| La idea de reunir una serie de ensayos que tuviesen como foco temático central la poesía mexicana ulterior a la muerte de Octavio Paz surgió en diciembre del año pasado, en Madrid, durante amena conversación con Carlos Álvarez-Ude, a quien agradezco la confianza radicada en mí como coordinador de este número monográfico. Siempre que desaparece un escritor que ha tenido una influencia y proyección internacionales, como fue el caso específico de Octavio Paz, un hueco enorme se genera: la silenciosa densidad de la ausencia. Fue, sin duda, deplorable la suspensión de la actividad crítica y poética de Paz porque se trataba de una voz ?una presencia, una figura pública incluso? irremplazable. El editor de Paz en México, Adolfo Castañón (1), me comentó en Monterrey, cuando el poeta estaba ya en su trance final, a escasos milímetros de partir, que el autor de El arco y la lira quería emprender aún múltiples, diversos, novedosos proyectos. Hay una urgencia singular de decir frente al abismo, frente al avispero de sombras. Paz murió con la pluma en ristre: atento a todos los instrumentos músicos de la orquesta. Después de Paz (se suele decir en esta orilla del Atlántico que «la poesía mexicana descansa en Paz») los poetas mexicanos lanzaron sus voces a la aridez de una realidad sorda, tal vez huérfana, ya sin ese guía polémico y controvertido. Mucho se ha avanzado, creo yo, desde 1998: la poesía mexicana no duerme y los caminos trazados por Paz han sido trillados por algunos poetas que, arrepentidos epígonos, desdicen o desoyen el latido de la poesía escrita por el autor de «Pasado en claro»: la presencia de Paz tornó a ser piedra de escándalo: deporte nacional fue refutarlo o, en la otra orilla, apoyar lo que hubo dicho. Nadie puede ignorar el medusado influjo de esta presencia: si pretendemos borrarlo es porque sabemos que existe como referente ineludible. Podríamos parafrasear el poema que sembró en Salamandra: «sus voces / en este continente / se escuchan / en otro continente / donde / sólo es real la niebla».
Siempre ha de causar un efecto salutífero mirar la hipérbole del revés, como figura que permite disminuir (exageración a la inversa) la circunstancia o el hecho que enuncia. Así diremos, por ejemplo, que acerca de la ponderación de la presencia de Paz se desprenden varias hipótesis:
a)Paz no influye ya nada en la poesía mexicana.
b)Paz influye sólo como autor, no como animador, mecenas o gurú literario.
c)Influye Paz sólo en aquellos poetas que forman ?o formaron? parte de su grupo, esto es, de su cortijo literario.
d)Influye Paz mucho más como ensayista y como crítico que como poeta.
Inútil es decantar nuestra consideración por alguno de los incisos anteriores. Deseamos que la voz lírica de Octavio Paz no corra la misma suerte que la poesía de Enrique González Martínez, uno de los principales escritores mexicanos del siglo pasado y, por desgracia, en nuestros días poco atendido o, si me apuran, olvidado. Y digo ahora a mis lectores españoles: ¿Quién emprende, hogaño, la lectura de El alcázar de las perlas de Francisco Villaespesa? Villaespesa fue, en su tiempo, un autor muy leído: «Mi vida es el silencio de una espera.»
Pensemos en la obra de Paz como se piensa en la poesía de quien afirmó, en varias ocasiones, que de su creación completa rescataría, sometida a la exigente ordalía de la criba de Eratóstenes que es una metáfora de la criba del tiempo, sólo tres o cuatro poemas. Quizá «Blanco», «Piedra de sol» o «Viento entero» le aseguren un lugar allende a la ruindad aleve de las horas.
Aquí hemos convocado, como póstumo homenaje ?y temprana profanación? al autor de El signo y el garabato, a varios poetas y ensayistas para formular un diagnóstico del estado de salud de la poesía mexicana tras la desaparición de una de sus más críticas y lúcidas conciencias. Es cierto que ahora, como veremos, la poesía mexicana «trabaja en paz», reconcentrándose en su propia voluntad dinámica, en el umbral del milenio.
He procurado la conformación heterogénea de un grupo de autores mexicanos jóvenes. Invité a escritores pertenecientes -o colaboradores en/de- varios grupos, revistas o suplementos culturales. El resultado debe ser ponderado, en su justa dimensión, por quienes emprendan la lectura de este número insular, en todos los sentidos que la palabra convoca: solitario, monográfico, distinto.
Hemos invitado a uno de los nuevos lectores de Paz, el ensayista Dante Salgado, quien aporta una aproximación hacia el poeta en su fase inicial, cuando apenas había publicado sus primeras prosas en periódicos y revistas mexicanos. Pensamos que, acorde con la idea de la poesía como conciliación de los opuestos y en la misma línea de la inteligencia del acto creativo como perpetuo recomienzo, hablar del primer Paz es también, en cierto sentido, abordar la franja crepuscular del último Paz, acaso el más fresco, el más reciente.
