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Hablamos de un tiempo de grandes poetas, de renovadores de la prosa, de pintores y cineastas muy brillantes, de orgullosas ilusiones de modernización que se extendieron por los laboratorios científicos, los estudios históricos y las formas políticas. La generación del 27 es un referente clave, un horizonte de admiración repetida en la cultura española. Creo que esta insistencia en la lectura, el recuerdo y el homenaje no sólo se debe a la calidad artística evidente de sus protagonistas, sino también a una serie de coyunturas ideológicas que han pesado de manera muy notable en la historia contemporánea de la nación. Cuando se cumplen 80 años de la famosa foto de Sevilla, tomada por José Bello durante una de las sesiones del homenaje que los poetas ofrecieron a Luis de Góngora en 1927, puede resultar conveniente establecer los momentos decisivos en los que la generación del 27 se convirtió en algo parecido a una razón de Estado. Deberemos tener en cuenta, sobre todo, los años iniciales de un grupo de jóvenes que irrumpió con autoridad estética en la cultura española, los recuerdos doloridos en el exilio y en el interior del país después de la catástrofe del golpe de Estado de 1936 y, finalmente, la normalización de la vida democrática española y las reivindicaciones de la memoria histórica.
En una carta a Miguel de Unamuno, escrita el 30 de agosto de 1924, José Bergamín hace la siguiente consideración: «Creo, admirado don Miguel, que no hay un solo español joven ?que quiera serlo, español? para quien el régimen ?antes disimulado, ahora tal como es? no sea un obstáculo que estorba, antes que nada, a sus ideales, políticos o religiosos (es lo mismo). Creo también que cuando vayamos a quitarle se deshará él mismo, ya putrefacto». Fracasadas una vez más las ilusiones de democratización (de nacionalizar la corona, según los deseos de Ortega y Gasset), el joven Bergamín responde al golpe de Estado de Primo de Rivera con una declaración de compromiso. La juventud española considera a la monarquía como un estorbo en su tarea de modernizar la nación. En pocas líneas se condensaba mucha historia. La modernización de España era asumida como un inevitable compromiso de juventud en el curso triste, marcado por las derrotas sucesivas, de los siglos XIX y XX. El concepto de juventud está muy sobrecargado en la historia de la cultura española. Ser joven significa asumir la tarea de una regeneración nacional perpetuamente fracasada. En una de sus reflexiones más conocidas, «La juventud y el movimiento social» (1870), Francisco Giner de los Ríos señaló el previsible fracaso de la Revolución del 68 como una consecuencia del estado miserable de las conciencias españolas, ya fuesen liberales o conservadoras. La única ilusión de futuro se encontraba en una difícil aventura de educación juvenil, una apuesta pedagógica de la que surgiesen nuevos ciudadanos capaces de transformar el país.
De esta situación, mantenida a lo largo de los años, surgieron la Institución Libre de Enseñanza, la autoridad del sueño pedagógico en la España progresista, que llegó a desembocar en la Residencia de Estudiantes o en las Misiones Pedagógicas, y la sobrecarga moral de la juventud, vivida como un reto de compromiso histórico por escritores como Pérez Galdós, Unamuno, Machado, Ortega y Gasset o Bergamín. Los fracasos de la I República, de la Restauración y de la regeneración finisecular de los noventayochistas, acentuaron la responsabilidad de esos jóvenes, verdaderamente jóvenes y españoles, de los que habla Bergamín. En los años 20, además, por debajo de las críticas intelectuales y las quejas literarias, la evolución social y económica de España, con un crecimiento importantísimo de su capital, Madrid, había ido consolidando una nación que empezaba a ver como natural, y muy al alcance de la mano, la tan esperada vida moderna y una equiparación definitiva con Europa. La vitalidad afectaba al arte, a la literatura, a la ciencia, a las costumbres y, por supuesto, a las formas políticas. Negándose a la democratización de la corona con el golpe de 1923, el rey había abierto el camino a la proclamación pacífica de la República. El 1 de junio de 1931, un poeta como Gerardo Diego escribía con marcado optimismo una carta encabezada con el grito «¡Viva la República Española». Invita a su amigo argentino Ricardo Molinari a que visite el nuevo país, y no deja lugar a dudas: «Hay que animarse. España libre está admirable y más bella que nunca. Este mes de abril fue algo inolvidable. / En prensa mi Antología. En preparación, otros libros. En proyecto, grandes planes». En esta desconocida carta de Gerardo Diego ?que se transcribe más abajo? aflora una ilusión juvenil que afectaba tanto a la política como a la obra de los poetas que había reunido en su Poesía española. Antología 1915-1931.
