| ¿Es posible que el poeta Carles Riba, el doctor Riba como le llamábamos todos, leyera un anochecer veraniego, de hace cincuenta años, la conferencia inaugural de un congreso de poesía celebrado en la ciudad castellana de Segovia? Recuerdo bien aquel anochecer. Estábamos al fresco. El tiempo era bueno y aún había luz. Los vencejos volaban en torno a una torre, una y otra vez, volteando con rapidez, no sabíamos si con el entusiasmo del vuelo o espantados por la noche que oían llegar. Yo recordaba un verso de Unamuno: «vuelven los vencejos». Volvían, efectivamente. En una mesilla iluminada con una luz endeble, sentado e inclinado sobre el texto que leía, Carles Riba atraía el silencio de los congregados con su erudición de catedrático de griego y su saber de poeta. Riba tenía entonces cincuenta y nueve años. Era un señor menudo, grueso para su estatura, muy señor, de abundante cabellera gris peinada hacia atrás y los ojos pensativos tras las gafas gruesas. Leía pausadamente y con atención el texto que había escrito para aquel día. La mayoría de los presentes también estaban sentados, pero al no caber todos en las sillas, muchos estábamos de pie. Cuando el poeta terminó su lección se levantó una ola de admiración y cordialidad. Aplaudíamos lo dicho y su saber, también aplaudimos la figura y su significado. El poeta se vio rodeado de personalidades que lo felicitaban efusivamente. Yo estaba cerca y recuerdo al marqués de Lozoya —crítico e historiador del arte conocido y creo que segoviano ilustre— que, felicitándolo, alabó el castellano del conferenciante. Parecía animarlo a que lo practicara más. Riba agradeció el cumplido, pero quiso recordar que su lengua literaria era el catalán.
Me parece muy acertado que Ínsula quiera recordar los Congresos de Poesía celebrados hace cincuenta años, primero en Segovia, luego en Salamanca —son los dos a los que asistí— y aun el tercero de Santiago de Compostela. Es muy acertado, porque el recuerdo puede iluminar unos episodios ya lejanos de diálogo en tiempos poco propicios para ello. Pero el diálogo se produjo y aquellos que lo iniciaron con buena voluntad y paciencia y lo sostenían con una esperanza constante merecen ser recordados. Hoy vemos en los medios evocaciones y relatos de cosas pasadas cuarenta, cincuenta, sesenta años atrás, cuando la mayoría de los actuales ciudadanos no había ni tan siquiera nacido, y a veces los que lo vimos sonreímos un poco. Es un poco difícil para los que estaban cuando lo sucedido era un puro y pasajero presente, lleno de incertidumbre, que reconozcamos la historia que se nos presenta. El blanco y el negro de unos tiempos en los que aún no había ni color en las películas nos hace sonreír. El presente es siempre complejidad, pero dentro de la complejidad está la vida.
Comprensión y desconfianza
El poeta y crítico Rafael Santos Torroella —intelectual de tradición republicana— fue el secretario de los congresos, y participó en la organización junto al poeta y político Dionisio Ridruejo, que ya había recorrido más de medio camino en la trayectoria que le llevó del falangismo a la socialdemocracia, y el director general de Enseñanza Universitaria, Joaquín Pérez Villanueva, acogió la idea y la patrocinó. El ministro de Educación entonces era Joaquín Ruiz-Giménez, y mientras lo fue más de una iniciativa de diálogo tuvo comprensión.
Comprensión, debe decirse, pero también desconfianza. Las dos cosas flotaban en el ambiente. El poeta y crítico José Luis Cano, que era el secretario de esta revista —una isla de liberalismo bibliográfico y literario— ha contado las conversaciones con el poeta Vicente Aleixandre al saber que se celebraría un congreso de poesía y que serían invitados. ¿Un congreso de poesía a la sombra del Ministerio? Aleixandre y Cano dudaban. Hablaron unos con otros. ¿Asistiría Carles Riba, a quien respetaban, pero no Josep Maria de Sagarrra, a quien también estimaban? Todo aquello que fuera público debía contar con la aquiescencia del Régimen. Y un congreso como el de Segovia —que debía contar con los poetas de lengua castellana en España e Hispanoamérica, y con los grandes nombres de la poesía catalana, encabezados por Carles Riba y con Josep-Vicenç Foix y Marià Manent como figuras relevantes de la generación madura y otros más jóvenes como Joan Perucho— era un proyecto tan ambicioso como difícil de llevar a buen puerto. Aquellos que en Madrid vivían la literatura como una isla incontaminada del poder, como Aleixandre y Cano, acabaron por aceptar la invitación argumentando que «quizá podamos decir en Segovia lo que no podemos decir en Madrid».
