| Cuando a fines del siglo pasado Luis Alberto de Cuenca, director a la sazón de la Biblioteca Nacional, y el marqués de Tamarón, director del Instituto Cervantes, me ofrecieron, amabilísimos, la gerencia de una Nueva Biblioteca de Literatura Universal, yo vi el cielo poco menos que abierto.
Toda la vida había soñado con la existencia en nuestro país de una colección como «La Pléiade» francesa, de grandes traducciones de algunos importantes clásicos, de volúmenes completos de grandes escritores de lengua española. No existía una verdaderamente distinguida traducción de Montaigne o del conjunto de Shakespeare, nada que pudiera compararse, por ejemplo, con las maravillosas versiones inglesas de Homero, o con el Quijote alemán de Ludwig Tieck. Salvo el Proust de Salinas y Quiroga Pla, y algunas hazañas más --al catalán, desde luego, la Odisea de Carles Riba--, todos eran libros para andar por casa, trabajos de filólogos desprovistos de talento literario --cosa tan útil a la hora de encararse con los mejores creadores del mundo-- o de escritores obligados a traducir para sacar adelante a la familia. El conocimiento de la América hispánica seguía siendo muy insuficiente. Había tenido lugar además una desgracia: la terminación de la serie de grandes volúmenes publicados por Aguilar --editor de gran mérito si los hubo, durante los años del franquismo-- , donde aparecían reunidas todas las obras, por ejemplo, de Gracián, o Valera, o Galdós, o las principales de Dostoyevsky. Luego se han realizado importantes colecciones de obras españolas, presentadas con especial pericia en cuanto a la crítica textual y la anotación, pero meramente individuales. Era obligatorio trocear a los clásicos. La parte tenía prioridad sobre el conjunto. Se distinguían unos filólogos muy capaces, pero no unos editores muy audaces. Aguilar no había tenido desde este punto de vista sucesor.
Claro que en la práctica hemos tenido que franquear numerosos obstáculos y superar muchos malentendidos. Claro que nuestras aspiraciones sólo podían realizarse poco a poco y con incesante esfuerzo. Y hoy seguimos peleando, pero con la satisfacción y la confianza que nos va dando buen número de realizaciones, que hicieron posibles la colaboración con una editorial de mucha solera y habilidad, Espasa Calpe; el apoyo desde un principio de nuestro siempre generoso amigo, año tras año, Víctor García de la Concha, y la perspicacia de un sabio presidente de Patronato, Juan Antonio Ortega y Díaz-Ambrona. Pero ¿cuáles eran esos objetivos?
Objetivos
La «Biblioteca de Literatura Universal» aspiraba y aspira a ofrecer al lector español, y más generalmente, a los lectores de lengua española, una amplia colección de autores y obras de valor mundialmente reconocido y, al propio tiempo, de vivo interés actual. Esta actualidad, esta condición de actuales y presentes, es fundamental. Un clásico es, entre otras cosas, un gran escritor que ya está vivo, como decía T. S. Eliot, already living.
Son tres o cuatro los rasgos que caracterizan nuestra serie. Sin reducirnos a los clásicos de lengua española, presentamos a escritores procedentes de múltiples latitudes y naciones. Primero, los de España e Hispanoamérica. También, los textos más valiosos e interesantes de lenguas y países de nuestra tradición, la europea y occidental. Asimismo, se albergarán grandes obras procedentes de otras civilizaciones, como la árabe, la hindú, la china o la japonesa. Tenemos contratadas en este momento traducciones de una obra maestra árabe y otra japonesa. Nótese que lo primordial y constituyente en todo caso es no sólo la valía general, más allá de nuestras fronteras, de estas creaciones de la imaginación humana, sino la fuerza supranacional de la lengua española, que al acogerlas confirma y practica su propia vocación de universalidad. La gran riqueza de nuestro país es lingüística, artística y literaria, y al abrirla a nuevas dimensiones, la acrecentamos y actualizamos.
Elaborar un canon
Sería abrumador y acaso prohibitivo proyectar la publicación de un vasto corpus cerrado y suficiente. No trabajamos con una lista de x autores u obras maestras, como Las 100 mejores poesías de Menéndez Pelayo. Nada de números mágicos. La B. L. U. no arranca de un canon, sino lo irá elaborando poco a poco, o mejor dicho, irá transformando los actuales. El canon significa hoy por hoy o bien una antología personal, como la de Harold Bloom, o bien una actitud de conformidad con condicionamientos institucionales, económicos y nacionales. El canon, si lo hubiere, sería extensísimo. La colección de «La Pléiade» contiene unos 190 volúmenes.
