E—Sus estudios etnográficos
exploran las raíces española y africana como
componentes que integran y conforman la sociedad cubana. ¿Se
siente en este aspecto seguidor de la labor llevada a cabo
por Fernando Ortiz?
M. B.—Tanto como un seguidor, no. Sería una
actitud arrogante de mi parte. Fernando Ortiz fue un gigante,
por algo se le calificó de sabio y de tercer descubridor
de Cuba. Yo he hecho modestamente un aporte al imaginario
cubano siguiendo sus pautas y transitando por el camino que
él desbrozó con inteligencia y originalidad.
Mis obras van más hacia la búsqueda de una visión
colectiva, general, a partir del empleo del microscopio. Es
decir, tratando de rescatar la pequeña historia de
todos los días acumulada en las llamadas gentes sin
historia. De todas maneras, todos los escritores con preocupación
historicista y los investigadores de ciencias sociales en
Cuba, tenemos como punto insoslayable la referencia que fue
Fernando Ortiz. Creo que la Fundación que creé
hace diez años se propone seguir las huellas del sabio
cubano.
—Al margen del interés por desenterrar la herencia
africana, Ortiz invitaba con frecuencia a escritores y profesores
de España a que dictaran conferencias en la Institución
Hispanocubana de Cultura. ¿De qué manera contribuyó
la presencia española a la definición de una
identidad cultural en Cuba?
M. B.—Contribuyó básicamente a introducir
en Cuba ideas del regeneracionismo español, conceptos
vivos en la Generación del 98 y misterios palpables
de modernidad en la Generación del 27. Estos aportes
se personifican en figuras como Francisco Giner de los Ríos,
Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez
y María Zambrano. Las secuelas de la Generación
del 98 y la del 27 marcaron con signos indelebles la vida
cultural del país. Lamentaremos siempre que aquellos
insignes escritores y científicos españoles
no se hayan quedado en Cuba para seguir nutriéndonos
de su savia, pero los gobiernos de turno de la República
neocolonial no vieron con simpatía a estas figuras
relevantes de la cultura española.
—¿Cree que es necesario hoy día un mayor
diálogo entre pensadores y artistas españoles
y cubanos?
M. B.—Hoy existe un vínculo entre escritores
y pensadores de ambos lados del Atlántico, pero no
es igual. A pesar de Internet y de todos los otros recursos
tecnológicos modernos, siento que estamos más
distanciados, quizá porque el continente nuestro ha
perfilado con más precisión y legitimidad los
rasgos de su autenticidad. De todas maneras, existen vasos
comunicantes y la sangre nunca traiciona. Creo que España
y los españoles tendrían que mirar con más
atención y sensibilidad hacia nuestro país.
Es una mirada que puede contribuir a una mayor comprensión,
a un mejor diálogo entre nuestros pueblos.
—En términos culturales, ¿es posible
que la integración de España en un proyecto
europeo haya afectado sus lazos de unión con Hispanoamérica?
M. B.—No creo que el futuro de España esté
en la Unión Europea, creo que está en la unión
iberoamericana. Es una opinión personal sin connotaciones
políticas. Cuba, particularmente, es el país
más español de todo el continente americano,
como es también el más africano y España
no puede estar ajena a esto.
—De las variadas definiciones de identidad insular
cubanas me siguen llamando la atención las teorías
situacionistas que se promulgaron en los años veinte
y treinta, y en particular el ensayo Indagación
del choteo (1928) de Jorge Mañach. ¿Cómo
definiría usted la personalidad de su pueblo?
M. B.—No puedo definir con un adjetivo o con una categoría
fija la personalidad del pueblo cubano, pero sí estoy
convencido de que poseemos una identidad propiamente insular.
Que somos una nación multicultural y multiétnica,
con un poderoso sentimiento nacional pero también con
una gran vocación universal por ser una isla, por estar
tan cerca de los Estados Unidos y porque somos más
occidentales que muchos occidentales. A veces somos trágicos
en la comedia, y sarcásticos en la tragedia. No somos
tan extrovertidos como piensan los europeos. Somos una máscara
con las dos caras de Janno, pero eso sí, somos un pueblo
estoico, valiente, creativo y optimista. Por eso somos indestructibles.
Quizá somos una mezcla de un Quijote con un Griot africano
y un emperador chino.