En Barcelona aquel tipo de diálogo y convivencia no era tan nueva. El semanario Revista —patrocinado por el industrial Albert Puig Palau, que apareció con una cabecera dibujada por Salvador Dalí e impresa en buen papel— se propuso favorecer el contacto entre los intelectuales de Barcelona y los de Madrid e, incluso, asumiendo las limitaciones y dificultades propias de la época, el diálogo entre la cultura castellana y la catalana. El maestro Riba era, claro, la gran autoridad de la cultura catalana y su amistad con el poeta Dionisio Ridruejo, casado con una catalana y que tradujo a Josep Pla, se reflejó en las páginas del semanario. Con el conceptismo que en aquellos tiempos favorecía los diálogos y justificaba las polémicas se hablaba de «comprensivos y excluyentes». Entre los comprensivos, el gran pontífice era el humanista e historiador de la Medicina Pedro Laín Entralgo, amigo de Ridruejo. Otras personalidades de talante liberal eran los filósofos José Luis L. Aranguren y Julián Marías, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, el economista y novelista José Luis Sampedro y el profesor Tierno Galván... Todos ellos y otros, con Dionisio Ridruejo y su hombre de confianza Pablo Martí Zaro, formaron años después una especie de comité de actividades culturales amparado por la condición del consejo asesor de Seminarios y Ediciones, que organizaba encuentros, congresos y mantenía ediciones. Los encuentros más amplios, sin autorización y por tanto técnicamente clandestinos, se hacían en casas particulares, como la del financiero Félix Millet en la Atmetlla o en la del arquitecto Fernando Chueca Goitia en Toledo. Tenían que ser, eso sí, casas grandes y espaciosas con muchas habitaciones. En la Atmetlla compartí habitación con Maurici Serrahima. En el consejo asesor de Seminarios y Ediciones también estaban intelectuales gallegos, vascos y catalanes. Los tres catalanes del consejo éramos el poeta Marià Manent, el crítico Josep Maria Castellet y yo. Íbamos cada dos meses a Madrid, y cuando Martí Zaro venía a Barcelona se reunía con nosotros y también con Josep Benet.
Poesía y periodismo
Todo esto era impensable cuando en 1952 se celebró el Congreso de poetas de Segovia. Por entonces yo era un joven poeta que acababa de ser descubierto al obtener un premio de poesía breve para poetas jóvenes organizado por la revista Correo Literario, con Dámaso Alonso, Leopoldo Panero y Luis Rosales en el jurado y, meses después, el Premio Adonais 1951, con los poetas Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Luis Felipe Vivanco y José Luis Cano en el jurado. Había conocido a raíz de estos dos premios a todos estos poetas, pero aún me faltaba conocer a los de mi edad; los primeros componentes de la que con el tiempo sería llamada la generación de los cincuenta los conocí en los congresos de Segovia y Salamanca. Con la poesía comenzó el periodismo inesperadamente para mí: un grupo de amigos habíamos fundado el verano del 51 la revista mensual El Ciervo, que, como el animal del título, corría buscando aguas frescas y huyendo de quienes lo querían cazar. ¡Quién podía decirnos que el año 2001 celebraríamos los cincuenta años de vida de la publicación!
En Segovia y un año más tarde en Salamanca conocimos también a un buen número de poetas hispanoamericanos. Recuerdo a Ernesto Mejía Sánchez, Eduardo Cote Lamus, Luis Alberto Ratto y, algo mayor, a José Coronel Urtehco, nicaragüense de testa rosada, iluminada por dentro, que se ve que había leído mi libro El caballo porque me dijo gravemente unas palabras que siempre he recordado: «Su imaginación trabaja en cosas interesantes.» En Segovia y Salamanca se hablaba de poesía y se oía hablar a los viejos maestros. He recordado la conferencia inaugural de Carles Riba. Recuerdo también una conferencia de Eugenio d'Ors sobre un tema hecho a su medida: poesía y énfasis. Enfático, pero también malicioso, Ors dejó claro que seguía atentamente la mejor poesía catalana del momento y citó a Joan Brossa.
Los poetas del presente recordamos también a los del pasado. En Segovia visitamos el convento donde había vivido San Juan de la Cruz y la tumba donde, tras morir en Úbeda, lo enterraron. Vimos también la habitación pulcra y reducida donde se alojó un profesor de francés llamado Antonio Machado: «Un señor muy bueno», nos dijo la viejecita que lo había atendido. En Salamanca vimos el púlpito de la Universidad en el que fray Luis de León dio sus clases magistrales, y Felisa Unamuno —la hija del poeta— nos hizo seguir los lugares del famoso rector de Salamanca. Y todavía las excursiones por Castilla. Yo las aprovechaba para sentarme en el autocar junto a J. V. Foix, el único de los tres grandes poetas catalanes presentes a quien no había tratado. Por otra parte, Riba era la figura destacada del congreso y con Dionisio Ridruejo, hace notar Cano en sus cuadernos, los más aplaudidos. Y Manent, que años después escribiría el prólogo a mi primer libro de poemas en catalán, conocía también muchos poetas y escritores de Madrid y seguía la poesía más interesante del resto de España: recuerdo haberle oído elogiar Antiguo muchacho, un libro del poeta aún joven Pablo García Baena. Foix quedaba un poco al margen y sus recuerdos y obsesiones inagotables eran fascinantes para mis orejas, las de un joven que prácticamente no sabía nada de La Publicitat y las polémicas culturales de antes de la guerra civil, cuando el joven Foix escribía en los periódicos y, tras pasar la noche en el obrador de su pastelería del barrio de Sarriá, se duchaba, se vestía y, con el sombrero un poco de lado y un cigarrillo en los labios, iba a Barcelona, a la tertulia con sus amigos y escritores.
Segovia fue, hace medio siglo, un baño de poesía y amistad. Se abrían diálogos que poco a poco irían dando fruto. Muchos nos conocimos allí y todos hicimos nuestros descubrimientos. Amigo por entonces de Carles Riba y Marià Manent, yo hice en Segovia, mirando a través de la ventanilla del autocar los paisajes de Castilla la Vieja, el descubrimiento de Josep-Vicenç Foix.
L. G.—DIRECTOR REVISTA EL CIERVO

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