INSULA El español en Estados Unidos y Puerto Rico. Número 679-680. Julio/Agosto 03
 
 


ANA CELIA ZENTELLA /
RECUERDOS DE UNA NUYORICAN (1)



La historia del crecimiento vertiginoso de la comunidad puertorriqueña en Nueva York amerita ser escrita en una multitud de estilos dramáticos. Sirven de base imprescindible las investigaciones de Virginia Sánchez-Korrol acerca de los pioneros que forjaron una comunidad de una colonia a principios del siglo xx (2), y de las organizaciones e instituciones creados a pesar de la ignorancia y hostilidad que enfrentaron a mitad de siglo, entre 1945-1965 (3). Para completar la historia y darle vida, tendríamos que contarla a través de los sonidos, la música y las voces que rodeaban a los puertorriqueños en sus apartamentos y bloques (calles) todos los días, al viajar al trabajo y a la escuela de lunes a viernes, en los londris (lavanderías) y en La Marqueta (el mercado) los sábados por la mañana, en los salones de baile los sábados por la noche, y en la misa los domingos.

¡Sería tremendo CD (cederrrón)! Empezaría con el pasodoble que identificaba La Hora Hispana, el programa radial que nos despertaba y nos acompañaba todo el día. El tan tan taaaaan tantantántararan de España Cañí invocaba la madre patria —el régimen español antes de la invasión yanqui en 1898—, época recordada por nuestros abuelitos. No puede faltar el Lamento Borincano de Rafael Hernández, cuyo jibarito (campesino) va «llorando así por el camino» a causa de la crisis económica que forzó la emigración de mami y los demás pioneros de los años veinte y treinta. No olvidemos a Daniel Santos, recordando a los soldados que se despedían de sus madres al estallar la segunda guerra mundial, preguntándose «¿Quién pondrá una flor en su sepulcro?» (Despedida). Tampoco olvidemos a Noel Estrada, cuyo sueño frustrado de volver a Mi Viejo San Juan se volvió el himno de los 50.000 boricuas que emigraron cada año en la década después de la guerra. Y para bailar, mi álbum favorito, Dance Mania de Tito Puente. Inolvidables todos. Inolvidable, también, es el escándalo de los sobueyes (subterráneos) que nos transportaban a la escuela o el trabajo, principalmente el número seis, la (línea) local de la Avenida Lexington. Pasaba por las entrañas de Loisaida (Lower East Side = el este del bajo Manhattan) hasta las calles de El Barrio en el alto Manhattan y más allá de Hunts Point en el Bronx, mientras que el expreso de la Séptima Avenida nos transportaba por encima de los rufos (techos) de las paradas de Simpson, Intervale y Prospect. Nos transferíamos en Grand Concourse al tren que nos llevaba al estadio de los Yankees, donde sólo pagábamos venticinco chavos (centavos), o una peseta, una cuora (< inglés quarter) el Día de las Damas. Sí había unos infelices que vivían en Brooklyn, fanáticos de los Dodgers, pero la gritería que armábamos en el Bronx ensordecía durante la época gloriosa de victorias consecutivas en la Serie Mundial de béisbol. Sin embargo, todos estábamos de acuerdo en nuestro aprecio por los mambos y guaguancós que nos entretenían cada sábado, meneando el esqueleto en aquellos páris chéveres (< parties, fiestas divertidas) en apartamentos pequeños o en los clubes grandes; entre ellos: el Tropicana, el Club Cubano Interamericano y el Hunts Point Palace en el sur del Bronx, y El Club Caborrojeño, el Broadway Casino y el mundialmente famoso Palladium en el West Side de Manhattan (donde una amiga envidiada había bailado con Marlon Brando). Entre los músicos que nos estremecían, tres Titos titánicos sobresalían: Tito Curét Alonso, Tito Rodríguez, Tito Puente. Ni hablar de los boleros cortavenas que hacían muy difícil que cumpliéramos con lo que la iglesia esperaba de «una niña buena». Ay, Vicentico Valdés, «la gloria eres tú».

