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«En el fondo, todo el mundo es más
o menos comparatista », afirmaba Claudio Guillén en una entrevista
publicada en La Vanguardia el 6 de octubre de 1988, con ocasión de
la celebración en Barcelona del séptimo congreso de la Sociedad
Española de Literatura General y Comparada (SELGYC). Con estas
palabras constataba un aspecto indiscutible de la experiencia
cotidiana de la literatura: cualquier lector interpreta y evalúa el
texto que tiene ante sí poniéndolo en relación con otros textos que
conoce, por haberlos leído o por referencias indirectas, sin
limitarse a los escritos en una misma lengua o a los que pertenecen
a una misma tradición nacional. Del mismo modo, ningún escritor
tiene en mente como modelo al producir su obra sólo las obras
escritas originalmente en su lengua nativa. Así uno será más
comparatista cuantas más conexiones pueda hacer con obras de
tradiciones distintas a la suya. En este sentido el comparatismo es
el marco espontáneo de acercamiento a la literatura. Cabe añadir
que no se aplica únicamente a las tradiciones literarias, porque
las referencias operativas para el lector y para el escritor pueden
estar también en el cine, en la pintura, en la música, en la
historia, en la política, en la prensa, en el paisaje, en la cocina
o en el deporte. La lectura (porque el escritor también es un
lector) no nos encierra dentro de estrechas fronteras, habitadas
sólo por lo semejante, por otros textos pertenecientes a una misma
filiación, como si uno no se tratara más que con su propia familia,
sino que nos abre al mundo en su inabarcable variedad.
Sin embargo, la afirmación de
Guillén describe algo más que el acercamiento espontáneo y habitual
a la literatura. Cuando hablamos de literatura comparada nos
estamos refiriendo no simplemente a una manera de leer, sino a una
disciplina académica institucionalizada. La manera de leer como tal
goza de buena salud, porque cabe argumentar que en el fondo no hay
otra. Es el papel institucional, e intelectual, de la disciplina lo
que está repetidamente sometido a discusión. Al postular el
comparatismo como una práctica generalizada, Guillén reconoce
implícitamente que lo que hace cualquier lector de literatura lo
hacemos también al estudiarla, sea cual sea nuestra adscripción u
orientación disciplinar. Aunque luego la investigación académica
introduzca factores y exija destrezas y criterios que no están
presentes en la relación que un lector corriente mantiene con el
fenómeno literario (y que a veces no pasa necesariamente por la
lectura), la manera de leer del investigador no puede ser por
completo ajena a la experiencia de la literatura que tiene ese
lector de a pie. Así ese comparatismo inherente se puede hacer
extensivo a cualquier rama de los estudios literarios, al margen de
las especificidades y especialidades.
He aquí la gran paradoja de la
literatura comparada: una disciplina que defiende su especificidad
haciendo bandera de un acercamiento a su objeto que no le es
exclusivo y sobre cuyo objeto tampoco tiene el monopolio. Esta
crítica la formuló ya Benedetto Croce en 1903 cuando dijo que un
método de investigación no puede delimitar un campo de estudio,
porque el método comparativo lo emplean también las distintas
filologías. Para Croce no había diferencia entre historia literaria
e historia literaria comparada, así que sobraba lo de
‘comparada’. Décadas después, con un
objetivo opuesto, para defender la literatura comparada, René
Wellek vino a decir algo parecido: el método de la comparación no
es exclusivo de la literatura comparada, sino que se da en todo
estudio literario y en otras formas de conocimiento.
Este sorprendente consenso entre
personas que niegan la razón de ser de una disciplina y quienes la
sostienen nos conduce a dos conclusiones aparentemente
contrapuestas pero no excluyentes, y que a estas alturas de la
historia deberían poder darse por sabidas: la especificidad de la
literatura comparada no reside en esa comparación que
tradicionalmente le da un nombre que induce a confusión y, por otro
lado, las prácticas y orientaciones propias de la literatura
comparada están también presentes en otros campos del estudio
literario. Se puede ser hispanista y comparatista a la vez, como lo
fue brillantemente el propio Claudio Guillén. Porque lo que
caracteriza a la literatura comparada, tal como la definía Guillén,
no es un método, sino un conjunto de problemas, una batería de
preguntas más que la manera de contestarlas. Guillén compartía la
visión de Harry Levin, quien decía que la literatura comparada, más
que un campo, es una actitud, un punto de vista. Se trata ante todo
de un compromiso con una forma de entender la literatura que
reconoce su dimensión irreductible:
Llegados a la época moderna no sólo
la unicidad de la literatura nacional —que sirvió
primero de sustituto y refugio— es una engañifa. Hoy
es irreductible la literatura a una tradición única, accesible
tranquilamente al talento individual, como suponía T. S. Eliot. Es
irreductible la historia literaria —al igual que las
demás historias— a una sola teoría totalizadora. Es
irreductible la literatura a lo percibido por el lector que se ciñe
al análisis o a la descomposición de unos pocos textos solitarios.
