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La
concesión del Premio Reina Sofía de Poesía
Iberoamericana del año 2006 es el motivo último de la
publicación de la antología de Antonio Gamoneda Sílabas
negras, a cargo de
Amelia Gamoneda y Fernando Rodríguez de la Flor (1), que han
realizado una encomiable labor editorial con la obra del poeta
leonés, con un lúcido y profundo estudio preliminar que
resitúa al poeta en su contexto histórico y cultural,
en un gesto crítico que, como afirman los editores, no quiere
ser «débil» (p. 18). La extensa antología
publicada, que ofrece una amplia muestra de la obra del poeta, rompe
con los criterios cronológicos habituales en la presentación
de la escritura de un autor, para distribuir su producción en
nueve núcleos conceptuales que rearticulan de un modo novedoso
su lectura. Dentro de cada uno de esos núcleos conceptuales,
los textos o sus fragmentos (al fin y al cabo, la escritura
gamonediana incide en una radical fragmentariedad) sí se han
ordenado cronológicamente. Además, la selección
antológica, que no ha querido considerar las Mudanzas
del poeta (sus
versiones de Nazim Hikmet, los Negro Spirituals, Stéphane
Mallarmé o Georg Trakl), ha recuperado en cambio para el
corpus poético
gamonediano El libro
de los venenos (1995),
cuya «pertenencia al género poético»
reivindicaba el autor, en 2004, al comienzo de su poesía
reunida, situándolo como uno de los ejes principales del
devenir poético del leonés de los últimos años.
Añade, por fin, tres textos inéditos del poeta, alguno
de extraordinaria relevancia, que enlazan directamente con su última
escritura en Arden las
pérdidas (2003)
y Cecilia (2004).
Cada
uno de los núcleos conceptuales en los que se agrupa esta
nueva lectura de la poesía de Gamoneda incide en un aspecto
relevante de su escritura, mostrando el conjunto, no como una «obra
única», sino como una «antología rota»
(p. 17), al modo de la de León Felipe, que hace hincapié
en la fragmentariedad del espacio que organiza, al mismo tiempo que
pone de relieve la recurrencia esencial de la poética del
leonés. Así, Esfera
incide en el terreno
de la intimidad, pero también en el de la retracción,
y evoca metonímicamente el espacio del hueco, como el
territorio de lo ajeno, el vacío y la desocupación.
País sin
retorno es el
territorio del hombre, pero también el espacio de la escritura
como última patria, donde acontece la poética de la
resistencia y el relato de una expulsión definitiva; espacio
de la desaparición donde se cultiva la lengua del olvido.
Parajes recoge
aquellos textos en que la mirada (la «pasión de la
mirada») y la lengua conforman la naturaleza, fundan sentido.
La figura del poeta aparece entonces ligada implícitamente al
mito de Anteo, y la escritura poética entronca y renueva, se
arraiga, en un sentido último, en la tradición de las
Geórgicas.
En Materia alzada se
antologan aquellos textos que reflejan una serie de visiones
epifánicas, que poco tienen que ver con una trascendencia
espiritual mística, sino que más bien se incardinan en
una mística de lo real, de lo material. Un grupo de poemas
amorosos, de un amor dolorido, pero también de una solidaridad
fraternal, las «formas oscuras del amor», se recoge en la
sección La
dulzura y su sombra.
Pasiones vanas,
inútiles, impuras son
aquellas que afectan a una visión existencial del individuo,
pero también a la aparición de una conciencia crítica
que hace de la belleza una necesidad: «juro / que la belleza es
necesaria» (p. 294). Atrabilis
es la «bilis
negra», la melancolía, pero también la ira: «la
ebriedad de la melancolía» (p. 359). Ahí se
experimentan la desaparición del sujeto, el error objetivo, la
conciencia del fracaso certero, que invierte, en cierto modo, el
«azar objetivo» bretoniano: «he llegado, por fin;
éste no es mi lugar, pero he llegado» (p. 356). Fármaco
incide en esa
dimensión dual de la palabra poética, central a la
escritura gamonediana, que es veneno y salvación, que es
memoria y olvido, que es aprendizaje de la muerte. Aquí se
revela el carácter central dentro de su escritura de Libro
de los venenos a la
par que se descubre el regusto de su poesía por la palabra que
arraiga en el saber ancestral, por un lenguaje que dice la sabiduría
ancestral, que arraiga en lo telúrico. «La geografía
del final es blanca», pero los signos de la desaparición
del sujeto, de la disolución de su escritura, se van haciendo
palpables a lo largo del texto de Geografías
blancas a través
de la transparencia, de la pérdida de identidad, de la
designificación. La escritura gamonediana descubre así
su punto más extremo y se formula como una poética de
la desocupación del espacio, de la desmaterialización
del lenguaje y su disolución, una construcción de la
designificación, del tránsito de lo visible a lo
invisible, del tránsito por la sabiduría que otorga el
olvido y que nos prepara a ese olvido absoluto de la muerte.
