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Después de cuarenta años de franquismo cerrilmente
opuesto a todo cosmopolitismo presentado como una amenaza a la
identidad nacional, la crítica de estos últimos treinta años ha
sido de una extrema eficacia en su labor para reanclar a España en
el continente europeo. Hoy la cuestión ya no admite discusión: en
la historia de la modernidad contemporánea, España ha entablado con
el mundo entero, con Europa y con Francia en particular (la
vecindad inmediata, privilegiada o reñida), un diálogo fecundo
desde finales del siglo XIX hasta la guerra (los límites
cronológicos de esta reflexión), conservando -como pasa en todos
los países- su originalidad o su singularidad. No se trata aquí de
inventariar todos los intercambios, sino de recalcar algunas líneas
claves de estos mecanismos de intercambio durante estos decenios
espectacularmente efervescentes y esbozar algunas formas de
resistencias muy propias de la tradición españolista.
En una (necesaria) perspectiva de Historia cultural
global, no será inútil recordar que el período 1890-1936 se
caracteriza por una cada vez más intensa y rápida circulación de
los individuos, de las informaciones y de las innovaciones. El
desarrollo de los ferrocarriles nacionales e internacionales, de
las compañías transatlánticas, de las comunicaciones y, luego, de
la industria automóvil, tiene un impacto esencial en esta
circulación. Como lo señala ya Gregorio Martínez Sierra con
entusiasmo, en 1904, recorrer cómodamente la distancia París-Madrid
en una noche de tren invita a abolir les fronteras (Alma española,
núm. 14, 7 de febrero de 1904). París, Bruselas, Berlín, Viena,
Roma, Londres están como quien dice al alcance de la mano. De forma
complementaria, cabría insistir en el papel de las grandes
exposiciones universales (o coloniales) que se multiplican
entonces, como la de París, en 1900, dedicada al «hada
electricidad», que tiene una resonancia enorme: verdaderos
escaparates de la modernidad, símbolos de la fe en el progreso, su
capacidad de atracción y de divulgación es un factor decisivo en
esta incipiente «globalización» de los mecanismos culturales.
Incluso las lejanas Américas se vuelven una meta
codiciada y asequible, por ejemplo, para las compañías de teatro y
para miles de cupletistas, bailaoras o toreros (y algún que otro
escritor como Blasco Ibáñez) que realizan allí temporadas sumamente
rentables. El mundillo de la farándula varietinesca es, sin duda,
el que más temprano y más sistemáticamente ensancha sus
territorios: las agencias de contratación de estos gremios, muy
bien organizadas desde principios del siglo XX, han montado redes
activas en el mundo entero: México, Argentina, Uruguay, Chile y, en
Europa, desde Portugal hasta el Ural, como pregona alguna agencia
(el Ural suena exótico, pero me consta que hasta Moscú y Odesa, por
lo menos, sí que se extienden estas redes).
Los pintores
El caso de los pintores es, sin duda, el más
revelador de unos mecanismos culturales de intercambio
decididamente nuevos. Los escritores -poetas y novelistas, sobre
todo- viajan relativamente poco por el extranjero hasta los años 20
y 30, e incluso después; los casos de Valle- Inclán, Lorca, Max Aub
y, sobre todo, Alberti (que recorre el mundo entero), no son los
más frecuentes. Francisco Ayala, con cierta ironía desabrida,
pretende que la derrota republicana y el exilio han sido para
muchos una excelente experiencia porque les obligó a salir de sus
pueblos y ver otros mundos. En cambio, los pintores, todos los
pintores, viajan al extranjero, a Bruselas, Londres y París sobre
todo, también a Roma, donde la vieja escuela española mantiene su
vocación formadora, aunque no tardará en volverse sinónimo de
academicismo arcaico. Parece un rasgo típico de la época: los
representantes de la modernidad pictórica europea son incansables
viajeros que propagan los nuevos ideales con ahínco: Munch recorre
toda Europa, colaborando con diversos directores de teatro
(Lugné-Poe, Reinhardt), Kandinsky estimula las vanguardias
pictóricas y musicales con un frenesí asombroso, etc. París y
Bruselas, alrededor de 1900, poseen indiscutiblemente una dimensión
babélica que ejerce una duradera fuerza de atracción.