No se rinde la literatura a la angosta mirada del crítico
monometódico y monoteórico; ni a la del perito en una sola época,
un solo género. Es irreductible la literatura a lo que producen y
enseñan un puñado de países del Oeste de Europa y de América. Ni
puede tampoco reducirse a aquello que cierto momento y cierto gusto
tienen por literario y por no literario. (Guillén, 1985:
34-35).
Esta cita constituye todo un
programa para la expansión de los estudios literarios más allá de
sus límites tradicionales. Sintetiza la amplitud de miras que
caracteriza a la literatura comparada y pone de manifiesto su
capacidad para permear otras modalidades de los estudios
literarios. Según este diagnóstico, lo raro sería no ser
comparatista. Llegados a este extremo, cabe preguntarse hasta qué
punto está extendida está visión y qué ocurriría con la literatura
comparada si todo el mundo estuviera de acuerdo con la misma:
¿conllevaría la consolidación y hegemonía de la literatura
comparada o su disolución en otras especialidades y consiguiente
desaparición?
Una posible respuesta se encuentra
en un contexto académico y cultural muy distinto del español. En un
reciente compendio de ensayos sobre el estado actual de la
disciplina en Estados Unidos, elaborado en 2004 a propuesta de la
American Comparative Literature Association (ACLA) y publicado dos
años más tarde, el coordinador del proyecto, Haun Saussy, describe
una situación próxima a lo que llamaríamos morir de éxito. Según
Saussy, la literatura comparada ha ganado sus batallas y nunca ha
sido mejor recibida en la universidad americana: las premisas y
protocolos de la disciplina se han extendido a otros campos, la
dimensión transnacional de la literatura, la interdisciplinariedad,
el interés por la teoría literaria han encontrado acomodo
institucional en cada vez más lugares, a través de departamentos y
programas que pueden o no llevar la etiqueta de literatura
comparada: «Se ha acabado la controversia. La literatura comparada
no es sólo legítima: ahora lo frecuente es que el nuestro sea el
violín que marca el tono al resto de la orquesta. Nuestras
conclusiones se han convertido en las premisas de los demás»
(Saussy, 2006: 3).
A la vez que hace este retrato
triunfal, Saussy reconoce que la expansión intelectual no ha
redundado en beneficios institucionales equivalentes. La literatura
comparada se ha consolidado como forma de pensamiento y como
impulso, pero lo ha hecho a costa de la identidad de la disciplina.
La proliferación del modelo ha traído consigo una relativa
fragilidad institucional, en la medida en que cualquiera puede
adoptar las prácticas sin necesidad de considerarse comparatista,
es decir, sin una particular lealtad a la disciplina y a las
instituciones que la representan. Lo habitual en los Estados Unidos
es que la mayoría de los miembros de los departamentos o programas
de literatura comparada tengan a la vez un pie en otros
departamentos, de inglés, literaturas extranjeras, cine, estudios
afroamericanos, etc. Esta doble adscripción, justificada por el
propio carácter de la literatura comparada, podría, sin embargo,
significar que la denominación daba cobijo a especialistas con una
dedicación sólo marginal al comparatismo. En el clima actual ni
siquiera la doble etiqueta es necesaria para que la orientación
exista, lo cual en cierto modo socava la necesidad de instituir o
mantener un departamento específicamente consagrado a la
disciplina, o por el contrario lo convierte en un paraguas genérico
bajo el que cabe todo (y ahorra a la universidad costes
administrativos). Otro de los colaboradores en el volumen, David
Ferris, vaticina que, a la vista de las tendencias en la demanda
educativa en Estados Unidos, en muchas universidades quedarán sólo
tres departamentos dedicados al estudio de la literatura, Inglés,
Hispánicas y Comparada, englobando este último a todas las lenguas
y literaturas extranjeras que no pueden sostener un departamento
autónomo. Es una predicción muy discutible, sobre todo porque el
español dista de tener el prestigio cultural y el protagonismo en
la política universitaria que requeriría una operación de este
tipo, pero no deja de ser un síntoma de la preocupación por la
pérdida de identidad de la literatura comparada.
