| Refería el médico Andrés Laguna cómo, en un recetario de Avicena, el error textual de Tapsia por Capsia había tenido como consecuencia que se administrase a una infortunada mujer, en lugar de una inofensiva medicina, un potentísimo veneno, que bastaba «para matar los robustísimos elefantes». No exageraba, pues, cuando achacaba a los impresores la pérdida de «no pocas vidas». La escritura va ligada, con más frecuencia de la que podríamos suponer, al error en la transmisión. Quien escribe, es decir, quien hace concreto por medio de unos grafemas un enunciado lingüístico —por tanto, de naturaleza abstracta—, corre el riesgo, casi inevitable, de cometer errores involuntarios.
Los errores en la transmisión no suelen tener consecuencias tan funestas, pero con frecuencia desfiguran los textos. Gerardo Diego se enfureció con los tipógrafos de Soria y, en carta a José María de Cossío, amenazaba con provocar «otro día de luto» porque le habían transmutado «la noria de los sueños» en «la novia de los sueños», justo cuando acababa de dejar a su novia soriana («Ay, cuando yo me vaya / y aunque ya nunca vuelva, / pasearéis como siempre / y sin notar mi ausencia. / La novia de los sueños / dará vueltas, más vueltas / con el ritmo monótono / de las cosas eternas»). A veces, pueden advertirse fácilmente y no producen mayor consecuencia que la comicidad. Por obra de un impresor, el tan manido comentario de textos se convierte en el cementerio de textos. O una historia del ultraísmo argentino viene a ser del altruismo argentino. El cultismo «rubicundo» (‘rojizo'), introducido por Juan de Mena y popularizado por Cervantes en un párrafo de intención paródica («Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos...»), pasa a una edición de las Fábulas de Samaniego como un extrafalario «el rabicundo Apolo».
Un «ruido»
Las deturpaciones originadas en la transmisión de un texto producen, cuando menos, un «ruido» que dificulta su cabal comprensión o interfiere en el proceso de lectura. Hasta la edición londinense del Quijote de 1738, promovida por lord Carteret, se repitió en las demás «como ya oíste decir a aquel pastor de Marías, Ambrosio». A todas luces, un claro error por «como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio». Hubo, pues, que esperar más de un siglo y cuarto —con numerosas ediciones de por medio— para que un humilde corrector de imprenta, Pedro Pineda, restituyera por indiscutible conjetura la lección genuina. Cuando Sancho se ve en la tesitura de defender la ínsula de una —fingida— invasión y es pisoteado por sus burladores, el «molido» gobernador implora: «¡Oh, si mi señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula y me viese o muerto o fuera desta grande angustia!» (t. II, p. 53). Este es el texto que nos proporcionan la mayoría de las ediciones, pero, como advirtió sagazmente Hartzenbusch, Sancho siempre emplea mi señor referido a don Quijote, lo que sería aquí una grave incongruencia. De modo que mi ha de ser errata por nuestro (que en el original vendría en abreviatura: nro), puesto que su plegaria se dirige sin duda alguna a Dios. Por tanto, habrá que editar: «¡Oh, si Nuestro Señor fuese servido…!» En la historia del cautivo del Quijote, las primeras ediciones leen: «Morrenago, al anochecer, dio fondo con la barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba» (t. I, p. 41). Pero no hay ningún personaje en la obra —ni en ninguna otra parte— con tal insólito nombre. Habría que esperar a 1780 para que se apuntara en la dirección atinada: «el renegado, al anochecer, dio fondo…», y hasta 1863 para que se editara lo que parece la lección correcta: «nuestro renegado…».
Los peores errores son los que no pueden advertirse fácilmente. En la primera edición del libro Canciones de Federico García Lorca aparecen los versos «un dedo de la parra / y un rayo de sol / señalan hacia el sitio / de mi corazón». En el manuscrito autógrafo se lee, sin embargo, «un dedo de la parca», lo que cambia radicalmente el poema dándole pleno sentido: frente a lo que resultaba, en la editio princeps, una extemporánea alusión a la parra (¿el vino?), en el original la amenaza inevitable de la muerte (la parca) enlaza con el fluir del tiempo («por el aire de agosto / se van las nubes…». En una comedia de Lope, La escolástica celosa, se lee en la primera edición: «Ya soy alma que atormenta, / piedra, tu peso y rigor, / y aunque eres pequeña en cuenta, / yo sé bien que no es mayor / la que Siphosus tenía.» No sabemos de nadie, en la mitología o en la cultura clásica, de ese nombre; sí, en cambio, de un personaje mitológico, Sísifo, que arrastra inútilmente una enorme roca: la piedra que el amor lleva a comparar su carga es en realidad «la que Sísipho sustenta». Se ponen en evidencia, pues, tres errores cometidos por el copista en el último verso citado: uno por supresión de sílabas iguales o parecidas («Sísipho»), otro por equivocación en la separación de palabras («Siphosus tenta») y otro al confundir el grafema t por la i (sin percatarse de que la rima exige «-enta»).