Los pintores españoles se integran plenamente en este
sistema intenso de viajes e intercambios. Nadie escapa a la
tendencia viajera, con estancias repetidas y cortas en París
(Romero de Torres, en 1900 y 1903-04, Rusiñol, Sert), o con
temporadas más largas como Zuloaga, Néstor, Nonell, Iturrino,
Anglada Camarasa (que se queda en París desde 1897 hasta 1914) o
Vázquez Díaz (parisino también entre 1904 y 1918). Algunos incluso
se afincan definitivamente en París, Picasso y Juan Gris, los más
conocidos, y también María Blanchard o Ramón Pichot, que muere en
París en 1925.
Viajar, en primer lugar, significa entrar en contacto
directo con las figuras más representativas de la modernidad
intelectual y artística. En Londres, el rescoldo prerrafaelita
sigue vivo todavía a finales del XIX y su influencia cunde por toda
Europa por lo menos hasta 1900. En París, los cenáculos mezclan
pintores, poetas, escultores, intelectuales de la onda simbolista y
expresionista. Egusquiza trabaja en los talleres de Puvis de
Chavannes y de Carrière, dos de los primeros faros del Simbolismo,
y es amigo de Gauguin, Degas, Rodin, Rilke, Barrès. Zuloaga -que se
ha vuelto una celebridad parisina-, alterna con Apollinaire, Jean
Lorrain, Gauguin, Rodin, Barrès, etc. Anglada Camarasa está en
contacto con los Nabis, en 1902 y, más tarde, con Diaghilev.
Podrían multiplicarse los ejemplos.
Viajar significa también penetrar en circuitos de
exposiciones, premios y, más aún, penetrar un mercado del arte
moderno que España tarda mucho en poseer. En 1900, en la Exposición
Universal de París, Joan Brull gana la tercera medalla con los
elogios de la crítica francesa. Iturrino expone en el Salon
d’Automne y el Salon des Indépendants, y vende en
exclusividad a Vollard. El Gobierno francés le compra un cuadro a
Zuloaga.
Salvo casos contados, estos pintores suelen volver a
España, donde aclimatan, a su manera, las influencias vanguardistas
europeas, alternando creaciones decididamente modernas con encargos
más alimenticios (como en el caso de Romero de Torres). El
resultado, para la pintura, es contrastado. Por un lado, no cabe la
menor duda de que el conocimiento directo de todas las vanguardias
europeas permite remozar y dinamizar consi - derablemente la
pintura española y, en gran medida también, la literatura y el
teatro. Valle-Inclán ha hecho de su tertulia del Nuevo Café de
Levante, entre 1903 y 1916, donde ejerce de «rabino del arte»,
según el siempre ocurrente Gómez de la Serna, y a la que acuden
todos los que vienen de fuera, un centro nacional de las nuevas
tendencias estéticas. No será exagerado decir incluso que la
pintura es la que, en España, impulsa la renovación en todas las
demás artes, dotándolas, a la vez, de un sólido cuerpo doctrinal
procedente de los pintores mismos (Gauguin, Kandinsky, Klee) o de
críticos respetados (Ruskin, Aurier) y de una inmediata aplicación
práctica: la alianza estrecha entre teoría (con lenguaje muy
comprensible) y práctica me parece uno de los elementos decisivos
del papel motor de la pintura en la expansión de la modernidad
estética y su contagio a otras formas expresivas. Es evidente en
Valle-Inclán, sin duda el que posee la cultura pictórica más
enciclopédica, y también en Martínez Sierra, Marquina o
Villaespesa, tres modernistas furibundos en sus mocedades, en Gómez
de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, que empezó
en Sevilla con la carrera de pintor (su afición explícita a Puvis
de Chavannes y, luego, a Arnold Böcklin lo sitúan claramente en la
línea simbolista quietista o metafísica), etc. El Modernismo
español, que es la variante nacional del Simbolismo europeo, como
todo el Simbolismo europeo, debe mucho, casi todo quizás a la
energía de los pintores.
