INSULA Una renovación cultural. Número 691-692. Julio-Agosto 04
 
 


PEDRO RUIZ PÉREZ /
UNA RENOVACIÓN CULTURAL



Tras la llegada al trono de Isabel I, las letras castellanas conocerán un amplio y profundo proceso de modernización, paralelo al registrado en casi todos los órdenes de la sociedad y apoyado en un conjunto de factores de amplio alcance, pero con una repercusión especial en la reconstitución del sistema de los géneros literarios romances. De manera singular destacan los cambios en la consideración de la lengua vulgar y el desarrollo de la im-prenta, ambos profundamente interrelacionados e integrados en el programa político de renovación social y cultural desplegado desde el trono. Algunos hechos bien conocidos concentran este haz de relaciones.

Una docena de años antes de la muerte de la reina Isabel, la Gramática de Nebrija fija el horizonte de una norma para la lengua castellana (1). Su valor instrumental incide de manera particular en el desarrollo de la literatura en lengua romance, mientras sus ecos se extienden a todos los ámbitos de la cultura en una incipiente dimensión imperial, como el conocido prólogo anunciara. La dedicatoria a la reina significa también un hito en la vinculación de la nueva intelectualidad a la política monárquica, como consagración de la tendencia que se había venido consolidando desde la primera mitad del siglo, en la corte de Juan II, o, en forma más moderna, en el virreinato napolitano de Alfonso V.

Junto a su valido Álvaro de Luna, el padre de Isabel ya supo rodearse de los miembros más destacados de la clase de letrados de nuevo cuño en su empeño de reducir los privilegios aristocráticos. Figuras tan destacadas como Pablo de Santa María, convertido de gran rabí a primado de la Iglesia cristiana, desempeñaron para él labores políticas y diplomáticas, al tiempo que volcaban en el cauce de las letras vernáculas la doctrina de un tiempo nuevo, cada vez más alejado del modelo feudal. Así lo harían, por ejemplo, Diego de Valera y Alonso de Cartagena, hijo de Pablo de Santa María y, como él, también perteneciente al alto clero. Cerca del trono, procedentes del común, herederos del saber clerical y en contacto directo con la cultura caballeresca, estos escritores se encuentran en la posición más idónea para asentar las bases ideológicas de la sociedad que los Reyes Católicos convertirán en deslumbrante realidad en el cambio de siglo. En los últimos quince años de la centuria, por citar un ejemplo relevante, ven la luz tres ediciones del Doctrinal de caballeros, de Alonso de Cartagena, en cuyas páginas la tratadística arraigada en los textos de Alfonso X, Raimundo Lulio o don Juan Manuel deriva a la configuración de un modelo aristocrático ya muy alejado de la esencia del orden de los bellatores, en camino de la figura del cortesano delineado en los retratos del Quinientos. Cartagena vincula el origen de la caballería a la virtud y hace depender su permanencia del sentido del honor, para permeabilizar las fronteras del estamento; al afirmar, contra el código precedente, el derecho del rey castellano a armar caballeros aun sin serlo, subordina definitivamente la nobleza al trono. En la misma línea, los folios dedicados a la práctica estrictamente militar, al comienzo del volumen, representan una parte muy reducida en relación al amplio espacio concedido a orientar el comportamiento de los caballeros en una sociedad cortesana. En ella el campo más amplio es el abierto a los gestos simbólicos que ritualizan la antigua actividad de las armas, sobre todo las justas y torneos, pero también el galanteo y las normas de civilidad. No hay una referencia expresa a las letras, pero no es necesario: éstas le corresponden al grupo representado por Cartagena y se hacen manifiestas en la propia redacción del tratado, como en ostentación de a quién corresponde en ese tiempo administrar los antiguos valores y saberes.

En los mismos años en que se edita y reimprime el Doctrinal adquieren carta de naturaleza, y directamente en el cauce de la imprenta, los que van a convertirse en géneros representativos de la nueva edad, a partir de la publicación de sus obras fundacionales y más señeras, situadas ya todas ellas en el escenario definido por las dos coordenadas mencionadas: el asentamiento literario del romance castellano y el protagonismo creciente de una clase letrada cada vez más identificada con la forjada por el humanismo vulgar y ya acrisolada en Italia. Son los factores necesarios para atender a los gustos y demandas del público lector surgido en los marcos ciudadanos, convertido en activo consumidor de los productos culturales proporcionados en cantidad creciente por el invento de Gutemberg. Con el aliento de la política real, el mundo caballeresco y su formulación cortés alimentarán una literatura en vías de convertirse en nacional, para lo que conocerán la definitiva acomodación a una expresión acorde con un público ciudadano, entre la voluntad aristocrática de preservar, aunque sea simbólicamente, sus antiguos ideales y el impulso del común (de letrados humanistas a hidalgos lectores) por apropiarse de ellos, con una mezcla de deslumbramiento, nostalgia e ironía. Pero también en el inicio de una transformación profunda del sistema de los géneros y los estilos tal como fue legado por los siglos medievales (2).

P. R. P.—UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA (COORDINADOR)

NOTAS

(1) Se revisan algunas de sus repercusiones en Gramática y humanismo. Perspectivas del Renacimiento español, ed. de P. Ruiz Pérez, Madrid, Libertarias, 1993.

(2) Siguen siendo útiles en este análisis las perspectivas de Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, Alianza, 1978; y, más específicamente, Roger Boase, El resurgimiento de los trovadores, Madrid, Pegaso, 1981.

 

 
 
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