—Sus novelas más populares rescatan la memoria
fragmentada de un esclavo cimarrón, una artista vedette
y un inmigrante gallego. ¿Con qué intención
reconstruye usted el pasado histórico de Cuba a partir
de estos tres «tipos» representativos de un colectivo
marginal?
M. B.—Con la única intención de rescatar
esa voz subterránea, esa vibración que existe
en el centro de la vida de estos hombres y estas mujeres.
Ellos no tuvieron el privilegio de ser rescatados por la ilustración
burguesa. Por eso yo fui en su búsqueda, porque la
historia de Cuba sin esos actores sería una construcción
artificial de las élites intelectuales. La llamada
marginalidad ahora está de moda con las nuevas teorías
antropológicas, pero en aquellos años fue algo
novedoso y hasta de intención posmoderna. Los personajes
de mis libros ya son parte indisoluble del imaginario cubano.
No es que tenga una obsesión con el pasado ni con lo
local, pero pienso como Miguel de Unamuno que sin un conocimiento
real del pasado y sin una indagación profunda en lo
local, no seríamos ni modernos ni universales.
—¿Ha pensado en complementar esta trilogía
con el elemento asiático que se incorpora en la sociedad
cubana desde mediados del siglo XIX?
M. B.—La trilogía se convirtió realmente
en una pentalogía porque después de Gallego
(1981) escribí La vida real (1986), un
libro que aborda la vida y los avatares de un emigrante cubano
en Estados Unidos, específicamente en Nueva York. Lo
que escribí en Oficio de Ángel (1989),
que viene siendo una especie de biografía de mi generación
y de autobiografía lírica de los años
cincuenta y sesenta, en que se produjeron metáforas
de cambio extraordinarias y únicas en la sociedad cubana
con el triunfo de la Revolución y el desmantelamiento
gradual del pasado capitalista. En todos mis libros hay viñetas
dedicadas al elemento asiático, digo elemento porque
usted lo califica de elemento, en una expresión quizá
de reminiscencia braudeliana. Los chinos, los japoneses, los
coreanos, que vivieron y viven en Cuba, han sido y son un
gran desafío para mí, son lacónicos,
esotéricos; me fascinan al punto de que no he podido
aún aplicarles el microscopio. Me admiro, siempre,
de la vitalidad con que han sobrevivido, de sus iniciativas
personales y su capacidad de resistencia.
—Usted sigue en La vida real (1986) el mismo
patrón etnográfico de otras novelas testimoniales
para revelar las costumbres y modos de vida de un cubano en
el exilio. ¿Considera este testimonio parte integrante
de la identidad cubana?
M. B.—La vida real sigue el mismo patrón
en lo histórico para definir costumbres y modos de
vida de un exiliado cubano en Nueva York. La vida cubana,
la cultura, no puede prescindir de la influencia norteamericana,
como no puede prescindir de la española, la africana
y la asiática. Por esa razón considero esta
obra como parte integrante de la identidad nacional.
—Me gustaría saber qué opina sobre la
literatura en inglés producida por escritores cubanoamericanos.
¿Qué dimensión aportan o de qué
manera contribuyen al conocimiento de la historia y cultura
de Cuba?
M. B.—La producción novelística escrita
en inglés de cubanoamericanos no es muy conocida aquí.
Yo sólo conozco a Oscar Hijuelos y no es un cubanoamericano,
es descendiente de cubanos pero radicado en Estados Unidos.
Él compuso una de mis novelas favoritas, Las 14
Hermanas de Emilio Montez O’Brian (1992), y lo
considero un extraordinario escritor. Para mí, Oscar
es un autor norteamericano que alude en su obra a contextos
cubanos. Está también Cristina García,
muy talentosa y genuinamente orientada a partir de sus raíces.
Roberto Fernández, que también escribe en inglés,
y que es un magnífico narrador, y Gustavo Pérez
Firmat, lleno de gracia, ingenio y contradicciones. Para mí,
ellos son escritores norteamericanos que aluden a Cuba. Mientras
escriban en inglés lo seguirán siendo. El lenguaje
en una obra literaria marca el carácter de la obra,
define la entonación y lo dice todo. Yo creo que la
lengua es la Patria.