Lo paradójico es que los pintores españoles que
vuelven a ejercer sus talentos en España no pregonan siempre sus
fuentes vanguardistas y su aportación teórica, en el marco español,
sigue siendo tímida. No crean grupos o capillas como existen en
París (los Nabis, los «Fauves»), Bruselas, Munich, Berlín, Londres,
etc., lo que no facilita la consolidación ni la visibilidad de unas
tendencias nuevas. Son discretos, individualistas, muchas veces
involucrados en ambientes y mercados regionales o locales donde no
priva el alarde revolucionario y cosmopolita, sino, más bien, la
exaltación regional (aunque esta alianza de lo regional y de lo
moderno merecería estudiarse como particularidad española). El
resultado es que la crítica de la época no menciona la existencia
de un Simbolismo o de un Expresionismo español, porque no los hay
visibles o porque no quieren, o no saben, verlos. Más grave aún,
pintores como Zuloaga, Gutiérrez Solana, Gual, Néstor, Oscar
Domínguez, que gozan de mucha fama en París como pintores de
vanguardia, o no tienen éxito en España o, como Zuloaga, Gutiérrez
Solana o Romero de Torres, llegan incluso a ser exaltados como
pintores tradicionales y realistas de la más rancia convención
costumbrista. Es verdad que su asimilación muy personal, nada
dogmática, cambiante incluso, de las vanguardias incita a ejercer
una crítica matizada y fina. Pero el resultado es que España no
aparece nunca como un país donde la vanguardia ha sentado cátedra
pública, ni desde dentro ni desde fuera, cosa que la realidad
artística desmiente rotundamente.
Las revistas
La difusión en España de la modernidad artística
mediante el papel (revistas, periódicos, almanaques, catálogos) no
es una novedad en sí, pero adquiere, a finales del siglo XIX y
principios del XX, una intensidad considerable. Las revistas
parisinas que gozan de gran prestigio (La Revue des deux mondes, La
Plume, Le Mercure de France o La Revue blanche, por no citar más
que algunas famosas de finales del XIX), tienen numerosos lectores
en España, aunque fuera mediante el sistema de las suscripciones,
de las que hay testimonios hasta en pueblos y aldeas alejadas de
los grandes centros urbanos como Madrid o Barcelona. En este
sector, influye mucho la evolución de las técnicas de impresión,
reproducción y difusión. Aunque el retraso español en bibliotecas
públicas, librerías, sistemas de difusión, industrias papeleras,
etc., es una realidad, los progresos entre finales del siglo XIX y
1930 son innegables, como lo ilustra la aventura de Espasa Calpe en
los años 20. La historia de la foto, en particular, debe de haber
desempeñado un papel decisivo en la propagación de la modernidad
estética, tanto en su dimensión testimonial (la actualidad) como
artística. Desde finales del XIX, el daguerrotipo (conocido en
Barcelona antes que en París, según afirman algunos) y la foto
invaden la prensa: Ramón y Cajal, hacia 1900, inventa
procedimientos para la foto en color y la primera Guerra mundial
consolida definitivamente el reportaje con ilustraciones
fotográficas.
La relación entre el progreso tecnológico y la
propagación (o la creación) estética es un factor que no se tiene
suficientemente en cuenta y me parece sin embargo esencial. Me
consta, en todo caso, volviendo a la pintura, que la difusión
(incluso en color) de los cuadros modernos, mucho más que por el
sistema de exposiciones y galerías, en plena extensión en Europa y
poco relevante en España, está muy favorecido por las revistas y
las fotos que publican. Es más fácil hacer circular una foto que un
cuadro o un dibujo y, para tantos escritores e intelectuales
españoles que viajan poco afuera, el acceso a la pintura de
vanguardia debe de pasar por las revistas. Luz y, sobre todo, la
excelente Pel i Ploma, no sólo informan sobre lo que pasa en el
mundo del arte (hasta dan los horarios de trenes para ir a
Bayreuth, signo del fervor wagneriano del momento), sino que
publican reportajes y fotos: por ejemplo, sobre Puvis de Chavannes
con ocasión de su muerte, en 1898; sobre Steilen, Torres García,
Rusiñol, etc.
En el aspecto teatral, poético y literario en
general, la avalancha de revistas que pululan en la época, en todo
el país (el fenómeno no se limita a las grandes capitales de
siempre), aunque se sepa poco de su difusión real, participan
activamente en la penetración de ideas y estéticas nuevas. Otra
cosa serían la recepción o la digestión de todos los tipos de
lectores, pero esta prensa «moderna» tan dinámica es un hecho clave
de la historia cultural de todas las vanguardia en España que no se
ha estudiado todavía dentro -precisamente- de una historia cultural
de las vanguardias. Hasta diría que lo que caracteriza esta prensa
es una bulimia de novedades de fuera que puede constituir un rasgo
singular en Europa. Alrededor de 1900, la curiosidad de la prensa
moderna es frenética. Por ejemplo, La Lectura, en 1903, en cada
número publica informaciones sobre las literaturas francesa,
inglesa, italiana, alemana, americana, escandinava, portuguesa,
rusa, árabe, etc. Otro tanto pasa en Alma española, Los cómicos,
Helios, Nuevo mundo, etc. El fenómeno no mengua con el tiempo. A
finales de los años 10 y principios de los años 20, revistas como
Cervantes o Cosmópolis (la bien nombrada) son revistas espesas que
pueden llegar a las doscientas páginas con abundantes informaciones
y traducciones de las literaturas mundiales.