Una nueva mirada sobre el texto
La identificación de un error puede proporcionar una nueva mirada sobre el texto. A la perspicacia de Alberto Blecua se deben un buen número de enmiendas admirables y, entre ellas, la que corrige un error inadvertido anteriormente. En la fábula del águila del Libro de buen amor se lee (en el único testimonio para esta pasaje): «El águila cabdal canta sobre la faya, / todas las otras aves de allí las atalaya.» Las águilas no cantan, mucho menos cuando están acechando desde la altura a las otras aves; se caracterizan, en cambio, por su aguda vista. La lectura genuina sería, pues, «El águila cabdal cata…». No solo hay una anomalía sobre la naturaleza de las águilas (aunque en la específica convención de las fábulas los animales hablan), sino también una correspondencia con el uso estilístico del autor de utilizar la amplificatio por sinonimia (cata-atalaya) y, sobre todo, con la moralidad de la fábula: «no catar afuera, sino catarse a sí mismo». La fábula se organiza, pues, en torno al verbo catar, ausente hasta la enmienda de Blecua de las ediciones.
Mejora de un texto
De manera fortuita, en algunos casos la errata mejora un texto. En un poema de Gerardo Diego se lee en la primera edición «y van y vienen las golondrinas / doblando y desdoblando esquinas». Cuando se reedita, veinte años más tarde, estos dos versos aparecen así: «y van y viven las golondrinas / doblando y desdoblando esquinas». Errata no advertida por Gerardo Diego o, quizá, consentida. Con el cambio, se crea una imagen nueva que, además de reflejar el peculiar revoloteo de las golondrinas, lo convierte en un hecho que participa de la perennidad del vivir.
Pese a los pocos casos en los que el error puede mejorar un texto, el lector no debería encontrarse con «el rabicundo Apolo», «aquel pastor de Marías, Ambrosio», etc, etc. Si cualquier aficionado rechazaría escuchar música saturada de ruidos, ¿cómo aceptar textos deturpados? La filología emprendió una inacabable tarea de limpieza y restauración de los textos para corregir en ellos los errores involuntarios o las intervenciones de copistas y censores que acomodan el texto a sus usos lingüísticos o ideológicos. Desde que los humanistas descubrieron que sus admiradas obras de la Antigüedad habían llegado a ellos en copias muy diferentes entre sí, la filología ha desarrollado una metodología que trata de identificar y corregir los errores de transmisión. Pero los humanistas no disponían de un procedimiento satisfactorio para resolver el problema, tan frecuente, de las divergencias entre los distintos testimonios, manuscritos o impresos, de una obra de la que no se conserva el original. Solo la metodología de base lachmanniana o neolachmanniana, con el paso que supone la filiación de los testimonios, ha proporcionado una solución más plausible al problema (a pesar de los riesgos y dificultades que comporta). De este modo, la moderna crítica textual se ocupa no solo de identificar y corregir errores en un testimonio, sino también de proporcionar pautas de actuación ante las variantes que presentan los diferentes testimonios. Muchas obras literarias presentan una compleja historia en su redacción, pasan a través de más de un original, o, incluso, a los cambios efectuados por el autor se suman las alteraciones de otras manos. Así, es posible que en algunos casos no dispongamos de un original único y estable. Es labor del editor proporcionarnos el texto más próximo posible a la voluntad del autor y, además, ofrecer en el aparato crítico las divergencias entre los testimonios, explicando y razonando sus elecciones, para que el lector interesado pueda juzgar por sí mismo entre las diversas posibilidades. Es una tarea que no puede ser automática: la crítica textual se basa en la identificación del error en la transmisión, por tanto, en el resultado de una interpretación. Además, la crítica textual, aunque tenga sus propias pautas, no puede apartarse del conjunto de la filología. El editor necesita situar la obra en el contexto lingüístico, literario e histórico; no podría de otra manera identificar los errores y valorar adecuadamente las variantes.
En definitiva, el tan citado placer del texto empieza necesariamente por el respeto al texto mismo, por disponer de un texto lo más cercano posible a la voluntad del autor, sin el fraude que suponen las adherencias que el proceso de transmisión ha ido incorporando.
E. M. M.—UNIVERSIDAD DE OVIEDO
(*) Emilio Martínez Mata ha editado El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín; las Cartas marruecas y las Noches lúgubres, de José de Cadalso; las Fábulas, de Samaniego, y Los literatos en Cuaresma, de Tomás de Iriarte. 
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