La generación del 27 nació con fortuna por la sobrecarga que pesaba en el concepto de juventud manejado en la España de la época. La literatura joven, el interés por los jóvenes, la autoridad de lo joven, las encuestas sobre la juventud, las preguntas a la juventud sobre cine, arquitectura o política, invaden las revistas, los periódicos y las editoriales. Añadiéndose al vitalismo propio de las vanguardias europeas, en España se imponía además la responsabilidad de una juventud que no se podía dedicar sólo a romper las normas literarias y sociales de la burguesía, porque antes tenía la obligación de consolidar el Estado, de llenar los vacíos de la historia vivida y sufrida, de asumir la herencia de sus bisabuelos, abuelos y padres, de continuar el trabajo de los krausistas, regeneracionistas o europeístas. En 1930, en el número 83 de La Gaceta Literaria, Gregorio Marañón participó en una de las famosas sesiones del Cineclub, presentando una película de carácter científico: «Con mucho gusto quiero presentar los films biológicos de Painlevé en esta sociedad, que nunca ha merecido como hoy llamarse de vanguardia, puesto que se pone al servicio de la Biología, esto es, del conocimiento de la vida, que es la expresión más genuina de la modernidad». Después de esta significativa equiparación de biología, vitalidad y vanguardia, hace una advertencia cargada también de sentido en la España de 1930: «Mucho cuidado, pues, con la vanguardia. Y sobre todo en España, donde la meta del progreso no está en el infinito, sino en nuestro propio ombligo». La situación permitía un esfuerzo de modernización, pero sin cometer excesivas locuras en nombre del exceso, porque quedaban muchos ladrillos, microscopios, ediciones filológicas y endecasílabos que colocar en su sitio para conseguir la consolidación definitiva del Estado.
El concepto que hizo fortuna para designar a este grupo de poetas, Generación del 27, es muy poco científico. Ningún estudio serio sobre literatura puede reducir un fluido complejo de tradiciones, alternativas y personalidades a un esquema canónico de valores generacionales. Sin embargo, está cargado de contenido y de razón histórica. Tampoco lo olvidemos. El acuerdo generacional alude a un factor biológico muy coherente con la sobrecarga de responsabilidades juveniles en la tarea de modernización del país. Y el año 1927 da valor simbólico a la celebración de un clásico, un escritor del pasado, un poeta despreciado durante siglos por la adocenada crítica española. Más que romper con la historia, los jóvenes venían a pagar deudas, a heredar los antiguos esfuerzos de modernización, a seleccionar lo que pareciese digno. La lectura vanguardista de la tradición que asumen los poetas del 27 responde a esta lógica. Un poeta muerto en el siglo XVII sirve para reivindicar la palabra pura y la mirada racionalista que se impone entre los discípulos de Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset en la segunda década del siglo XX. Los jóvenes del 27 encarnaron la confianza que tuvieron la cultura y la política del país en la posibilidad de alcanzar una modernidad definitiva.
El optimismo duró poco, las contradicciones sociales interrumpieron las confianzas de la razón, y el golpe de Estado de 1936, que al fracasar provocó una guerra cruel, acabó con la II República, cortó la modernidad literaria y devolvió a la juventud progresista española a las reuniones clandestinas. Como el concepto de juventud es de doble filo y los movimientos fascistas habían aprendido a manipular el dinamismo biológico en las sociedades de masas, los viejos sueños pedagógicos de la Residencia de Estudiantes tardaron poco en ser sustituidos por un nuevo Frente de Juventudes. Muchos poetas en el exilio escribieron sobre su derrotada juventud, mezclando la nostalgia individual con la conciencia dolorosa de una catástrofe que había situado a España en los peores abismos. Convenía mantener unida en lo posible a la cultura republicana. La importantísima labor de los desterrados españoles en las numerosas revistas y en editoriales como Séneca, Losada, Pleamar, Cruz del Sur y Fondo de Cultura Económica tuvieron una intención política clara.
Se reivindicaba la propiedad legítima de un patrimonio a la hora de publicar a los clásicos y, al mismo tiempo, se divulgaba en América el nombre de los poetas y novelistas que debieron abandonar el país después de la victoria franquista. Se intentaba mantener viva la tradición y la cultura republicana. Otra carta de José Bergamín, que quería contar en la editorial Séneca con la presencia de un difícil Juan Ramón Jiménez, tanto en la antología Laurel (1941) como en una posible selección de su obra, nos puede servir para fijar el ambiente de la época. La carta es del 14 de mayo de 1941: «Queríamos también indicarle si pudiera a Vd. interesarle una Antología de su obra poética, hecha por Vd. mismo, para esta colección de Laberinto, y en caso afirmativo, que nos dijese en qué condiciones.
Nosotros procuraríamos que fuesen las más ventajosas para Vd. dentro de nuestras posibilidades económicas, que no tienen en grado alguno ambición exclusivamente comercial, pues tratamos principalmente de realizar fuera de España una obra que afirme la continuidad de nuestra cultura, ayudando al mismo tiempo a nuestros autores. Por ello, perdónenos que insistamos en solicitar su autorización para incluirle en nuestra antología, y que nos permitamos también indicarle que su obra poética, en cierto modo, sobrepasa los límites formales de una propiedad particular, cuyas exigencias, que respetaríamos, nos parecen sin embargo egoístas. En todo caso no vea en nosotros más que el peso justísimo de contar con su obra y personalidad literaria, por la que sentimos, como españoles, la estima y la admiración que le corresponde».
Los recuerdos de juventud de los poetas del 27 surgen en este ámbito de afirmación republicana y de nostalgia personal. Los amigos perdidos, los años felices, la vitalidad cultural evocada, los recuerdos deslumbrantes y la tragedia que había interrumpido las ilusiones volvieron a darle a la generación un significado ideológico muy concreto. Acabó de formarse entonces la mitología del 27, inseparable de las nostalgias y los sueños de la cultura democrática española. Los libros de poemas ayudaron con su atmósfera lírica de evocación, una atmósfera que se fue perfilando desde las publicaciones doloridas e inmediatas de la Guerra Civil y el primer exilio, como Homenaje al poeta Federico García Lorca (1937), Para un castillo de penas (1941), Poetas en el destierro (1943) de José Ricardo Morales o Poetas de la España peregrina en América (1947) de Horacio J. Becco y Osvaldo Svanascini, hasta la nostalgia serena de los Retornos de lo vivo lejano (1952) de Rafael Alberti, y que desembocó finalmente en una memoria cargada de prestigio y leyenda democrática, cada vez más clara, que puede advertirse, por ejemplo, en «Unos amigos», poema de Jorge Guillén escrito ya en los últimos años de la dictadura y recogido en Y otros poemas (1973). Está dedicado al homenaje gongorino de Sevilla en 1927: «¿Aquel momento ya es una leyenda? / Leyenda que recoge firme núcleo. / Así no se evapora, legendario / Con sus claras jornadas de esperanza, / Esperanza en acción y muy jovial, / Sin postura de escuela o teoría, / Sin presunción de juventud que irrumpe, / Redentora entre añicos, / Visible el entusiasmo / Diluido en la luz, en el ambiente / De fervor y amistad».
La mitología cívica y artística del 27 se fue formando además con muchas páginas autobiográficas o críticas de los propios poetas y de los profesores que se habían sentido cercanos a su mundo. Basta con recordar Imagen primera de? (1944) y La arboleda perdida (1959) de Rafael Alberti, o «Federico en persona», el prólogo que Jorge Guillén escribió para las Obras completas (1954) del poeta granadino publicadas por Aguilar, o la evocación que Pedro Salinas preparó con el título «Nueve o diez poetas», como prólogo a la antología Contemporary hispanic poetry (1945) de Eleanor Turnbull, o sus artículos recogidos en Literatura española del siglo XX (1941), para comprender la carga de valoración estética, nostalgia personal y melancolía democrática que reforzó la imagen de la generación del 27 como síntoma de una determinada ilusión social, una razón de Estado. Como es lógico, esta melancolía trabajó también los recuerdos y las valoraciones literarias de los poetas que se habían quedado en la España franquista, bien como verdaderos exiliados interiores, bien como colaboradores con el nuevo régimen establecido después de la Guerra. La amistad personal, las debilidades propias de la mala conciencia y la certeza de que, en el azar de la Guerra, muchos autores se vieron obligados a elegir su bando sin identificarse del todo con él, permitió que la mayoría de las antiguas relaciones humanas se mantuviesen firmes y que aflorase también en el interior de la España franquista una mitología del 27, inseparable de los recuerdos de una juventud que había vivido, durante unos pocos años, la esperanza de un Estado democrático. Los encuentros (1958) de Vicente Aleixandre, y numerosos artículos de Dámaso Alonso, reunidos en Poetas españoles contemporáneos (1952), dan fe de esta melancolía interior. Conviene tener en cuenta, sobre todo, el artículo que Dámaso Alonso tituló «Una generación poética (1920-1936)», publicado por primera vez en el número 35 de la revista Finisterre (1948). Dámaso Alonso evoca una travesía por el río Guadalquivir en 1927: «Imagen de la vida: un grupo de poetas, casi el núcleo central de una generación, atravesaba el río. La embarcación era un símbolo: representaba los vínculos y los contactos personales que ligan a los miembros de un grupo en conjunta florescencia: la amistad, el compañerismo, los compartidos sentimientos, los mutuos influjos?». La carta abierta con la que respondió Luis Cernuda en ÍNSULA (n.º 35, 1948) a las evocaciones de Dámaso Alonso demuestra que hubo rincones de sombra en esta melancolía. Pero las sombras no pudieron cubrir la luz mitológica que se había elaborado en torno a la generación del 27, antorcha deslumbrante que marcaba no sólo el pasado cultural español, sino también un perseguido porvenir democrático.