—Su personaje Manuel Ruiz es un sujeto errante, periférico,
y como tantos otros protagonistas del género picaresco,
víctima de una sociedad jerárquica. Aparte del
material de archivo que consultó en la sección
gallega del Instituto de Literatura y Lingüística,
¿consideró como fuente de inspiración
alguna obra de ficción española?
M. B.—Para nada. Me basé exclusivamente en testimonios
vivos y en fuentes de archivo. Soy admirador de la obra de
muchos escritores españoles y gallegos, particularmente
de Álvaro Cunqueiro, un antecedente de Gabriel García
Márquez en las frías aldeas del norte de España,
y de Torrente Ballester. Pero mi obra Gallego es
un producto netamente cubano.
—En «Palabras a los intelectuales» (1961),
Fidel Castro pide a los escritores que dejen constancia de
los cambios sociales y políticos que trajo consigo
la Revolución, que expresen sobre ella y sean sus «actores».
Al final de su discurso, Castro menciona la importancia de
rescatar el pasado de Cuba a partir de testimonios populares.
¿Cómo vivió aquellos días de tensión
política? ¿De qué manera el discurso
de Castro alentó a jóvenes como usted a cultivar
la novela testimonio? ¿No es cierto que dos años
después comenzó sus conversaciones con Esteban
Montejo?
M. B.—Indiscutiblemente, «Palabras a los intelectuales»
y Fidel Castro son un gran acicate para todos. Me pregunta
que cómo viví aquellos días de tensión
política. Pues le diré que los viví intensamente,
con júbilo e incertidumbre, pero convencido de que
se inauguraba una nueva época en Cuba. En realidad,
yo me estaba formando como antropólogo y fue mi oficio
y mi sensibilidad de poeta quien me llevó a establecer
un diálogo eterno con Esteban Montejo. La novela testimonio,
ese binomio novedoso, apretado, híbrido, lo conformé
yo a plena conciencia de que había que renovar la tradicional
noción de literatura y de literatura comprometida.
No hay nada más peligroso que un poeta devenido antropólogo.
Puede crear grandes fantasías o temibles Frankensteins.
—Quizá recuerde los años en que se editó
Lunes de Revolución. ¿Hubo alguna razón
por la cual no colaboró con estos escritores? ¿Fue
difícil para un adolescente de apenas veinte años
participar en el suplemento literario más controvertido
del país?
M B.—Recuerdo, por supuesto, los años en que
se editó Lunes de Revolución, pero
yo estaba ajeno a esa fuente de creación tan prometedora.
Era yo muy joven y estaba en la Academia de Ciencias como
un chico bueno y disciplinado haciendo mis investigaciones
etnográficas. Académicamente, yo no colaboré
en Lunes de Revolución porque nadie me conocía
entonces. Los que luego fueron mis amigos y lo son aún,
como Pablo Armando Fernández, Jaime Saruski, Antón
Arrufat y otros, colaboraron en el suplemento exitosamente.
Yo los veía a distancia, los leía, los admiraba
y hablaba de ellos, de su devoción por la literatura.
Lunes fue un suplemento importante para la joven
intelectualidad cubana.
-¿Qué relación mantenía con los
miembros del Grupo Orígenes?
M. B.—La relación que mantengo con los miembros
del Grupo Orígenes fue y es aún con algunos
de ellos, muy respetuosa. Admiré siempre la plataforma
que crearon a partir de una teleología insular. Si
Ortiz nos enseñó a pensar en cubano con objetividad
y óptica científica, José Lezama Lima
nos enseñó a pensar en cubano desde una visión
oblicua y a ver la historia desde la imagen. Creo que estos
dos hombres constituyen un binomio formidable para entender
la cultura cubana desde ángulos diferentes, pero con
la misma vocación de cubanía.
—¿Qué papel ocupó la editorial
El Puente para los jóvenes escritores?
M B.—Yo publiqué en El Puente. Era
una alternativa interesante, aglutinaba a escritores llamémosles
independientes, pero duró poco, lamentablemente. Creo
que fue una editorial experimental que no llegó a apropiarse
de una línea y un perfil personales. Un grupo juvenil
y entusiasta.
—Dr. Barnet, gracias por su tiempo y amabilidad.
M. B.—Gracias a usted por su visita.
C. C.—VANDERBILT UNIVERSITY

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