Si a menudo resulta difícil justificar la elección de determinadas
fechas, en el caso argentino la de 1983 resulta generalmente aceptada para
situar el comienzo de una nueva etapa política, social y cultural que surge
después del paréntesis brutal de la dictadura militar de 1976 a 1983. Esta dictadura separa épocas, aunque
no tan clara y definitivamente como se pueda pensar. El hecho de que A. Avellaneda
(1) comience su recopilación de decretos y declaraciones de los gobernantes
militares y funcionarios en 1960 es altamente significativo, ya que considera
la etapa de 1974 a 1983 como «sistematización» de lo que se preparaba
en años anteriores. Los historiadores suelen denominar los años 70 como «años
de plomo». El 24 de marzo de 1976 los militares tomaron el poder y dio comienzo
el «Proceso de Reorganización Nacional» (abreviado por el pueblo como «Proceso»
en alusión a su componente carcelario y kafkiano)
con el declarado objetivo de aniquilar la guerrilla, «restituir los valores
occidentales y cristianos» y «reconstruir la Nación». Empezaba, así, la dictadura
más sanguinaria de la Argentina: se disuelven los partidos políticos al tiempo
que personal de las fuerzas armadas se hace cargo de los gobiernos provinciales
y municipales; hay intervención en gremios y universidades, ocupación de empresas
importantes, suspensión del derecho de huelga, censura de los medios de información
y de productos culturales; secuestro, detención, tortura, asesinato y «desaparición»
de gran número de personas tanto de obreros, líderes gremiales, religiosos,
intelectuales, etc., en los más de trescientos centros clandestinos de detención.
Las leyes y los decretos aprobados entre 1976 y 1983 debían servir para imponer
la «seguridad nacional» y reconducir a los argentinos a la «moral», es decir,
el restablecimiento de valores «auténticamente argentinos» en el campo ético,
social, familiar, sexual, etc. Con la invasión de las Islas Malvinas en abril
de 1982 y la derrota argentina en junio del mismo año comenzó el fin de la
dictadura y la etapa de la transición hacia la democracia. En octubre de 1983 tienen
lugar las elecciones que gana el radical Raúl Alfonsín (2).
Antes de retirarse, los militares habían aprobado la «Ley de Pacificación»
(o autoamnistía) para evitar posteriores acciones legales contra
ellos. Nunca reconocieron su culpa; por el contrario, insistían en su «misión»
y en la justificación de sus «actos de servicios» por el éxito en erradicar
el «flagelo del terrorismo». Esta no-admisión de su culpa y la percepción
de las detenciones de militares como ataques contra su honor han llevado a
sublevaciones y nuevos intentos de golpe de estado en los años siguientes,
los que, a su vez, explican los intentos de apaciguamiento por parte de los
políticos mediante las leyes de «Punto Final» (dic. 1986) y «Obediencia Debida»
(mayo 1987) y el indulto definitivo concedido por el presidente Menem
(dic. 1990). Pero en 1983, bajo el efecto de las secuelas del terror, los
miles de muertos y desaparecidos, la extrema pobreza dejada por los gobiernos
militares (frente a los grandes beneficios de un reducido sector) y la enorme
deuda externa y gracias a la fuerza de las organizaciones de derechos humanos
y las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, el flamante Presidente Alfonsín
estimula la creación de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas,
presidida por Ernesto Sábato (3) y encomienda al Consejo Supremo
de las Fuerzas Armadas emprender acciones contra los miembros culpables de
las tres primeras juntas militares. La situación internacional en aquel momento
era muy favorable para la reinstauración de la democracia (también en otros
países latinoamericanos como Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil que habían sufrido
dictaduras militares). La nueva libertad (política, social y cultural) suscitó
un gran optimismo que parecía confirmarse en los dos primeros años del gobierno
de Alfonsín, a pesar de las dificultades económicas, el descontento
de las Fuerzas Armadas, el enfrentamiento con los sindicatos (trece huelgas
entre 1984 y 1989) y con la Iglesia. Sobre todo en el plano exterior los éxitos
eran palpables, como el acuerdo con Brasil, la paz con Chile, las reclamaciones
frente a Gran Bretaña... La primera crisis grave llegó con la rebelión militar
de Semana Santa del 87 (los «carapintadas»), después del juicio a los principales
jefes de las Fuerzas Armadas y a pesar de la entrada en vigor de la Ley de
Punto Final (que no permitía nuevas acusaciones más allá del 23 de febrero
de ese año). Si bien Alfonsín prometió no pactar con los sublevados,
poco después se presentó la ley de «Obediencia Debida» que dejó fuera del
alcance de la justicia a los cuadros subalternos del régimen militar. En el
plano económico, después de un primer éxito del Plan Austral (moneda que sustituyó
al peso en 1985), el fracaso de un nuevo plan económico para detener la hiperinflación
en 1988 llevó a tumultos y saqueos de almacenes en las grandes ciudades. La
declaración del estado de sitio, la represión y las consiguientes muertes
llevaron a la anticipada entrega del poder al ganador de las elecciones, el
peronista Carlos Menem (9-7-1989), situación que se repetiría con
otro presidente radical en diciembre de 2001.
