INSULA Entrevista con Miguel Barnet. Número 696. Diciembre 04
 
 


CARMEN CAÑETE / ENTREVISTA CON MIGUEL BARNET



E—Sus estudios etnográficos exploran las raíces española y africana como componentes que integran y conforman la sociedad cubana. ¿Se siente en este aspecto seguidor de la labor llevada a cabo por Fernando Ortiz?

M. B.—Tanto como un seguidor, no. Sería una actitud arrogante de mi parte. Fernando Ortiz fue un gigante, por algo se le calificó de sabio y de tercer descubridor de Cuba. Yo he hecho modestamente un aporte al imaginario cubano siguiendo sus pautas y transitando por el camino que él desbrozó con inteligencia y originalidad. Mis obras van más hacia la búsqueda de una visión colectiva, general, a partir del empleo del microscopio. Es decir, tratando de rescatar la pequeña historia de todos los días acumulada en las llamadas gentes sin historia. De todas maneras, todos los escritores con preocupación historicista y los investigadores de ciencias sociales en Cuba, tenemos como punto insoslayable la referencia que fue Fernando Ortiz. Creo que la Fundación que creé hace diez años se propone seguir las huellas del sabio cubano.

—Al margen del interés por desenterrar la herencia africana, Ortiz invitaba con frecuencia a escritores y profesores de España a que dictaran conferencias en la Institución Hispanocubana de Cultura. ¿De qué manera contribuyó la presencia española a la definición de una identidad cultural en Cuba?

M. B.—Contribuyó básicamente a introducir en Cuba ideas del regeneracionismo español, conceptos vivos en la Generación del 98 y misterios palpables de modernidad en la Generación del 27. Estos aportes se personifican en figuras como Francisco Giner de los Ríos, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. Las secuelas de la Generación del 98 y la del 27 marcaron con signos indelebles la vida cultural del país. Lamentaremos siempre que aquellos insignes escritores y científicos españoles no se hayan quedado en Cuba para seguir nutriéndonos de su savia, pero los gobiernos de turno de la República neocolonial no vieron con simpatía a estas figuras relevantes de la cultura española.

—¿Cree que es necesario hoy día un mayor diálogo entre pensadores y artistas españoles y cubanos?

M. B.—Hoy existe un vínculo entre escritores y pensadores de ambos lados del Atlántico, pero no es igual. A pesar de Internet y de todos los otros recursos tecnológicos modernos, siento que estamos más distanciados, quizá porque el continente nuestro ha perfilado con más precisión y legitimidad los rasgos de su autenticidad. De todas maneras, existen vasos comunicantes y la sangre nunca traiciona. Creo que España y los españoles tendrían que mirar con más atención y sensibilidad hacia nuestro país. Es una mirada que puede contribuir a una mayor comprensión, a un mejor diálogo entre nuestros pueblos.

—En términos culturales, ¿es posible que la integración de España en un proyecto europeo haya afectado sus lazos de unión con Hispanoamérica?

M. B.—No creo que el futuro de España esté en la Unión Europea, creo que está en la unión iberoamericana. Es una opinión personal sin connotaciones políticas. Cuba, particularmente, es el país más español de todo el continente americano, como es también el más africano y España no puede estar ajena a esto.

—De las variadas definiciones de identidad insular cubanas me siguen llamando la atención las teorías situacionistas que se promulgaron en los años veinte y treinta, y en particular el ensayo Indagación del choteo (1928) de Jorge Mañach. ¿Cómo definiría usted la personalidad de su pueblo?

M. B.—No puedo definir con un adjetivo o con una categoría fija la personalidad del pueblo cubano, pero sí estoy convencido de que poseemos una identidad propiamente insular. Que somos una nación multicultural y multiétnica, con un poderoso sentimiento nacional pero también con una gran vocación universal por ser una isla, por estar tan cerca de los Estados Unidos y porque somos más occidentales que muchos occidentales. A veces somos trágicos en la comedia, y sarcásticos en la tragedia. No somos tan extrovertidos como piensan los europeos. Somos una máscara con las dos caras de Janno, pero eso sí, somos un pueblo estoico, valiente, creativo y optimista. Por eso somos indestructibles. Quizá somos una mezcla de un Quijote con un Griot africano y un emperador chino.

