| En este divertido fragmento inédito, destinado por Juan Ramón Jiménez a un libro, también inédito hasta la fecha, titulado Recuerdos, parece mostrarse el poeta muy consciente de la opinión y el extraño efecto que tanto su aspecto como su comportamiento tendían a suscitar en los demás:
««… basta que una vez se haya dicho que yo
soy un loco para que la idea haya quedado en el sol del día o
en la luna de la noche. Los chiquillos, sobre todo, no lo olvidan y
tiene verdadera gracia el sentimiento confuso que ellos tienen de mí:
un hombre pálido, con barba en punta, con nariz aguileña,
con cabello partido, como Jesucristo. Recuerdo estas expresiones. De
una chiquilla: “¡ay! se parece a San Juan” —al
San Juan de la Iglesia del pueblo, con su manto grana y su palma de
oro—; de otra: “Es un hombre que riñe mucho”
—yo no riño nunca—; de un chiquillo a otro al
asomarse a una ventana de mi cuarto: “Mira, ahí está
siempre un hombre leyendo disparates…
Y a mí me invade una gran dulzura, preñada
como de llanto…» (1).
Es el de Juan Ramón Jiménez un caso
insólito en el panorama de la poesía española
del siglo xx. Por un lado, casi unánimemente aclamado por la
crítica como uno de los más importantes poetas
españoles contemporáneos (baste echar un vistazo a los
ya clásicos trabajos que en su momento le dedicó
Ricardo Gullón), atribuyéndosele incluso la paternidad
de una nueva e influyente concepción poética que
marcaría en lo sucesivo el devenir de la poesía
española en manos de las nuevas generaciones. Por otro, es
Juan Ramón para muchos lectores —más o menos
conocedores de su obra— un personaje oscuro y bastante
antipático. La leyenda negra forjada durante años en
torno a la figura de Juan Ramón parece continuar viva. Son
muchos los que se preguntan por qué, cómo explicar esa
incomprensión que supuestamente padeció en vida, pero
que también ha seguido sufriendo mucho tiempo después
de su muerte. Sin embargo, llegados a estas alturas, discutida tantas
veces la presunta culpabilidad o inocencia de Juan Ramón en
tantas riñas, tantas polémicas y malentendidos con los
otros poetas de su época, a la luz del fragmento transcrito,
así como de otros testimonios similares del propio autor,
quizá debamos sospechar que no le disgustaba tanto a Juan
Ramón Jiménez ese papel de aislado y solitario, poeta
un tanto maldito e incomprendido por parte de sus contemporáneos.
En realidad, creo que ya es hora de olvidarnos de su ya casi mítico
mal carácter, que tan poca importancia tiene para la historia
de la literatura, de las numerosas controversias protagonizadas con
sus discípulos (a no ser que éstas nos alumbren algún
aspecto de sus respectivas concepciones poéticas, como ocurre
sólo algunas veces), o de si fue un buen marido con Zenobia
—chismes, al fin y al cabo, de la historia literaria— y
centrarnos solamente en su Obra.
Pero dejando a un lado la cuestión de su
antipatía, de su «locura»…, tampoco su obra
ha salido siempre bien parada ante el juicio popular. Si nos asomamos
a algunos clásicos manuales de literatura española del
siglo xx, observamos con sorpresa que en ocasiones Juan Ramón
ha sido prácticamente silenciado. En otras, apelando al
hermetismo de buena parte de su escritura, convertido en un «raro».
Y, aun en el peor de los casos, y seguramente debido a una lectura
parcial centrada casi exclusivamente en su primera época,
superficialmente asociado con una obra excesivamente delicada y
sentimental, dicho esto en el peor sentido de la palabra. No cabe
duda de que la gran popularidad de Platero y yo y su errónea
identificación como un libro «tierno», «suave»,
«blando», en equívoca asociación a la obra
de los mismos calificativos que su autor le confiere al burro
protagonista, han hecho a nuestro autor el flaco favor de dejar en la
sombra para muchos lectores una inmensa y ambiciosa, como pocas, obra
poética, bastante diferente —o al menos en apariencia—
al mundo retratado en la popular historia del burro de Moguer.