Es esta identidad lo que siempre ha
estado en entredicho, debatida incluso por los propios
comparatistas. Saussy sugiere que «La fragilidad de la literatura
comparada como institución y su éxito como conjunto de ideas se
reducen a lo mismo: su falta de un objeto definitorio permanente,
una posición entre y (metodológicamente hablando) por encima de las
disciplinas con campos y cánones determinados, y una apertura a
conexiones laterales y generalizaciones nomotéticas» (Saussy, 2006:
24). Esto es lo que la convierte, según Saussy, en una disciplina
que ha de estar permanentemente atenta a los cambios en su entorno
y a las condiciones de delimitación que la hacen posible, y
examinar tales condiciones es el objetivo de los informes
periódicos sobre el estado de la disciplina como el que él mismo ha
coordinado.
Estado de la disciplina
La ACLA está obligada por sus
propios estatutos a elaborar cada diez años un informe sobre los
estándares de la disciplina, es decir, sobre en qué consiste ser un
comparatista y qué formación requiere. El primer informe lo
presentó en 1965 un comité presidido por Harry Levin, en 1975 el
presidente fue Tom Greene. El informe de la década de los 80 no
llegó a presentarse porque el presidente del comité quedó tan
insatisfecho con los resultados que lo vetó. El siguiente encargo
recayó en Charles Bernheimer, cuyo comité presentó en 1993 un
informe muy polémico que fue sometido a debate en la convención de
ese año de la Modern Language Association, con réplicas de K.
Anthony Appiah, Mary Louise Pratt y Michael Riffaterre. Los tres
informes de 1965, 1975 y 1993 se publicaron luego, conjuntamente
con las tres ponencias del MLA y trece colaboraciones más que
reflejaban posiciones diversas, bajo el título Comparative
Literature in the Age of Multiculturalism. El informe Bernheimer ya
no pretendía establecer estándares, sino que hablaba de la «misión
intelectual de la disciplina», mientras que Saussy renunció por
completo a redactar un informe unificado y se limitó a reunir una
colección de ensayos sobre «el estado de la disciplina» y a
añadirles siete artículos de respuesta. La saga de los informes de
la ACLA es un retrato de las transformaciones y conflictos sufridos
por la disciplina en el medio siglo más activo de su existencia y
en el país más abierto a los cambios (y a la vez más susceptible a
las modas). En cierto modo, es esta evolución misma la que define a
la disciplina, porque como dijo el recientemente fallecido filósofo
Richard Rorty (quien por cierto ocupó una cátedra de literatura
comparada en Stanford), «las disciplinas académicas tienen
historias, pero no esencias» (Saussy, 2006: 66).
En nuestro país la literatura
comparada no está suficientemente institucionalizada como para
poder someterse al requisito de las evaluaciones periódicas, pero
tiene ya algo de historia. Hace casi veinte años del comentario de
Claudio Guillén con el que empezaba este artículo y cuando ese
plazo se cumpla, en otoño de 2008, la SELGYC se volverá a reunir en
Barcelona para celebrar su décimo séptimo congreso bianual. Claudio
Guillén nos ha dejado. La reflexión sobre su legado será uno de los
temas de este próximo congreso, así que no estará en realidad
ausente. A la vista de todos estos factores, parece una buena
ocasión para hacer repaso y considerar el estado de la cuestión:
¿qué papel juega en España la literatura comparada?, ¿cuál es su
estado de salud?, ¿se ha cumplido el programa? Son maneras
indirectas de rastrear la huella que ha dejado la labor de Guillén
tras su regreso a su país natal, aunque su aportación al
comparatismo, español e internacional, en ningún caso puede medirse
por la fortuna o infortunios de la disciplina, que estuvieron fuera
de su control, sino que están en su obra y en su ejemplo.
