| Tras la llegada al trono de
Isabel I, las letras castellanas conocerán un amplio
y profundo proceso de modernización, paralelo al registrado
en casi todos los órdenes de la sociedad y apoyado
en un conjunto de factores de amplio alcance, pero con una
repercusión especial en la reconstitución del
sistema de los géneros literarios romances. De manera
singular destacan los cambios en la consideración de
la lengua vulgar y el desarrollo de la im-prenta, ambos profundamente
interrelacionados e integrados en el programa político
de renovación social y cultural desplegado desde el
trono. Algunos hechos bien conocidos concentran este haz de
relaciones.
Una docena de años antes de la muerte de la reina
Isabel, la Gramática de Nebrija fija el horizonte
de una norma para la lengua castellana (1). Su
valor instrumental incide de manera particular en el desarrollo
de la literatura en lengua romance, mientras sus ecos se extienden
a todos los ámbitos de la cultura en una incipiente
dimensión imperial, como el conocido prólogo
anunciara. La dedicatoria a la reina significa también
un hito en la vinculación de la nueva intelectualidad
a la política monárquica, como consagración
de la tendencia que se había venido consolidando desde
la primera mitad del siglo, en la corte de Juan II, o, en
forma más moderna, en el virreinato napolitano de Alfonso
V.
Junto a su valido Álvaro de Luna, el padre de Isabel
ya supo rodearse de los miembros más destacados de
la clase de letrados de nuevo cuño en su empeño
de reducir los privilegios aristocráticos. Figuras
tan destacadas como Pablo de Santa María, convertido
de gran rabí a primado de la Iglesia cristiana, desempeñaron
para él labores políticas y diplomáticas,
al tiempo que volcaban en el cauce de las letras vernáculas
la doctrina de un tiempo nuevo, cada vez más alejado
del modelo feudal. Así lo harían, por ejemplo,
Diego de Valera y Alonso de Cartagena, hijo de Pablo de Santa
María y, como él, también perteneciente
al alto clero. Cerca del trono, procedentes del común,
herederos del saber clerical y en contacto directo con la
cultura caballeresca, estos escritores se encuentran en la
posición más idónea para asentar las
bases ideológicas de la sociedad que los Reyes Católicos
convertirán en deslumbrante realidad en el cambio de
siglo. En los últimos quince años de la centuria,
por citar un ejemplo relevante, ven la luz tres ediciones
del Doctrinal de caballeros, de Alonso de Cartagena,
en cuyas páginas la tratadística arraigada en
los textos de Alfonso X, Raimundo Lulio o don Juan Manuel
deriva a la configuración de un modelo aristocrático
ya muy alejado de la esencia del orden de los bellatores,
en camino de la figura del cortesano delineado en los retratos
del Quinientos. Cartagena vincula el origen de la caballería
a la virtud y hace depender su permanencia del sentido del
honor, para permeabilizar las fronteras del estamento; al
afirmar, contra el código precedente, el derecho del
rey castellano a armar caballeros aun sin serlo, subordina
definitivamente la nobleza al trono. En la misma línea,
los folios dedicados a la práctica estrictamente militar,
al comienzo del volumen, representan una parte muy reducida
en relación al amplio espacio concedido a orientar
el comportamiento de los caballeros en una sociedad cortesana.
En ella el campo más amplio es el abierto a los gestos
simbólicos que ritualizan la antigua actividad de las
armas, sobre todo las justas y torneos, pero también
el galanteo y las normas de civilidad. No hay una referencia
expresa a las letras, pero no es necesario: éstas le
corresponden al grupo representado por Cartagena y se hacen
manifiestas en la propia redacción del tratado, como
en ostentación de a quién corresponde en ese
tiempo administrar los antiguos valores y saberes.
En los mismos años en que se edita y reimprime el
Doctrinal adquieren carta de naturaleza, y directamente
en el cauce de la imprenta, los que van a convertirse en géneros
representativos de la nueva edad, a partir de la publicación
de sus obras fundacionales y más señeras, situadas
ya todas ellas en el escenario definido por las dos coordenadas
mencionadas: el asentamiento literario del romance castellano
y el protagonismo creciente de una clase letrada cada vez
más identificada con la forjada por el humanismo vulgar
y ya acrisolada en Italia. Son los factores necesarios para
atender a los gustos y demandas del público lector
surgido en los marcos ciudadanos, convertido en activo consumidor
de los productos culturales proporcionados en cantidad creciente
por el invento de Gutemberg. Con el aliento de la política
real, el mundo caballeresco y su formulación cortés
alimentarán una literatura en vías de convertirse
en nacional, para lo que conocerán la definitiva acomodación
a una expresión acorde con un público ciudadano,
entre la voluntad aristocrática de preservar, aunque
sea simbólicamente, sus antiguos ideales y el impulso
del común (de letrados humanistas a hidalgos lectores)
por apropiarse de ellos, con una mezcla de deslumbramiento,
nostalgia e ironía. Pero también en el inicio
de una transformación profunda del sistema de los géneros
y los estilos tal como fue legado por los siglos medievales
(2).
P. R. P.—UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA
(COORDINADOR)
NOTAS
(1) Se revisan algunas de sus repercusiones en
Gramática y humanismo. Perspectivas del Renacimiento
español, ed. de P. Ruiz Pérez, Madrid, Libertarias,
1993.
(2) Siguen siendo útiles en este análisis
las perspectivas de Johan Huizinga, El otoño de
la Edad Media, Madrid, Alianza, 1978; y, más específicamente,
Roger Boase, El resurgimiento de los trovadores, Madrid,
Pegaso, 1981.

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