—Sus novelas más populares rescatan la memoria fragmentada de un esclavo cimarrón, una artista vedette y un inmigrante gallego. ¿Con qué intención reconstruye usted el pasado histórico de Cuba a partir de estos tres «tipos» representativos de un colectivo marginal?

M. B.—Con la única intención de rescatar esa voz subterránea, esa vibración que existe en el centro de la vida de estos hombres y estas mujeres. Ellos no tuvieron el privilegio de ser rescatados por la ilustración burguesa. Por eso yo fui en su búsqueda, porque la historia de Cuba sin esos actores sería una construcción artificial de las élites intelectuales. La llamada marginalidad ahora está de moda con las nuevas teorías antropológicas, pero en aquellos años fue algo novedoso y hasta de intención posmoderna. Los personajes de mis libros ya son parte indisoluble del imaginario cubano. No es que tenga una obsesión con el pasado ni con lo local, pero pienso como Miguel de Unamuno que sin un conocimiento real del pasado y sin una indagación profunda en lo local, no seríamos ni modernos ni universales.

—¿Ha pensado en complementar esta trilogía con el elemento asiático que se incorpora en la sociedad cubana desde mediados del siglo XIX?

M. B.—La trilogía se convirtió realmente en una pentalogía porque después de Gallego (1981) escribí La vida real (1986), un libro que aborda la vida y los avatares de un emigrante cubano en Estados Unidos, específicamente en Nueva York. Lo que escribí en Oficio de Ángel (1989), que viene siendo una especie de biografía de mi generación y de autobiografía lírica de los años cincuenta y sesenta, en que se produjeron metáforas de cambio extraordinarias y únicas en la sociedad cubana con el triunfo de la Revolución y el desmantelamiento gradual del pasado capitalista. En todos mis libros hay viñetas dedicadas al elemento asiático, digo elemento porque usted lo califica de elemento, en una expresión quizá de reminiscencia braudeliana. Los chinos, los japoneses, los coreanos, que vivieron y viven en Cuba, han sido y son un gran desafío para mí, son lacónicos, esotéricos; me fascinan al punto de que no he podido aún aplicarles el microscopio. Me admiro, siempre, de la vitalidad con que han sobrevivido, de sus iniciativas personales y su capacidad de resistencia.

—Usted sigue en La vida real (1986) el mismo patrón etnográfico de otras novelas testimoniales para revelar las costumbres y modos de vida de un cubano en el exilio. ¿Considera este testimonio parte integrante de la identidad cubana?

M. B.—La vida real sigue el mismo patrón en lo histórico para definir costumbres y modos de vida de un exiliado cubano en Nueva York. La vida cubana, la cultura, no puede prescindir de la influencia norteamericana, como no puede prescindir de la española, la africana y la asiática. Por esa razón considero esta obra como parte integrante de la identidad nacional.

—Me gustaría saber qué opina sobre la literatura en inglés producida por escritores cubanoamericanos. ¿Qué dimensión aportan o de qué manera contribuyen al conocimiento de la historia y cultura de Cuba?

M. B.—La producción novelística escrita en inglés de cubanoamericanos no es muy conocida aquí. Yo sólo conozco a Oscar Hijuelos y no es un cubanoamericano, es descendiente de cubanos pero radicado en Estados Unidos. Él compuso una de mis novelas favoritas, Las 14 Hermanas de Emilio Montez O’Brian (1992), y lo considero un extraordinario escritor. Para mí, Oscar es un autor norteamericano que alude en su obra a contextos cubanos. Está también Cristina García, muy talentosa y genuinamente orientada a partir de sus raíces. Roberto Fernández, que también escribe en inglés, y que es un magnífico narrador, y Gustavo Pérez Firmat, lleno de gracia, ingenio y contradicciones. Para mí, ellos son escritores norteamericanos que aluden a Cuba. Mientras escriban en inglés lo seguirán siendo. El lenguaje en una obra literaria marca el carácter de la obra, define la entonación y lo dice todo. Yo creo que la lengua es la Patria.

