| «La suerte
está echada: somos víctimas del vicio más
antiguo que la literatura ha propagado, el afán de
relatos espeluznantes. El buen gusto y todas las preceptivas
literarias nos desautorizan» (Fernando Savater, La
infancia recuperada, Madrid, Taurus, 1976, p. 153).
Ante todo he de confesar que este monográfico se inspira,
desde la lejanía, por estas palabras de M. Baquero
Goyanes —autoridad indiscutible en los saberes sobre
la narrativa del siglo XIX—: «En Dostoievski,
como en Dickens o Galdós, está bastante enriquecido,
transformado, pero perceptible, uno de los géneros
más cultivados en su siglo: el folletín. Buena
parte de los Episodios nacionales, Crimen y castigo y Oliverio
Twist, reducidos a lo más externo, son, evidentemente,
inequívocos folletines» (1). Esta
cita del profesor Baquero Goyanes invita, creo, a retomar
una senda analítica que, a lo largo de cuatro decenios,
ha sido explorada desde diversos ángulos por R. Benítez,
J.-F. Botrel, J. I. Ferreras, J. Marco, L. Romero Tobar o
Iris M. Zavala: enriquecimiento y transformación
de un género (el relato fragmentario) en la textualidad
de una narrativa ya más noble, conteniendo una voluntad
de estilo en absoluto mecanicista, anhelosa por penetrar en
la conciencia humana de aquel tiempo, pero sin silenciar enteramente
algunas de las estrategias más genuinas del folletín:
unas estrategias encaminadas, por supuesto, a atrapar al lector
—esa «ansiedad» de los «suscriptores»
a que hace alusión La Linterna Mágica,
dando a conocer la ya no lejana salida de Pobres y ricos
(2)—. Bien puede decirse, a este respecto,
que la novela folletinesca fue, pese a su rudeza, un señuelo
vocacional para innumerables novelistas cuya sensibilidad,
aún no embridada por el intelecto, sería nutrida
en su adolescencia por tales hojas periódicas. Diversos
narradores del último tercio del XIX lo atestiguan
sin ambages a propósito de M. Fernández y González:
así, Galdós reconocería el «placer
indecible» que le produjo «en su juventud»
el hormigueo «calenturiento» y monstruoso de rostros,
cuerpos, aventuras que —según documentará
más tarde Carmen de Burgos— brotaban de las páginas
de «aquella maquinaria portentosa» dictando «dos
o tres horas seguidas» (3) : la imaginación
pura, pues, como la llave maestra tanto para el novelista
en ciernes como para un lector diríase que hipnotizado,
ya, por la factoría folletinesca…
El sebo de la bujía y la marca del lector
No sin nostalgia evocaba también Baroja en sus Memorias
este culto juvenil por los folletones, o entregas, a lo largo
de deslumbrantes noches en vela. Hasta logra dibujarnos, con
gran maestría, el acto físico del consumo de
dichas historias (subrayando, una vez más, al carácter
nocturnal de esos ritos, o vicios, solitarios): algunos lectores
—rememora— devoraban los fascículos en
el lecho para después, advertidos por el canto de los
primeros gallos, apagar «la vela con el cuadernillo,
dejando marcado en la página un círculo de sebo
de la bujía como un sello» (4). Ahora
bien, esta iniciación al arte de la novela sería
bien pronto sometida por Baroja a un enfriamiento de la retórica
folletinesca más convulsa, un mayor relleno psíquico
de los personajes o una implacable poda de la maleza adjetival,
aun cuando no renunciara nunca a la enunciación «itinerante»
del folletín, el ir y venir de los personajes —a
modo de ballet casi infernal—, el manejo recurrente
de las catálisis que regulan el discurso y un afán,
no por soterrado menos eficaz, en excitar a los lectores.