Con todo ello no quiero decir que haya sido Juan Ramón
un poeta descuidado por la crítica. No tenemos más que
echar un vistazo a la útil bibliografía elaborada por
Antonio Campoamor (Moguer, Fundación Juan Ramón
Jiménez, 1999) para comprobar que ésta es prácticamente
inabarcable y que, a pesar de todo lo dicho, siempre ha suscitado
este autor el interés de muchos estudiosos de todo el mundo.
Son numerosísimos los trabajos de toda índole que se
han dedicado a su poesía, así como las ediciones y
traducciones de la misma que siguen apareciendo casi medio siglo
después de su muerte. Y, curiosamente, mientras muchos de esos
trabajos mantienen cierto tono de reivindicación para Juan
Ramón del papel que merece ocupar en la historia de la poesía
española contemporánea, pervive aún esa
resistencia popular a reconocerle un puesto al lado de otros grandes,
como pueden ser Antonio Machado o el mismo Lorca y, por qué no
decirlo, también cierta resistencia a leer su obra, si
exceptuamos los mismos y pocos poemas muy conocidos que una y otra
vez figuran en todas las antologías. Sin duda, respecto a esto
último, habría que añadir que la lectura de los
dos excelentes poetas recién mencionados resulta algo más
fácil que la de nuestro autor.
Este monográfico sobre Juan Ramón Jiménez
se suma a todo ese caudal de trabajos y, una vez más, con la
misma intención reivindicativa. Aparece fundamentalmente este
número con motivo de la inmediata publicación, en la
colección que dirige Claudio Guillén, «Biblioteca
de Literatura Universal», para la editorial Espasa Calpe, de
una edición de la Obra poética (en verso y prosa)
de Juan Ramón Jiménez, que coordino junto al profesor
Javier Blasco y en la que colabora una amplia nómina de
especialistas, encargándose cada uno de ellos de la edición
(introducción y notas) de al manos un libro de entre todos los
publicados. Convencidos de que esa errónea valoración
popular de la obra de Juan Ramón se debe en no poca medida a
un no muy favorable estado editorial de la misma, nos gustaría
que esta nueva edición contribuyera a poner a Juan Ramón
en el candelero (buena ocasión además para ello, si
tenemos en cuenta que están a punto de cumplirse los 50 años
de la concesión del Nobel), pero ante todo con el propósito
de que sea más y mejor leído.
Si es verdad, como decía más arriba, que a
Juan Ramón se le ha editado mucho en estos últimos 50
años, también lo es que hoy por hoy muchos de sus
libros más importantes son inaccesibles, agotadas tanto la
edición de Primeros libros de poesía y Libros
de poesía, que Agustín Caballero o Francisco
Garfias propiciaron en la editorial Aguilar, la edición
colectiva dirigida por Ricardo Gullón para la editorial
Taurus, con motivo del Centenario del nacimiento, así como los
extensos volúmenes antológicos de prosa publicados
también por Garfias en Aguilar o por Arturo del Villar en Seix
Barral. Tampoco existen ediciones críticas de sus libros más
importantes y muchos de los que él planeó con cuidado y
esmero a lo largo de su vida siguen siendo inéditos y
desconocidos para el lector. Es verdad que se ha emprendido con gran
éxito (Sánchez Romeralo con La realidad invisible,
o Alegre con los textos de Lírica de una Atlántida)
la reconstrucción y edición de algunos libros que el
poeta dejó inéditos, pero es todavía mucho el
camino que resta por recorrer en este campo.