—Su personaje Manuel Ruiz es un sujeto errante, periférico, y como tantos otros protagonistas del género picaresco, víctima de una sociedad jerárquica. Aparte del material de archivo que consultó en la sección gallega del Instituto de Literatura y Lingüística, ¿consideró como fuente de inspiración alguna obra de ficción española?

M. B.—Para nada. Me basé exclusivamente en testimonios vivos y en fuentes de archivo. Soy admirador de la obra de muchos escritores españoles y gallegos, particularmente de Álvaro Cunqueiro, un antecedente de Gabriel García Márquez en las frías aldeas del norte de España, y de Torrente Ballester. Pero mi obra Gallego es un producto netamente cubano.

—En «Palabras a los intelectuales» (1961), Fidel Castro pide a los escritores que dejen constancia de los cambios sociales y políticos que trajo consigo la Revolución, que expresen sobre ella y sean sus «actores». Al final de su discurso, Castro menciona la importancia de rescatar el pasado de Cuba a partir de testimonios populares. ¿Cómo vivió aquellos días de tensión política? ¿De qué manera el discurso de Castro alentó a jóvenes como usted a cultivar la novela testimonio? ¿No es cierto que dos años después comenzó sus conversaciones con Esteban Montejo?

M. B.—Indiscutiblemente, «Palabras a los intelectuales» y Fidel Castro son un gran acicate para todos. Me pregunta que cómo viví aquellos días de tensión política. Pues le diré que los viví intensamente, con júbilo e incertidumbre, pero convencido de que se inauguraba una nueva época en Cuba. En realidad, yo me estaba formando como antropólogo y fue mi oficio y mi sensibilidad de poeta quien me llevó a establecer un diálogo eterno con Esteban Montejo. La novela testimonio, ese binomio novedoso, apretado, híbrido, lo conformé yo a plena conciencia de que había que renovar la tradicional noción de literatura y de literatura comprometida. No hay nada más peligroso que un poeta devenido antropólogo. Puede crear grandes fantasías o temibles Frankensteins.

—Quizá recuerde los años en que se editó Lunes de Revolución. ¿Hubo alguna razón por la cual no colaboró con estos escritores? ¿Fue difícil para un adolescente de apenas veinte años participar en el suplemento literario más controvertido del país?

M B.—Recuerdo, por supuesto, los años en que se editó Lunes de Revolución, pero yo estaba ajeno a esa fuente de creación tan prometedora. Era yo muy joven y estaba en la Academia de Ciencias como un chico bueno y disciplinado haciendo mis investigaciones etnográficas. Académicamente, yo no colaboré en Lunes de Revolución porque nadie me conocía entonces. Los que luego fueron mis amigos y lo son aún, como Pablo Armando Fernández, Jaime Saruski, Antón Arrufat y otros, colaboraron en el suplemento exitosamente. Yo los veía a distancia, los leía, los admiraba y hablaba de ellos, de su devoción por la literatura. Lunes fue un suplemento importante para la joven intelectualidad cubana.

-¿Qué relación mantenía con los miembros del Grupo Orígenes?

M. B.—La relación que mantengo con los miembros del Grupo Orígenes fue y es aún con algunos de ellos, muy respetuosa. Admiré siempre la plataforma que crearon a partir de una teleología insular. Si Ortiz nos enseñó a pensar en cubano con objetividad y óptica científica, José Lezama Lima nos enseñó a pensar en cubano desde una visión oblicua y a ver la historia desde la imagen. Creo que estos dos hombres constituyen un binomio formidable para entender la cultura cubana desde ángulos diferentes, pero con la misma vocación de cubanía.

—¿Qué papel ocupó la editorial El Puente para los jóvenes escritores?

M B.—Yo publiqué en El Puente. Era una alternativa interesante, aglutinaba a escritores llamémosles independientes, pero duró poco, lamentablemente. Creo que fue una editorial experimental que no llegó a apropiarse de una línea y un perfil personales. Un grupo juvenil y entusiasta.

—Dr. Barnet, gracias por su tiempo y amabilidad.

M. B.—Gracias a usted por su visita.

C. C.—VANDERBILT UNIVERSITY

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas