| Hormigas blancas, de Jordi Doce
(Gijón, 1967), es un libro seductor y necesario. Seductor,
porque rezuma inteligencia; y necesario, porque las letras
españolas andan sobradas de poetas, pero ayunas de
escritores que reflexionen sobre su oficio: que piensen la
poesía, y que lo hagan con lucidez. Como todo libro
transfronterizo, Hormigas blancas elude la estabulación:
no se deja apresar por la taxonomía, y a cada anotación
aumenta su ser: su geografía íntima. Quizá
eso le granjee un tratamiento lateral por parte de la crítica,
si es que llega a obtener alguno —porque, como ya sabemos,
la crítica necesita seguridades—, pero no le
resta ni un ápice de su valor. Por el contrario: en
nuestro actual panorama literario, en el que predomina el
diario maledicente, y hasta el chismorreo tenebroso, un volumen
como este, iluminador al modo oblicuo de los libros de Bioy
Casares, oxigena y esclarece.
Una obra miscelánea
Hormigas blancas es una obra miscelánea,
en la que confluyen diversos géneros, como el diario,
las memorias, el ensayo, el aforismo y la poesía. Diríase
un cuaderno de bitácora —una versión impresa
de los blogs internáuticos— o, mejor,
la agenda de un vagabundo: de alguien que transita por la
realidad alimentándose con sus fulguraciones y sus
detritos. Trata, sobre todo, de literatura, pero también
atiende a la pintura (Uccello, Francis Bacon, El Greco) y
a la música (Miles Davis, Mozart), a los paisajes interiores
y exteriores, al amor y al terror. No importa, en mi opinión,
esta heterogeneidad; antes bien: es su esencia. La mezcla
de asuntos y de registros —el libro alberga hasta escuetos
poemas en prosa— dibuja una red turbulenta y polícroma,
pero sostenida por una prosa tersa y una sensibilidad penetrante.
Con ser un texto aluvial, cuyo zigzagueo resulta por completo
imprevisible, pronto advertimos su condición unitaria:
Hormigas blancas es un mosaico subterráneamente
trabado. Y para ello es fundamental su talante omnívoro:
Jordi Doce demuestra interés por todo, y todo lo integra
en el prisma de su mirada. Muchos apuntes tienen que ver,
precisamente, con el acto de mirar, con el hondo palpitar
del ojo, un rasgo que se advierte también en su poesía,
que es poesía de la contemplación activa: «Tiene
el corazón en los ojos. El párpado late. El
mundo es la arteria de la visión», dice una nota.
Pese a este afán plural, el grueso de las anotaciones
de Jordi Doce se refiere al mundo de la literatura y, en un
sentido más amplio, al fenómeno del lenguaje.
En estos apuntes se percibe el pulso del creador, y constituyen
una valiosa fuente de información sobre su taller poético.
Sin embargo, ello no impide a Doce distanciarse de la tarea
descrita y analizarla con agudeza. Acaso sea esta una de las
características más reseñables del volumen,
que resulta coherente con otros vaivenes, con otras alternancias
en el juicio, que lo dotan de una textura polémica.
Por ejemplo, la fascinación por el lenguaje, propia
de un ser lingüístico, se combina con una ocasional
desconfianza hacia el lenguaje («A veces la gente nos
pregunta sólo para que nos traicionemos hablando»)
o la literatura («Uno que para no pensar se pasa el
día escribiendo»). También su interés
por el silencio refleja este péndulo expositivo, que
es, en realidad, un péndulo vital: el de quien vacila
e ignora, pero atiende a las intuiciones del sonido y de
su conciencia vigilante. El silencio se afirma, a veces,
frente al dragón de la lengua o a las hormigas de las
palabras. El análisis metaliterario incorpora bucles
metadiarísticos, esto es, apuntes sobre los apuntes:
«El diarista tiene algo de coche escoba.» Y también
juicios certeros sobre el habla, la escritura y el arte. Así
define, por ejemplo, a César Vallejo: «Tartamudea,
pero sin repetir una sílaba.» En Hormigas
blancas se mezclan el apunte fugaz pero concluso y la
anotación abierta, dibujada en un solo trazo, como
un haikú, que se ofrece como una posibilidad, como
una semilla a la espera de su eclosión: hay personajes
esbozados, argumentos de poemas, sugerencias tan estrictas
que se limitan a un simple sintagma nominal: «La sencilla
terquedad de la sangre.» La brevedad es norma, y cuaja
a menudo en greguería: «Corbatas como plomadas.»
El arsenal retórico con el que Jordi Doce sustenta
este heteróclito edificio está integrado, sobre
todo, por la paradoja, la metáfora y la ironía,
tres armas intensamente poéticas. La última
se quiebra a veces y consiente alguna deriva cruel: «Hace
una mueca de extrañeza o incredulidad, y su rostro
parece el de un retrasado.» El ánimo lingüístico
que preside Hormigas blancas se materializa también
en frecuentes retruécanos y paronomasias; las proposiciones
se invierten, como guantes dados la vuelta, para descubrir
nuevas perspectivas, nuevas premisas desde las que comprender
el mundo: «Sólo se canta lo que se pierde. (…)
¿Sólo se pierde lo que se canta?» Pese
a ser un libro minuciosamente destilado, en el que se advierte
una férrea labor de poda y selección, contiene
leves deslices, como la repetición de algunas imágenes:
así, la de plantar ideas como espantapájaros
aparece en las páginas 19 y 51; y la del corazón
que sólo corre detrás de lo que puede huir de
él, en la 30 y la 34.
Un diálogo constante con la literatura contemporánea
En el repaso que hace el autor de la literatura contemporánea,
con la que sostiene un diálogo constante, se aprecian
valoraciones atinadas y siempre personales. Doce dedica una
especial atención a algunos de los autores fundamentales
de la modernidad, como Kafka, Valéry, Canetti, Celan,
Pavese, Camus y Cernuda, amén de a una amplia nómina
de autores en lengua inglesa: Beckett, Yeats, Salinger, Ginsberg
—que no suscita su simpatía: «Algunos [como
él], más que transgredir ningún límite,
parece que lo festonearan»—, Ted Hugues, Stephen
Spender y R. S. Thomas, entre otros. La biografía ha
pesado, sin duda, en estas preferencias: Doce ha vivido muchos
años en Gran Bretaña, donde ejerció de
lector en la Universidad de Oxford y se doctoró en
Filosofía y Letras por la de Sheffield. De su estancia
en Inglaterra surgen las abundantes referencias a la vida
en ese país —que no es alegre, sino interesante,
como nos recuerda Turguéniev— y acaso, también,
otros rasgos más anecdóticos de Hormigas
blancas, como los muchos apuntes dedicados a los cuervos,
tan frecuentes en la campiña inglesa. Así reza
el primero del libro: «Es un cuervo en un campo de estrellas.»
Presencia de lo onírico
Con ser sustancial la meditación sobre el hecho literario,
el libro de Jordi Doce ofrece otro flanco al lector, angustiado,
existencial, pero no menos persuasivo. Hormigas blancas
es también un compendio de dudas y temores, un desaguadero
de fracturas íntimas. Llama la atención el interés
que Doce demuestra por la noche y el sueño, o el insomnio;
la presencia de lo onírico revela un buceo en lo azaroso
y lo irracional, que a veces se traspasa a la fabulación
diurna. Así, muchos apuntes bosquejan mundos fantásticos,
territorios en los que acontece lo maravilloso, la mayoría
de los cuales se inicia con la frase «En aquel país…»:
«En aquel país el tiempo es un pozo donde al
caer la noche va a parar todo cuanto no se deja atrapar…»
No es casual esta alusión al tiempo, que constituye
una de las preocupaciones cardinales del autor de Gran
angular, a menudo simbolizada en el reloj, como en esta
sucinta imagen ourobórica: «Relojes que se muerden
la cola.» La muerte es, invariablemente, el corolario
fatal de esta fluyente circularidad: «Escucho el son
remoto de mi cortejo fúnebre», escribe Doce.
Quizá por esta sensación de opresión,
de encierro en un ser agónicamente entregado a la
nada, abunden en Hormigas blancas las puertas, las
ventanas, las cerraduras: lugares de paso o de liberación,
por los que puede accederse, siquiera un instante, a otra
realidad de luz y plenitud.
E. M.—POETA, CRÍTICO Y TRADUCTOR
FICHA
Jordi DOCE: Hormigas blancas. Madrid, Bartleby,
2005, 111 pp.
|