Les dejo a los etnomusicólogos la historia musical de aquellos años. En estas líneas subrayo que así como nuestra música sirvió de bandera, según Glasser (4), también nuestro idioma nos identificaba como nación, distinta de la invasora. Mi adiestramiento como lingüista antropolítica empezó en el sur del Bronx, y por eso enfoco las contribuciones lingüísticas de los puertorriqueños al español de Nueva York durante mi juventud. Esas contribuciones no fueron muy bien recibidas, en parte porque nos concentramos en la ciudad durante la época de mayor represión lingüística en su historia, 1920-1950 (5). A raíz de la xenofobia engendrada en torno a la primera guerra mundial, surgieron políticas antiinmigrantes y anti los idiomas de los inmigrantes. Una ley nacional restringió la cantidad de inmigrantes que podían entrar al país; en varios estados se declaró al inglés idioma oficial del estado, se eliminaron clases de segundo idioma, y se prohibió hablar en público otro idioma que no fuera el inglés (6). Tales actitudes negativas perduraron a través de la mitad del siglo pasado, impulsadas por los hijos de los inmigrantes maltratados a principios de siglo. Desafortunadamente, la segunda generación había internado la ideología del americanismo monolingüe, con el inglés como requisito, que se había impuesto a sus padres.

Los idiomas y las maneras de hablar de los puertorriqueños fueron atacados a causa de prejuicios étnico-raciales y socioeconómicos, disfrazados de comentarios lingüísticos. El español puertorriqueño era mal visto por algunos porque difería del de España, aunque esos críticos jamás se atreverían a insultar al inglés de EE. UU., por no ser el de Inglaterra. El inglés puertorriqueño de la primera generación fue objeto de burla por su acento español y los errores de aprendizaje, aunque muchos inmigrantes europeos seguían teniendo problemas parecidos con el inglés después de décadas de vivir en Estados Unidos. Se criticaba nuestro español, nuestro inglés, y más aún nuestro bilingüismo, especialmente nuestro uso de los dos idiomas para hablar de nuevas experiencias y reflejar nuevas identidades. Este estilo bilingüe rara vez aparecía en los textos literarios, pero Trópico en Manhattan (7), una novela de los puertorriqueños en Nueva York a fines de los cuarenta, termina con un «Glosario» de dos páginas de «Nuyorquismos» que aparecen en el texto (8). El autor, Guillermo Cotto-Thurner, provee la raíz inglesa y «la versión en español» de ochenta vocablos. La lista está entre las primeras de los anglicismos que salpican lo que hoy día se conoce como Spanglish, versión nuyorriqueña (9). Algunos préstamos han pasado de moda porque la realidad que captaron ha desaparecido. Por ejemplo, en aquellos días se acostumbraba que hombres solteros rentaran un cuarto furnido (alquilaran una habitación amueblada < rented a furnished room) en una pensión, o eran bordantes (< boarders) de familias que no podían soportarse (mantenerse < support themselves) con el rilíf (bienestar público < Home Relief ), y quienes vivían con miedo de un desposés (deshaucio <  dispossess). Pero la mayoría de los neoyorquismos de la novela todavía se escuchan a diario, por ejemplo, lonchar (almorzar < to lunch), londri (lavandería < laundry), piquels (pepinillos < pickles), beibito (bebé < little baby), chequear (confirmar < to check), liquear (gotear < to leak), chipe (tacaño < a cheap person). También existen préstamos nuevos para problemas viejos: guelfér o wilfrido (asistencia pública < welfare), cupones (estampillas para comida < coupons). La mayoría de las palabras que los puertorriqueños tomamos prestadas del inglés para hablar de nuevas experiencias en Nueva York reflejan las realidades históricas de la época, ocurrían en aquel entonces y ahora (10). La comunidad, que creció de 60.000 personas en 1945 a 610.000 en 1960, sacudió y renovó el español y el inglés de Puerto Rico y Nueva York, por medio de combinaciones de idiomas e identidades poderosas pero menospreciadas.