Nuestra edición vuelve a ofrecer la posibilidad
de lectura para muchos libros de verso que estaban agotados;
reconstruye la casi totalidad de libros de prosa poética
inéditos hasta este momento o sólo parcialmente
editados y, con el amplio sistema de notas que acompañan a los
textos, pretende orientar —nunca condicionar— la siempre
difícil lectura de su obra. Con esta edición nos
proponemos también traer un poco de orden en la confusión
que presenta el estado editorial de la obra juanramoniana. Es cierto
que no han dejado de aparecer nuevas ediciones de sus libros y que
esas ediciones salen a veces con el atractivo añadido de
recuperar textos inéditos de sus archivos, pero el panorama
editorial de su obra, lejos de hacerse más claro, ha ido
confundiéndose con el paso del tiempo. El continuo goteo de
inéditos a lo largo de todos estos años no siempre ha
venido acompañado de una correcta ubicación de los
mismos. El caso es que, para el lector actual, el conjunto conocido
de la obra de Juan Ramón Jiménez supone una compleja
maraña de títulos que se cruzan y solapan. Sin la
pretensión de resolver aún todos los problemas que
existen al respecto (todavía es bastante el camino que queda
por hacer, e imposible además de llevar a cabo en su totalidad
hasta que no contemos con una catalogación y digitalización
de los archivos del poeta), en el caso de la obra en prosa poética,
en nuestra edición hemos pretendido ubicar correctamente los
libros hasta donde nos ha sido posible, teniendo en cuenta los planes
editoriales juanramonianos. En lo que respecta a la obra en verso, se
han publicado solamente los libros que Juan Ramón dio en vida,
dejando para más adelante el trabajo de publicar y situar en
el lugar adecuado los libros de verso que quedaron inéditos.
Teniendo en cuenta la complejidad del diseño
editorial que el autor ideó para la agrupación de su
Obra Completa, si la previa labor ecdótica por parte
del filólogo es siempre importante, más quizá lo
sea en el caso de Juan Ramón Jiménez que de ningún
otro autor del siglo xx. Así en este número se incluyen
dos artículos (el de José Antonio Expósito
Hernández sobre los problemas editoriales de la obra en verso
y el mío sobre los problemas editoriales de la obra en prosa)
que tratan de revisar el estado editorial de su obra y los problemas
que éste ha planteado y sigue planteando, haciendo una
propuesta para llevar a cabo de la manera más adecuada la
reconstrucción y edición de ambos corpus poéticos.
Por su parte, Carlos León Liquete revisa y plantea soluciones
para los problemas de edición de la poesía última,
al tiempo que nos da una serie de claves para entender la poética
juanramoniana de aquellos años. En otro artículo,
Alfonso Alegre nos da noticia de la edición que está
preparando del Epistolario de Juan Ramón, analizando
todos los problemas textuales que plantea la reconstrucción de
este proyecto. Y hay que decir que, dada la importancia que Juan
Ramón Jiménez otorgaba a la edición de sus
cartas dentro de los proyectos de edición de sus Obras
Completas, queda demostrada una vez más la compleja y
ambiciosa concepción juanramoniana de la Obra, en la
que Vida y Obra tienden a borrar sus fronteras, en un Todo, inmenso
o, más bien, infinito.
Convencida de que una correcta edición de la obra
que ubique a los textos en el lugar que les corresponde, siempre
teniendo en cuenta los planes editoriales juanramonianos, alumbra
nuevas lecturas e interpretaciones de la misma, se completa este
monográfico con una serie de artículos que pretenden
revisar y poner al día el estado crítico de la obra de
Juan Ramón. Graciela Palau de Nemes nos ofrece nuevos
documentos biográficos del poeta, en adelanto del esperado
Diario 3 de Zenobia Camprubí, completando y aclarando
aspectos de los últimos años de la vida de ambos en
América; algunos bastante polémicos, como el del
posible regreso de Juan Ramón a España antes de su
muerte. También acerca de la biografía de los últimos
años de Juan Ramón nos habla Luis López Álvarez
en un artículo sobre su actividad en el exilio y su compromiso
con la República, experiencia trágica, pero que
paradójicamente le abre a nuevas vivencias que, además
de sacarle de cierto aislamiento en el que estaba viviendo en Madrid,
dilatan su obra «hacia regiones insospechadas».
La inusitada extensión de la obra poética
juanramoniana, abarcando varias etapas fundamentales de la historia
de la poesía española del xx, incluso siendo en
ocasiones precursor de ellas, han hecho siempre de nuestro autor un
poeta de difícil encasillamiento para los autores de manuales,
que por lo general se conforman con desecharlo a una intermedia,
difusa y poco definida «Generación del 14».
Durante años, a medio camino entre el Modernismo y la
Vanguardia, y superando incluso a ésta con sus últimas
obras, tan ambiciosas como difíciles y poco leídas, la
relación de nuestro autor con ambos movimientos fue bastante
compleja, entre pionera y disidente. Los trabajos de Richard Cardwell
y Francisco Javier Díez de Revenga nos ayudan a poner las
cosas en su sitio a este respecto. El caso de Juan Ramón
Jiménez y su difícil ubicación en las Historias
de la Literatura nos acerca a la polémica Modernismo-98, hoy
parece que bastante superada, una vez que la mayor parte de los
críticos han reconocido lo pernicioso que resultó para
la historiografía literaria española del siglo xx la
popular dicotomía entre esos dos movimientos estéticos.
Cardwell nos habla de un Juan Ramón plenamente integrado en el
Modernismo español, pero de un Modernismo de mayor alcance,
muy distinto a aquel estrecho y superficial del que, casi en términos
peyorativos, se habló durante años. Por su parte, Díez
de Revenga aclara algunos puntos del distanciamiento de Juan Ramón
con los jóvenes vanguardistas, especialmente Gerardo Diego; un
distanciamiento, creo, más personal que estético.
Sabido es que gran parte del pensamiento estético
que Juan Ramón Jiménez fue vertiendo en infinidad de
textos —conferencias, aforismos…— versaba acerca
de las diferencias entre el verso y la prosa en la creación
poética. Juan Ramón dedicó a lo largo de su vida
tanto tiempo y esfuerzo a escribir prosa —poética o no—
como a escribir poesía en verso. Pero, si exceptuamos a
Platero y yo, aquella ha sido durante años bastante
desconocida para el lector. La razón es evidente:
sorprendentemente nuestro autor nunca se decidió a publicar en
vida tantos y tantos libros de prosa poética como fue
proyectando y escribiendo. Desde el pionero trabajo de Michael
Predmore sobre la obra en prosa de Juan Ramón Jiménez
(Madrid, Gredos, 1966), el interés por esta importante parcela
de su obra ha ido creciendo entre los críticos, se han
incrementado las ediciones de prosa y los trabajos sobre la misma, y
también en este número se le ha querido prestar
especial atención. La decisión de Juan Ramón al
final de su vida de prosificar sus poemas en verso (llevada a cabo
por Sánchez Romeralo en Leyenda) sigue siendo decisión
muy discutida por críticos y lectores. En esta línea,
Howard Young ahonda en el revolucionario pensamiento juanramoniano
sobre la prosa como vehículo idóneo de expresión
poética, y en los motivos de ese relativo desconocimiento por
parte de los lectores del Juan Ramón prosista. John C. Wilcox,
que ha preparado la edición del libro Crímenes
naturales, para la edición de Obra poética (en
verso y prosa), de Espasa Calpe, nos demuestra en su trabajo lo
dicho más arriba: una adecuada edición de las
desconocidas prosas juanramonianas alumbrará nuevas facetas de
su escritura, revelándonos a un Juan Ramón Jiménez
bastante ignorado. En el trabajo de Wilcox se nos habla de un Juan
Ramón que se muestra, sobre todo en sus prosas tardías,
sobrecogido y atraído a un tiempo por el lado más
horroroso y espantoso del mundo; muy distinto, por lo tanto, de ese
otro más conocido, cantor de la plenitud y la belleza.
A modo de apéndice, se cierra este monográfico
con una entrevista de Carmen Cañete Quesada a la poeta cubana
Serafina Núñez, una de las retratadas por el poeta de
Moger en Españoles de tres mundos, donde habla
extensamente de Juan Ramón, recordando la amistad que
mantuvieron durante la estancia del poeta en Cuba.
T. G. T.—UNIVERSIDAD DE VALLADOLID
NOTAS
(1) Se trata de un original autógrafo conservado
en el Archivo Histórico Nacional de Madrid.
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