueron implacables también con el erotismo, fuera como fuese. La represión del erotismo en nombre de lo que entonces era la Moral por antonomasia o en exclusiva, pues no se reconocía otra, alcanzaba cotas sublimes. Los humoristas de La Codorniz no renuncian a hacerlo saber. El diálogo estúpido de dos novios, él celoso como Otelo y ella tonta como una tonta, ocupa toda una página. Unos novios como Dios manda y como los autoproclamados representantes de Dios recomendaban y permitían, unos novios formales y decentes que toman café y beben agua. «Beben agua, toman café, beben agua —dice—. Los tranvías van de un lado a otro. En las oficinas se resuelven terribles expedientes. Los trenes recorren kilómetros y kilómetros para transportar viajeros y mercancías. En las minas se produce carbón y otros minerales. En Europa, millares de hombres buscan sustituto a la gasolina. Alguien trata de descubrir una vacuna eficaz para la difteria... Ellos beben agua, beben agua, beben agua...»
Y cosas así. De modo que cuando en nuestra playa las señoritas tenían que tomar el sol con una faldita sobre el bañador, faldita que sólo podía abandonarse en el mismo borde del agua antes de sumergirse en el proceloso; cuando los hombres éramos multados, después de una cruel regañina, porque habíamos tenido la osadía de bajarnos uno de los tirantes de nuestro severo traje de baño para alivio del calor; cuando había piscinas para hombres en las que se prohibía el paso a las mujeres y viceversa, y muchas playas se dividían con cuerdas o con esteras colgantes a modo de muros infranqueables para la rigurosa separación de sexos. Cuando pasaban cosas como estas que ahora nuestros nietos no se creen aunque se las juremos, nos consolamos pensando que aquella era una playa de La Codorniz y nos moríamos de risa envueltos en nuestros albornoces. La Codorniz nos ayudaba a entender aquella situación y, puesto que era inevitable, a soportarla. Y, sobre todo, a no perder el humor.
Tono opta por contar la «historia de un primer amor», algo que le sucede a Carlotita, una muchacha tan inocente que «creía que las croquetas se hacían con jamón, y que los taxis también se hacen con jamón y que todo se hace con jamón, incluso el jamón». Puestas así las cosas, el lector tenía que aceptar que Carlotita se enamorara de un joven sólo porque le había dicho que tenía dos ojos.
«—Nosotros no te lo hemos dicho nunca —decían sus bondadosos padres, a quienes Carlotita revelaba la feliz peripecia— pero ya vas teniendo edad de saberlo; tienes dos ojos, hija nuestra.»
Lo que conmovía a Carlotita, que exclamaba:
«—Y pensar que os lo debo a vosotros...»
Qué lejos esta bellísima historia de las lamentables aventuras de suripantas y adúlteras con que se solazaban los lectores de las antiguas revistas satíricas en la intimidad de los casinos.
La censura aprobaba complacida la historia de Carlotita, más que nada porque en ella no aparecía la palabra «muslo», sin advertir la chufla y el pitorreo que aquello significaba, que la inocentísima ridícula mozuela era justamente el prototipo de las jóvenes modernas que las directrices morales del momento pretendían conseguir.
Se publicaba un «Breve tratado de urbanidad para uso de niñas buenas». Y dice uno de los capítulos: «¿Qué se acostumbra a hacer en las visitas, niña?» Y contesta la niña bien educada: «La persona que llega a la casa, llama, sin estrépito, y se hace después anunciar por una criada, entra en la salita cuando la invitan a ello, permanece en pie hasta que le ruegan que se siente, y entonces toma el asiento más modesto, sin ocupar sofá, butaca, armario, piano, vaca, abuelitos u otros sitios de preferencia, hasta que se le obliga con repetidas instancias. Lo mejor es sentarse en el suelo para no pasar por orgullosa.»