Las etiquetas en español o inglés que nos han identificado como grupo —algunas impuestas y otras escogidas por nosotros— reflejan las transculturaciones lingüísticas y culturales en las cuales hemos participado. En distintos momentos y a veces a la vez, hemos sido puertorriqueños, antillanos, caribeños, Marín Taiguers, grinjornes, jíbaros, hispanos, latinos, boricuas, pororicans, neoriqueños, nuyoriqueños, Spanish, Hispanics, Spiks, Puerto Ricans, Nuyoricans (11). Los que aceptamos ser Nuyorican con orgullo —ya vamos por tres generaciones— nos mantenemos unidos entre nosotros y unidos a Puerto Rico, Nueva York, el español, y el inglés por medio de los inventos lingüísticos que arraigaron en las décadas de posguerra y definieron al Nuyorican. A veces esos inventos tomaban la forma de sentidos nuevos para palabras viejas, como cuando a la yarda, la medida, se le añade el sentido de «el patio de la escuela o la casa» (< inglés yard) . Más productivo aún es el proceso de españolizar las palabras inglesas. Algunas adaptaciones fonológicas son características de las que hace todo hispanohablante al tratar de hablar el inglés. Estas incluyen cambiar: la <th> que se asemeja a la <c> o <z> castellana, a una <t>, como en trifti (económico < thrifty); la <sh> a <ch> como en chopin bag (bolsa de compras < shopping bag); la <j> de projects (caseríos) a <y>, proyectos; o en agregarle una /e/ a las palabras que empiezan con /sp/, /st/, o /sk/, por ejemplo, «I no espeak espanis in eskul» < I don't speak Spanish in school («No hablo el español en la escuela»). Además, puertorriqueñizamos las palabras que tomamos prestadas al pronunciar la <s> al final de sílaba como una <j> española: ejtoj < estos, y al cambiar la /r/ al final de sílaba a /l/: paltil < partir. Por medio de estos procesos, to scrach (rascarse) termina siendo ejcrachal. Cuando todo esto se mezcla con los puertorriqueñismos de la isla, los cuales incluyen arcaísmos españoles (prieto < negro), palabras taínas (mime < mosquito pequeño), español de las Canarias (guagua < autobús), africanismos (ñangota'o < de cuclillas), y criollismos caseros (cur cur/cul cul < beber rápido), tostao (loco), picao (ebrio), enfogonao (furioso), para mencionar sólo unos cuantos, el resultado es un verdadero asopao nuyorriqueño (12). Llegué a ser quien soy con la ayuda de estas combinaciones innovadoras, y éstas siguen identificando a los seres más queridos de mi vida. Por eso, al oírlas, distingo entre amigo y extranjero. Me parece que quien los usa gozará de mis chistes, simpatizará con mis problemas, y compartirá mi opinión de que fulano es buena gente pero sutano es un comemierda. En estas páginas recuerdo los préstamos y las etiquetas que me causan una emoción profunda porque están vinculadas entrañablemente con mi niñez, durante las décadas del mayor crecimiento de la comunidad puertorriqueña Nuyorquina, y porque siguen siendo los lazos que me atan a mis compañeros Nuyoricans.

El bildin, el bloque, la yarda

Durante casi todo el periodo de 1945 a 1965 viví en la Avenida Intervale 881, entre las calles Beck y Fox en el sur del Bronx. En la fotografía que se acompaña de mi bildin (edificio < building), que fue tomada en 1940 (Ilustración I), la ventana de mi cuarto está en el tercer piso a la derecha (13). A la izquierda está el faiaa ejquéi (salida de emergencia en caso de incendio < fire escape), donde a veces nos sentábamos en las noches calurosas y donde colgamos banderines hechos a mano por el glorioso retorno de papi de la segunda guerra mundial (mi primera memoria). Usted puede ver el estúp (pórtico < stoop) donde jugábamos a la pelota, y donde janguébamos (donde solíamos bobear < hang out). No nos permitían janguear en el jol (< hall) o en el rufo (< roof) (bobear en el pasillo o en el techo); solo títeres, putas y bones (vagabundos < bums) hacían eso. A la izquierda del estúp estaba el beijman (el sótano < basement), donde vivía el supel («el super»/superintendente < superintendent), también conocido como el yánitol (el conserje < janitor). Allí era donde íbamos a quejarnos de que «no hay ejtín y nos estamos frizando, incluso con el cou puesto; dígale al lánlol que arregle la boila» (que no hay calentador y nos estamos congelando aun con el abrigo puesto; dígale al arrendatario que arregle la caldera < that there is no steam and we are freezing even with our coats on; tell the landlord to fix the boiler). Desde la acera, mi hermana y yo gritábamos «¡MAMI, tírame cinco chavos! (centavos)» para los vendedores ambulantes que vendían papas dulces, manzanas con mermelada y rebanadas de coco. Si escuchábamos la campana del camión del helado del Bungalow Bar, pedíamos un daim (una moneda de diez centavos < dime) o una cuora/cuara (una moneda de veinticinco centavos < quarter), para comprar aijcrín (helado < ice cream). Pero nuestro quincallero favorito era el italiano que vendía melones en el verano, causando que todos los puertorriqueños se murieran de la risa cuando gritaba, «Huélemelo, huélemelo» (< watermelon).

