| El año 2001 Francisco Aguilar Piñal publicaba el último tomo de los diez que comprenden su Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, uno de los instrumentos que más ayuda proporciona al interesado en indagar en esa centuria, y un medio de gran utilidad para realizar trabajos relacionados con el libro, su historia, producción, comercialización y recepción, sin olvidar otros acercamientos temáticos que se pueden hacer a la misma. Ahora, en 2005, aparece este libro, que, en cierto modo, y dada la actual jubilación de su autor, podría entenderse como «el siglo xviii español, según Aguilar Piñal». Este retrato del siglo había tenido en 1991 una primera versión, titulada Introducción al siglo XVIII, formando parte de una ambiciosa Historia de la literatura española dirigida por Ricardo de la Fuente. Francisco Aguilar ha puesto al día la bibliografía de aquel volumen, ha releído sus páginas y ha introducido comentarios y matizaciones que no varían sustancialmente lo que pensaba entonces, y, sobre todo, ha añadido una primera sección titulada «El siglo que llaman ilustrado» donde discute juicios y expone su idea acerca de lo que es la Ilustración en Europa y en España, además de discurrir sobre si la expresión «despotismo ilustrado», para calificar la política de la Monarquía borbónica, es correcta o si, mejor, habría que emplear «absolutismo ilustrado», por la que él se inclina, siguiendo el magisterio de Antonio Domínguez Ortiz, pues ninguno de los Borbones fue déspota, aunque sí fueran, como los demás reyes europeos, absolutos. «Hay que saber deslindar lo que es una posición filosófica, y por tanto, teórica, de unas actuaciones de instituciones y gobernantes en la sociedad civil. Para lo primero reservamos el nombre de Ilustración. Para lo segundo, es decir, para la realización política y social de la Ilustración, el nombre más adecuado es Absolutismo ilustrado» (p. 33).
Por otro lado, en este juego de espejos a base de reescrituras, revisión de denominaciones, referencias y textos anteriores, la sección titulada «El siglo que llaman ilustrado», frase feliz de Tomás de Iriarte, remite también al homenaje que se le tributó, con ese mismo título, en 1996.
Ahora bien, si a Aguilar Piñal le preocupa caracterizar la Ilustración española y destacar las diferencias entre absolutismo y despotismo, su verdadero interés se centra en la cultura escrita de la España dieciochesca, de modo que el libro podría también llamarse, como él mismo indica, La vida literaria en la España del Absolutismo ilustrado, y ser, añado yo, un preámbulo a la Historia literaria de España en el siglo XVIII, que coordinó en 1996.
Tres partes
El libro se distribuye en tres partes. En la primera se traza el perfil político y social de la España en que vivieron los escritores del Setecientos, y así se describe la monarquía española, se dan nociones sobre geografía política, demografía, historia, estructura social y costumbres. La segunda parte está destinada al contexto cultural, empezando por la educación en sus distintos niveles e instituciones, continuando por las nuevas formas de sociabilidad que supusieron las academias, tertulias y sociedades económicas, que desarrollaron redes de comunicación y difusión cultural de innegable importancia, para desembocar en el mundo del libro, tanto en los problemas de censura, como en los de producción y comercio. El mundo propiamente literario es la tercera parte del libro. En esas páginas, Francisco Aguilar discurre sobre asuntos que dieron forma a la nueva época y a los nuevos tiempos: tipos e incremento de lectores y bibliotecas, la prensa en tanto que elemento creador y divulgador de opinión pública, el Neoclasicismo entendido como «nueva estética» y «nueva poética» que patrocina la Monarquía, el buen gusto, concepto esencial de la preceptiva neoclásica, y sobre la República de las Letras, centrándose en los hombres de letras, en la historia literaria y en lo que llama «literatura de la Ilustración», que es aquella «que se publica en la época ilustrada con fines de renovación» (p. 302), aquella que al final del siglo acoge la nueva sensibilidad, de manera que «literatura neoclásica y literatura sensible o sentimental son, pues, las dos caras de una misma moneda, la Literatura de la Ilustración» (p. 309).
Como se ve, Aguilar está interesado en deslindar los caracteres estéticos de una época que no es inmutable y sobre todo de una literatura que estuvo en constante cambio y cuyos modelos se debatieron y ajustaron a las circunstancias, a pesar de poseer una poética en principio blindada, por utilizar la expresión de Guillermo Carnero. Para ese momento, el autor se ha enfrentado también a un problema que es central y que, aunque tiene expresión literaria y estética, atañe a cómo se entiende la Ilustración, por un lado, y el Neoclasicismo, por otro: a si son resultados de la sola razón o exponentes de la integración de la razón y el sentimiento. Este debate ha llevado a entender que el sentimiento es exclusivo del Romanticismo, mientas que otros consideran que forma parte del Neoclasicismo.
En el capítulo final, "La alborada romántica", Aguilar se centra sobre este asunto y rechaza que lo sensible sea sólo propio del Romanticismo; para esa literatura sensible que es propia de la «literatura de la Ilustración» ha acuñado el término «Neoclasicismo sentimental». Es entonces cuando cuestiona los supuestos de Russell P. Sebold respecto de la aparición del Romanticismo en el xviii y la consideración de que Cadalso sea el primer romántico de Europa. Frente a esta postura defiende, «para la expresión de la más íntima, tierna o dolorida sensibilidad, el apelativo de Neoclasicismo sentimental, es decir, una alborada romántica que tardaría aún medio siglo en brillar con todo su esplendor, aunque fuese fuego fatuo de corta duración» (p. 316). El debate nominalista sigue abierto, aunque ahora parece interesar menos poner nombre y más describir procesos y maneras, puesto que la realidad es compleja y nada monolítica (ya se sabe que durante la Ilustración se escribió también de otras maneras; y que durante el Romanticismo prosperó la escritura clasicista). Los años de entre siglos tienen su propia especificidad y quizá convenga examinarlos sin intentar prestigiar unas épocas sobre otras, sin proyectar sus valores.
Síntesis
Tras las muchas aportaciones que Francisco Aguilar Piñal ha hecho al conocimiento del siglo xviii, tanto en sus aspectos literarios como bibliográficos, culturales e históricos, esta España del Absolutismo ilustrado puede ser entendida como la síntesis que ofrece uno de los mejores entendidos en la época y en los problemas de interpretación que plantea. Es un buen instrumento para conocer el siglo y un punto de partida desde el que abordar un renovado acercamiento de la centuria, que tanto servirá a los neófitos como a los ya iniciados en el período.
J. A. B.-C. S. I. C.
FICHA
Francisco AGUILAR PIÑAL: La España del Absolutismo ilustrado. Madrid, Espasa Calpe (Colección Austral), 2005, 354 pp.
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