Una vez en el poder, Menem, olvidando
sus promesas electorales, comenzó la privatización de las empresas estatales
(teléfonos, ferrocarriles, petróleos, línea aérea, televisión, seguro social,
Banco Hipotecario Nacional...) y, en 1992, introduce el «peso nuevo» y con
éste la paridad con el dólar, en fin, un programa económico ultraliberal,
de bonanza a corto plazo, pero, a la larga, con secuelas de desempleo, nueva
pobreza y falta de competitividad frente a la entrada de las multinacionales
a la larga. Pronto, además, aparecieron signos
de corrupción y malversación y arreciaron acusaciones hasta de tráfico de
drogas y armas contra la misma familia del presidente. Sin embargo, gracias
a un cambio de la constitución, Menem se volvió a presentar y ganó las elecciones presidenciales
de 1995 frente al candidato del FREPASO (alianza de partidos de la oposición),
mandato signado por el deterioro: alto índice de desempleo, cierre récord
de pequeñas empresas, desborde del sector «cuentapropista»
(informal), estallidos sociales y huelgas generales (frente a proyectos lujosos
como la renovación de Puerto Madero, el shopping
Abasto, barrios residenciales, country y farm clubs...). La muerte del periodista fotográfico Cabezas en
enero de 1997 inauguró una nueva serie de protestas morales y sociales (reclamaciones
de maestros, miseria en los hospitales, creciente inseguridad debido a robos
y atracos...), época que vio el surgimiento de los «piqueteros».
En las elecciones de 1999 gana la ALIANZA (entre radicales
y FREPASO) con su candidato radical De la Rúa; pero ya en mayo de 2000, tras
una reforma laboral, comienza una nueva ola de protestas, añadida a la crisis
política al renunciar el vicepresidente «Chacho
» Álvarez y, más tarde, el resto de grupos políticos de la Alianza. Es decir, en poco más de un año
la ilusión de mejora se había esfumado nuevamente para los argentinos. Bajo
el efecto de un desempleo de más del 20 por 100, la suspensión de pagos internacional,
el «corralito» (restricción para la retirada de dinero de los bancos) y el
hambre campante, comienzan, el 18 de diciembre 2001, las huelgas, blocadas
y saqueos que obligan al presidente a dimitir (y huir) y se inaugura el «baile»
de mandatarios (cinco en 15 días), hasta que el Congreso elige presidente
al peronista Duhalde el 1 de enero.
Inmediatamente se flexibiliza el «corralito», se cancela la paridad peso-dólar
que hace que el último se dispare. En junio, una protesta de desocupados deja
dos muertos («masacre del Puente Pueyrredón ») y
Duhalde debe anticipar las elecciones presidenciales, ganadas,
en abril de 2003, por el también peronista Néstor Kirchner.
Este asume la presidencia en medio de una crisis generalizada, con más de
la mitad de la población bajo el límite de pobreza, la clase media arruinada
y una deuda exterior de 178.000 millones de dólares. Sin embargo, su gobierno
no sólo dura, sino que también logra mejorar algunos aspectos económicos y
legales, entre otros una bajada del desempleo al 13 por 100, el índice de
extrema pobreza al 44 por 100 y la derogación de las leyes de Punto final
y Obediencia Debida (junio 2005).
De la crítica realista a la parodia, la autorreferencialidad y la fantasía
Sin pretender establecer una dependencia directa entre los hechos históricos
y su reflejo en los productos culturales, esos años, naturalmente, tuvieron
repercusión en el campo artístico (4), por ejemplo, mediante la censura en
la época militar, que afectó a la forma de expresar el horror pero que no
consiguió acallar a los escritores ni dejar caer en el olvido los crímenes.
Intentaré ofrecer un breve resumen de innovaciones y cambios en lo temático
y lo formal, para lo que me voy a limitar principalmente a la prosa. Si Ricardo
Piglia en 1986 veía en los textos de Arlt y Borges el origen
de la actual literatura argentina (entrevista en Hispamérica,
44, 1986), se puede constatar ahora que las «genealogías» son mucho más amplias.
La violencia desatada a partir de 1973 y su feroz represión enfrentaron a
los escritores a la necesidad de buscar nuevas formas para plasmar esta experiencia,en parte debido a lo insólito de la misma y en parte forzados por la
censura, aunque no siempre se relaciona la escritura del «insilio»
con el encubrimiento y lo oblicuo y la clara referencia política con el exilio,
como muestra la novela Nadie nada nunca (1980)
de Saer, residente en París, en la que el exterminio de caballos
encubre el de los seres humanos y el canibalismo del siglo XVI
en El entenado (1983) es una metáfora para los años
70.
Con y después de la dictadura se introducen nuevos temas
y se desarrollan otros ya abordados para darles un nuevo giro. Como constantes
se pueden apuntar las siguientes: el abuso del poder (en forma política durante
la dictadura o como dominación del cuerpo, a menudo por parte del hombre sobre
la mujer); el cuerpo (la sexualidad, la violencia, el sufrimiento, su enfermedad...),
el exilio, la miseria urbana y la nueva violencia desatada con la crisis económica
y política a finales de 2001 (5). Las mujeres, a menudo, ofrecen nuevos enfoques
con respecto a la familia, la sociedad, el erotismo y asimismo de la adolescencia
y del pasado (6). Otra vertiente es el relato policial que desenmascara la
situación socio-política del país, igual que la novela histórica, sólo en
apariencia ubicada en un tiempo lejano. El tema fantástico y de ciencia ficción,
con excelentes antecedentes en la literatura argentina desde el siglo XIX,
son retomados nuevamente.
A partir de los años 80 se advierte un interés particular en la novela histórica,
a la que se considera muy adecuada para expresar las experiencias más recientes
(la «pesadilla» de la que Stephen Dedalus quería despertarse),
interés que coincide con los debates sobre «la muerte de los grandes relatos»
y los nuevos enfoques de la historia como forma discursivaliteraria
(«verbal artifact», H. White, Tropicsof Discourse, 1978). La novela más emblemática
del 80, Respiración artificial de Ricardo Piglia,
se ocupa de la historia (del siglo XIX y
de la actual) y abre precisamente con la pregunta: «¿Hay
una historia?». A veces el disfraz de una época pasada permite hablar del
presente, opción elegida por Andrés Rivera en La revolución es un sueño eterno(1987): analiza la revolución de
1810 y el fracaso de su ideólogo Castelli, pero resultan evidentes
su preocupación por el poder y su abuso y los paralelismos con la juventud
(montonera) y los militares de la última dictadura, relación evidenciada mediante
el epígrafe tomado del libro autojustificativo de Perón, Del
poder al exilio (1974) igual que el de En esta dulce tierra
(1984), cita literal de un almirante del gobierno de Galtieri.
Eduardo Belgrano Rawson y Libertad Demitrópulos relatan
el exterminio de los indios fueguinos en Fuegia (1991) y Un piano en Bahía Desolación
(1994) respectivamente y Sylvia Iparraguirre expone
otro episodio de la misma comunidad en La tierra del fuego (1999); los tres recuperan aspectos y personajes
de la historia, silenciados o considerados marginales hasta entonces. De forma
muy distinta vuelve Juan José Saer sobre la conquista y el exterminio
de los indios colastiné en El entenado, relato que sirve, en primer lugar, para reflexionar
sobre el propio ser de la literatura. Por su parte, Perla Suez retrata el
comienzo de la «década infame» con la entrega de los bienes argentinos a compañías
extranjeras. Los asuntos históricos se pueden desarrollar de forma realista,
mítica, fragmentaria, de manera soslayada o metafórica. Por ejemplo, Daniel
Moyano ubica su novela sobre la dictadura, El vuelo del tigre (1981) en el pueblo alegórico Hualacato,
«perdido entre la cordillera, el mar y las desgracias», invadido por los «percusionistas»,
recurso utilizado también en su último relato Tres golpes de timbal (1990). Es lógico que, asimismo, la figura
de Perón, Eva Duarte y el peronismo fuesen sometidos a nuevas lecturas, por
ejemplo por T. E. Martínez, La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995) y por Luis Gusmán, Villa
(1995). Las nuevas luces que iluminan estos ídolos (o monstruos)
y los diferentes contextos políticos como son la época del propio Perón, la
dictadura militar o la era de Menem revelan nuevas actitudes ideológicas
y estéticas.
Otro de los temas desarrollados con frecuencia es el del
exilio (obligado), fruto de las experiencias de gran número de escritores,
tanto de poetas (Juan Gelmán) como de novelistas
(Daniel Moyano, Antonio di Benedetto,
Juan Carlos Martini, Humberto Costantini,
Osvaldo Soriano, Tununa Mercado, Héctor Tizón, T.
E. Martínez, David Viñas, Manuel Puig...), dramaturgos (Griselda Gambaro, Eduardo Pavlovsky) y cineastas
(Torre Nilsson, Fernando Solanas, Lautaro Murúa, Octavio Getino...), tema que, por desgracia, dio origen a varias polémicas,
la más sonada entre Liliana Heker y Julio Cortázar
(reimpresa en el mencionado número de Cuadernos Hispanoamericanos
1993: 590-604). Se enfrentaban en ellas el exilio interior
y el exterior, polémica que se debe entender como efecto
directo de la fuerte politización de los intelectuales (y artistas) de los
años 60 y 70 (7). El miedo al desarraigo social, cultural y lingüístico está
presente en las novelas de Juan Carlos Martini (Composición
de lugar, 1984) y Daniel Moyano (Libro
de navíos y borrascas, 1983), miedo expresado en todo su peso por
Antonio di Benedetto en una entrevista: «He perdido
ese ambiente, he perdido la anécdota diaria en la que estaba inmerso, he perdido
el estímulo que me llevó a concebirla. Aquí estoy en otro mundo. Pero hay
algo más profundo: el estancamiento que produce el cambio de lenguaje», el
mismo «estancamiento» que inhibió a Moyano durante
por lo menos cinco años. La reacción de otros escritores como Héctor Bianciotti, Copi (Raúl Damonte) y Juan Rodolfo Wilcock
ha sido incluso el cambio de idioma literario, al francés e italiano respectivamente.
Relacionada con el tema se encuentra la problemática vuelta a la patria o
el «desexilio», como lo llamó Mario Benedetti, y la difícil reintegración social y cultural.
El relato policial (8), ya introducido por Borges y Bioy Casares con la serie «El Séptimo Círculo» y con sus cuentos
escritos en colaboración y por Piglia con su «Serie
Negra» (desde 1969), es aprovechado desde los años 70, en gran medida, porque
permitía escapar a la censura al tratarse de un tipo de texto al que el crimen
y la violencia son inherentes. Últimos días de la víctima (1979)
de Juan Pablo Feinmann es un excelente ejemplo de
encubrimiento (un asesino en serie) para tratar la violencia del Estado. Aunque
los años 90 ya no son tiempos de «silencio», se continúa con éxito en esta
línea. Piglia es uno de los autores que más frecuenta
este subgénero y no sólo en sus novelas más recientes (en el fondo, ya Respiración
artificial contiene un enigma y un probable crimen), pero también
se relacionan con él los nombres de Juan Carlos Martini,
Mempo Giardinelli, Pablo
de Santis, Juan Sasturain
y el mencionado Feinmann. Muchos de los textos siguen
las pautas de la novela negra norteamericana (Hammett,
Chandler, Goodis, W. R. Burnett, sin olvidar el cine americano de la misma temática)
para denunciar la corrupción, violencia y represión de la dictadura. Giardinelli, por ejemplo, une los temas
de la dictadura, el crimen policial y el exilio en su novela Qué
solos se quedan los muertos (1986). Tanto para Saer,
La
pesquisa (1994), como para Alan Pauls,
El
coloquio (1990), gran parte del enigma y su (imposible) solución
se desarrollan al nivel del discurso.
Sexualidad y escritura de mujeres
Como ya se dijo, los militares impulsaron los «valores fundamentales» como
orden y disciplina, la familia, la moral cristiana, etc., y se propusieron
erradicar no sólo la «subversión», sino también «vicios» como la sexualidad
desbordada o ‘aberrante’, por lo que se censuraban textos como «pornográficos»
cuando contenían, por ejemplo, actos orgiásticos, de violencia sexual o tendencias
homosexuales, lo que llevó a la prohibición de libros como El frasquito
de Luis Gusman y El beso de la mujer araña
de Manuel Puig, de obras de teatro (Roma Mahieu, Juegos a la hora de la siesta y María Lamuerte), de
películas como La intrusa (sobre el cuento homónimo de Borges),
aparte, naturalmente, de El último tango en París. Escritores
y escritoras como Enrique Medina, Tununa Mercado (Canon de alcoba, 1988) y Ana María Shúa (Casa de geishas, 1992) siguen una línea ya inaugurada por Osvaldo
Lamborghini en El fjord (1969) y denuncian la violencia
(violación) sexual (política) ejercida sobre el cuerpo del otro (la otra),
violencia y traición pagada con la misma moneda por la joven Mora en Complot
(2004) de Perla Suez. También las relaciones sexuales entre las parejas
de Andrés Rivera son a menudo violentas y sádicas, sobre todo en La
sierva (1992) y Los vencedores no dudan (1989) en la que el autor centra el punto
de vista en una mujer que interioriza la crueldad de su marido, un militar.
La literatura femenina tiene un auge especial después de la vuelta a la democracia
alfonsina, en gran parte relacionada con una apertura total hacia el tema
erótico como la practican autoras como Liliana Heker (Zona de clivaje 1987), Tununa Mercado (Canon
de alcoba 1988), Alicia Steimberg (Amatista 1989)...
Algunas veces estas autoras retoman viejas formas como el Bildungsroman para adaptarlo y transformarlo en un texto específicamente
femenino (Ana María Shúa, Los amores de Laurita 1984 y la mencionada novela de Heker),
y otras siguen el modelo de The Bloody Chamber (1979) de Angela
Carter y reescriben desacralizando los cuentos de hadas (Shúa,
Casa de geishas 1992 y Luisa Valenzuela, la sección significativamente
titulada «Cuentos de Hades» de Simetrías 1993). Un caso especial es el de Elvira Orphée
que retoma su novela En el fondo (1969) para reescribirla
en La muerte y los desencuentros (1990). Otras escritoras
se esfuerzan en dilucidar el papel, siempre secundario, que desempeñaron las
mujeres en la historia argentina como María Esther de Miguel en La amante del restaurador (1993) o María Rosa Lojo
en La princesa federal (1998). Lo nuevo es, además, el fuerte
apoyo en el humor de escritoras como Luisa Futoransky en De
Pe a Pa (1986).
Humor y parodia
El humor, la parodia y la sátira son precisamente rasgos
dominantes en los años 90 (9), como también constata Arturo Carrera en su
antología de poesía Monstruos (2001:11):
«Un rasgo distintivo común a todos los poetas de los años
ochenta y noventa: el quiasma o cruce constante de teorías de las percepciones
cotidianas donde el humor, lo grotesco, el lirismo ironizado, el absurdo entre
el horror y la risa asimilan toda distorsión y la devuelven multiplicada.
Un acercamiento al lenguaje ‘absolutamente despreocupado’ ya que no indiferente
a la tensión de la lengua».
Ello resulta obvio
en textos sobre Perón como Una pálida historia de amor (1991)
de Rodolfo Fogwill, El muchacho peronista (1991)
de Marcelo Figueras, La aventura de los bustos
de Eva (2004) de Carlos Gamerro y La
vida por Perón (2004, llevado al cine por Sergio Bellotti
el mismo año) de Daniel Guebel, si los comparamos,
por ejemplo, con la primera novela mencionada de T. E. Martínez. La sátira
invade incluso la trágica guerra de las Malvinas, p. e., en «La soberanía
nacional» (Historia argentina, 1991) de Rodrigo Fresán, «Impresiones de un natural nacionalista» (El
ser querido, 1992) de Guebel y en Los
pichiciegos (1983) del mencionado Fogwill,
aunque la crítica contra los militares resulta obvia. Pero el verdadero cultivador
del humor (y de la inversión de topos y códigos) es César Aira, reconocido modelo para algunos jóvenes escritores a
los que el propio Aira, alias Cédar
Pringle (Aira nació en
Coronel Pringles) introduce en El
volante (1992) como Louis Hitarroney
(Luis Chitarroni), Serge Fejfec (Sergio Chejfec) y Daniel Beguel (Daniel
Guebel) (10).
Fragmentación y metadiscurso
Pero no sólo el humor y la sátira invaden los relatos desde los años 80;
si pensamos en autores como Saer y Piglia, también es evidente
una general duda de la época acerca del material mismo (la realidad extraliteraria
y su transposición en lenguaje, «la selva espesa de lo real» en palabras de
Saer) y un escepticismo respecto de la Historia. Aunque en muchos
autores jóvenes estos cambios se pueden interpretar como desengaño frente
a la fuerte politización de los intelectuales de la generación anterior, en
otros, como Saer, son resultado de los debates sobre el status
de la literatura, su autonomía (R. Barthes) y de la creación
de un «efecto de realidad» (Barthes en Communications 1968; Ph.
