INSULA ¿Quién es el autor del Lazarillo?. Número 682. Octubre 03
 
 


GERMÁN GULLÓN /
LA FRUTA PROHIBIDA DEL XIX



La aparición del libro de González del Valle me permite volver sobre un tema, el fin de siglo (noventayocho, modernismo), en que parece que las aguas se enturbian fácilmente. Hay una tendencia de la que no se escapa el erudito profesor de la Universidad de Colorado, poseedor de una de las mejores bibliotecas de hispanística de los Estados Unidos, que es el arrastre de la bibliografía. Todos los que tocamos el tema tendemos a dragar los fondos bibliográficos y exhibirlos, nacidos la mayoría por las oportunidades ofrecidas por las imprentas autonómicas de reeditar todo sin mayor propósito que desenterrar cadáveres bibliográficos.

En realidad, las ideas básicas en las que se funda la reflexión sobre el modernismo son pocas. La piedra de toque ha sido siempre la división y enfrentamiento entre los escritores noventayochistas, contenidistas, machos, y los modernistas, aficionados al azul y a las muñecas, que Guillermo Díaz-Plaja enquistó en el discurso crítico. Juan Ramón Jiménez y Ricardo Gullón, precedidos por Federico de Onís, apostaron por una visión amplia, que abandonaba la mencionada dualidad y prefería considerar el modernismo a modo de actitud vital y no de movimiento literario. Paralelamente, y de enorme importancia, se fueron llenando los blancos bibliográficos que explicaban facetas ignotas de la modernidad; por ejemplo, las interrelaciones de los modernistas españoles con los simbolistas franceses y con los escritores hispanoamericanos, con los que por primera vez fraternizarán de verdad los ibéricos —piénsese en la influencia de Rubén Darío, estudiada por Octavio Paz y Allen W. Phillips, o sus predecesores, desde Larra (Juan Goytisolo) hasta Nietzsche (Gonzalo Sobejano).

Dentro de esa orientación de estudios se inserta el presente libro, que añade una importante novedad, la relevancia de Charles Baudelaire a la hora de estudiar las obras de nuestros escritores de fines del xix y comienzos del pasado siglo. Explica que los modernistas, como Ramón del Valle-Inclán, rompen con un tipo de tradición literaria española, el garbancero Galdós, el idiota de Echegaray, etcétera, y escogen otra, que los distingue, la que prefieren, la baudeleriana. Sobre esta base se asienta el libro de González del Valle, y cada capítulo, sobre Valle, Unamuno, Azorín, Antonio y Manuel Machado, lo irá confirmando.

Hago un pequeño inciso, porque pienso que el concepto de ruptura selectiva que usa el crítico es cierto y falso a la vez. Valle, por ejemplo, fue muy amigo de Galdós, de quien se declara admirador hasta que el se molesta porque el canario no recomienda a los hermanos Quintero sus obras; decir que Echegaray era un idiota, retrata a quien desconoce sus escritos y actuaciones públicas. En breve, el Unamuno de las nivolas está en El amigo manso (1882), la frase impresionista, azoriniana en La Regenta (1885) de Clarín, y hay mucho más, pero no voy a dragar los fondos para presentar mi verdad.

Conjunciones y disyunciones

Quizá mi desencuentro con la idea de ruptura, selectiva o no, se debe a que proviene originariamente de la historia literaria, y hoy parece de cartón piedra. Por eso prefiero moverme en un espacio que ofrece mayor latitud crítica, el del campo cultural. Así el noventayocho, como he defendido en varios lugares (entre otros, La novela en libertad, Zaragoza, Tropelías, 1999), se convierte en una fecha histórica singular, mucho más compleja que la que presenta la historia literaria; es cuando los españoles sentimos el fracaso de nuestra administración y política, por ejemplo, de nuestra actuación en Cuba donde defendimos el esclavismo hasta casi llegar al siglo xx, pero le dimos la espalda al problema. Así, la literatura modernista se presenta en un contexto cultural amplio, donde se convierte en el jardín interior de la burguesía, los espacios estéticos, sensibles, donde los burgueses recogerán las mejores flores de su sensibilidad. González del Valle maneja el concepto de ruptura, pero hábilmente lo denomina selectiva y lo sitúa dentro de la literatura comparada, ámbito en que en verdad podría situarse el presente estudio, con lo que más que rupturas cabría hablar de conjunciones y disyunciones, las que nos llevan a preferir un tipo de literatura y rechazar otro.

La historia de España moderna constata la alternancia entre dos ideologías, la conservadora y la liberal. La primera justifica o soporta la literatura idealista, la que mira por el retrovisor al pasado y lo encuentra justificado, mientras que el liberalismo pretende poner a España en sintonía con la historia, con la historia social, que no cesa de cambiar. La literatura del fin de siglo además de crear jardines interiores, cultivó en ellos flores salvajes, las que brotan de la nueva relación del hombre con su entorno, con lo que descubre de sí mismo y de otros. Los temas del individualismo, la bohemia, la droga, la vida en la ciudad, que aparecen y reaparecen bajo diferentes representaciones de personajes y temáticas en los textos de los autores estudiados, de Valle-Inclán a Unamuno y los Machado, se conciertan en la expresión del bien y del mal en los textos.

Baudelaire supo como nadie poetizar el carácter eterno en lo transitorio del mundo, el eterno combate habido en el hondón del hombre entre lo demoniaco y lo divino. Esta su aportación a la literatura universal, su reflejo en la literatura moderna española, queda magníficamente ejemplificada por González del Valle, lo que, a la vez, cumple con uno de los propósitos manifiestos del libro, acercar la literatura modernista española a sus contemporáneas en Europa, que eran modernas en parte por ser baudelerianas.

Este importante proyecto de hallar las raíces del modernismo en la renovación de los modos de pensar y sentir ha dado así un paso importante. Sólo nos faltan los estudios de los otros dos grandes padres de la modernidad literaria: Paul Bourget (1) y Oscar Wilde.

G. G.—UNIVERSIDAD DE ÁMSTERDAM

(1)  Acaba de aparecer una excelente traducción de Inés Bertolo Fernández de El discípulo, de Paul Bourget, Madrid, Debate, 2003.

 
 
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