Sin las pretensiones de los
informes de la ACLA, porque no puede ostentar ninguna
representatividad, este monográfico de ÍNSULA quiere contribuir a
contestar las preguntas que acabo de plantear y al debate sobre el
estado actual de la literatura comparada. He convocado a un grupo
de especialistas que pueden hablar con conocimiento de causa, por
su familiaridad con la literatura comparada en una amplia variedad
de sus facetas, porque han publicado libros sobre el tema y
manuales de introducción a la disciplina, porque han ocupado u
ocupan cargos institucionales en los organismos representativos del
campo, porque han sido o son responsables de proyectos de
investigación comparatista, porque la abordan en su docencia. He
invitado también a algunas voces de fuera, elegidas según los
mismos criterios, porque es inconcebible analizar las condiciones
de una disciplina, y menos aún de la literatura comparada, en un
solo país sin tener en cuenta el contexto internacional. Se trata,
también aquí, inevitablemente de comparar, buscar paralelos y medir
distancias, y cada uno lo hace respecto a aquel marco de referencia
que conoce mejor. Como dice Saussy, se podría llevar a cabo «un
estudio comparativo de las tradiciones de literatura comparada»
(Saussy, 2006: 9), es decir, de la definición y fortuna de la
disciplina en diferentes países.
Hay pocos países donde la práctica
de la literatura comparada tenga más razón de ser y más sentido que
en España. Y hay también pocos países donde su implantación se haya
retrasado más y haya encontrado más resistencias. Ni el ideario ni
el modelo han arraigado. Tras las palabras de Guillén acerca del
comparatismo que todo el mundo practica se ocultaba otra realidad
de la cual él era muy consciente: esa forma tan extendida de
entender y aceptar el acercamiento comparatista como una condición
elemental del fenómeno literario no siempre llega a la universidad
ni se traduce necesariamente en una forma de conocimiento cuya
complejidad haga justicia a la complejidad de su objeto de estudio.
En el fondo tal vez todos seamos más o menos comparatistas, pero no
necesariamente se nos nota en la forma. Y sin la forma no existe la
disciplina. La literatura será irreductible, y como tal puede
llegar a experimentarla cualquier lector medianamente perspicaz,
pero las instituciones académicas se empeñan en reducirla a
parcelas manejables y encerrarla en compartimentos estancos. Todo
lo contrario de lo que requiere como condición de posibilidad la
literatura comparada.
Quizás uno de los mayores
obstáculos institucionales para la implantación del comparatismo en
la universidad española haya sido la estructuración de la misma
según las llamadas ‘áreas de
conocimiento’, basadas en una concepción territorial
de la especialización y en la noción de que el saber se puede
subdividir. No se tiene en cuenta que lo que identifica una
práctica disciplinar no es una denominación que seleccione una
parcela de conocimiento como su objeto propio de estudio, sino que,
tal como ha señalado Wlad Godzich, es la propia disciplina la que
construye su objeto mediante sus prácticas cognoscitivas (1994:
276) y en consecuencia lo que la define son las preguntas y los
problemas que se plantea. Las polémicas acerca de las etiquetas y
de la distribución de los espacios de poder (por minúsculos que
éstos sean a nivel académico) oscurecen el hecho de que el
principal síntoma de buena salud de la literatura comparada sería
la propagación sin limitaciones de una manera de entender la
literatura y su estudio que se define por la superación de las
fronteras, aun a costa de los riesgos que Saussy describe.
Pluralidad cultural
En el escenario español resulta aún
más chocante este contraste entre las interrelaciones complejas que
caracterizan la literatura y la fragmentación del modelo
disciplinar mediante el que se estudia. La idea de que España es
una nación de naciones es un tema de discusión política acerca del
cual cada uno puede tener su propia posición, pero es indiscutible
que el español es un sistema literario plural. En España conviven
literaturas en varias lenguas, mientras que muchos países comparten
el castellano como lengua literaria. Internamente, estas
literaturas nacionales no se han desarrollado como compartimentos
estancos, sino que ha habido múltiples contaminaciones, préstamos e
influencias, sobre todo desde la cultura hegemónica hacia las
periféricas. Es a la vez difícil hablar, sin connotaciones
imperialistas, de una literatura nacional española que englobe a
los países latinoamericanos, pero tampoco se entiende la literatura
de esos países sin tener en cuenta que pertenecen a una tradición
secular común. Así al hablar de la tradición literaria en
castellano, más que una literatura nacional, deberíamos llamarla
una literatura internacional.
A estos factores de complejidad
interna del sistema literario español habría que añadir los que se
derivan de su inserción en entidades culturales más amplias como la
europea o, a escala peninsular, de la tan olvidada relación con la
vecina literatura portuguesa. Esto que llamamos Europa no
constituye propiamente una identidad, sino más bien una
multiplicidad. Además cada vez resulta más evidente que todo país
de acogida migratoria adquiere una dimensión postcolonial en su
composición cultural. Lo que en Europa lleva tiempo ocurriendo, en
España sólo se empieza a poner en evidencia en la última década.
Hay que prever, por lo tanto, la posibilidad futura de que nuestro
sistema literario dé cabida a la experiencia de la nueva
inmigración y de la identidad cultural mixta, como ocurrió con los
desplazamientos internos de otra época, porque dar expresión a la
diversidad de experiencias humanas es una de las funciones de la
literatura. Contaremos, si todo va bien y somos de verdad una
cultura abierta, con escritores de origen marroquí, chino o
ucraniano que se expresarán en alguna de las lenguas peninsulares
pero cuya adscripción cultural estará desdoblada, porque de los
hijos de la inmigración que se educan en nuestras escuelas seguro
que alguno se dedicará a escribir en la lengua que allí aprenden,
pero no por ello olvidará sus raíces familiares. Cuando la cuestión
se plantea a propósito de Latinoamérica llama menos la atención
porque lingüísticamente el sistema literario es el mismo, pero las
diferencias culturales están igualmente presentes.
Estas dinámicas culturales ponen de
manifiesto la necesidad de dotarse de instrumentos conceptuales
adecuados para el estudio de interrelaciones que son en algunos
casos nuevas y en otros simple repetición de procesos antiguos,
porque la literatura siempre se ha alimentado de la circulación de
otras literaturas y del contacto con otros discursos y formas de
representación. Si bien es cierto que todo colectivo se reconoce en
una tradición literaria propia, una tradición literaria no es
exactamente una propiedad: no es del todo propio aquello que uno se
ha ido apropiando de fuentes ajenas, ni aquello que aspira a ser
compartido y puesto a disposición de los demás. La literatura
comparada extiende este tipo de consideraciones a entidades de
dimensiones diversas, para apreciar la interconexión entre los
sistemas literarios, y por ello aporta un marco idóneo para abordar
estas cuestiones. Muchos de los problemas que interesan a la
literatura comparada están vigentes desde hace largo tiempo, pero
lo cierto es que su complejidad y la de los sistemas de interacción
cultural no hacen sino aumentar con la globalización económica y la
aparición de entidades como la Unión Europea y de circuitos
mundiales de comunicación como Internet. De ahí que la perspectiva
supranacional sea, de manera irrevocable, cada vez más
necesaria.
Transformaciones y refundación
La habitual resistencia al cambio
de las instituciones académicas se ve tal vez exacerbada ante una
disciplina que ha sufrido sucesivas transformaciones y se ha
convertido de hecho en el espacio privilegiado de la renovación de
los estudios literarios, en el umbral de acogida de nuevos
paradigmas. Desde este punto de vista, cabe sostener que en la
actualidad el estado de la literatura comparada es un termómetro
del estado de los estudios literarios. El informe Bernheimer de
1993 fue particularmente polémico porque señalaba un vuelco radical
hacia los estudios culturales, a tono con lo que llevaba una década
ocurriendo en las universidades anglosajonas, y llegaba al extremo
de afirmar: «Estas formas de contextualizar la literatura en los
campos expandidos del discurso, la cultura, la ideología, la raza y
el género sexual son tan diferentes de los viejos modelos del
estudio literario de acuerdo a autores, naciones, periodos y
géneros que el término ‘literatura’ puede
que ya no describa adecuadamente nuestro objeto de estudio»
(Bernheimer, 1995: 42). Este tipo de afirmaciones provocaron
réplicas acaloradas entre otros colaboradores del volumen, en
defensa de la literatura, que demostraban sobre todo la falta de
consenso en la disciplina. Peter Brooks se preguntaba si debíamos
pedir perdón por estudiar literatura, pero probablemente la
respuesta más contundente fuera la de Michael Riffaterre:
En un lado tenemos el universo,
todas sus partes, todos los puntos de vista para mirarlo. En el
otro lado, encarada a la infinidad de los objetos, tenemos la
literatura, la única que es pura representación, la única entre
todos los discursos que puede contener y emular todo lo demás,
incluyendo el otro discurso. La misma complementariedad entre ser y
representar hace urgente que la literatura siga siendo central al
discurso, a la cultura, a la ideología y a todo lo demás, porque la
literatura los abarca a todos ellos y plantea preguntas acerca de
todos ellos. (Bernheimer, 1995: 72-73).