Esta efervescencia debe mucho a un sinfín de
«intermediarios» o passeurs culturales, escritores o periodistas,
que desarrollan una actividad intensísima y que tampoco han
recibido la atención que se merecen. La lista es larguísima.
Eusebio Blasco, con el seudónimo de Mondragón, trabaja en el
periódico parisino Le Figaro, entre 1881 y 1894, e inunda la prensa
española con sus noticias. Luis Bonafoux es otro de estos fecundos
corresponsales españoles en París. El prolífico guatemalteco
Enrique Gómez Carrillo es una pieza clave de la circulación de la
información entre Francia, España y América latina; su obra es
inmensa y se le lee con atención. En los años 10, 20 y 30,
Guillermo de Torre es indiscutiblemente el mejor conocedor en
Europa de las vanguardias estéticas y se dedica a inventariar
sistemáticamente todos los ismos habidos y por haber: su libro
sobre Las vanguardias europeas, en 1925, es un libro de referencia,
entonces como hoy en día. Algunos escritores también dedican tiempo
y energía para saber y difundir lo que ocurre en el mundo:
Valle-Inclán, Adriá Gual, Ricardo Baeza, Gómez de la Serna, Azorín,
López de Ayala, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Ortega, etc., poseen
una vastísima cultura europea y una curiosidad inagotable: incluso
Jacinto Benavente que, antes de rasgarse las vestiduras teatrales y
dedicarse a un teatro nada vanguardista para burguesías y
aristocracias urbanas, se puede considerar, desde finales del siglo
XIX, como uno de los intelectuales mejor y más informados de
España.
La traducción
En este panorama realmente frenético, los traductores
merecen un capítulo aparte. Esta legión innumerable que se dedica
con ahínco y cierto heroísmo a verter al español o al catalán todo
lo que sale en el mundo, también desempeña un papel decisivo en la
circulación de ideas y obras que no analiza con la debida atención
la (todavía inexistente) historia cultural de este período. Sin
embargo, individual y colectivamente, han realizado una labor
titánica. El inventario queda por hacer y el análisis de su trabajo
espera todavía sus primeros estudiosos sistemáticos. El caso más
ejemplar podría ser el de Ricardo Baeza, amigo y proveedor de Gómez
de la Serna en novedades extranjeras, apodado «R. Baeza traduxit»
por lo abundante de su producción, que ha dedicado su vida entera a
traducir del inglés, francés, alemán, etc., a expensas de la obra
propia. Ha traducido las obras completas de Oscar Wilde, las de
D’Annunzio; también le hincó el diente a Dostoievski,
Nietzsche, Ibsen, Diderot… Cansinos-Asséns es otro
incansable que, en las páginas de Cervantes, por ejemplo, en su
afán de dar a conocer la literatura mundial, traduce todas las
lenguas «clásicas » y también el árabe, el yiddish, el rumano, etc.
Gregorio Martínez Sierra (en realidad, es el cometido de su mujer,
María Lejárraga, él se limita a firmar) traduce la obra completa de
Maeterlinck y otros muchos dramaturgos, franceses principalmente.
En los años 20 y 30, la moda de la literatura (y de la revolución)
rusa inunda el mercado con traducciones de novelas y escritos
políticos; hasta aparecen colecciones y editoriales que se dedican
a esta tarea. De hecho, entre finales del siglo XIX y la guerra,
todo el mundo se mete a traductor, hasta los más famosos, como
Unamuno, que traduce a Kierkegard, Sudermann (La Honra) y
otros.
Quizás sea en el teatro donde la furia traductora sea
la más espectacular; no es una novedad, ya que el teatro español,
en todo el si - glo XIX, se ha alimentado a base de recetas
francesas (pienso en Scribe, Hugo, Dumas, los más saqueados), pero
el siglo XX, con el progreso de los transportes, facilita las
comunicaciones. Según testigos dignos de confianza (aunque sólo
fuera porque lo practican ellos mismos), muchos dramaturgos
españoles no vacilan en viajar con regularidad a París y vuelven
con los baúles llenos de futuras obras «originales» españolas. En
los años 30, los empresarios catalanes y madrileños van a comprar
en París o en Estados Unidos espectáculos completos de variedades,
«clés en mains», y los montan directamente en sus escenarios. Son
centenares y centenares de «dramaturgos», miles y miles de obras
que circulan entre España y el resto de Europa (o Estados Unidos,
cuando llega la moda de lo detectivesco), no siempre reconocibles
siquiera, ya que la picardía nacional hace malabarismos sutiles
entre traducciones, arreglos, «sobre una idea original de..;»,
«inspirado en…», o el mero plagio («fusilar» como se dice en
el mundillo teatral) con la mayor desfachatez (para cobrar los
derechos de autor sin compartir con nadie). El caso es que, de
forma explícita o no, los escenarios españoles están plagados de
obras extranjeras, sobre todo para el teatro ligero y comercial, y
también para el teatro de vanguardia.
Es evidente que la calidad de la traducción, la mayor
o menor fidelidad a la lengua original plantea un problema. En un
país en el que la enseñanza de las lenguas extranjeras no es una
prioridad educativa, son muy pocos los que dominan una lengua
extranjera. Son pocos los que, como María Lejárraga, Baeza,
Benavente incluso, Casona más tarde, pueden producir traducciones
irreprochables, admirables incluso. Sospecho que la inmensa mayoría
de los poetas, novelistas y dramaturgos que se lanzan a la
traducción tienen un nivel de francés, de inglés, de alemán o de
italiano más que regular. Al mismísimo Unamuno, seguro que un
tribunal universitario no le aprobaría la asignatura con su
traducción de La Honra, sin hablar de lo de Kierkegard, sin saber
danés, lo que implica una confianza (no necesariamente merecida) en
las traducciones francesas o alemanas. En muchos casos, para las
lenguas «exóticas» (ruso, japonés…), el traductor español
pasa por filtros más próximos que, a su vez, pueden no ser de
primera mano. El análisis de la influencia en España de tal o cual
pensador, escritor o artista extranjero que se da a conocer por
traducciones entre mediocres y fantasiosas debería tener en cuenta
los avatares del trasvase lingüístico.
El problema de la traducción no se limita a la
cuestión de la competencia lingüística del traductor. La traducción
poética, tan frecuente en las revistas entre 1900 y 1930, plantea
un problema de teoría poética (el ritmo, los significantes, las
imágenes, la cuestión del Sujeto o del Objeto no permiten una mera
traducción mecánica y aritmética de las palabras) que,
visiblemente, no preocupa mucho, salvo a gente como Guillén (sus
traducciones de Valéry demuestran precisamente la complejidad de la
cosa). La traducción puede ser también, en el caso del teatro, una
clara voluntad de manipulación de las obras ajenas para ajustarlas
a normas nacionales. En el caso de innumerables obras dramáticas,
la traducción obedece a criterios ideológicos y morales que pueden
hasta desnaturalizar la obra original, limando sus asperidades o
atrevimientos. Dos ejemplos entre miles. La versión española de
L’Aiglon, de Edmond Rostand, por Manuel Machado y Luis de
Oteyza (El Aguilucho), sin hablar siquiera de los errores de
detalles o de la ligereza con las que quitan o ponen réplicas,
escenas y actos, es una auténtica traición del espíritu mismo de la
obra francesa (exaltar la Revolución y Napoleón, en España, era
inconcebible). El traductor de Asia, de H. R. Lenormand, en 1933,
censura toda la dimensión psicoanalítica que hacía (supuestamente)
la originalidad y la novedad de la pieza y reescribe un final más
conforme con la espera moral y cultural del público español (1).
Con ejemplos de esta calaña, auténticas estafas literarias,
culturales y políticas, no es nada extraño que el público no
percibiera lo que esas obras pudieran tener de innovadoras o
atrevidas.
En realidad la traducción condiciona toda la mecánica
de la recepción, sin que la inmensa mayoría de los consumidores
sepan o puedan comprobar o rectificar. La calidad y la fidelidad de
la mediación, lingüística, literaria e ideológicamente, se vuelven
un factor importante en la transmisión entre un país y otro, en la
recepción de la novedad y su posterior influencia. La traducción
muestra así sus incidencias complejas que superan el campo
meramente literario; forma parte íntegra de la Historia cultural
contemporánea. La labor es inmensa, concreta, pluridisciplinar.