Nuestra selección de autores se debe a criterios de actualidad, como decía, ante todo valorativa (el autor interesa vivamente), pero también editorial (el que se encuentre o no en el mercado); como también de representatividad histórica y literaria; y también de viabilidad cara a su publicación en fechas próximas. De tal suerte, el director ha de hacer frente a distintos retos en circunstancias concretas. Hay que sopesar condiciones cuantitativas, como averiguar si es factible sacar un solo volumen, o hacen falta varios; y también el problema de los derechos de autor y hasta de entendimientos con herederos ambiciosos. Determinados filólogos, críticos y traductores tienen que encontrarse disponibles y dispuestos a colaborar. Quisiéramos contar con los mejores especialistas, que suelen estar ocupadísimos por los tiempos que corren. En el terreno filológico media España trabaja para las ediciones críticas que aparecen en Barcelona y Madrid, la otra mitad para los homenajes, los centenarios, las exposiciones, las presentaciones, los cursos de verano, las promociones de ciudades y autonomías. En suma, son muchos los factores harto reales que condicionan el trabajo del director y que hacen que una lista de preferencias absolutas adolezca de irrealidad.
Aspiramos, así, no a abarcar cantidades sino a facilitar y promover cierta calidad de experiencia cultural. ¿Se irá configurando poco a poco el ámbito que haga posible esa experiencia? La B. L. U. propone no el mero consumo de una serie de prestigiosos objetos artísticos e intelectuales, considerados como austera obligación o mérito simbólico, sino el aprendizaje y enriquecimiento de todos a través de la lectura y de una concepción dinámica de la cultura. Esta concepción es también crítica, por cuanto deseamos la activa participación de los lectores, y desde luego de los colaboradores y editores en la preparación de la serie, en una continua tarea de revalorización y hasta de descubrimiento. De ahí que se propusiera una serie abierta, que poco a poco se fuera abriendo al amplio espectro de valores primordiales que habían de irse manifestando.
De ahí también que tengamos por fundamental la publicación, lo repito, siempre que sea posible, de obras completas. Una vez que se ha elegido a un gran autor, no hay que seleccionar en demasía, sino dejar al lector que juzgue y prefiera. «La Pléiade» francesa, recuérdese, o bien no publica a Balzac, a Racine, a Turguéniev; o bien los publica completos o por lo menos no reducidos a unas pocas obras; y ello con gran dignidad en cuanto a edición y anotación. Lo tradicional es reducir la presentación de Calderón a unas pocas obras, las de siempre; o la del Modernismo latinoamericano a Rubén Darío; o la de don Juan Valera a Pepita Jiménez. Las colecciones de clásicos hispánicos vuelven siempre sobre los mismos títulos, dentro de un canon cada día menos sorprendente y más reiterativo. La B. L. U. no pretende imitar a «La Pléiade» en todo, pero sí en lo que toca a la amplitud del volumen individual.
Ahora bien, nótese que la definición de esta amplitud no es la de una serie pensada para el uso de filólogos y especialistas --no se trata de toda, absolutamente toda, la obra de determinado escritor--. Tenemos especialmente presentes a los aficionados a la literatura, a los lectores más o menos cultos, pero deseosos de serlo más bien más, a las crecientes clases medias españolas y latinoamericanas. Así, por ejemplo, el volumen de Baudelaire incluye muchas prosas poco conocidas del gran poeta, pero no aquellas lamentables páginas que en su vejez escribió contra los belgas y las belgas, Pauvre Belgique!
Esta concepción de la relación con el lector afecta también la presentación de los libros. Repito que tenemos la intención de dirigirnos no a profesionales de la enseñanza o a aprendices de filólogos ante todo, sino a un amplio y diverso público, deseoso de enriquecerse cultural y personalmente mediante la posesión de ediciones esmeradas de los autores más eminentes; de presentar no volúmenes hiperanotados ni dedicados a la elaboración de nuevas ediciones críticas sino basados en los mejores textos ya asequibles, dotados de prólogos inteligentes y de cuantas notas a pie de página sean necesarias, pero breves y meramente aclaratorias, es decir, destinadas exclusivamente a facilitar la lectura.
Puesto que no era ni siquiera imaginable o soñable la publicación de un número de clásicos suficientes --«La Pléiade» se remonta a años anteriores a la segunda guerra mundial--, ha sido necesario elegir obras y autores representativos, y ello desde distintos ángulos. Había que buscar desde un principio un equilibrio entre distintos campos. No se podía esperar demasiado para publicar a un clásico español, otro latinoamericano, otro europeo. No podía dejarse para más tarde un clásico griego, o latino o medieval, o renacentista; o un gran escritor del Barroco o de la Ilustración. De ahí Homero, y Ovidio; o Boccaccio, o Gracián, o Swift. Ni un gran poeta y un gran novelista del siglo XIX: Baudelaire, Stendhal. No podían aplazarse clásicos de otras lenguas ibéricas: de ahí el Tirant lo Blanch, junto a otras novelas caballerescas. Ni podía todo ser prosa, o todo poesía. De hecho la poesía en la B. L. U. siempre va bilingüe, desde el primer volumen de la serie, el Homero, griego y castellano a la vez, una realización excepcional en España; como también el Ovidio, bilingüe e insólitamente completo. Había que buscar varios equilibrios, por ejemplo ante la América Latina, dividiéndonos entre México, el Perú y la Argentina: Sor Juana Inés de la Cruz, el Inca Garcilaso, Sarmiento.
Tres grandes cimas
Me alargaría demasiado aquí si indicase a través de qué autores y volúmenes, ya contratados y en preparación, queremos seguir buscando esa amplitud y ese equilibrio. Sólo mencionaré a las tres grandes cimas no ya de los siglos XVI o XVII sino de sus respectivas literaturas que son Montaigne, Cervantes y Shakespeare. A Cervantes durante el año 2005 los españoles le hemos protegido muy mal. No hubiera sido oportuno introducir un Quijote más en el mercado. Luego veremos, sin subestimar, ¡por Dios y la Virgen!, las demás obras cervantinas. Se está llevando a cabo en este momento una traducción nueva de los Essais, por Javier Yagüe, proyecto que es una de las principales ilusiones de quien escribe estas líneas. Y también la preparación de tres volúmenes de Shakespeare (Tragedias, Comedias y tragicomedias, Dramas históricos y Poesía), asimismo bilingües, basados en las versiones y la coordinación de Ángel-Luis Pujante. Añádase que dentro de pocos meses saldrá un primer volumen de narraciones de Goethe, reunidas por Marisa Siguan.
Creo que todo ello ha significado, por último, una cierta apertura y flexibilidad no ya en la idea de una colección de clásicos sino en el concepto mismo de literatura. La B. L. U. quisiera presentar no sólo grandes obras singulares sino géneros significativos, cuando resulte más práctico y atractivo, y traducciones de lenguas poco conocidas, como el griego moderno. Puesto que no se concibe la literatura como una yuxtaposición de nacionalidades, y nuestro empeño es una colección, digamos, sin fronteras, al preparar un volumen de novelas picarescas se puede pensar no sólo en las españolas, que ya publicamos, sino en otro que dé cabida a Simplicissimus de Grimmelshausen y a Gil Blas de Le Sage; y otro tanto puede contemplarse, con motivo de un volumen de cantares de gesta medievales (españoles, franceses, germánicos), o de utopías, del Renacimiento al siglo XIX, o de moralistas modernos. No hay que sobrevalorar las restricciones de carácter convencional a la hora de acotar temas, géneros y formas de interés general.
Nuestro tiempo desgasta los conceptos esenciales. Cultura significa hoy demasiadas cosas. Valga en el presente contexto la definición no hace mucho de Claude Lévi-Strauss: «el enriquecimiento esclarecido del juicio y del gusto». O si se prefiere, el enriquecimiento cultivado de la inteligencia y de la sensibilidad. Puesto que tal es nuestro propósito, la B. L. U. concibe la literatura en su sentido más amplio, históricamente cambiante: no sólo poesía, teatro y narrativa sino también prosa no ficticia --ensayos, memorias, viajes, diarios íntimos, epistolarios, periodismo--, y desde luego, en ciertos casos, pensamiento e historiografía. Procuremos aproximarnos, selectiva y progresivamente, a una considerable variedad de valores, creaciones y modalidades humanas de vivo interés presente, puestos a la disposición del vivir y el devenir del lector, y siempre también, no lo olvidemos, de una experiencia indispensable y positiva, lo que llamaba Roland Barthes, muy sencillamente, el placer de la lectura.
C. G.--REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
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