No deja de ser sorprendente, tras
esta polémica, que en la compilación de propuestas sobre el estado
de la disciplina diez años más tarde la centralidad de la
literatura haya dejado de ponerse en cuestión, según destaca
Saussy, y todos los ensayos parecen darla implícitamente por
sentada, a pesar del imparable ascenso de los estudios culturales.
Lo que ocurre es que la definición de qué es literatura no está
necesariamente fijada, ni hay un consenso sobre la misma, por lo
cual el término deja de nombrar un objeto de estudio predeterminado
para referirse a una forma de concebir y abordar dicho objeto: la
disciplina no se ocupa exclusivamente de leer literatura, sino de
leer literariamente aquellos discursos que se prestan a dicho
acercamiento (Saussy, 2006: 23).
Este proceso de asentamiento y
recuperación del valor y la especificidad de la literatura no está
exento de traumas y transformaciones profundas. Un ejemplo de la
radicalidad de las propuestas lo encontramos en el título de un
libro de Gayatri Chakravorty Spivak, Death of a Discipline (La
muerte de una disciplina). Al contrario de lo que podría parecer en
boca de una de las más prestigiosas teóricas del postcolonialismo,
que además se ha definido a sí misma como una
«marxista-feminista-deconstruccionista práctica», esta sentencia de
muerte no es una despedida de la literatura comparada, sino un
proyecto de refundación. Spivak intenta rescatar el patrimonio de
la literatura comparada tradicional, la capacidad de lectura, la
competencia lingüística, el enfoque en las lecciones de la
literatura, y hacerlo compatible con las preocupaciones éticas ante
los problemas de un mundo globalizado: «Para recuperar el papel de
la enseñanza de la literatura en el entrenamiento de la imaginación
—el gran instrumento de comprensión de la otredad que
llevamos incorporado— podemos, si trabajamos tan duro
como es capaz de hacer la literatura comparada a la antigua,
acercarnos al trabajo irreductible de la traducción, no de idioma a
idioma, sino del cuerpo a la semiosis ética, ese transporte
incesante que es una ‘vida’» (Spivak,
2003: 13).
Spivak reclama la ampliación de los
horizontes de la disciplina para incorporar lenguas, literaturas y
culturas no occidentales. Esta aspiración, defendida ya en 1963 por
René Étiemble, adquiere nueva urgencia para la crítica
postcolonial, pero no por ello deja de tropezarse con resistencias.
Para ilustrar el tradicional eurocentrismo de la disciplina en la
cual ella misma se formó, Spivak narra una anécdota que viene
especialmente a cuento porque tiene a Claudio Guillén como punto de
partida: «En 1973, cuando yo era profesora titular, invité a
Claudio Guillén a la Universidad de Iowa a dar un mini-curso. A
Guillén le conmovió mi idealismo acerca de una Literatura Comparada
global. Me puso en el Comité Ejecutivo de la Asociación
Internacional de Literatura Comparada» (Spivak, 2003: 5).
Seguidamente relata la oposición a la que se enfrentó, en la
siguiente reunión del Comité Ejecutivo en Visegrad, su propuesta de
expandir a otras zonas del mundo el proyecto de publicar una serie
de volúmenes sobre historia literaria europea. Para Spivak aquel
choque fue una revelación, pero también una señal de que, desde muy
temprano, ella había percibido que «las consecuencias lógicas de
nuestra disciplina vagamente definida debían incluir, con
seguridad, la posibilidad abierta de estudiar todas las
literaturas, con rigor lingüístico e inteligencia histórica» (2003:
5).
Sin duda el clima ha cambiado y
aquel primer gesto de acogida de Claudio Guillén, que se mantiene
en el homenaje que en el prólogo a la reedición de Entre lo uno y
lo diverso (2005) dedica a la labor de Edward Said, puede ahora
leerse como el reconocimiento de una transformación ineludible.
Pero muchas de las objeciones con las que se ha encontrado tal
intento de expansión tienen que ver con la dificultad de preservar
el requisito de «rigor lingüístico e inteligencia histórica» ante
la inabarcable variedad de las literaturas del mundo. ¿Quién puede
aportar conocimientos suficientes para enfrentarse a tan ingente
tarea? Guillén representaba un modelo de comparatista con una
formación y unos recursos lingüísticos que difícilmente se
encuentran concentrados en una sola persona, y ni siquiera él podía
acceder directamente, en la lengua original, a todas las
tradiciones y los textos que le interesaban, ni estar familiarizado
con el mismo detalle con sus historias.