Hamon, «un discours contraint» 1973) frente a la
pretensión de reflejarla (11). Estas cuestiones y el replanteamiento del objetivo
de la literatura ya se habían anticipado en algunos textos de los años 60
y 70, sobre todo de Néstor Sánchez y Osvaldo Lamborghini (El
fjord), pero en los 80 y 90 tienen su eclosión en una diversidad
de respuestas y combinaciones formales, con un predominio de textos en los
que reina la fragmentación, la autorreferencialidad, la mezcla de
géneros (por ejemplo, con el ensayo, en Piglia), la incorporación
de géneros menores (ya practicada por Manuel Puig al incluir el cine, el radio-teatro,
las revistas femeninas, el folletín, el bolero, etc., en sus novelas, es decir,
una «escritura bastarda», según la expresión de A. Pauls en referencia
a Puig) (12), el recurso a la cita, la reescritura y el espejamiento,
aparte de la mencionada parodia. Por el contrario, brilla por su ausencia
una historia desarrollada siguiendo la relación causa y efecto, con comienzo
y final y, si la hay (de forma mínima), el lector debe colaborar para (re)componerla
a base de fragmentos dispersos que le son ofrecidos.
El séptimo arte
El cine, no presente en este monográfico, expresa, obviamente,
las mismas inquietudes (13). También fue objeto de la censura y la autocensura
y muchos de sus directores y actores fueron amenazados por la Triple A. En 1973, Carlos Ulanovsky resumió los diversos aspectos del «fantasma»
de la censura: «no oficial, formulada sobre la base de órdenes verbales; autoritaria,
sin explicaciones [...] representativa del modelo político imperante; sistemática
y sostenida...» (en A. Avellaneda 1986:II, 253).
El resultado fue lo que María Elena Walsh llamó «el País-Jardín-de-Infantes, fabricador de embelecos»
(id.:185). Pero una vez caída la dictadura, también
el cine recuperó la libertad y con ella su esplendor.
Si se ha dicho más arriba que los años 80 son fértiles en novela histórica,
lo mismo es cierto para el cine. Esta tendencia comienza con la película más
exitosa, Camila (1983/1984) de María Luisa Bemberg, quien, bajo el
caso de la patricia Camila O’Gorman y su amante, el sacerdote
Ladislao Gutiérrez, ejecutados y arrojados a la fosa común, denuncia
la reciente dictadura. Para el tema del exilio sirve el histórico caso de
Gardel en Tangos. El exilio de Gardel (1986) de Fernando Solanas; y Martín
(Hache) (1997) de Adolfo Aristaráin, para el reciente. El
mismo director retrata la crisis económica de fin de siglo y la pérdida de
los viejos ideales de los sesenta en Lugares comunes (2002). Otras películas se situán directamente
en los años de la dictatura, por ejemplo, Los chicos de la guerra (1984) de Bebé Kamín, sobre la guerra
de las Malvinas; La noche de los lápices (1986) de Héctor
Olivera, sobre el secuestro y tortura de los estudiantes de secundaria en
La Plata. Pero fue La historia oficial (1985) de Luis
Puenzo, con guión de Aída Bortnik, la que más debates suscitó
por su personaje central, una profesora de historia que no vio lo que pasó
a su alrededor y el tema del robo de niños de «subversivos». Naturalmente,
gran número de películas se dedican al tema de los desaparecidos; una de las
últimas estrenadas es Kamchatka (2003) de
Marcelo Piñeyro. Un interesante experimento que une pasado y presente,
documento y ficción, es Gerónima (1985) de
Raúl Tosso, sobre la destrucción de una familia (la nación) mapuche,
denuncia que también está en el centro de La deuda interna (1988)
de Miguel Pereira, sobre los coya jujeños. Frente al realismo de
estas películas se alza el cine lírico de Eliseo Subiela, en obras
como Hombre mirando al sudeste (1989), El lado oscuro del corazón (1992) y otras. Sobre todo la primera
permite la lectura política de un extraño que quiere cambiar el sistema y
al final es sacrificado por él. El topos del espacio cerrado y la metáfora
de la enfermedad y de la Argentina como clínica psiquíatrica o cárcel,
como en El beso de la mujer araña (Puig 1976; Héctor Babenco
1984), son frecuentes en el cine y la literatura de estos años. La sátira
es otra forma de enfocar la realidad dislocada, como en No habrá más pena ni olvido (1983) de Fernando Ayala,
sobre la novela de Soriano, que gira en torno a las luchas internas del peronismo.
Otro recurso es el cine-en-el-cine como en el citado film Tangos y en Un muro de silencio (1993, Lita Stantic),
donde una directora rueda una película sobre un desaparecido y pone al descubierto
la responsabilidad colectiva. También el cine negro tiene éxito con su comparsa
de policías y políticos corruptos, mafias y dinero fácil; el mejor ejemplo
de ello es Plata quemada (2000, Marcelo Piñeyro)
sobre la novela homónima de Piglia.
A modo de sumario
En la «antología» de estudios que sigue, se ha intentado
abarcar el más amplio espectro de la producción literaria de las dos últimas
décadas. Sin duda alguna han quedado fuera autores,
obras y temas no carentes de interés. Se ha intentado evitar, en lo posible,
lo aleatorio y, hasta cierto punto, se ha seguido un camino ‘tradicional’
al agrupar los trabajos en torno a los tres géneros, poesía, prosa y teatro,
con dos estudios no literarios, uno sobre el testimonio de las presas (Fernando
Reati) y el otro sobre las revistas (Roxana Patiño). No creo
oportuno hacer un resumen (y, por lo tanto, la anticipación) de los trabajos
como, a menudo, se suele hacer. Me parece más justo que cada uno de los estudiosos
y sus análisis hablen por ellos mismos. Tal vez haya que reconocer cierta
descompensación a favor de la prosa, con dos trabajos generales sobre cuentistas
(Andrés Neuman) y novelistas «emergentes » (Florencia
Abbate) y otros estudios sobre destacados autores
como Juan José Saer (María Bermúdez y Jorge Monteleone)
—pequeño homenaje al autor recientemente fallecido—, Ricardo Piglia
(Trinidad Barrera) y César Aira (Sandra Contreras).
Tanto de la poesía como del teatro se ocupan cuatro críticos; también aquí
se sigue la línea de combinar los estudios generales con los dedicados a un(os)
determinado(s) autor(es). Las tendencias de la poesía actual son analizadas
por Pablo Anadón, mientras que Silvia Barei se centra
en la obra de Juan Gelman y Mario Trejo, Edgardo
Dobry en la de
Daniel Samoilovich y Raúl Antelo
en la de Arturo
Carrera. En el campo del teatro, Jorge Dubatti
y Osvaldo Pellettieri desgranan las principales
corrientes desde el enfoque de la «multiplicidad » y de la «posmodernidad»,
mientras que Rita Gnutzmann dedica su labor a la
obra de Griselda Gambaro y Dubatti
a la recentísima de Rafael Spregelburd.
Como suele ocurrir, «no están todos» los que deberían/podrían estar; faltan
importantes autores como Andrés Rivera o Héctor Tizón, y llamará
la atención la ausencia de más nombres femeninos; si bien
hubo encargos sobre ellos, por alguna razón los trabajos no
se realizaron a tiempo. Confío que aun así este monográfico
dé una idea de cambios, tendencias y autores argentinos de
los últimos lustros.
R. G.—UNIVERSIDAD DE VITORIA
NOTAS
(*) Nota de la editora: Por motivos de espacio, el monográfico Letras
argentinas. Un nuevo comienzo se ha dividido en dos partes. En esta primera
se abordan la novela y el cuento desde el fin de la dictadura hasta hoy. La
poesía, el teatro y las revistas se analizarán en la segunda parte, de próxima
aparición.
(1) Andrés Avellaneda, Censura, autoritarismo y cultura: Argentina
1960-1983, 2 vols. Buenos Aires. CEAL. 1986; véase también la minuciosa
reconstrucción de la dictadura en Óscar Troncoso, El proceso
de reorganización nacional. Buenos Aires. CEAL. 1984-1994.
(2) Para esta época, véase, por ejemplo: M. Z. Lobato, J. Soriano, Atlas
histórico de la Argentina. Buenos Aires. Sudamericana. 2000;
D. K. Lewis, The History of Argentina. Westport/London.
Greenwood Press. 2001; A. de Marco (coord.), Nueva historia
de la Nación Argentina. Buenos Aires. Planeta. 2003.