Y volvemos, aquí, al mecanismo fundamental de dicha
literatura: la vampirización del lector, incluso
una cierta incidencia catártica en él por grueso
que sea el trazo escritural empleado (quizá justamente
por esa elementalidad, el folletín transparenta sin
rodeos los resortes psicológicos del juego que se establece
entre el texto y su receptor, el ir y venir entre las ficciones
plasmadas en el papel y la fantasía siempre voraz de
los lectores). Como es bien sabido así lo patentiza
Galdós con sus mujeres noveleras: recuérdese
a Charito, el vivaz personaje de Rosalía, ejemplo
de lector «fascinado» pero nada «receloso»
—diríamos con A. Muñoz Molina— como
mujer semiiletrada que es (5). Se siente una Marie Duplessis,
con idéntica belleza, los mismos amoríos, una
parecida elegancia aunque rehúya a toda costa…
su tisis. El autor logra, con ello, reproducir magistralmente
el ejercicio de la lectura por parte del pueblo, afanoso por
inventarse una «ilusión» —si vale
el término de A. Moufflet que recoge, y matiza, Gramsci
(6)—. Escribe, en fin, Galdós que Charo
«Una vez que se adentró en
la lectura, dio en la flor de atiforrarse de novelas, y no
es decible el alborozo con que veía entrar por debajo
de la puerta de su casa las seductoras entregas de mil colores
con que hacen su agosto algunos editores de Madrid. Ella,
mientras tuvo dinero, se suscribió a todas, y las leyó,
anhelando alimentar su espíritu en aquel parto literario
que le parecía inmejorable. Pero entre todas leyó
una que la impresionó extremadamente, con tal violencia
que no se contentó con menos que con figurarse a la
propia heroína de aquella fábula: esta obra
era La dama de las camelias» (7).
Rosalía se convierte, pues, en una ventana
que permite atisbar cómo se debatía el Galdós
joven de 1872 entre el folletín y la novela «lujosa»,
visualizándose la tensión entre dos formulaciones
narrativas dispares aun cuando la segunda quedase por fuerza
«contaminada» por la primera —de acuerdo
con la feliz expresión de Romero Tobar (8)—.
Pero en caso de trasladarnos a las letras inglesas, en Oliver
Twist aflora también una jugosa intelección
metanarrativa que brinda alguna pista más sobre tales
«contaminaciones», a partir del hecho —entiende
su autor— de que la vida es un mixtura de folletín
y melodrama, dado que está repleta de fatalidades dictadas
por alguien, o algo, no controlables por los humanos. Reflexionaba
en efecto Dickens que
«Es habitual en el teatro, en todos
los buenos y sangrientos melodramas, ir alternando las escenas
trágicas con las cómicas, a semejanza de las
capas rojas y blancas de una loncha de tocino bien entreverada.
(…) Estos cambios podrían ser considerados puros
disparates; pero no son tan artificiosos como parece a primera
vista. En realidad, no resultan menos creíbles en la
vida cotidiana las transiciones desde la mesa bien puesta
al lecho de muerte, o desde los crespones de luto al ropaje
de gala; sólo que ahora somos actores muy afanosos
en lugar de espectadores inmóviles, lo que constituye
a buen seguro una gran diferencia. Los actores, en la vida
ilusoria del teatro, permanecen ciegos ante las transiciones
violentas y los bruscos impulsos de furia o compasión
que, por el contrario, y a los ojos del mero espectador, serán
bien pronto juzgados por violentos e incongruentes»
(9).
Lo turbio y lo demoniaco
Para algunos de los mejores fabuladores del XIX no había,
por tanto, una ruptura entre la novela fragmentada y la narrativa
suntuaria, si bien en el caso dickensiano su entrega
al público fuese completa: el público como cómplice
y, en ocasiones, juez que podía intervenir en el desarrollo
de la novela. Así, los cuadernillos de La pequeña
Dorritt iban a concluir dramáticamente, pero el
clamor popular impuso, en buena parte, una rectificación
que conllevaría un final feliz. (El propio Dickens
rogó en una ocasión a la «audiencia»
expectante que «tuviera un poco más de sosiego»,
y le aplaudiera «su destreza» en el «oficio»
de contar historias, a propósito del argumento de Nuestro
común amigo) (10). Y la anterior cita
de Oliver Twist sugiere, además, un enriquecimiento
mutuo entre la narrativa folletinesca y el teatro espectacular
—tan convulso— concebido por los melodramaturgos:
Baroja aludirá por cierto a su admirado Dickens diciendo
que «En él todas son gesticulaciones, y gesticulaciones
ambiguas. Cuando parece que va a llorar, ríe; cuando
parece que va a reír, llora» (11)…
La contorsión melodramática rige, pues, en sus
ficciones en un sentido a la vez corporal y psíquico
(lo corroboró ya, desde otro ángulo, Edmund
Wilson) y la tira carnosa representada por las bruscas modulaciones
entre lo rojo y lo blanco —que tanto solía
enfurecer a Virginia Wolf— es signo identificatorio
del narrador inglés (12). Ahora bien, no se olvide
que la mecanización de los aconteceres tan común
en los más esquemáticos folletines no admite
ningún claroscuro o ambigüedad: esos matices repletos
de pulpa psíquica que en Dickens alcanzarán
primacía con Casa desolada o Grandes esperanzas,
muy especialmente entre los personajes secundarios o «envolventes».
Conforme advierte A. Muñoz Molina —aludiendo
a la fecunda concordancia en este autor entre el instinto
popular y la habilidad en el relatar—,
«La maestría técnica,
la ambición narrativa de Dickens, no interfieren su
desatada vocación de folletinista que maneja exactamente
los mismos materiales de la literatura popular, los crímenes,
las desigualdades sociales, los hijos ilegítimos, las
herencias perdidas, los matrimonios por obligación,
los amores imposibles» (13).
Como narrador que se adentra por la primera mitad del siglo
XX representó Baroja, entre nosotros, el más
incontrovertible novelista «literario» cuya inspiración
está nutrida —que no deformada— por la
tradición folletinesca o por autores que, a su vez,
que no desdeñan tal escritura como el tantas veces
mencionado Dickens o, sobre todo, Dostoyevski. Pero, tras
el creador de Vidas sombrías, ¿es perceptible
la presencia de otros narradores que asimilaran conscientemente
alguna táctica compulsiva procedente del folletín
en su sentido más «melodramático»?
Acaso en nuestra primera posguerra se dieron algunas absorciones
de tales fórmulas: no se olvide la fascinación
que ejerció en más de una mente la textualidad,
a medias goticista y melodramática, de Cumbres borrascosas,
traducida al castellano en 1943 —obra en cuyas páginas
impera lo «demoniaco», «turbio» y
«patético», según reza el prólogo
a dicha edición (14)—. Ahora bien, el arte de
la novela se encaminará con la década de 1950
a construir una mirada de hielo que denuncie la penosa
realidad del tiempo y, junto a ello, la técnica del
recorte de situaciones excesivamente temblorosas con el fin
de congelar cualquier instigación hipnótica
en el lector, otorgándole a cambio un papel intelectualmente
más activo. Había llegado la «cuaresma»
en nuestras letras y Baroja fue —con esas elipsis de
lo rojo y lo blanco— uno de los maestros para
la generación del medio siglo, si bien, al lado de
un Sánchez Ferlosio o un García Hortelano, no
debiéramos olvidar la grata sorpresa, a la altura de
1950, de Los hijos de Máximo Judas, la novela
de Luis Landínez que, con seco esguince, rehúye
en lo posible la tentación «tremendista»
a que invitaba el ruralismo (15)… Ahora bien,
probablemente haya que situarse en el umbral, ya, de 1970
para avistar en nuestra narrativa algún rebrote folletinesco,
al calor de las semillas diseminadas en la generación
del 68 por Apocalípticos e integrados ante la cultura
de masas: la obra de Umberto Eco que, a su vez, pudo acentuar
también el interés de los estudiosos por la
literatura «periférica» del XIX (un análisis
de su recepción en la España de aquel tiempo
sacaría a la luz muchos desarrollos de nuestra cultura
que irán madurando más y más en las últimas
décadas del siglo XX) (16).