Carla Faesler (2) emprende un asedio que pondera las correspondencias entre el arte de la poesía, la música y la plástica, con énfasis puesto en los espejeos de los quehaceres poético, pictórico y musical en los últimos años. El ensayo aborda una parcela amplia y urde alianza entre la investigación, la buena prosa y la invitación inteligente a transitar con fruición el puente de reflejos inter/trans disciplinarios.
Uno de los más importantes ensayistas jóvenes de México, reciente ganador del Premio Jus, Armando González Torres, desentraña las características de ciertas estéticas: las afinidades y las divergencias, los ecos y las disonancias, para mostrarnos una radiografía tan avisada como valerosa de la poesía mexicana de la segunda mitad del siglo xx: estridentistas, poeticistas, infrarrealistas y solitarios.
Armando Oviedo realiza el recuento de la poesía mexicana durante el 2004: novedades librescas, antologías, ensayos, suplementos culturales y revistas. En su corte diacrónico, Oviedo también señala y deplora ausencias y desapariciones cardinales. Yo diría que de manera dramática, en México, la feraz emergencia de poetas guarda proporción inversa respecto de los espacios receptivos, hospitalarios, a la publicación de textos: a mayor número de poetas menor el área de aparcamiento disponible.
El diagnóstico emprendido por Josué Ramírez es puntal y estimulante: las antologías de poesía mexicana adolecen de precipitación o de hipertrofia textual. Ramírez apuesta por la invención de categorías provisionales para comprender la estética de los poetas asaeteados por el apabullante oleaje mediático: la poética retro. Es un ensayo tan polémico como propositivo.
Gloria Vergara centra las posibilidades de su mirada crítica en la poesía escrita por mujeres en la segunda mitad del siglo pasado. Su reflexión reconoce puntos de partida o jalones de incuestionable validez y pondera, asimismo, en un segundo examen, el expansivo impulso de las nuevas generaciones.
El ensayo de José Javier Villarreal tiene como nodo temático y punto de eclosión la presencia de la Ciudad de México en el imaginario de la poesía mexicana a partir de la mirada de Vicente Quirarte en Elogio de la calle: biografía lírica de la Ciudad de México (1850-1992). Es una presencia histórica, perceptible desde los márgenes de la vida bohemia y acentuada en los poetas románticos y contemporáneos. La Ciudad de México es la mujer-musa más asediada por los poetas, y su belleza no es sino, para citar a Rilke, la «iniciación de lo terrible».
Ricardo Pohlenz lleva a cabo una disección filosa del cuerpo-cadáver de la poesía mexicana en la hora presente. Hay en este texto una deliciosa retranca, una ironía que tiene como sedimento la trasformación parafrástica de la afamada frase de Quevedo: «nada me engaña, la poesía mexicana me ha desencantado». Las afirmaciones de Pohlenz, agudas y acedas, bordean el delicado terreno de la provocación, pero quizá funcionen como saludable ensalmo.
Sé que la prolongación del empeño por llevar a cabo una revisión actual de la poesía mexicana en los primeros pasos del siglo xxi será una encomienda en la que, con los ojos fijos en la poesía y en sus avezados oficiantes, habremos de coincidir y participar quienes escribimos en este número de Ínsula y quienes habrán de leer, en ambas orillas del Atlántico, esta selección de ensayos.
GILBERTO PRADO GALÁN (COORDINADOR)
NOTAS
(*) Gilberto Prado Galán nació en Torreón, Coahuila, México, en 1960. Es maestro en letras por la New Mexico State University. Ha publicado una docena de libros en las principales editoriales mexicanas. Ha obtenido, entre otros, los premios internacionales «Malcolm Lowry», «Garcilaso Inca de la Vega» y «Lya Kostakowsky». Director de la revista ArteletrA, autor de más de 9000 palíndromos, Prado Galán es actualmente Coordinador de Difusión Cultural en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.
(1) El 23 de septiembre de este año, en entrevista concedida a Ibero-Radio 90.9 FM, Castañón afirmó que la poesía mexicana, tras la muerte de Octavio Paz, no estaba ?dijo? «ni en bancarrota ni en decadencia». Agregó que Paz es un poeta que «no necesita protección», porque el Premio Nobel mexicano había configurado una teoría, una preceptiva, para la elucidación de su propia (perdón por el pleonasmo) labor poética.
(2) Aprovecho aquí para agradecer al poeta Julio Trujillo por ponerme en contacto con Carla Faesler y con Josué Ramírez. Agradezco, asimismo, a Eduardo Rojas Rebolledo por proporcionarme las coordenadas de Dante Salgado.
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