El
brillante estudio prologal de Amelia Gamoneda y Fernando R. de la
Flor incide, como núcleo central, en un análisis del
corpus gamonediano
desde la perspectiva de la filosofía de la cultura, desde un
abanico amplio de puntos de vista (que van de Benjamin a Derrida, de
Auerbach a Kristeva y Bourdieu), para integrarlo en el desarrollo del
tiempo histórico en el que se ubica, y que, como señalan
los estudiosos, no es uno, sino cuatro: Guerra Civil, Franquismo,
Transición y Posmodernidad. Analiza también la
pertinencia de la escritura gamonediana en el contexto
socio-histórico en que surge, convirtiéndose en la
contrafaz de un «sistema desvitalizado, el cual, mediante esta
operación, recupera la energía simbólica que se
le escapa (a chorros)» (p. 74). En fin, el estudio preliminar
pone de relieve la inserción de la «melancolía
generosa» gamonediana, distanciada de la visión irónica
o de la elegía lacrimógena de algunos de sus coetáneos,
como producto de un momento histórico; subraya la «razón
terapéutica» que anima la escritura de Gamoneda; y pone
el acento en la dimensión alegórico-visionaria de su
obra.
Si
1987 fue proclamado por algún crítico en su momento
como el «año Gamoneda», no cabe duda de que el
2006 supone una reedición merecida de aquel evento, pues, a la
aparición de la antología que comento, se ha unido la
publicación de otras tres selecciones antológicas:
Sublevación
inmóvil y otros poemas (2),
edición no venal preparada por el autor; Ávida
vena (3), con
edición y breve introducción de uno de los más
destacados y brillantes conocedores de la obra del leonés,
como es Miguel Casado; y Antología
poética (4),
preparada por otro destacado especialista en la obra gamonediana como
es Tomás Sánchez Santiago. Esta última
selección, más breve y convencional en su ordenación
que Sílabas
negras, ha estado
«presidida —”tal como puede leerse en la sustanciosa
«Introducción »—” por la presencia de
recurrencias de todo tipo — que dejen esa sensación de
unanimidad, más que de unidad, en esta escritura poética».
Las
palabras que siguen a continuación son el resultado de una
lectura detenida tanto de la obra gamonediana tal como se presenta en
Sílabas negras
como de la lectura
que de ella han realizado los antólogos. Quiere ser, a su vez,
una lectura de la escritura de Antonio Gamoneda en su conjunto.
II
En
el Fedro, Platón
trae a colación, en un diálogo en el que se discute
sobre la adecuación de la escritura a la palabra dicha, el
problema de los «logógrafos» (aquellos que
escribían discursos y los vendían en los tribunales)
(257 c-d), y plantea, por boca de Sócrates, la historia de
Theuth y Thamus, en la que el primero indica a la divinidad que el
conocimiento de las letras, y, por lo tanto, la palabra escrita, «se
ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría»
(274 e). La palabra escrita como pharmakon
anuncia, como bien
apuntó Derrida (5), la incompatibilidad entre escritura y
verdad en la epistemología platónica, pero garantiza a
la filosofía (a la palabra escrita) la adversidad inagotable
de lo que la constituye y la infinita ausencia de lo que la disuelve;
sólo la palabra escrita, el discurso diferido que envuelve la
filosofía, seduce; sólo el texto escondido que porta
Fedro puede hacer
salir a Sócrates,
en un sentido literal y metafórico, más allá de
los límites de la ciudad, donde él encuentra
habitualmente el saber. Pero, como refiere la divinidad egipcia en el
relato evocado por Sócrates, el conocimiento de las letras no
es un fármaco de la memoria y de la sabiduría, sino que
«es olvido lo que [éstas] producirán en las almas
de quienes las aprendan», y no transmitirán verdad, sino
la simple apariencia de ésta, un recordatorio; no producirán
la verdadera anamnesis,
sino la hipomnesis.