(3) La CONADEP publica su informe al año siguiente, Nunca más. Buenos
Aires. EUDEBA. 1984; en España lo publica Seix Barral en 1985. Aunque
la Comisión sólo recopilara los datos de 8.961 desaparecidos, la cifra probable
es de 30.000. El informe deja claro, además, que no se trataba de desmanes
individuales, sino de una planificación premeditada.
(4) El festival de Teatro Abierto y su éxito en 1981 es la clara muestra
de voluntad de no callar y, por otra parte, del debilitamiento de los militares.—
Existe una amplia bibliografía sobre la literatura del «Proceso» y los años
posteriores; véanse, entre otros títulos, Daniel Balderston et al.,
Ficción y política. La narrativa argentina durante el proceso militar.
Buenos Aires/Madrid. Alianza. 1987: Saúl Sosnowski (ed.),
Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino.
Buenos Aires. Eudeba. 1988; K. Kohut, A. Pagni
(eds.), Literatura argentina hoy. De la dictadura a la democracia.
Frankfurt/M. Vervuert. 1989; R. Spiller (ed.),
La novela argentina de los años 80. Frankfurt/M. Vervuert. 1991;
Fernando Reati, Nombrar lo innombrable. Violencia política
y novela argentina: 1975-1985. Buenos Aires. Legasa. 1992;
A. J. Bergero, F. Reati (comps.), Memoria
colectiva y políticas del olvido. Argentina y Uruguay, 1970- 1990.
Rosario. B. Viterbo. 1997; G. Fabry, I. Logie (eds.),
La literatura argentina de los años 90. Amsterdam/New
York. Rodopi. 2003. Otros libros y revistas amplían el estudio
a campos relacionados de la cultura, historia y economía: La cultura argentina.
De la dictadura a la democracia de Cuadernos Hispanoamericanos 517-519,
1993; R. Spiller (ed.), Culturas del Río de la Plata
(1973-1995). Frankfurt/M. Vervuert. 1995.
(5) La obra de teatro de Rafael Spregelburd, Un momento argentino
(2002) une esta crisis con el tema de la dictadura, la tortura y
el robo de niños.
(6) Véase Ester Gimbernat González, Aventuras del desacuerdo.
Novelistas argentinas de los 80. Buenos Aires. D. Albero Vergara.
1992.
(7) Silvia Sigal, Intelectuales y poder en la década del sesenta.
Buenos Aires. Puntosur. 1991; José Luis de Diego, ¿Quién
de nosotros escribirá el Facundo? Intelectuales y escritores en Argentina
(1970-1986). La Plata. Edics. Al Margen. 2001.
(8) J. Lafforgue y J. B. Rivera, Asesinos de papel. Buenos
Aires. Calicanto. 1977 (Colihue. 1996).
(9) La nueva actitud puede explicarse como reacción contra la mencionada
politización de la generación anterior, pero igualmente como parte de la crisis
del marxismo internacional tras la caída del muro de Berlín y la disgregación
de la Unión Soviética.— Para las nuevas tendencias literarias, véanse los
excelentes estudios de Andrés Avellaneda en Bergero/Reati
(1997:141ss.) y «Recordando con ira: estrategias ideológicas y ficcionales
argentinas a fin de siglo», Revista Iberoamericana, 202, 2003,
119-135.— A. Carrera, Monstruos. Antología de la joven poesía argentina.
Buenos Aires. FCE/ICI. 2001.
(10) Existe (existió) relación entre estos escritores jóvenes a través del
suplemento Tiempo Cultura (de Tiempo Argentino) y,
a continuación, la revista Babel (1988-1991), donde
se agrupaban Guebel, Chejfec, Pauls, Caparrós...
(11) Estas ideas ya fueron planteadas por Borges, e incluso antes por Macedonio
Fernández, igual que la teoría de que todo texto es una reescritura de otros
anteriores (representada como «máquina de traducir» por Piglia en
La ciudad ausente 1992) y de que nuestras lecturas influyen en la percepción/recepción
de los textos.
(12) Tal vez se puede hablar de ‘democratización’ de la literatura; en este
caso sería comparable con lo que ocurre en el teatro: el desplazamiento del
peso del texto de autor hacia el teatro de teatristas (la labor colectiva
de director, actores, equipos de puesta en escena...) y la inclusión de técnicas
de performance, del varieté, vídeo, etc.
(13) Véase Octavio Getino, Cine argentino — entre lo posible
y lo deseable. Buenos Aires. Ciccus. 1998 y los artículos
de J. A. Mahieu y D. Liev en Cuadernos Hispanoamericanos
1993:289-312).
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