Traducción y literatura mundial
La respuesta está a la vista de
todos, aunque la literatura comparada tradicional se niega en
muchas ocasiones a aceptarla: aparte de la necesidad de que se
combinen especialidades en campos diversos, como sugiere Spivak al
hablar de la conjunción entre la literatura comparada y los
estudios especializados en zonas del mundo, el hecho es que
cualquier lector, y eso incluye al investigador, accede en buena
medida a su experiencia de la literatura a través de la traducción.
Es principalmente a través de la traducción como la novela rusa o
el haiku, por ejemplo, se convierten en modelos influyentes. Tal
como ha descrito con rigor Itamar Even-Zohar, la traducción es
fuente de renovación para los sistemas literarios, a los que aporta
modelos y recursos que no pueden derivarse de la tradición propia.
Si éste es un elemento decisivo para el funcionamiento del sistema
literario, para la experiencia del escritor y la del lector, el
investigador no puede dejar de tenerlo en cuenta.
El impulso de expansión del campo
disciplinar ha puesto sobre la mesa de discusión en estos últimos
tiempos dos cuestiones que la literatura comparada tradicional
había aparcado en posiciones relativamente marginales y que están
muy relacionadas: la función de la traducción y la noción de una
literatura mundial. La vieja categoría de la Weltliteratur, acuñada
por Goethe, ha pasado a primer plano del debate en una versión
totalmente reformulada por David Damrosch en What Is World
Literature? También a propósito de este tema, Claudio Guillén
vuelve a ser invocado como punto de referencia del comparatismo
internacional, cuando Damrosch destaca que la globalización ha
complicado la idea de una literatura del mundo y que espanta la
amplitud actual del término, citando al respecto las reservas de
Guillén: «¿Cómo cabe entender tal idea?», ha preguntado Claudio
Guillén. «¿La suma total de todas las literaturas nacionales? Una
idea descabellada, inalcanzable en la práctica, digna no de un
lector real, sino de un archivero ingenuo que sea también
multimillonario. Ni el editor más alocado ha aspirado nunca a tal
cosa» (Damrosch, 2003: 4). Damrosch responde a esta objeción
diciendo que la literatura mundial no es la suma de todas las
literaturas, porque para nombrar esta totalidad basta el término
genérico ‘literatura’, sino un
subconjunto dentro de la misma:
Entiendo que la literatura mundial
abarca todas las obras literarias que circulan más allá de su
cultura de origen, en traducción o en su lengua original
[…]. En su sentido más amplio, la literatura mundial podría
incluir cualquier obra que ha salido de su ámbito nacional, pero la
cautela de Guillén al centrarse en lectores reales es sensata: una
obra sólo tiene vida efectiva como literatura mundial donde y
cuando está activamente presente en un sistema literario fuera del
de su cultura original. (Damrosch, 2003: 4)
Esta forma de definir la categoría
la acerca mucho más a aquella dimensión de la experiencia de la
literatura que nos hace a todos comparatistas, porque se refiere
principalmente a una manera de leer: «Mi propuesta es que la
literatura mundial no es un canon infinito e inabarcable de obras,
sino más bien un modo de circulación y de lectura, un modo que es
tan aplicable a obras individuales como a conjuntos de material,
disponible para leer tanto clásicos establecidos como nuevos
descubrimientos» (Damrosch, 2003: 5). La circulación de la
literatura es un fenómeno ancestral que adquiere en el entorno
actual de globalización de las comunicaciones una magnitud nunca
vista: tenemos a nuestro alcance lecturas e imágenes que conectan
entre sí culturas remotas y eso hace que la antigua prescripción de
no pretender comparar aquello entre lo que no ha habido contacto
haya dejado de tener sentido.
No sólo se ha expandido el campo
disciplinar, sino que se ha ensanchado el mundo, sobre todo el
mundo entendido como marco cultural de referencia. El
cosmopolitismo de la literatura comparada ha estado siempre
impregnado de un imperativo ético que ve en la circulación de la
literatura un vehículo para el entendimiento entre los pueblos.
Pero para que la literatura circule como lo hace, la traducción es
un instrumento indispensable. No nos podemos comunicar entre todos
en nuestras lenguas nativas, de ahí que, las más de las veces,
conocemos al otro a través de la traducción. La posibilidad de un
diálogo de civilizaciones, o de culturas, depende de nuestra
capacidad de traducción, no sólo en términos lingüísticos, sino
también culturales: hace falta poder traducir lo ajeno y extraño a
códigos familiares.