«El que piensa,”dice Sócrates más adelante,€”
que al dejar un arte por escrito deja algo claro y firme por el
hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad»; porque con la
escritura sucede, a los ojos del pensador griego, lo mismo que con la
pintura, que «sus vástagos están ante nosotros
como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con
el más altivo de los silencios». Las palabras escritas
«necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no
son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas»;
necesitan siempre la presencia de la autoridad que las enuncia (el
quién y el dónde), del padre del logos,
porque, en caso contrario, se convierten en palabras sin origen, sin
objeto y, por lo tanto, carentes de sustancia, carentes de verdad.
En
esa naturaleza dual de la palabra como fármaco insiste Platón
en diversos lugares de su obra: la palabra que cura y la palabra que
envenena; la escritura como plasmación de la memoria y la
escritura como construcción del olvido; el valor salutífero
de la palabra y su valor condenatorio, mortal; la palabra como
evocación de lo ausente y como construcción de esa
ausencia que trata de derogar; etc. Es esa dualidad implícita
a la palabra escrita, concebida como pharmakon,
la que subyace en buena parte de la escritura de Antonio Gamoneda y
la que sustenta la raíz última de su obra, «un
corazón, para toda la aventura de representación
finalmente puesta en pie por el poeta» (p. 62), porque, al fin
y al cabo, «el arte es lenguaje paradójico» (6),
la palabra poética es ambivalente, paradójica en sí
(evoca memoria y construye olvido), carece de identidad ideal, y
consecuentemente de la formulación explícita de una
ideología: «Yo viví
las causas [de la
poesía social], declara el poeta en 1987,€” pero en mi
poesía no hay proyecto social ni ideología». Lo
que no implica que no exista «una fraternidad sin esperanza»
(p. 344), una «solidaridad sin esperanza » (7), ni que su
intento sea el de «aniquilar todo realismo» (p. 68),
mediante un proceso de visión
y figuración
que desrealice el
mundo y difumine su efecto social, porque «el efecto social de
una obra no se puede leer sencillamente en ella, sino que está
determinado de modo decisivo por la institución en que
funciona » (8).
La palabra poética, el pharmakon,
es ambivalente, carece de identidad sustancial, porque ella es el
medio en que se realiza; ella, en términos derridianos,
difiere la diferencia, es la diferencia
de la diferencia.
Ahí radica precisamente el núcleo de la escritura
gamonediana que se condensa en su formulación en Libro
de los venenos (1995),
con lo que la pertinencia de la inclusión de algunos
fragmentos en Sílabas
negras queda
plenamente justificada, tal como subrayan Amelia Gamoneda y Fernando
R. de la Flor, en su potencialidad, como el diálogo platónico
apunta, de formular palabras que sean «portadoras de simientes
de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son
canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal,
que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible
para el hombre» (277 a). La palabra poética como
pharmakon,
como veneno,
formulada en el libro de Gamoneda, trasciende el concepto ideal de la
verdad para formularse como una poética (y una epistemología)
desde el lenguaje, que justifica su enunciación, puesto que,
tal como señala el poeta en sus «Avisos y explicaciones»
a su poesía reunida, «la ciencia médica arcaica
ya no es ciencia sino poesía» (9); en consecuencia,
apuntará en otro lugar, «no me importa otra verdad o
mentira que el resplandor de la obra en dichas palabras» (10).
Es la palabra sin origen («despreciando prejuicios aún
vigentes sobre la originalidad y la autoría de las obras
literarias» (11)), el lenguaje diciéndose a sí
mismo («sólo sé lo que digo cuando ya está
dicho» (12)), la que adquiere entidad absoluta como veneno,
en su doble
dimensión, salutífera y mortal, dirigido tanto a
«aquellos que viven con temor y sospecha» (por donde se
apunta a uno de los asuntos centrales de la poesía
gamonediana: el miedo,
y la mentira
y la traición
como sus
consecuencias [«el miedo era el alimento de mi patria, / el
conductor de mi espíritu hacia una vejez en que la traición
es utilizada como estiércol y la mentira trabajada hasta que
hierve dentro de la boca», p. 116]) como a aquellos que «tomen
causa preservativa que debilite la fuerza de los venenos y los haga
impotentes » (13) (con lo que enlaza con la dimensión
crítica de su obra).
Por
esa vía de la palabra como veneno
viene a enlazar la
propuesta gamonediana con una dimensión de la catarsis
aristotélica, que, en una obra transgenérica como la
del autor leonés, podemos transferir de la tragedia a la
escritura poética. Como sabemos, la Poética
(49 b) define la
tragedia como la «imitación de una acción
esforzada y completa, de cierta amplitud, en lenguaje sazonado,
actuando los personajes y no mediante relato, y que mediante la
compasión (éleos)
y temor (phobos)
lleva a cabo la
purgación (catarsis)
de tales
afecciones». El temor (phobos)
surge ante lo
inexplicable, y se define en la Retórica
como «un
cierto pesar o turbación, nacidos de la imagen de que es
inminente un mal destructivo o penoso» (1382 a), mientras que
la compasión (éleos)
es «un cierto
pesar por la aparición de un mal destructivo y penoso en quien
no lo merece» (1385 b); la compasión surge así
ante la inminencia de que lo que le ha sucedido a un semejante me
pueda suceder a mí o a alguien próximo, mientras que,
tal como señala la Ética
Nicomáquea, «lo
más temible es la muerte: es un término, y nada parece
ser ni bueno ni malo para el muerto» (1115 a).
La
catarsis adquiere
así, en el contexto de la obra aristotélica, una
dimensión terapéutica vinculada a la concepción
de la palabra como pharmakon,
como veneno,
que hemos aducido:
por un lado, una dimensión meramente terapéutica, por
la que se produce la curación somática y anímica
mediante la purificación de ciertos estados culposos (y ahí
puede vincularse la dimensión de conciencia
que subyace a toda
la obra gamonediana); por otro lado, una dimensión
mitridiática (derivada de Mitrídates Eupátor,
rey del Ponto, una de las «autoridades» del Libro
de los venenos), por
la que se genera un proceso homeopático en que la palabra
funciona de modo terapéutico preventivo. El arte, la poesía,
en su vinculación con el sufrimiento y la memoria, es, para
Gamoneda, «conciencia de progresión hacia la
muerte», y, en consecuencia, señalará el poeta:
«Implicar placer en la contemplación de˜mis actos en
el espejo de la muerte, ésta es la razón y la
utilidad de mi poesía » (14). Así, la palabra
poética, como pharmakon,
apunta de un modo
más concreto a esa dimensión mitridiática de la
catarsis, señalando la sabiduría que otorga el
conocimiento de la muerte, el veneno curativo mediante la adquisición
de la conciencia en el lenguaje, y el efecto consolatorio que
produce: «Puse agua y cinabrio en mi corazón y en mis
venas / y vi la muerte más allá de la púrpura»
(p. 405).
La
dimensión mitridiática que hemos apuntado en la palabra
como veneno-pharmakon
en la obra de
Gamoneda, permite entrever una dimensión actuativa de la
palabra poética que enlaza indirectamente con la concepción
brechtiana (más allá de la negación de la
catarsis en
el teatro épico
del autor alemán)
que el autor leonés adopta y adapta desde mediados los años
sesenta, y que supone una respuesta al escaso papel que Sartre había
otorgado a la poesía en su proclamación de una
literatura comprometida («Los poetas son hombres que se niegan
a utilizar el
lenguaje», consideran «las palabras como cosas y no como
signos» (15)). En este sentido, puede resultar interesante
recordar las palabras con que, en 1965, iniciaba el poeta una reseña
de La ciudad, de
Diego Jesús Jiménez, en el n.º 8 de Claraboya:
Caeremos
en una crítica irreal cada vez que la poesía se ponga
en cuestión abstractamente; cuando se aplique una valoración
a la calidad
escamoteando el
sentido,
o cuando se estime el sentido sin confrontarlo con la vida. La
calidad es algo que no
importa, es decir,
que no tiene importancia entre los actos
humanos, si no es
adecuada, si no es real
respecto de una
forma de conciencia que también sea real respecto de la vida
histórica y presente. De aquí que el poeta
responsabilizado haya de realizar una constante conversión
instrumental de su poesía si ésta ha de tener la
dignidad misma de los «actos», si quiere participar de la
naturaleza dialéctica de las cosas «que importan».