Entre estos autores (piénsese en M. Vázquez
Montalbán o Terenci Moix, incluso en algún experimento
narrativo de Juan Marsé) la exaltación folletinesca
queda, empero, entibiada por el guiño irónico,
por el collage de sedimentos costumbristas como parodia
que cuestiona los valores de la burguesía de aquel
tiempo: así, La oscura historia de la prima Montse,
donde se adivina algún repunte de tal escritura en
forma de pastiche crítico y tan visible, incluso,
en los epígrafes de capítulos como «Paco,
hijo natural», «1.ª Jornada: el enigma de
los ahorcados sonrientes», «2.ª Jornada:
el pasadizo secreto» o «3.ª Jornada: el extraño
caso del señorito y el teléfono»…
Más tarde, y con la llamada posmodernidad, esa superposición
maliciosa de materiales folletinescos pudo acrecentarse considerablemente:
el manejo, astuto y suelto, de esquemas narratológicos
nacidos de la literatura popular, según se deja ver
en Eduardo Mendoza, A. Muñoz Molina, A. Pérez-Reverte
o el último Álvaro Pombo. Y, asimismo, el fervor
tan consciente, ya, por lo artificioso como modalidad narrativa
alejada de cualquier rigidez canónica, al igual de
lo que ocurre en otras disciplinas: pongo por caso, algún
ensayo escenográfico de Francisco Nieva —con
un manejo muy deliberado de las convenciones del romanticismo
más «espectacular» (17)—. Sin olvidar,
por supuesto, gran parte de los filmes de Pedro Almodóvar,
en especial La ley del deseo, lujoso palimpsesto donde conviven
el «melo» masculino a lo Carmen y múltiples
citas procedentes, también, de la más ardorosa
tradición literaria o fílmica (18).
¿Un nuevo folletín electrónico?
Incluso hoy —y en el plano de la comunicación
por internet o por la telefonía móvil—
parece asomar un cierto revival del (micro)relato folletinesco
que haría posible, además, que la escritura
y su recepción pudieran coincidir en el tiempo real.
¿Podríamos hablar, en consecuencia, y a la altura
del 2004, de unos primeros asomos de narrativa cibernética?
Recientemente —y la noticia es harto reveladora—
refería Antonio Astorga en ABC que «regresa
el relato por entregas», pero no por obra del clásico
procedimiento de Gutenberg sino mediante el «teléfono
de bolsillo» y «a golpe de click». Para
añadir que «Un ciberespacio llamado Ciberpunk
(imode.ciberpunk.com) ofrece relatos, novelas y microcuentos
escritos exclusivamente para teléfonos móviles»
por algún premio nacional de literatura como Suso de
Toro (19). Precisamente a este escritor —quien
tiene ya en su morral tres microcuentos para tales móviles—
le recuerda dicho modelo los clásicos usos folletinescos,
pero sustituyéndose ahora las hojas periódicas
por las nuevas redes de comunicación electrónica:
«Volvemos [pues] al principio, a la novela por entregas
en un mundo en el que la cultura es el libro, pero en el que
no se pueden olvidar los nuevos cambios culturales»
(20). ¿Prosperará esta novísima
modalidad comunicadora, reestructurando en parte, además,
la enunciación narrativa, conforme aconteció
con las serpientes de papel, los episodios fílmicos,
el serial radiofónico, o el culebrón
televisivo? Como fácil resulta observar, en una secuencia
de doscientos años a esta parte los «soportes»
pueden variar pero, afortunadamente, la pertinaz curiosidad
del hombre por espiar a sus semejantes, eso es, el poder contar
relatos y leer/oír/contemplar tales relatos se mantiene
tan fresca como antaño: de acuerdo con la leyenda china,
estamos una y mil veces tentados por introducirnos en el lienzo
pictórico y, allí, extraviarnos por sus sendas,
aldeas, montañas sin ansias, casi siempre, por volver
a la realidad cotidiana, una realidad por lo general poco
apetitosa… Continúa, por tanto, vigente la viñeta
que ofrece Galdós en Misericordia, donde el
sagaz Almudena dosifica sabiamente sus relatos ante un corrillo
de «mujeres embobadas, mudas, fijos sus ojos en la cara
del ciego», quienes si —al comienzo de la historia—
no se hallaban dispuestas a creer, «acabaron creyendo,
por estímulo de sus almas, ávidas de cosas gratas
y placenteras» (21).
Resta sólo decir que el presente «Estado de la
cuestión» pretende poner encima de la mesa, y
en un tiempo como el actual donde el canon (pese a los desvelos
de algún crítico) parece zozobrar en la literatura
viva, ese viejo contar fragmentado tan propio de la sociedad
urbana surgida a principios del XIX y que se ha ido canalizando
—reiterémoslo— por diversos regatos mediáticos.