Pasados los años y realizada la transición política, la generación del 27 se convirtió en una verdadera razón de Estado cuando empezaron a celebrarse los diversos centenarios del nacimiento de los poetas. Los ministerios de cultura de turno formaron comisiones gubernamentales y prepararon grandes exposiciones y homenajes. El obligado ejercicio de memoria histórica, una vez normalizada la democracia, ha coincidido con los fastos dedicados a García Lorca, Cernuda, Alberti, Altolaguirre o Prados. Estos centenarios supusieron la definitiva nacionalización de la obra de los poetas del 27. La ministra Pilar del Castillo, ideóloga de un presidente de gobierno tan neoconservador como José María Aznar, en el texto de presentación del catálogo Entre el clavel y la espada. Rafael Alberti en su siglo (2003), no dudó en firmar estas palabras: «Rafael Alberti reúne, con tanta intensidad como pocos, la doble condición de creador y testigo del siglo XX. Hizo de la palabra y del trazo su vida, y de su sentimiento un arte cercano y puro. Alberti es ante todo un poeta que, a través de su prisma artístico, late sobre los paisajes y sus gentes? En suma, Entre el clavel y la espada: Rafael Alberti en su siglo constituye un homenaje a uno de los principales artistas del 27 español, sin duda, pero es también un retazo de la vida de todos, un dédalo de signos de tiempos densos y contradictorios, un grito de la palabra y del lápiz que, de manera singular, se hizo poesía en Alberti, poesía destinada a perdurar». El poeta más revolucionario, republicano y comunista de la generación del 27, combativo hasta casi el final de su vida, era presentado por una ministra neoconservadora como «un retazo en la vida de todos».
El reconocimiento de la cultura democrática española a la generación del 27 y a cuantas figuras habían perfilado sus mejores tradiciones ha supuesto un fenómeno lógico, necesario y esperado. Pero, si entramos en detalles, estas palabras firmadas por Pilar del Castillo, o el entusiasmo con el que José María Aznar inauguró personalmente en la Residencia de Estudiantes la exposición dedicada a Cernuda, o su decidido apoyo a la apertura de la Casa-Museo de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente, quizá merezcan unas consideraciones mínimas. En primer lugar, debe admitirse que la sociedad española ha cambiado. Por debajo de la crispación y de las maniobras electoralistas, un presidente conservador puede ya declararse entusiasmado ante la obra de poetas homosexuales y republicanos sin el escándalo de los sectores políticos a los que representa. En segundo lugar, parece claro que, frente a otras zonas de la historia contemporánea más complejas y espinosas (como los preparativos del golpe de Estado, la actuación de la Iglesia Católica, las ejecuciones masivas y la cruel represión posterior durante los alargadísimos años de la posguerra), ejercer la memoria histórica hablando de poetas no sólo resultaba poco comprometido, sino que incluso ayudaba a fraguar una imagen de nuevo liberalismo que servía para maquillar, o transformar, el tradicionalismo reaccionario de la derecha española. Del mismo modo que los presidentes socialistas han prestado poca atención a la cultura, interesados en fundar su prestigio sobre la seriedad liberal de los ministerios de economía, el presidente Aznar pretendió reelaborar su figura de heredero del franquismo con la admiración pública de García Lorca y Cernuda. Fuese como fuese, la generación del 27 volvió a convertirse en una razón de Estado.
El optimismo juvenil de los años 20 y 30, las melancolías del exilio y la posguerra, y los ejercicios de memoria histórica de la democracia, bien o mal intencionados, han hecho que la obra literaria de los poetas del 27 ocupe un lugar clave, casi mítico, en nuestra cultura. Estos procesos ideológicos de celebración o melancolía no hubiesen sido posibles sin la calidad poco común, original y complementaria de sus libros.
L. G. M.-UNIVERSIDAD DE GRANADA
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