«—Mujer —decía la señora, una de esas bestias que lo toman todo al pie de la letra—. Lo de sentarse en la vaca no cuenta, porque yo no llevo a mi niña de visita a una casa donde tengan en la salita semejante ordinariez, pero lo del abuelito, claro que no se sienta mi niña en un abuelito, pues menudos son algunos abuelitos que yo conozco, si yo te contara...
—Viciosos de antes de la guerra, no digas más.»
Tono se hace eco de las opiniones de la gente sesuda, personificada en don Rosendo, un sesudo como el que más, y le reprocha a Mihura, el director, que haga una revista sólo para producir risa, como si tratara de hacer cosquillas al lector en la planta de los pies; lo normal sería hacer una revista de humor para que en ella se aprendiera Economía, Derecho Civil y Trigonometría. Porque la gente dice que el humor de La Codorniz no deja sedimento alguno. Y acaba pidiéndole que le explique lo que es sedimento.
En la respuesta, Mihura le recuerda a Tono cómo se conocieron, abandonados los dos en sendos portales, uno frente al otro, en un día de nieve. Y todos los días pasaba don José y les echaba unas migas de pan blanco y tierno. Y don José era nada menos que don José Zorrilla, de lo que les vino a los dos la afición a la literatura. Se hicieron periodistas y Tono escribía artículos insinuando que la marquesa de X se veía en la Casa de Campo con el marqués de Z, y preguntaba: «¿Qué dice a eso el marqués de X?» «Y eso, señor Tono, es lo que significa escribir con sedimento.» Luego Tono se tuvo que batir con el marqués de X, cosa corriente en una época con tanto sedimento, y por eso los periódicos eran tan buenos y tan atractivos y le gustaban tanto a don Rosendo, que es a quien NO le gustaba La Codorniz.
Contesta Tono que a pesar de la antiquísima amistad, él va a seguir defendiendo los puntos de vista de don Rosendo, que dice: «Con La Codorniz sucede una cosa curiosa. Ante esta revista nadie se siente indiferente, y el que en otras ocasiones se limita a ignorar las cosas y costumbres que no son de su gusto, en este caso específico rechina los dientes de desesperación y deja oír sus expresiones más odiosas para condenarlos.» Precioso párrafo que me imagino la risa que le daría a Tono el escribirlo; sobre todo con lo del «caso específico» es que se mondaría. Llama luego la atención de Mihura la conflictiva situación que puede producirse con millares de jóvenes que, según otro párrafo de don Rosendo, «leen La Codorniz, la comentan y, lo que es mucho peor, la imitan en sus conversaciones». Y otros millares de hombres «cansados y fatigados de una vida difícil», también según don Rosendo, rechinando los dientes, que no sabe cómo podrá Mihura conciliar el sueño con ese panorama. Y acaba pidiendo sedimentos y nada más que sedimentos.
Aún siguieron tres o cuatro cartas más hasta que ambos se cansaron de la correspondencia y se fueron a hacer lo que les gustaba. Mihura a ver escaparates de farmacias, por si se había ya inventado ese medicamento maravilloso que siempre está a punto de inventarse. Y Tono a comprarse una corbata lila con topos blancos para, al llegar a casa, teñirla de verde con rayas amarillas.
La Codorniz fue, según la voluntad de Mihura, su fundador, «un periódico lleno de fantasía, de imaginación, de grandes mentiras sin malicia». Pero a pesar de algunos críticos, en mi opinión equivocados, no fue de ningún modo una publicación descomprometida, cultivadora de un humor blanco para un mundo irreal y políticamente inexistente.
Se demostraba la eficacia crítica y capacidad provocadora de La Codorniz en los odios que despertaba entre la gente llamada bienpensante, los que sólo oyendo su nombre ya palidecían de ira o enrojecían de indignación. Y no digamos los que la leían. Los socios de muchos casinos similares a 777 casino padecieron serios trastornos oyendo a los jóvenes comentar La Codorniz. Y un distinguido pedagogo de Tejeruela de la Empastación, que se atrevió a leerla, murió de congestión fulminante. Antes escribió una carta que decía: «No se culpe a nadie de mi muerte. Ha sido Herreros.»