Se da así la paradoja de que una
disciplina históricamente caracterizada por la competencia
multilingüe de sus especialistas, que exigía poder leer los textos
literarios estudiados en la lengua original, haya pasado a
preocuparse cada vez más por el papel de la traducción. Este
aspecto estaba ya muy presente en la introducción a la literatura
comparada de Susan Bassnett (1993), cuyo subtítulo la calificaba
apropiadamente de «crítica».
En esta panorámica crítica de la
disciplina Bassnett pronostica que las orientaciones más
prometedoras son los estudios de traducción y los postcoloniales.
Esta promesa ha madurado y el mundo posterior al 11 de septiembre
de 2001 le ha dado otro sentido. Emily Apter en The Translation
Zone. A New Comparative Literature propone una vía de refundación
de la disciplina distinta de la de Spivak, pero también vinculada a
factores éticos y políticos, que se remonta al humanismo
fundacional de la literatura comparada y enlaza con la más reciente
manifestación de ese humanismo en Edward Said. Para Apter, el 11 de
septiembre es un punto de partida que pone en evidencia no sólo la
necesidad de traducir para entenderse, sino también la asociación
entre mala traducción y conflicto. El libro de Apter está publicado
en una colección que ella misma dirige y que se titula «Translation
/ Transnation», un título que constituye todo un programa para la
literatura comparada.
El desafío pendiente
Todas estas reflexiones acerca de
la expansión del campo se derivan del reconocimiento de la
dimensión irreductible de la literatura, y a ellas habría que
añadir otras acerca de las relaciones entre la literatura y las
artes visuales, entre la literatura y la cultura de masas o entre
la literatura y las tecnologías digitales, por mencionar sólo
algunas de las vertientes hacia las cuales la literatura comparada
se ramifica. No se puede decir que estas perspectivas innovadoras
hayan llegado a calar plenamente en los estudios literarios en
España, donde aún pesan mucho las fronteras entre naciones y entre
disciplinas. Se ha avanzado mucho en la aceptación de la disciplina
y en su práctica, como se verá por algunos de los artículos que
siguen, pero continúa teniendo un estatus marginal y precario no
sólo como «marca», sino sobre todo como modelo de trabajo. Está
lejos de generar el consenso que conduce incluso a su invisibilidad
(o superación) en otros entornos y tampoco se han cumplido las
aspiraciones de Claudio Guillén para su implantación en este país.
La situación invita a considerar que la literatura comparada sigue
siendo aquí un desafío pendiente.
Por esta razón he elegido para este
número monográfico de ÍNSULA que he coordinado un título que evoca
el de un seminario que Claudio Guillén dirigió en la Universidad
Menéndez Pelayo de Santander en 1995, «Reto y oportunidad de la
Literatura Comparada », en el que tuve el honor de colaborar como
secretario. Es también el título con el cual se publicó en 1993 la
traducción al inglés de su imprescindible introducción a la
disciplina, Entre lo uno y lo diverso: The Challenge of Comparative
Literature. Es gratificante comprobar que la traducción de este
libro ejemplar ha ayudado a que el nombre de Claudio Guillén siga
siendo invocado en las discusiones del comparatismo internacional,
porque el reto que plantea continúa vigente. Hablar todavía de
‘oportunidad’ tantos años después sonaría
desfasado. No es que la oportunidad se haya perdido, sino que a
estas alturas hemos de asumirla más bien como un llamamiento
apremiante. El principal legado de Claudio Guillén es este reto que
nos interpela y que se manifiesta en forma de compromiso con una
determinada manera de entender la literatura como un fenómeno
irreductible.
Bibliografía citada
APTER, Emily (2006). The Translation
Zone. A New Comparative Literature, Princeton, Princeton University
Press.
BASSNETT, Susan (1993). Comparative
Literature: A Critical Introduction, Oxford, Blackwell.
BERNHEIMER, Charles ed. (1995).
Comparative Literature in the Age of Multiculturalism, Baltimore,
The Johns Hopkins University Press.
DAMROSCH, David (2003). What Is World
Literature? Princeton, Princeton University Press.
GODZICH, Wlad (1994). The Culture of
Literacy, Cambrige, Mass., Harvard University Press.
GUILLÉN, Claudio (1985). Entre lo uno
y lo diverso. Introducción a la literatura comparada, Barcelona,
Crítica. Trad. The Challenge of Comparative Literature,
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