«Son pocos los libros que pueden gustarnos toda la vida. Hay unos de los que nos asqueamos con el tiempo, con el saber y con la sensatez» (Joseph Joubert).
I
E resulta difícil de explicar cuáles fueron las premisas que marcaron la puesta en marcha de este monográfico, es más, dudo de que en un principio existiera algún tipo de
(*) Eduardo Rojas Rebolledo
premisa o hipótesis. El origen de este número de Ínsula —como muchas de las cosas entrañables de la vida— se debe a un cúmulo de circunstancias, a esos guiños de ojo
(México, 1970) es escritor e
que de vez en vez procura el destino. Y no miento: hace casi un año, un amigo mío cruzó el Atlántico rumbo a México para, entre otras cosas, visitar a Leonardo da Jandra en su feudo
historiador, ha publicado los libros
huatulqueño. Después del regreso de este amigo, a quien le agradecí el haberme puesto en contacto con Da Jandra, supe que el editor de Ínsula, Carlos
De luces y sombras (relato), El Cid
Álvarez-Ude, estaba abierto a nuevas propuestas temáticas y que —sugerencia de Leonardo— sería bueno platicar con él. La cosa quedó allí hasta mediados del año pasado, cuando (otro guiño
entre líneas (ensayo) y De alquimia e
del destino) Edmée Pardo me llamó para avisarme que estaría unos días en Madrid. Aprovechando, entonces, el pretexto fraternal para bajar a la capital, le sugerí a Edmée visitar a Álvarez-Ude.
imposibles (ensayo). Desde hace tres
Cuando tuvimos la oportunidad de platicar con él, no teníamos una idea muy clara de lo que le queríamos proponer para
años vive en Galicia.
la revista, salvo que sería interesante proyectar un número que diera a conocer (fuera de la curiosidad mercadotécnica) las diversas tendencias por las que se mueve actualmente la narrativa mexicana. Dar luz sobre aquellos narradores (1) que —por innumerables causas— no han tenido la fortuna divulgativa y comercial con la que han contado algunos de los representantes de la llamada generación del crack (2), pero cuyos trabajos son de una sorprendente calidad, además de que afrontan riesgos estilísticos de importante envergadura. Y es que fuera de los muy aplaudidos Jorge Volpi e Ignacio Padilla, poco se ha detenido la crítica española en otros nombres. Aunque de un tiempo a la fecha comience a prestarle más atención, no llega todavía a vislumbrar el horizonte heterogéneo que se está a consolidar en México, y en gran parte de Latinoamérica. Algunas pequeñas notas sobre Mario Bellatín; algún robaplana sobre David Toscana; alguna reseña de El cementerio de sillas (Madrid, Lengua de Trapo, 2003), de Álvaro Enrigue; algo de Mauricio Montiel (publicado por El Acantilado), alumbran tintineantes una efervescencia creativa que se está haciendo —por méritos propios— patente.
Con estas inquietudes, mejor, ruidos, rondando por la cabeza pero, como ya dije más arriba, sin ningún planteamiento claro, nos reunimos con Álvarez-Ude. La plática fue de un lado para el otro. Como en los buenos bufetes probamos de todo sin llegar al empache, y a la hora del postre, ya teníamos luz verde para ponernos a trabajar en la organización del número: buscar colaboradores, definir los temas, plantear las diferencias y las merecidas distinciones.
II
Cuando Edmée Pardo y yo nos sentamos a reflexionar sobre el monográfico, únicamente contábamos con una gran lista de autores que habíamos apuntado guiados, en primera, por los gustos personales; luego por considerar que tenían propuestas interesantes y distintas, y, por último, por tener un relativo peso en el panorama editorial mexicano. Como resultado entraron un número muy amplio de autores (situación por demás estimulante y que dice mucho del buen aliento que emanan en la actualidad nuestras letras), unos mejores y más significativos que otros, pero tal juicio había que dejárselo a los posibles colaboradores. Sin embargo, dos cosas sí que nos llamaron la atención en un primer momento: la marcada desproporción entre narradoras y narradores, siendo ellas un número mucho menor; y la existencia —en un mar de variadas tendencias temáticas— de un imaginario de frontera, en concreto la frontera norte que es donde se halla el choque idiomático y
cultural.
El primer punto había que tratarlo de una manera u otra. Sin pretender hacer una absurda distinción de género —la cantidad nunca es directamente proporcional a la calidad— había que dedicar uno o dos ensayos a las directrices temáticas y estilísticas que frecuenta la actual narrativa escrita por mujeres. Edmée Pardo se propuso, guiada por conocimiento de causa, en hacer un ensayo que abordara el «imaginario de la enfermedad» como recurso constante en la narrativa escrita por mujeres. También se pensó en Agustín Cadena quien, aparte de haber coordinado la antología Generación 2000, literatura mexicana hacia el tercer milenio (México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 1999), se encontraba trabajando sobre el tema de la literatura erótica escrita por mujeres. El resultado fue el texto que acompaña este monográfico y donde se descubre un riguroso recorrido sobre el tema, y se advierte el axioma de Cadena —basado en la afirmación de Cornelia Arnhold— de que el futuro de la literatura erótica en México comienza a estar, y estará, en las plumas femeninas.