Y nada de traductología teórica y abstracta…,
labor concreta y de «terreno», con sociólogos e historiadores que
comprendan que la historia de las ideas está también condicionada
por el lenguaje por el que todo pasa.
Las dos caras de la moneda
Como se ve, el panorama presenta fuertes contrastes.
Por un lado, la vieja leyenda de una España aislada,
reconcomiéndose en su «raza» y su «espíritu nacional», protegida de
la contaminación exterior por sus vigorosas defensas «castizas »
(que también resisten con mucho lustre, hay que decirlo), muestra a
las claras sus harapos españolistas y reaccionarios que la realidad
desmiente. Entre finales del siglo XIX y 1939, una fuerte minoría
de intelectuales y artistas españoles vive en un clima efervescente
de intercambios, con un apetito voraz de conocimientos, de
informaciones, de progreso. Y no solamente en las dos capitales
tradicionales del reino, Madrid y Barcelona, sino en muchas
ciudades de provincias donde menudean cenáculos o individuos con
inquietudes: las riquísimas bibliotecas de los Muruais en
Pontevedra, o de los Baroja en Vera de Bidasoa, son ejemplos
conocidos.
La otra cara de la moneda, más solapada y tenaz, es
la resistencia de la vieja España a la modernidad. No es una
singularidad española. En los demás países, entre finales del siglo
XIX y las primeras décadas del XX, el conflicto entre las
aspiración a la modernidad y las resistencias de todos los aparatos
conservadores es un hecho cultural, social y político: sirvan de
ejemplo los países escandinavos asfixiados por un protestantismo
conservador que provoca la huida de Munch, Ibsen y Strindberg, la
Austria de Klimt, la Alemania de Wedekind, la Rusia de los zares,
etc. En el fondo, la singularidad es más bien francesa y belga,
París y Bruselas casi exclusivamente, lo que explica que los
rebeldes de toda Europa se citen en estas dos ciudades donde sopla
una libertad inaudita. En España, el debate es igual de vehemente y
confuso que en otras partes, incluso entre los más modernos. Son
pocos (y desoídos) los zahoríes y los lúcidos, incluso entre los
más «modernos ».
Las particularidades españolas, en el campo estricto
de las rupturas y de las vanguardias, hay que buscarlas en otras
partes (en muy breves palabras):
- En el déficit teórico y doctrinal de las
vanguardias españolas. No hay, como en otros países, auténticos
grupos constituidos con líderes capaces de imprimir una dirección
visible. En España, hay revistas, hay individuos cultísimos, hay
polémicas encarnizadas y oratoria gesticulante, pero no hay
verdaderos cuerpos doctrinales, ni grupos, ni estructuras
institucionales que apoyen las iniciativas y asocien eficazmente
todas las expresiones artísticas, como los prerrafaelistas
alrededor de Rossetti, los martes de Mallarmé, las reuniones de
Médan alrededor de Zola, los Nabis, los «Fauves», Die Brücke, Der
Blaue Reiter, los Ballets rusos o suecos, donde alternan gente de
pluma, de música, de artes plásticas…
- En la ausencia de auténticos mercados (y
«mercaderes») para las artes nuevas. Para la pintura, la escultura,
la arquitectura, el teatro, la música, la danza, el dinamismo del
mercado es esencial. Si los pintores o los músicos van a París, a
Londres o a Nueva York es antes que todo porque ahí se les hace
caso, se les compra o se les monta obras. En Barcelona, incluso,
Dalmau, la primera y única galería para la nueva pintura, no abre
antes de 1906 (1911, en realidad, cuando se vuelve una galería de
referencia) y Madrid, en este aspecto, es un desierto. La situación
del teatro es paradójica. En un país donde «se estrena a chorro
diario», más que en cualquier país del mundo, donde más salas, más
autores, más obras, etc., hay en Europa, el teatro de vanguardia no
prospera. Las pocas iniciativas para crear estructuras no cuajan o
fracasan o son confidenciales (es decir, sin impacto); incluso
Gual, el más profesional de todos, fracasa en 1903 porque no recibe
el apoyo de las instituciones ni de los intelectuales catalanes, y
Martínez Sierra figura como un atrevido y moderno director de
teatro, entre 1915 y 1926, porque sabe articular una (discreta)
dosis de modernidad (las escenografías y los pintores) con una
fuerte dosis de textos y autores de la más rancia tradición
comercial. Representar a Maeterlinck, Ibsen o Strinberg con los
trajes, los decorados y los actores del Teatro Real o de la
compañía de María Guerrero es confundir un alabardero medieval con
Rudolf Valentino. El resultado es que la modernidad teatral no
tiene visibilidad alguna, y se le cuelga el sambenito absurdo de
«teatro irrepresentable », «teatro para leer», típico de las
«brumas del Norte», inviable en España, lo que corresponde en
realidad a una actitud ideológica y nada estética de un gremio
crítico entre mal preparado o ideológicamente malintencionado.
Más grave aún, las grandes corrientes estéticas
europeas (Simbolismo, Expresionismo, etc.) no calan en España como
tales, o están consideradas como fracasos o se reducen a ámbitos
estrictamente nacionales (la historia del Modernismo, por ejemplo)
y terminan simplemente negadas merced a la invención del funesto
método (sic) de las generaciones.
- El peso de la Historia nacional y de sus «actores»
principales que son el Ejército y, sobre todo, la Iglesia. Una de
las singularidades españolas podría ser la estrecha imbricación
entre lo cultural y lo político o dicho de otro modo, la fuerte
politización de todo lo cultural por los grupos dominantes. Los
siglos XIX y XX se caracterizan por la vigilancia y la voluntad de
dominación nacionalista y españolista, por la represión de las
iniciativas rebeldes acusadas de pervertir el «genio» nacional y
por la debilidad (incluso el fracaso) de la respuesta liberal. En
el conflicto (que se da en toda Europa) entre la tentación
autárquica nacionalista y el ansia de apertura cosmopolita (que
tiene a veces brotes de índole insurgente rápidamente reprimidos),
la vigilancia y la solidez de la primera se impone; ésta es la
historia de la ruptura, de la modernidad y de la vanguardia en
España. El franquismo podría no ser otra cosa sino la plasmación
hasta la exacerbación y la caricatura de esta identidad
esencialista y soberanista que instaura un nacionalcatolicismo
capaz de imponer su hegemonía a todos los sectores de la cultura
(considerada siempre como un terreno privilegiado). El método
(resic) de las generaciones, canonizado bajo Franco, es su gran
victoria, porque lo inoculó hasta a algunos de sus más acérrimos
enemigos.
Las singularidades españolas se podrían resumir así.
Quizás más que en cualquier otro sitio, lo cultural estructura lo
político y, al revés, lo político se inmiscuye en todo con ánimos
de regentarlo y controlarlo. Por otra parte, como en muchos países,
hay un debate abierto e intenso entre una minoría culta, moderna,
abierta, ávida de intercambios con el exterior, y una reticencia o
resistencia pertinaz de la «opinión mayoritaria», las
instituciones, los políticos y el mercado. Lo original es que sigue
habiendo una riquísima producción estética española, impregnada por
lo ajeno, con gran libertad de asimilación y producción, poco
doctrinal o teórica, como si los creadores españoles fueran capaces
de producir una obra rigurosamente contraria al orden dominante.
Cada obra en sí es una forma de resistencia y de conquista de la
libertad que el sistema pretende acotar o paralizar. Quizá sea por
esto por lo que, en España, la poesía haya sido capaz, mejor que
otras artes, de mantener unos rumbos exigentes y modernos, aunque
fuera solo porque depende menos de los circuitos comerciales y de
difusión (una revista o un librito de poesía cuestan poco). El
teatro, la música, la pintura, la escultura, el ballet, muchos más
tributarios de los aparatos comerciales de difusión y reproducción,
tienen una historia mucho más compleja y difícil; la obra de la
mayoría de los vanguardistas (que lo digan Valle-Inclán o Lorca
mientras vivieron) es el resultado de una lucha casi heroica contra
el sistema, a menudo solo recompensada después de su muerte.
Esta relación tumultuosa entre la creación, el arte,
la voluntad de producir unas obras en consonancia con la actualidad
humana y social, y las resistencias de los sistemas (incluso
ciertas tendencias del liberalismo o del progresismo), justifica la
urgencia de una auténtica Historia cultural del arte y de la
literatura española en esos años.
S. S.-UNIVERSIDAD DE LA SORBONNE
NOUVELLE (PARIS III)
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