La gente decente se indignaba una barbaridad cuando leía en un relato de Mosca: «Estaba un anciano, más bien bajo pero de estatura elevadísima...» ¿Cómo se come esto?, decían los señores del casino, indignadísimos, porque las cosas que no se pueden comer les molestaban una barbaridad, y arrojaban el periódico con desprecio.
Wenceslao Fernández Flórez, cuya agudez crítica es indiscutible, comentaba con exquisita ironía cuánto le molestaba el que La Codorniz fuera un periódico demasiado serio, y lo explica; una labor seria es luchar contra la cursilería, burlarse del encorsetamiento que se impone a la infancia, enseñar lo que hay de vulgar e inútil en los sentimentalismos al uso que buscan su amparo en los lugares comunes de la versificación. Ocuparse de todo esto es una labor bienhechora, filantrópica, de salubridad mental; es lo que hace La Codorniz. Es lo serio. En cambio no hace lo que da risa verdaderamente, lo decididamente cómico y risible, adular la cursilería y servirla, como hacen tantos periódicos, y divulgan con entusiasmo los tópicos. ¡Qué época de tópicos aquella, Dios mío! Tópicos patrióticos, religiosos, literarios, históricos, lo que Fernández Flórez llama las infinitas garambainas que se ponen en octavas reales. Eso es lo cómico. O sea, los comentarios, discursos y consignas que padecía a diario el lector de periódicos. Que leído todo con espíritu crítico, con la lente del realismo, con sentido de la proporción, con la mente limpia de dogmatismos era para morirse de risa y hasta no importaba morirse de verdad.
Si los censores hubieran sido personas verdaderamente inteligentes y no unos simples fanáticos del dogmatismo y la decencia, habrían prohibido tajantemente la publicación de una revista que caricaturizaba todo lo que ellos consideraban respetable e intangible. Pero los censores atendían principalmente a tapar escotes, alargar faldas y respetar lo establecido. Sin pensar que lo establecido se apoyaba, principalmente, en todo lo que La Codorniz iba destrozando poco a poco. A veces tengo la impresión de que ni siquiera los que hacían La Codorniz tenían conciencia de su labor de dinamiteros.
Fernández Flórez, que con Julio Camba y Ramón Gómez de la Serna forman el trío de grandes humoristas de los primeros años del siglo, maestros indiscutibles de quienes luego hicieron La Codorniz, hace la caricatura de un periódico tópico, rutinario y, sobre todo, sometido a las tremendas limitaciones que la censura y la mentalidad de la época –¡no todo era censura!– le imponían.
Describe Fernández Flórez el artículo de un cronista de actualidad contratado por un supuesto periódico. Se trata de un análisis concienzudo y riguroso de la figura histórica del rey Wamba, con multitud de comentarios líricos, políticos, económicos... Y cuenta al final lo que hubiera ocurrido en España si en vez de elegir por rey a Wamba se hubiera elegido a otro visigodo cualquiera. Habría sido verdaderamente catastrófico. ¡De buena nos hemos librado!, dirían los lectores consternados.
Un artículo de Mihura caricaturizaba otra especie de crónica muy corriente por entonces, el recuerdo de las grandes figuras desaparecidas.
«ANIVERSARIO DE UN MADRILEÑO ILUSTRE»
Al cumplirse el aniversario de la muerte de aquella figura tan conocida por mi familia y por mí y por todos los vecinos que en aquella época vivíamos en la calle madrileñísima de San Bernardo núm. 14... Siguen luego los reproches a la juventud actual, una juventud indiferente al culto de las grandes figuras desaparecidas, esa juventud que usa gafas negras para el sol y baila música de jazz y se baña casi diariamente.