Tal
como subrayará el poeta un año más tarde en el
editorial del núm. 11 de la revista leonesa, se trataba,
siguiendo el modelo brechtiano, de buscar una poesía que se
instalase en la «acción», como el resultado de la
relación dialéctica de la conciencia individual con el
espíritu de la sociedad en un momento histórico
determinado, que sustituyera las «significaciones imaginarias»
por la «acción», que convirtiera al objeto poético
en un instrumento de transformación social, instalándose
en la realidad, dialogando dialécticamente con la realidad de
la que viene a formar parte y transforma, en cuanto lenguaje, por
cuanto que «el hecho no tiene nunca una existencia que no sea
lingüística» (16). Si, tal como había
escrito el poeta en noviembre de 1963, a la luz del debate que se
establece en torno a Poesía
última, «la
política no puede condicionar a la poesía hasta el
punto de intervenir en su naturaleza» (17), la «conciencia»,
entendida en su dimensión fenomenológico-existencial o
en su dimensión histórico-solidaria, es el modo que
tiene el «poeta responsabilizado » de transformar
instrumentalmente su poesía para «participar de la
naturaleza dialéctica de las cosas que importan™»,
de encarnar en su poética «el pensamiento de la
resistencia» (p. 135). Al fin y al cabo, la labor del poeta
quedaba claramente expresa: «Mi canto está mal hecho /
como esta verdad, que está mal hecha. // Hagan ustedes la
verdad mejor» (p. 104). Y, así, escribe en unos versos
que datan de 1964: «La poesía ya sólo / es
conciencia que canta; / sólo el son que descubre /
fraternidad» (18). «La única poesía, / es
la que calla y aún ama este mundo», concluirá el
poeta. Poesía como «conciencia que canta»; poesía
como palabra «que calla y aún ama este mundo»: ahí
se encuentra una distinción básica para la escritura
gamonediana que le lleva desde el primer momento a establecer el
espacio poético de la ausencia, del hueco, del vacío,
de la desocupación, como el más propicio para su
palabra: «Acaso entre tu mirada / y mi voz los muertos vibran»
(p. 243). «La belleza no es / un lugar donde van / a parar los
cobardes» (p. 293), es el resultado de un acto de conciencia,
de un acto de voluntad que proclama su libertad; un acto doloroso que
nace de la conciencia mortal («Únicamente porque muere,
canta / mi palabra desnuda y retorcida», p. 286). En ese caso,
la garganta «canta / pero extiende silencio», es la
«palabra / que se adentra en los ojos»; pero es la falta
de conciencia precisamente la que permite al bosque, en el poema que
vengo citando, «vivir / siempre en belleza, nunca en libertad»
(p. 221).
Es
en esa poética de la acción surgida de una conciencia
que canta en el silencio («la desesperación que no
habla») donde se instauran las traducciones que, por estos
años, lleva a cabo Gamoneda de los poemas de Nazim Hikmet
(también «Tarareando a Nazim», p. 135) o los Negro
Spirituals, pero también el proceso de experimentación
de una escritura
transparente que
inicia y lleva a cabo Blues
castellano (19): «Lo
escribí yo con estas
mismas manos / pero no lo
escribí con la misma conciencia» (p. 103). Se trata de
formular en esos poemas una «palabra transparente», como
la que, según Barthes (20), había inaugurado Camus en
El
extranjero, pero
para la que también podría evocarse el modelo del
último Juan Ramón; una «escritura blanca, libre
de toda sujeción con respecto a un orden ya marcado del
lenguaje», una escritura amodal, indicativa, instrumental y
(aparentemente) inocente; un estilo de la ausencia, que reduce la
escritura a un modo negativo, a la plasmación del vacío.
«La geografía del final es blanca», había
escrito el poeta, y en Sublevación
inmóvil (1960)
podemos leer unos versos proféticos: «Herido / de
transparencia, mi / corazón se oculta en la belleza» (p.
409). «Cuestión de instrumento», al frente de
Blues castellano,
advierte ya el sentido de la nueva poética de la transparencia
que formula el poemario: «Comprueben / la densidad y
transparencia» (p. 103). Y la «transparencia», como
imagen del silencio en el lenguaje y de la desaparición del
sujeto enunciador en la escritura (el nombre de quien nombra), se
convierte en un elemento reiterado en la poesía de Gamoneda:
«Todas las cosas son transparentes: cesan las escrituras y cae
lluvia dentro de los ojos» (p. 410), «mi nombre aumenta
en formas invisibles» (p. 411), «El contenido de la edad
son estos lienzos transparentes» (p. 413), «Quizá
soy transparente y ya estoy solo sin saberlo» (p. 440), etc.
Luz dentro de la luz («ya sólo hay luz dentro de mis
ojos», p. 429; «una luz quieta y vacía», p.
430), escritura blanca («las ciudades blancas», p. 419;
«las heridas blancas», p. 420) o escritura negra
(«sílabas negras», p. 368; «escribo sobre
lápidas negras», p. 437), etc., manifestaciones
simbólicas de una escritura que se concibe como desocupación,
como «un territorio blanco abandonado por las palabras»
(p. 417); estrategias de la desaparición, del borrado del
«nombre», de la disolución de la identidad
nombrada («Amé las desapariciones y ahora el último
rostro ha salido de mí», p. 429), de lo que «no
tiene rostro ni memoria en ti» (p. 425); plasmación de
una «pureza sin significado » (p. 427), de un «yo»
nombrado que «canta sin voz» (p. 437).
Invisibilidad
(21), transparencia, pureza absoluta, la escritura en blanco sobre la
página blanca, búsqueda de la luz dentro de lo
invisible, desaparición, silencio, etc. Sí, «la
geografía del final es blanca», pero su inicio radica en
una estética de la negación. No olvidemos que la
escritura transparente
se reduce «a
un modo negativo en el cual los caracteres sociales o míticos
de un lenguaje se aniquilan a favor de un estado neutro e inerte de
la forma» (22). Por su parte, el mismo planteamiento brechtiano
de la instauración de la poesía en la «acción»,
la inserción en la realidad de una utopía que comienza
a realizarse en el momento de ser nombrada, plantea una estética
de la negatividad, una Dialéctica
negativa (como el
libro de Th. W. Adorno en 1966), que hunde sus raíces en la
escuela de Frankfurt, y que rechaza el automatismo reflejo de la
crítica luckacsiana. Adorno había señalado, en
este sentido, en 1957, que «en el fondo de todo poesía
lírica individual se halla una corriente colectiva
subterránea», y esa «corriente colectiva» ha
de leerse, por lo tanto, en el envés de la expresión
lírica, «como anticipo de una situación que
rebasa positivamente a la mera individualidad» (23). No es
extraño, así, desde esta perspectiva, que aparezca ya
en estos años en la poesía de Gamoneda un concepto tan
característico de su obra, y vinculado a la estética de
la negatividad, como es la retracción
(24): «quiero
olvidar todas las cosas / en el fondo de una respiración que
canta» (p. 111). Más adelante, ese elemento decisivo en
la obra del leonés, se formula de modo transparente en
Descripción de
la mentira (1977):
«Permanecí, permanecí, pero mi obra es la
retracción, la retirada hacia una especie maternal / y la
virtud de mis oídos se adelgazaba dentro del silencio»
(pp. 146-147). El tema de la retracción
(25) se vincula en
estos versos con el olvido
(«me poseyó
el olvido»), pero también con la memoria
(«mi fortaleza
está en recordar»); con la búsqueda de la verdad
pero también
con el hallazgo de la traición
(«la verdad
conducía a la traición»); con una regresión
que implica la desocupación de un espacio y un tiempo
concretos («Harías mejor abandonando, deshabitando un
tiempo que se coagula en la dominación»), pero también
un proceso de retorno en el lenguaje donde la palabra regresa a su
silencio primigenio, donde «callar es negación»
(p. 227).
Si,
retomando la fábula socrática, la palabra escrita es
fármaco de la memoria, lo es en cuanto ésta es
plasmación del olvido; lo que la palabra escrita constata es
una ausencia; lo que la memoria plasma es el olvido y, en
consecuencia, «la realización del lenguaje coincide con
su desaparición» (26). Si la poesía es arte de la
memoria, la lengua de la memoria, la escritura, es la que proclama
precisamente su ausencia, la desaparición, el olvido: «El
olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el
olvido» (p. 299). La escritura se convierte, así, en la
construcción del olvido («estoy atravesando olvido»,
«he creado el olvido», p. 415), en la crónica de
la desaparición del sujeto (27) que sólo existe en
cuanto nombra; y, así, se convierte en testimonio de un tiempo
en el que «la naturaleza de los cuerpos es fingir la
existencia» (p. 347), de una identidad a punto de desaparecer
en la negación histórica, porque, como bien señalan
Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor, «es la identidad de
los hombres forjados en tiempo ido, lo que aparece amenazado en esa
aurora™» (p. 29) que se anuncia con la Transición;
una existencia «entre dos negaciones» (p. 329). Más
que poeta de la posesión
(28), más que
«poeta de la memoria», Gamoneda lo es, a lo sumo, de la
pérdida (p. 22): su posesión es el vacío, la
«huella», la «desaparición»; su
memoria es la memoria del olvido, de la pérdida, de las
preguntas sin respuesta, de la indagación. En la poesía
del leonés, no hay construcción de la memoria, no hay
nostalgia, lo que conllevaría implícitamente una
dimensión elegíaca en su escritura, sino elaboración
del olvido, de la pérdida, una «melancolía
generosa» (pp. 53- 59), lo que dota a su escritura de una
dimensión dialéctica y revolucionaria, construcción
de una utopía sin esperanza, donde habita la carencia: «No
hay nada más allá de la última profecía.
Hemos soñado que un dios lamía nuestras manos: nadie
verá su máscara divina» (p. 438).
No
debe verse, por lo tanto, en esta poética de la negación,
de la desocupación, que encarna la poesía de Gamoneda
una dejación de la conciencia crítica, que sólo
indirectamente se formula como ideología en la escritura. Más
bien, al contrario. Ya Mallarmé (29) había hablado de
«l™écriture, qui relie le mot à son sens»,
y había añadido, inaugurando esa poética de la
negación (30), que «le Verbe est un principe qui se
développe à travers de la négation de tout
principe». Gamoneda, «trabajador del sentido y del
significado» (p. 71) («arden en mí los
significados», p. 361), combina la dimensión visionaria
de la poética mallarmeana con el materialismo dialéctico
que sustenta la conciencia crítica, y lo hace apropiándose
del principio activo que subyace en su poética de la negación;
la escritura como «principio que se desarrolla a través
de la negación de todo principio» se une así a
una concepción lingüística: «cuando el
oprimido sólo puede expresarse en la lengua del opresor, ésta
se torna una lengua revolucionaria» (31). O, en términos
absolutos: «No recurriré a la verdad porque la verdad ha
dicho no» (p. 144). Así, la escritura gamonediana
subvierte la narración histórica oficial subvirtiendo
su lenguaje y la lógica de poder de que éste es deudor;
poniendo en evidencia la falsedad, que subyace en ese lenguaje y en
el proceso enunciador que le da cuerpo; mostrando la mentira,
puesto que la verdad
ha sido usurpada y no puede hacerse presente fuera de su tiempo
histórico, sino como ausencia, como hueco, como espacio
desocupado, a lo que apuntarán con mayor profundidad Lápidas
(1986), Libro
del frío (1992)
y Arden las pérdidas
(2003). El lenguaje
de la negación pretende, mediante la ruptura del orden
narrativo impuesto, hacer presente el «relato omitido »
(32), pero lo hace desde la conciencia de su imposibilidad, de que lo
único que puede ofrecer es justamente el eco de su ausencia,
el vacío de su omisión. Pero, al mismo tiempo que
cuestiona el lenguaje de poder, plantea la incertidumbre de la
posibilidad de una formulación antitética; construye
así, paradójicamente, una utopía sin esperanza,
una profecía que conoce su fracaso, una pregunta que se sabe
de antemano sin respuesta. De ese modo, sólo logra construir
la destrucción, el vacío, la ruina y la ausencia,
«amontona incansablemente ruina sobre ruina» (33)
mientras que el progreso lo desplaza de un pasado que ya no es, ni
podrá ser suyo. No es extraño, así, que la
oquedad se convierta entonces en un referente constante de la
escritura gamonediana. Si la esfera
es, en su modelo
simbólico, el espacio de la intimidad, el hueco se convierte
en el terreno de lo ajeno, del vacío, en el espacio
desocupado. «El mundo es oquedad» (p. 254), leemos en
Descripción de
la mentira, y la
memoria no es sino el intento de restablecer la oquedad, como leemos
en Lápidas:
«alguien
prepara grandes sábanas // y restablece la oquedad» (p.
162).
La
labor de la escritura gamonediana no es elaborar un espacio, ni tan
siquiera constatar el vacío de su ausencia, sino desocuparlo,
construir su desocupación, constatar el vaciado de lo que
estuvo falsamente ocupado y ya es irremplazable. Su escritura no
elabora un discurso habitable, sino la inhabitabilidad misma.
Desplaza el discurso de la falsedad pero también la
posibilidad de su réplica; es, en este sentido, un discurso
refractario. La desocupación implica, así, el vaciado
consciente del espacio ocupado, «un vaciamiento progresivo,
una desaparición lentamente orquestada de la materia»
(34), que acaba haciendo visible el hueco de su desaparición
(35).