Al segundo punto, el imaginario de la frontera norte, había que destinarle, también, su propio espacio. Y aquí es donde aparece otro guiño del destino: no teníamos claro quién sería el indicado para realizar ese ensayo, hasta que —a mi regreso a Galicia— supe que el norteño Gilberto Prado Galán había estado en Rianxo y que había dejado sus señas para posibles colaboraciones en su revista ArteletrA. Me puse rápidamente en contacto con él y aceptó gustoso realizar el texto. Un texto por demás interesante que completa de buena manera los de David Miklos, Carlos Antonio de la Sierra y Sergio González Rodríguez.
III
Si hay algo que me sorprendió cuando pude leer los siete ensayos que conforman este número de Ínsula, es que predominan las concordancias por encima de las discrepancias, siendo que
| (1) Con nuevos narradores me refiero a los nacidos en la década de | (2) Cuando en 1996 apareció el manifiesto del crack —con más afán |
| los sesenta y primeros años de la de los setenta, los escritores que cuentan actualmente con entre 30 y 40 años de edad. | de ruido y guasa que de cualquier otra cosa— no hablaba de una generación, simplemente hablaba de «las novelas del crack», que pretendían ser «los churrascos» en el panorama novelístico mexicano. Lo de generación apareció después, sin duda como una útil bandera de |
| marketing. |
el llamado hecho a los colaboradores estuvo —en la media de lo posible— fuera de amiguismos o «cuatismos». Todos están de acuerdo en la existencia de una enriquecedora variedad EDUARDO ROJAS temática y estilística, que está ya patente. Nuestras letras apuntan hacia un buen horizonte. Ya lo dice con claridad y sin triunfalismos González Rodríguez: «la literatura mexicana presencia REBOLLEDO / uno de los sucesos más estimulantes que pueda contemplar cualquier literatura: la prodigalidad inventiva que desafía los hábitos, los valores y los prestigios heredados». También concuer-ALGUNAS dan en los nombres que están teniendo, y tendrán, el peso en las «carteleras», aunque los jerarquicen de maneras distintas. Pongo el caso de Pablo Soler Frost y Javier García-Galiano, a LUCES... quienes Miklos considera precursores (casi canónicos), y De la Sierra como los artífices de los contenidos cosmopolitas. También ocupan un espacio de atención Eduardo Antonio de la Parra, Álvaro Enrigue, Mario Bellatin, David Toscana, Ana García Bergua, Luis Humberto Crosthwaite, Cristina Rivera-Garza, Adriana Díaz Enciso, Guillermo Fadanelli (3), Mauricio (3) A Guillermo Fadanelli, el ave Montiel... más solitaria de la generación y de
Parece inevitable no caer en la máxima —casi tópico— de señalar que el verdadero y único juez que dará la razón a este monográfico será el tiempo. Ya lo advertía Leonardo da Jandra cualquier generación, se le puede leer en el prólogo a la antología Dispersión multitudinaria (México, Joaquín Mortiz, 1997): «La creación literaria tiene sus tiempos y sus caprichos, y es el tiempo, con su entropía inexorable aquí en España en una pequeña
revista, Mono-gráfico, que circula de
(además de los caprichos de los lectores), lo que finalmente decide si una obra merece o no trascendencia.» Y, parafraseando el Capítulo VI del libro primero del Quijote, sólo queda esperar para ver el tamaño de la hoguera que levantarán estas nuevas letras mexicanas. manera gratuita en bares y tugurios:
¿qué mejor honor para Fadanelli?
IV
No quisiera terminar esta introducción sin hacer un breve comentario sobre el ensayo de Horacio Ortiz «Notas para una biografía biblioempresarial en México». Aunque a primera vista pareciera que este texto se descuelga en mucho del corpus del número (aquí el destino también cumple con sus caprichos obligados), no lo es tanto por el siguiente hecho: México está generando un número muy importante de escritores de calidad, generando «productores de literatura»; sin embargo, no está generando «consumidores» de esa literatura, y esto, en un mundo donde la única ley que priva es la ley inmoral del mercado, provoca serios problemas. El caso de la industria editorial en México tiene una singularidad a la que hay que hacer frente de algún modo, porque es innegable que al «hablar de industria editorial y de lectura en nuestro país es hablar necesariamente de falta de lectores, el fracaso de las políticas culturales en materia de fomento a la lectura, de la ausencia de riesgo por parte de los editores y de la voracidad de algunos grupos que se han adueñado del mercado editorial».
La piedra está tirada.