Y luego cuenta cómo era la calle de San Bernardo, con una acera a cada lado y los chisperos y las manolas diciéndose agudezas y las porteras comentando la muerte del Espartero entre risas y lágrimas. En este ambiente de gracia y desparpajo se desenvolvía la vida.
¡Pero aquello era precisamente lo que se publicaba en los periódicos de los años cuarenta!
Artículos sobre hechos y figuras que importaban un pimiento a todo el mundo, pero que completaban unas páginas en las que no tenía cabida nada de más enjundia, que sería probablemente sospechoso de sedición y claramente indeseable.
Al hablar de La Codorniz me refiero siempre hasta nueva orden a la primera Codorniz, la que Mihura creó y dirigió los cuatro o cinco primeros años. La Codorniz que luego dirigió el inolvidable Álvaro de Laiglesia con mucho talento y gran habilidad para capear los temporales de la censura y la incomprensión, la revista donde nos iniciamos algunos de los que hoy ejercemos este oficio, fue una buena revista sin duda, pero ya no era la sorpresa, el deslumbramiento, la renovada novedad si eso se puede decir. La primera Codorniz era distinta en cada número y siempre un prodigio de confección, de originalidad, de renovación constante. A pesar de la penosa limitación de medios técnicos, impresión defectuosa, tintas desvaídas, pésimo papel, a pesar de todo, una inmersión semanal en la alegría y el desenfado.
Un agudo comentarista cuenta que La Codorniz publicó el dibujo de un huevo a toda página con el título «El huevo de Colón», y en el número siguiente otro huevo igual: «El otro huevo de Colón, lo que le valió a la revista el cierre de no recuerdo cuántos meses.» No es raro que no lo recuerde, puesto que eso del huevo de Colón, como tantas otras cosas soeces o vulgares de humorismo barato de hoja de calendario que se atribuyen a La Codorniz, no se publicó jamás.
¿Como podrían publicarse cosas como esa en un periódico hecho por poetas?
Ese mismo agudo y bien informado comentarista, con el paño de la solemnidad en el púlpito y con la misma seguridad con que recuerda el huevo de Colón, asegura que el humor de La Codorniz era un «humor franquista que solía disfrazarse de disidente (...) planteando supuestos humorísticos que no pasaban de cosquillear al régimen». El que recuerda lo del huevo de Colón no recuerda en cambio la existencia de una rígida censura que difícilmente hubiera tolerado el disfraz de la disidencia en un tiempo en que, además, estaba rigurosamente prohibido disfrazarse de nada; y que el hacerle cosquillas a un régimen tan solemne que propugnaba nada menos que por el Imperio hacia Dios comportaba un riesgo que no sé yo si el autor de estas solemnes tonterías habría estado dispuesto a asumir.
Es lamentable la abundancia de sesudos y audaces comentaristas que pontificaban desde la rutina, la frivolidad y la desinformación.
Rindo aquí mi más emocionado homenaje a quienes hicieron aquella Codorniz: Miguel Mihura, Antonio de Lara (Tono), Edgar Neville, Wenceslao Fernández Flórez, Enrique Jardiel Poncela, Fernando Perdiguero, Enrique Herreros, Álvaro de Laiglesia, José López Rubio, Conchita Montes, Alfonso Sánchez... E insisto en mi petición de que la aparición de La Codorniz sea considerada como un hecho histórico trascendental. La Codorniz fue una revolución, y si una revolución no es un hecho histórico ya me contarán qué cosas son los hechos históricos.
Deseo que todas las revoluciones que tengan lugar de ahora en adelante sean tan gozosas, fructíferas, esperanzadoras e ilusionantes como fue la revolución de La Codorniz, aquel pájaro que, como decía su himno, tenía un pico en la nariz.
A. M. —REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
(*) Reproducción íntegra de la conferencia que su autor pronunció en el Curso de Verano Entre Vanguardia y Humorismo: La otra generación del 27, en la Universidad Menéndez y Pelayo, Valencia, julio de 1994.
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