Amelia
Gamoneda y Fernando R. de la Flor han señalado que la obra de
Gamoneda se concibe a partir de un momento como una «empresa de
la desinterpretación» (p. 34), para subrayar el carácter
de lectura de un relato usurpado que emprende su escritura consciente
de su desplazamiento de un tiempo histórico inhabitable, que
sólo puede dejar constancia de su desaparición. Si el
tiempo histórico y su relato están presididos por el
miedo y
por el temor, como
sustento falsificador del discurso de la verdad,
hecho bajo su
dominio, que lo torna en mentira,
la empresa de
desinterpretación actuará precisamente cuestionando los
resortes del lenguaje que sustenta ese relato, e, implícitamente
y a la larga, todo posible relato. La labor de desinterpretación
desvela la falsedad del discurso de poder, pero no permite la
instauración de un posible discurso de la verdad. El miedo
sustenta tanto la
narración de la historia («el miedo era el alimento de
mi patria», p. 116), como la esencia última del narrador
de ese relato («el miedo estaba en mí», p. 108), y
su extirpación apunta a la disolución de todo discurso
y de todo sujeto enunciador que cobrara realidad a través de
él. De este modo, el relato de la memoria de lo usurpado sólo
deja la constatación de su ausencia; la disolución del
discurso de dicho relato apunta paralelamente a la desaparición
del sujeto que tomó cuerpo en él: «La
desaparición envuelve la ceniza de mi rostro» (p. 128),
«la negación ha tocado mi cuerpo» (p. 308). De
este modo, la labor de desinterpretación se radicaliza y la
escritura gamonediana emprende un proceso de designificación,
la construcción de la designificación del lenguaje y de
su disolución, fundada en la inestabilidad significativa de
las elaboraciones simbólicas, en la constante fragmentación
del discurso, en el aprovechamiento de los elementos de la
irracionalidad, en la reiteración isotópica de su
escritura que logra con su redundancia hacer visible el espacio que
desocupa, etc., en formas que muestran el desengaño, la
radicalización del desencanto en el desgarro absoluto con
respecto al relato de la realidad que se construye
en esos años y con
respecto a la narración usurpada de la historia inmediata. La
pregunta sobre la identidad del sujeto que enuncia el discurso
(«¿Quién habla en ti, quién es la forma de
tu rostro?», p. 308; «¿Quién habla en esta
transparencia?», p. 347) construye precisamente la identidad de
la pérdida, anuncia la inminencia de la desaparición
(«Creo en la desaparición», p. 362), de su
disolución en el lenguaje (quien habla en esta transparencia),
pero apunta también a la pérdida de la signicidad del
discurso, del lenguaje que lo enuncia, e implícitamente a la
disolución de todo discurso, de todo lenguaje: «ardemos
/ en palabras incomprensibles» (p. 329), «no estás
en ningún lugar y hablas con palabras cuyo significado
desconoces» (p. 334), «Ya / todo es incomprensible»
(p. 369). El lenguaje se torna incomprensible, las palabras carecen
de significado, los símbolos se diluyen y el relato
desaparece: «la inmensidad carece de significado» (p.
193). Y precisamente esa carencia de significado de la palabra es su
significado; la desaparición del sujeto que enuncia el
discurso es su modo de aparecer, de existir en el lenguaje que lo
niega; el desconocimiento es el aprendizaje que se ha realizado a
través de ese periplo lingüístico; la desposesión,
la pérdida es el gran hallazgo al final del viaje. Un discurso
cuyo sentido se cuestiona a cada momento, cuyo significado es
incomprensible, es el mejor modo de testimoniar una realidad
histórica carente de sentido, sin finalidad; es, al mismo
tiempo, el mejor modo de construir la utopía desesperanzada
del lenguaje que la supere, donde, al final, sólo quedan las
preguntas a punto de cesar («Van / a cesar todas las
preguntas», p. 439), donde la única sabiduría
adquirida es la del olvido («la única sabiduría
es el olvido », p. 440).
Desplazadas
de un tiempo histórico inhabitable, desaparecida la figura, el
nombre, que les daba sentido y significación, las palabras
responden a las preguntas con el más altivo de los silencios;
la sabiduría alcanzada es la del olvido.
J. J.
L. —UNIVERSIDAD PAÍS VASCO/EHU
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