INSULA ¿Quién es el autor del Lazarillo? II. Número 683
 
 


REINA ROFFÉ /
PUESTO FRONTERIZO, DE BLAS MATAMORO



Durante 25 años, Blas Matamoro acuñó trabajos que tenían un mismo telón de fondo. Puesto fronterizo es una muestra ejemplar de esa larga y prolífica investigación. Reúne estudios que indagan principalmente dos asuntos de relevante importancia vinculados con la siempre enigmática figura del creador: el momento en que aflora una voz desconocida pero suficientemente legible y poderosa que denominamos «vocación» y el significado que adquiere el arte para su artífice.

Los documentos que se exhuman y exploran para este propósito están constituidos por una abultada cartera de diarios, memorias, biografías y autobiografías, textos de ficción y de ensayo. Es decir, todo ese material que forma una «suma de posibles relatos biográficos» en los que se pueden leer las coordenadas de la «novela» primigenia, más íntima y determinante del artista. Goethe, Freud, Chateaubriand, Sarmiento, Rilke, Thomas Mann, Proust, Pío Baroja forman parte del nutrido elenco de figuras estelares que son interpeladas en el punto justo donde su aparato vital y expresivo permite ver al ser carente que hay en ellos.

No es azaroso que el autor llame a sus ensayos con un símil freudiano —La novela familiar del neurótico— y que El malestar en la cultura le preste servicio para revisar los conceptos primordiales vertidos por Freud y desgranar una verdad más amplia y acorde con los tiempos actuales: «no hay neurosis sin sujeto y sin cultura», ya que estos estudios demuestran con holgura lo que Matamoro clama: «el modelo del desarrollo neurótico de la subjetividad es una novela». Tampoco resulta casual el título, Puesto fronterizo, pues anticipa un texto que oscila entre el tono de la crítica literaria, la teoría psicoanalítica y el relato confesional sostenido por una escritura diáfana y, a la vez, apasionada que fascina y atrapa de inmediato.

Borges aseguraba que él no concebía una sola línea escrita sin emoción. En otras palabras, despojada de una subjetividad dominante. Es lo que el lector disfruta de estos ensayos: la originalísima óptica personal de Matamoro expuesta con la destreza de un narrador que, sin embargo, no pierde nunca el norte del objeto estudiado. Que Freud se constituya en uno de los centros de sus reflexiones proviene del hecho de ser éste un científico que creyó con probada fe en el saber del arte o, de manera más completa, en lo que el arte puede llegar a revelarnos. El psicoanálisis, según Matamoro («una antropología de la imperfección de cuño romántico»), se presenta como un método siempre a medio camino para alcanzar un saber superior que ilumine a ese ser deseante que es el hombre y, no obstante, válido para extraer algunos atisbos significantes del complejo sistema de anhelos, actos fallidos y recuerdos de una vida.

«El sueño diurno de la humanidad»

Con esa prosa de pensador y ensayista brillante, que ya pudimos apreciar en los libros que Blas Matamoro dedicó a Proust, Victoria Ocampo y Rubén Darío, entre otros, nos dice aquí que el arte «constituye el sueño diurno de la humanidad, sumida en la adulta insatisfacción de la historia» para hablarnos de qué manera la palabra jugada y comprometida con la ficción libera, y cómo el artista es un jugador que exime la tensión de la vida por medio de una tensión de palabras o expresiones, manifestando así el grado de su talento y desvelándonos, en cierta medida, el misterio de la creación artística. Pero hay en estos estudios otro asunto que planea y se posa con énfasis en cada apartado, especialmente en «La madre terrible», donde se analiza el vínculo conflictivo entre Lou Andreas-Salomé y Rilke: la relación con la muerte, la muerte como fatídico destino y como única «reivindicación real, al término del viaje» que es la vida, cuyo lugar utópico, la infancia, parece ser la verdadera patria a la que infructuosamente se quiere volver después de peregrinar por otros lugares, más de las veces inhóspitos y extraños, que nos alejan del hogar y, al mismo tiempo, nos instan a recuperarlo.

Conciencia aguda de lo otro

La fascinación de Matamoro por la faceta de filósofo romántico de Freud, necesitado de saber de sí mismo o de autoconciencia, ilustra su propio deseo de erudito y escritor: tener una conciencia más aguda de lo otro y, por extensión, de toda la humanidad. Tarea que lo induce a constatar algo, al parecer, innato al ser humano, que da motivo a una permanente alteración: la carencia de algo absoluto que nos vuelve eternamente insatisfechos, incolmables.

La ironía y el humor, rasgos que impregnan las páginas de Puesto fronterizo, sirven de contrapunto para iluminar zonas fundamentales, generalmente oscuras, que tienen que ver en la formación del yo y la gestación del producto estético. Páginas que prueban, desde una visión enriquecedora, aquello que Freud había señalado: la identidad es una construcción cultural. Toda persona, aun en su mejor momento, se ve sujeta a constantes postergaciones, porque las respuestas concluyentes sobre los asuntos esenciales de la vida también están sometidas a infinitas prórrogas. Encaramada, la angustia de la muerte subyace en el retrato que el autor hace de cada artista y de su entorno familiar.

De imprescindible lectura, Puesto fronterizo es ese tipo de libro, como dice Matamoro refiriéndose a lo que quería Freud, para «mantener los ojos abiertos».

R. R.—ESCRITORA

 
 
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