A saber, el relato popular, la novela por números,
la entrega periódica, en suma, lo que la conciencia
literaria de estos últimos dos siglos ha concluido
por resumir con el calificativo de folletín:
calificativo a todas luces incorrecto, como bien avisa Romero
Tobar. Aunque, en descargo de tal error, podamos decir una
vez más que, para muchos letraheridos, en la idea originaria
de lo folletinesco han ido tomando gran fuerza «los
matices significativos secundarios» de un relato ante
todo «melodramático», o «dotado de
una intriga ingenua y complicada artificiosamente»,
con la mira puesta en apresar, o enredar, al lector
(22). Atentado, qué duda cabe, contra el
«núcleo significativo originario» del término
aunque esa inexactitud descubra, por cierto, el nervio más
secreto del hecho narrativo: la simulación de realidades
ausentes en nuestro existir pero que, a la par, pueden
absorberlo, condicionarlo —acaso trastornarlo.
Asimismo, y como advertirá el lector, los artículos
impresos en estas páginas de Ínsula exploran
con singular precisión algunos de los puntos que, muy
a vuela pluma, he ido anotando en esta «Presentación»:
sobre todo las tan recurrentes impregnaciones folletinescas
en la novela literaria, los paralelos —o afinidades—
entre la narrativa serializada y el melodrama escénico,
o los mecanismos de articulación de un discurso ideológico
a no dudarlo primario, pero siempre efectivo, que encerraba
tal modalidad. Una modalidad, no se olvide, que significó
un primer síntoma de democratización de lo literario
entendido como texto, mercancía y consumo por parte
del público inserto, especialmente, en la nueva ciudad
«industrial» (23). Hemos creído
igualmente muy útil componer entre todos nosotros una
bibliografía que recoja algunos de los más puntuales
estudios aparecidos estos últimos cincuenta años:
bibliografía tanto en torno al «núcleo
duro» de la cuestión como acerca de aquellas
otras experiencias que sugieren, a su vez, una particular
retórica folletinesca al modo de la novela gótica
angloamericana, la ghost-story o el relato a lo E.
A. Poe: un sesgo narrativo que incidiría con cierta
fuerza en nuestras letras del XIX, como lo demuestran, entre
otros, P. A. de Alarcón, J. M. de Pereda, el hoy tan
olvidado Luis Alfonso —cuyos Cuentos raros sería
útil recuperar— o, en la onda ya del modernismo,
algunas de las Historias de locos concebidas por Miguel
Sawa.
L. B. — UNIVERSITAT DE BARCELONA (COORDINADOR)
NOTAS
(1) Mariano Baquero Goyanes, Proceso de la
novela actual, Madrid, Rialp, 1963, pp. 36-37. (Tomo la
cita de Leonardo Romero Tobar, La novela popular española
del siglo XIX, Madrid, Juan March-Ariel, 1976, p. 163,
n. 2.)
(2) (Wenceslao Ayguals de Izco), «La Sociedad
Literaria a sus favorecedores», La Linterna Mágica,
10.ª función (1 octubre 1849), p. 74. Jean-François
Botrel estudia con gran precisión las estrategias seguidas
por el editor de la narrativa folletinesca para capturar el
ánimo —y el bolsillo— de los suscriptores
en: «Los nuevos coleccionistas en la España del
siglo XIX», El Libro Antiguo Español. VIV,
De Libros, Librerías, Imprentas y Lectores, ed.
de P. Andrés Escapa, Salamanca, Ediciones de la Universidad
de Salamanca, pp. 56-62. Se trata, en efecto, de un «discurso
incitativo» astuto y hábil encaminado a avivar,
una y otra vez, la «expectación del lector»…
En el plano estrictamente periodístico consúltense
—a título de curiosidad— las tácticas
publicitarias del rataplán —según
el argot de los profesionales de la prensa— descritas
por Rafael Mainar en El arte del periodista, Barcelona,
José Gallach, s. a. (¿1906?), pp. 129-133. Dice
este autor, tras ofrecer diversos ejemplos de tal propaganda,
machacona e incisiva, que «Un rataplán es sencillamente
la nota en que se anuncia en los periódicos la publicación
de un nuevo folletín (…). El anuncio tiene algo
de los discursos del titiritero que a la puerta de un barracón
de feria anuncia sus exhibiciones» a unos corros de
gentes que «le oyen embobados».
(3) Benito Pérez Galdós, «Fernández
y González», en Prosa crítica,
pról. y ed. de José-Carlos Mainer, notas de
J. C. Ara Torralba, Madrid, Espasa Calpe, 2004, p. 542. En
otro párrafo añade Galdós que «Lo
escrito por Fernández y González (…) es
una monstruosa fecundidad (…) y un amontonamiento de
cualidades que se oscurecen las unas a las otras» (Ibíd..,
p. 544). Y, asimismo, Carmen de Burgos, «Manuel Fernández
y González», Hablando con los descendientes,
Madrid, Renacimiento, 1929, p. 175. Se trata, en rigor, de
un testimonio recogido de labios del famoso Tomás Luceño,
taquígrafo del novelista en la década de 1860.
(4) Pío Baroja, Desde la última
vuelta del camino. Memorias, Obras Completas, vol. VII,
Madrid, Biblioteca Nueva, 1949, p. 568. El propio Baroja trazó
un encendido elogio del folletinista andaluz en «Don
Manuel Fernández y González. Un recuerdo»,
donde, por ejemplo, confiesa «la admiración que
inconscientemente he sentido (siempre) por el novelista más
romántico, más popular y desaliñado de
España, por el autor de Men Rodríguez de
Sanabria, de Martín Gil, de El cocinero de su
Majestad» («Otros ensayos», en Obras
Completas, vol. VIII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1951,
p. 848).
(5) Antonio Muñoz Molina, «Sobre
la realidad de la ficción», Boletín
Informativo (Fundación Juan March), núm.
210 (mayo 1991), p. 29.
(6) «Segons Moufflet, la novel.la de fulletó
ha sorgit de la necessitat d’il.lusió,
demostrada per infinites influències mesquines, per
tal de trencar la monotonia a què aquestes es veuen
condemnades. Es una observació genèrica, vàlida
per a totes les novel.les i no solament per a les de fulletó:
cal analitzar quina il.lusió particular dóna
al poble la novel.la de fulletó i els canvis experimentats
per aquesta il.lusió en els diversos períodes
històrico-polítics» (Antonio Gramsci,
«Derivacions culturals de la novel.la de fulletó»,
en Cultura i literatura, ed. y trad. de Jordi Solé-Tura,
Barcelona, Edicions 62, 1966, p. 156. (Hace referencia Gramsci
a André Moufflet, «Le style du roman feuilleton»,
Mercure de France, 1 de febrero de 1931.)
(7) Benito Pérez Galdós, Rosalía,
ed. de Alan Smith, Madrid, Cátedra, 1983, p. 40.
(8) Op. cit. en n. 1, pp. 119 y 152, por
ejemplo.
(9) Charles Dickens, Oliver Twist, ed.
de S. H. Burton, Londres, Longmans, 1969, pp. 143 y 144.
(10) Charles Dickens, «Postscript in lieu
of preface», Our Mutual Friend, ed. de Stephen
Gill, Harmondsworth, Penguin Books, 1971, p. 893.
(11) Pío Baroja, «Dickens»,
en Juventud, egolatría, Obras Completas, vol.
V, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, p. 183.
(12) Dejó, por ejemplo, escrito Edmund
Wilson que «La risa en Dickens muestra tal grado de
excitación que, desde un primer momento, nos parece
histérica. Es una risa que huye veloz de la cárcel
del vivir; ahora bien, la tristeza y la amargura se deslizan
siempre por detrás suyo» («Dickens: the
two Scrooges», en The Wound and the Bow, Nueva
York, Oxford University Press, 1965, p. 13). Modulaciones
bruscas, o escasa trabazón de los relatos dickensianos
—sus situaciones, sus personajes—, que la autora
de Las olas, con sensibilidad literaria nada afín
a ese arte inorgánico, expresa así: «Una
novela de Dickens está siempre en trance de convertirse
en un montón de personajes, apenas comunicados entre
sí por medio de las más arbitrarias convenciones,
rompiéndose pues en mil pedazos, lo cual nos distrae
tanto que, a la postre, arrojamos encolerizados el libro»
(Virginia Woolf, «David Copperfield», en Collected
Essays, ed. de Leonard Woolf, vol. I, Londres, Chatto
& Windus, 1968, p. 194).
(13) Antonio Muñoz Molina, «Semanas
con Dickens», El País, 3 de septiembre
de 1997.
(14) «Prólogo», en Emily Brontë,
Cumbres borracosas, Barcelona, Destino, 1944, 3.ª
ed., pp. 9 y 10. Es muy revelador, también, que en
dicho prólogo sin firmar se cuestione abiertamente
el verismo literario: «El problema de la verosimilitud
(…) pasa a segundo término» en esta obra
cuyas páginas exhiben en todo momento «una atmósfera
que no tiene nada que ver con la que es habitual en la novela
naturalista que se impuso en la segunda mitad del siglo XIX»
(ibíd.., p. 10).
(15) Así lo apunto en «II. Narrativa:
primera postguerra», en VV. AA., Literatura contemporánea
en Castilla y León, Valladolid, Consejería
de Educación y Cultura, Junta de Castilla y León,
1986, p. 317.
(16) Vid., por mencionar un título hoy
mítico, una poderosa huella de este libro de Eco en
José María Castellet, «Prólogo»
a Nueve novísimos poetas españoles, Barcelona,
Barral, 1970, esp. pp. 23-47.
(17) Decía este dramaturgo, con motivo
del estreno de su versión de Don Álvaro,
que «hay que revisar el romanticismo español,
porque la juventud lo desconoce, pero puede tener una buena
actitud (…). De momento está habituada al melodrama
cinematográfico, y no hay más que ver en cartel
la reposición de Senso o la permanencia y éxito
de La mujer del teniente francés». Para
concluir, jugando con el concepto de melodrama, en su sentido
tanto etimológico como traslaticio, que la obra de
Rivas «es un drama muy difícil de decir; tiene
grandes arias, grandes monólogos, alardes verbales
(…) que hay que cuidar mucho. (…). Algo más:
también este Don Álvaro será de
algún modo operístico, donde los parlamentos
se canten a veces» (Rosa María Pereda, «Francisco
Nieva lleva a escena un Don Álvaro imposible
y lujoso», El País, 15 de enero de 1983).
(18) Comentaba significativamente nuestro cineasta
otra obra suya, Tacones lejanos, de ese modo: «Es
un gran melodrama, con todo el impudor que tienen los melodramas
para hablar de los sentimientos» (Diego Muñoz,
«Almodóvar enseña sus Tacones lejanos»,
El País, 16 de octubre de 1991). Alguna alusión
a lo melo aparece también en declaraciones del autor
sobre su último filme, La mala educación:
«He pasado del melodrama a lo negro con naturalidad
porque son géneros próximos, que a veces han
estado unidos» (Miguel Mora, «Almodóvar
tiñe de negro La Croisette», El País,
13 de mayo de 2004).
(19) Antonio Astorga, «De Gutenberg al SMS:
literatura por entregas a través del teléfono
móvil», ABC, 6 de marzo de 2004.
(20) Ibíd.
(21) Benito Pérez Galdós, Misericordia,
París, Nelson, s. a. [1913], p. 129.
(22) Op. cit. en n. 1, pp. 53-54. María
Moliner ofrece con gran tino la acepción originaria
de la voz folletín —recogida asimismo
por Romero Tobar— y sus derivaciones semánticas
que, vuelvo a repetir, se han ido imponiendo con el tiempo.
Dice al respecto que «Como las novelas que se acostumbraban
a publicar en esa forma [folletinesca] eran de intriga, con
sucesos y coincidencias muy dramáticos, sorprendentes
e inverosímiles, se aplica también el nombre
a una novela de esas características» (s. v.,
Diccionario de uso del español, t. I, Madrid,
Gredos, 1975).
(23) Zola reconoció sin ambages esa democratización
de la literatura que conllevaría la irrupción
del relato serializado en el siglo XIX: sus autores —sostiene—
«han logrado crearse un público especial que
sólo consume folletines; ellos se dirigen a estos lectores
nuevos e iletrados, incapaces de saborear una obra bella.
Por lo tanto, debiéramos testimoniarles nuestra gratitud,
dado que roturan tierras [hasta hoy] incultas». Y, poco
antes, aseveraba el propio autor que «la influencia
de los salones literarios desaparece» mientras, por
el contrario, «crece el asentamiento de la democracia
en las letras», puesto que «la obra nace en la
y para la muchedumbre» (Émile Zola, «L’argent
dans la littérature», en Le roman expérimental,
Oeuvres Completes, Henri Mitterand, dir., vol. X, París,
Cercle du Livre Précieux, 1968, pp. 1.279 y 1.277,
respectivamente).

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