Los chistes del idioma y el idioma mismo eran temas frecuentes de conversación en el apartamento 3C, donde mi mami puertorriqueña y mi papi mexicano —que se habían conocido en el Harlem latino— discutían la diferencia entre frijoles y habichuelas, y nos enseñaban a amar sus tostones y tortillas, pasteles y tamales, a Rafael Hernández y a Agustín Lara, a la Virgen de la Providencia y a la Virgen de Guadalupe. Papi, que se convirtió en Daddy porque se comunicaba con nosotros en inglés como hablante nativo, era un ejemplo perfecto del «bilingüe ideal» de Weinreich (14), capaz de alternar el código lingüístico impecablemente en registros formales e informales, porque había emigrado a temprana edad. También alternaba entre dos léxicos españoles con facilidad. Nunca sonó como un puertorriqueño aun después de 44 años de matrimonio con mami, y a pesar de estar rodeado de puertorriqueños en el bloque y en el trabajo. Pero se aseguraba de pedir un bizcocho, no un pastel, de la repostería hispana (Valencia Bakery) y se refería a aretes, no a pantallas, en el Centro Mexicano (15). Bajo su tutela, mi introducción en los principios de la sociolingüística comenzó bastante temprano.

En cuanto a mami, además de aprender español mexicano en la casa, aprendió yidish e inglés de sus vecinos judíos y compañeros de trabajo en el distrito de las fábricas de textiles. El yidish y el yinglish, eran muy prácticos en Intervale en aquellos días debido a las yentes (viejas chismosas) que se sentaban en las escaleras en sus shmates (vestidos viejos) kvetching (quejándose) acerca de los meshugenes (locos) que pasaban y se lamentaban, «Oy gevalt», «Oy veh'z'mir» (Ay Dios mío) por los tsuris (problemas) en sus vidas. Gesundheit competía con Salud en nuestro vocabulario diario. Años más tarde, aprendí que los números azul oscuro en algunos brazos identificaban a los sobrevivientes del Holocausto, y en su honor Zei gezunt (que estés bien) sigue siendo una de mis bendiciones especiales.

Las lecciones de inglés más importantes que mami había aprendido se las enseñaron en los grados primarios en la escuela de Aguadilla menos de veinte años después de la invasión de Estados Unidos en 1898, cuando la obligaron a estudiar en una lengua que ella no entendía. La primera oración en inglés que ella se memorizó fue «No puedo decir una mentira, yo corté [sic] el árbol de cerezas» —prueba indiscutible de la honestidad de George Washington y, por extensión, prueba de la decencia y buena voluntad de su nación y de la merecida supremacía de su gobierno y su lengua—. Aquellas be-nevolentes visiones se ponían a prueba en el distrito de las factorías de textiles donde ella trabajó arduamente por treinta y cuatro años —partáim, fúltaim (a tiempo parcial/completo < part/full time), haciendo pisuér (trabajo a destajo < piece work), con poca paga y frecuentes leyof (despedidas < layoffs), a pesar de los esfuerzos de la unión (el sindicato obrero < union). Los trabajadores usualmente eran despedidos cerca de Channukah/Navidad cuando el boj o la bosa (jefe/a < boss), a quien los trabajadores italianos se referían con sadamanbiche (hijo de puta < son of a bitch), iba a Florida. El rosheo (ajoramiento < rush), el trobol (dificultades < trouble), los taxes (impuestos < taxes), la renta (el alquiler < rent) y los biles (cuentas < bills) eran las preocupaciones diarias. En el distrito textil mami aprendió que la manera de hablar inglés podía estigmatizar a uno para siempre, y ella sabía que su acento la hacía una mujer marcada. Sin embargo, no podía hablar en su propia lengua porque se consideraba descortés hablar español al frente de anglohablantes, aunque uno no les estuviera hablando a ellos. Llena de conflictos, nos recomendó no gritarle «mami» desde la calle, sino decirle moder. De inmediato mi hermana y yo bajamos las escaleras y gritamos MO—DER, un nombre cariñoso que mantuvimos mientras vivió.

Desde mi bloque pasábamos un tramo corto hasta la calle Tiffany cada domingo y cada día feriado para ir obligatoriamente a misa en San Atanasio (Saint Athanasius), aunque a mi pobre hermana la habían rechazado las monjas del colegio a principios de los años cuarenta porque hablaba español. En la década de los sesenta eran tantos los feligreses y estudiantes puertorriqueños que la parroquia se había convertido en una base política sólida para Padre Gigante, cuya corpulencia añadía credibilidad a nuestra pronunciación en español de su apellido italiano. El poder de Gigante, por sus vínculos con los programas locales antipobreza y el impacto de la decisión de la arquidiócesis católica para limitar el número de misas que la parroquia podía ofrecer en español, es otra pieza de nuestra historia que falta por escribir (16). No todo el mundo iba a St. Athanasius. La atracción de las pequeñas iglesias pentecostales dirigidas por ministros puertorriqueños locales, donde se hablaba español, resultaba en muchas deserciones del catolicismo romano. Nosotros las llamábamos «aleluyas» con cierto desdén, y nos sorprendía la estricta adherencia de las mujeres a los códigos de vestimenta y de maquillaje, pero amábamos sus himnos jubilosos, sus palmadas y los instrumentos de percusión que usaban en sus cultos. El pulsante ritmo de «Yo quiero más y más a Cristo» sonaba como si tuviera mucho más poder que el himno tipo balada «Holy God, we praise thy name». Hasta hoy día, las oraciones que yo hacía en español con mami significan más para mí que las versiones en inglés que aprendíamos durante las clases de religión los martes por la tarde, cuando nosotros, los niños católicos, íbamos en tropel a la escuela de St. Athanasius desde la P. S. 39 (Escuela Pública Número 39).

Los católicos, los pentecostales, los judíos, y muchos negros, incluso Colin Powell, el actual Secretario de Estado, estudiamos juntos en la P. S. 39, en la Avenida Longwood y la Calle Beck. El influjo masivo de estudiantes puertorriqueños en el período posterior a la segunda guerra mundial transformó esa escuela y todo el sistema. Nosotros trajimos un nuevo idioma y un grupo racialmente mixto a las escuelas controladas por los maestros y administradores de trasfondo europeo que no estaban preparados para dicha diversidad. La mayoría de ellos ya no hablaban la lengua de sus padres inmigrantes o no la consideraban una lengua que valía la pena hablar, particularmente el yidish, y ellos esperaban que nosotros siguiéramos su ejemplo. En su lugar, nuestro español, inglés y Spanglish crecieron para reflejar todas nuestras influencias, incluso la lengua estándar de la ciudad de Nueva York hablada por los maestros y la principal, y las variedades populares del inglés hablado por nuestros compañeros judíos, irlandeses, y afroamericanos en la yarda (el patio).

Mi conexión de toda la vida e identificación con los afroamericanos comenzó en la P. S. 39. La emigración puertorriqueña estaba ocurriendo muy cercana a una movida mayor que se producía desde los campos sureños a las fábricas norteñas por los descendientes de esclavos entre y después de las guerras. Vivíamos en los mismos barrios pero ningún grupo conocía mucho del otro. Tampoco entendíamos por qué nos sentíamos tan maltratados o abandonados en nuestras clases al punto que la mayoría de ambos grupos no se graduaba de la escuela superior. Recuerden que los «negros» o «la gente de color», como a ellos entonces les llamaban, aún estaban viviendo según las leyes de Jim Crow, y los perseguían y linchaban como animales salvajes en el sur. En el norte, eran descritos como violentos, vagos y sucios, como sus vecinos puertorriqueños. Los periódicos que publicaban aquellas historias también incluían informes sobre los «puertorriqueños locos/terroristas» debido a una revuelta armada contra el dominio de Estados Unidos en la isla, el asesinato de uno de los guardias del presidente en Washington, D. C. en 1950, y el tiroteo en el Congreso en 1954. A menudo me pregunto cómo esos eventos moldearían la visión de los puertorriqueños y los negros que tenían los maestros, y qué impacto tuvieron sus visiones en nuestros esfuerzos por triunfar. Los vínculos forjados entre los niños y los padres que soportaron los mismos golpes de los prejuicios raciales merecen ser documentados en su totalidad, incluso colaboraciones locales como las de mami y la señora Tyson en la Asociación de Padres y Maestros de la P. S. 39 (17). Ellas ayudaron a sentar las bases para el apoyo mutuo entre los puertorriqueños y los afroamericanos que continúa hoy día, a pesar de los tropiezos en el camino. Los puertorriqueños aprendieron, de la manera más difícil, que las complejidades fenotípicas captadas en sus distinciones entre blanco, negro, grifo, jabao, indio, trigueño y mulato se perdían entre los americanos, no importara la raza. Los estadounidenses reconocían sólo dos colores, blanco y negro, y respetaban sólo uno. La palabra «negro» no tenía ninguna connotación positiva, como la tenía/tiene la palabra «negro» en el español de Puerto Rico, aunque junto a la connotación negativa. En Estados Unidos se convirtió fácilmente en nigger, un epíteto aun peor que la etiqueta spiks que los puertorriqueños soportaron. Pronto «los spiks y los niggers» se convirtió en un refrán común en la boca de los que nos despreciaban.

Spiks

Durante este período de nuestra historia «puertorriqueño» se convirtió en sinónimo de spik, con gangas como «Los Tiburones», representados en la película West Side Story, quienes vivían peleando y huyendo de la jara (la policía), con asesinos adolescentes como el demoniaco «Capeman», y con joloperos (asaltantes < hold up), drogadictos, alcohólicos, putas y tramposos del bienestar social. Según las crónicas como La Vida, de Oscar Lewis (18), venían a NY para vivir a costa de la ciudad y que, al no salirse con la suya, regresaban a Puerto Rico y perpetuaban un círculo vicioso de desviación social y emigración continua. La consternación por la percepción pública de los puertorriqueños y la incapacidad de la ciudad para lidiar con los problemas de la comunidad motivaron a Antonia Pantoja y sus amigos a organizar la Asociación Hispana de Jóvenes Adultos (HYAA, por sus siglas en inglés). Como «Toni» vividamente recuerda en sus memorias, agonizaron tratando de encontrar una salida:

«Durante este periodo [1950-1953], los diarios estaban publicando muchos artículos sobre los problemas que los puertorriqueños estaban trayendo a la ciudad. Todos los informes eran negativos… Nuestras discusiones cubrían muchos temas: ¿Por qué nuestros padres emigraron? ¿Por qué los estadounidenses nos odiaban? ¿Por qué los estadounidenses acusan a nuestras mujeres de ser prostitutas y a nuestros hombres de ser vagos? ¿Por qué se nos acusaba de venir a New York a aprovecharnos del bienestar social? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?» (19).

Aun en investigaciones científicas, la referencia principal a nuestra presencia denotaba desviación: el «Síndrome puertorriqueño» se convirtió en la etiqueta clínica para los ataques hipercinéticos del tipo sufrido por las mujeres que se sacudían incontrolablemente en respuesta a una tragedia familiar. Otra etiqueta en vez de una solución.

Las elites de Puerto Rico no nos trataban mucho mejor. El Partido Popular Democrático, que reinó entre 1945-1965, modeló un Estado Libre Asociado neocolonial designado para aplacar los sentimientos nacionalistas por la independencia. Un componente esencial de ese diseño era la «válvula de escape» representada por la emigración de más de 50.000 puertorriqueños anualmente en la década posterior a la segunda guerra mundial. Después de haber sido motivados a salir, los Nuyoricans eran vistos como factores que añadían combustible al fuego de cincuenta años que encendió el status político y el impacto de Estados Unidos en la cultura puertorriqueña. Más de medio millón de puertorriqueños que vivía en Estados Unidos en vez de en la isla y hablaban inglés o un despreciado Spanglish en vez del español «puro» retaron las nociones esencialistas de la nación puertorriqueña defendidos por los tradicionales hispanófilos y preocupados independentistas. Una solución era excluirnos de la gran familia puertorriqueña, como Seda sugirió (20). Una movida paralela era dirigir la Oficina del Estado Libre Asociado en NYC para que persiguiera una agenda asimilista sin el consejo o el consentimiento de la comunidad, como Sánchez-Korrol y Pantoja documentan. Afortunadamente, los miembros de la HYAA buscaban sus propias soluciones vía el activismo comunitario directo. A partir de los cincuenta y extendiéndose a los setenta, Antonia Pantoja y otros miembros de la HYAA ayudaron a crear las instituciones más importantes de autogestión en los Estados Unidos (21).

¿Hispano? ¿Latino?

Después de unos pocos años, la Asociación Hispana de Jóvenes Adultos se renombró la Asociación Puertorriqueña de Asuntos de la Comunidad (PRACA, por sus siglas en inglés), no porque lo «hispánico» estaba desacreditado como lo está hoy en algunos círculos, sino porque Pantoja creía necesario identificarlos como puertorriqueños primero. Ella ganó una votación cerrada para el cambio de nombre al retar a los miembros y compañeros: «… ¿Nos avergonzamos de llamarnos puertorriqueños? Creo que deberíamos cambiar nuestro nombre para identificar nuestro origen puertorriqueño» (22). Cuando NYC se convirtió en el hogar de un mayor y creciente número de inmigrantes diversos de América Latina, cada grupo continuó prefiriendo identificarse con su nación de origen, pero un debate sobre el término sombrilla apropiado, «hispano» o «latino», se encendió. Muchos de los activistas de hoy rechazan la rúbrica inglesa Hispanic vehementemente, por creer que el término fue impuesto por oficiales gubernamentales. Para ellos, Latino envía un mensaje, en español, de identificación con América Latina en lugar de con España. Pero el término Hispanic era popular con los puertorriqueños y con otros inmigrantes latinoamericanos en Nueva York antes de que los oficiales del censo bajo Nixon se lo apropiaran a principios de los setenta (ocasionado por his-panic = «su pánico», algunos reclaman de manera jocosa), principalmente porque los agrupaban por su lengua y por la colonización por España. «Toni» señala que, cuando la HYAA se organizó, «a la mayoría de los grupos de servicio a las poblaciones hispanohablantes se les llamaba Hispanic» (23). Esto era comprensible porque el término «hispano» tenía una larga e ilustre historia en la ciudad como el término unificador para los primeros inmigrantes, principalmente de España, Puerto Rico y Cuba. El periódico español El Diario (fundado en 1915) se llamaba La Voz de los Hispanos. La Liga Puertorriqueña e Hispana se estableció en 1926. En los cuarenta, La Hora Hispana era un prominente programa radial en español. Y Cotto-Thorner se refiere a «la colonia hispana» frecuentemente en su novela de 1951, incluso como recordatorio de una realidad que persiste hoy:

«No se puede pensar en la colonia hispana de Nueva York, ni en Harlem, sin pensar en la bolita, el negocio de los números» (24).

Lógicamente, Hispanic era la opción popular cuando las organizaciones adoptaron nombres en inglés. En nuestros bloques, no obstante, Spanish era la etiqueta de identidad común, forma abreviada para «hispanohablante», como en «I am Spanish» («Yo soy español»). Como también podía referirse a alguien que vino de España, a veces I am Spanish era un pretexto, una manera de evitar identificarse como puertorriqueño. Cuando Lolita Lebrón fue a solicitar trabajo en una fábrica a principios de los cuarenta, el operador del ascensor afroamericano le advirtió que dijera que era Spanish, no puertorriqueña. La patriota, que luego pasó veinticinco años en la cárcel por dirigir el ataque nacionalista al Congreso en 1954, siguió su consejo.

Nuyoricans

Dadas la hostilidad y las imágenes penetrantes de inmoralidad e inferioridad que plagaban a los puertorriqueños en Nueva York, ¿cómo logramos la conciencia para alinearnos orgullosamente en la Quinta Avenida por miles cada primer domingo de junio desde 1959, haciendo de La Parada (El Desfile Puertorriqueño) la parada más grande en Nueva York? ¿Y qué fuente de fortaleza interna produjo todas aquellas banderas puertorriqueñas en los carros y en las ventanas, y los botones y camisetas que decían: «Soy puertorriqueño y estoy orgulloso de serlo», o «Bésame, soy puertorriqueño»? Visionarios, incluso Antonia Pantoja, ayudaron a dirigir el camino resaltando nuestros antepasados puertorriqueños en los nombres y programas de las organizaciones que ellos establecieron, por ejemplo, el Foro Puertorriqueño, la Universidad Boricua, Las Madrinas de Aspira y su Ceremonia de Iniciación Areyto. Desde entonces hemos exigido el derecho para identificarnos como puertorriqueños, en desafío tanto a los estadounidenses que quieren que adoptemos una etiqueta de americanos con guión (-Americans) como a aquellos isleños que preferirían que elimináramos cualquier referencia a «su» tierra natal. ¿Por qué, entonces, también nosotros reclamamos con orgullo ser Nuyoricans? Mi contestación es: porque el término Nuyorican hace una declaración gráfica, con un término emblemático de nuestra mezcla de español e inglés, sobre nuestras raíces, nuestras identidades híbridas, y nuestras alianzas complementarias. «¿De qué parte de Puerto Rico eres?», preguntó recientemente un anunciante a una radioescucha de La Mega. «Del Bronx», contestó ella. El término Nuyorican me une a esa radioescucha, a los niños del Barrio, cuyo bilingüismo documenté (25) y a todos aquellos que trabajaron arduamente por tanto tiempo y por tan poco dinero desafiando las etiquetas peyorativas y estereotipos racistas. Pero no sólo aquellos de nosotros que nacimos en Nueva York pueden ser Nuyoricans; cualquiera que abrace nuestra causa es bienvenido. Antonia Pantoja no se mudó a Nueva York hasta que estaba en sus veinte, pero la última línea triunfante de sus memorias es «Yo soy Nuyorican».

Spanglish

«Si no hubiera nacido en la tierra en que nací, / Estuviera arrepentido de no haber nacido aquí.» Por muchos años, este estribillo en la canción de Rafael Hernández El buen borincano, cantada con gran sentimiento en actividades patrióticas, me hacían sentir que me había perdido una parte esencial de ser puertorriqueña. Pero ahora yo, y otros miles, reinterpretamos aquellas líneas para significar que celebramos haber nacido puertorriqueños en Nueva York (26). Personalmente, considero un privilegio haber nacido en la comunidad puertorriqueña de Nueva York durante el período definitorio de su historia. Y considero que es mi obligación aclarar la verdad para aquellos que nos subestiman como un grupo de inmigrantes a quienes les fue mal debido a la falta de asimilación social y estructural significativa de la tercera generación (27). Los críticos ignoran la extensión de nuestros logros lingüísticos, culturales, educativos, organizacionales y económicos; nuestros bodegueros (dueños de bodegas/tiendas de provisiones), poetas, músicos, maestros, médicos, trabajadores de la industria textil, activistas comunitarios, etc., no se mencionan en los libros de historia. A pesar de que una patria colonizada usó nuestra emigración y esterilización como «válvulas de escape», y de las políticas sociales y económicas inhóspitas en la nueva tierra que nos construyó como inadaptados patológicos semilingües, dejamos una marca indeleble en Nueva York.

La voz de esa marca es el Spanglish, un nombre incorrecto si da la impresión de que se ha creado una tercera lengua. En su lugar, como Algarín notó en su introducción a la reconocida antología Nuyorican Poetry, «el Nuyorican promedio tiene un dominio funcional de ambas [inglés y español] y normalmente usa ambas lenguas simultáneamente» (28). (De hecho, la mayoría de los poemas en la antología son principalmente en inglés, con unas pocas palabras y frases en español, o en español.) Básicamente, el Spanglish es una manera colorida de alternar entre variedades de inglés y español, adoptada porque «la novedad en la lengua crece a medida que las personas hacen y aprenden cosas nunca antes hechas o aprendidas» (29). Principalmente consiste de palabras y significados prestados, que constituyen parte del léxico español de Nueva York. Cada país hispanohablante tiene características léxicas únicas, y nosotros tenemos las nuestras. Al igual que no se puede acusar a los costarricenses de inventar una lengua nueva y corrupta cuando ellos dicen «Se te deschochó el colocho» («se te deshizo un rizo del cabello»), los nuyorquinos que dicen «Tengo que vacunear la carpeta» (limpiar la alfombra con la aspiradora < vacuum the carpet) no están destruyendo el español o entorpeciendo su comunicación (30). Por el contrario, «el intercambio entre ambas [lenguas] rinde nuevas posibilidades verbales…» (31). El verdadero problema no es el número de palabras en inglés que hemos tomado prestadas en español, o alternar una lengua con otra, sino el hecho de que nuestra gente joven está perdiendo el español completamente.

Mi generación pidió ser reconocida como puertorriqueños con un estilo Nuyorican, que mezcló dos lenguas. Porque fuimos rechazados por nuestras dos patrias y poco se hizo para ayudarnos a desarrollar y a pasar a otras generaciones las destrezas orales y escritas en español, las nuevas generaciones están reclamando que no es necesario hablar español para ser puertorriqueño. No es de extrañar que dado el hecho de que ellos quieren hacer espacio para todos los miembros de su familia en la gran familia puertorriqueña, aun aquellos que nacieron en la isla apoyan esta opinión. Todos los Nuyoricans entienden este reclamo por respeto a los que ya no pueden expresarse en español pero que aún sienten y actúan como puertorriqueños. Retamos una definición estrecha territorial y lingüística basada en quién o qué es un puertorriqueño. ¿Hemos aprendido lo suficientemente bien el precio que pagamos por desechar las contribuciones creativas de los Nuyoricans de mediados del siglo xx para ayudar a la juventud dominada por el inglés de hoy a afirmar y reforzar la parte hispanohablante de su identidad? Ojalá, bendito.

A. C. Z.—UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA, SAN DIEGO

(1)  Traducido del inglés con la ayuda de Yolanda Gómez. Dedico estos recuerdos a la memoria de los puertorriqueños y Nuyoricans inolvidables, ya difuntos, que guiaron y enriquecieron mi vida, especialmente mi adorada mami, Mónica Zentella Elías, mi cuñado Salvador Vivó, mi madrina Josefa Mercado, junto a seres queridos como Delia Torres, Zoila y Santos Tomei, Rosa Reguero, William Acevedo, Emérita Cruz, Antonia Pantoja y Tito Puente. Que en paz descansen.

(2)  Cfr. Virginia Sánchez Korrol, From Colonia to community: The history of Puerto Ricans in New York City, Berkeley, University of California Press, 1994.

(3)  Cfr. Virginia Sánchez Korrol, «Building the New York Puerto Rican community, 1945-1965: An historical interpretation», en G. Haslip-Viera (ed.), Puerto Ricans in New York 1945-1900: A tribute to Antonia Pantoja, Nueva York, Arte Público Press, 2003.

(4)  Vid. Ruth Glasser, My music is my flag: Puerto Rican musicians and their New York communities, 1917-1940, Berkeley, University of California Press, 1997.

(5)  Vid. Ofelia García y J. Fishman (eds), The multilingual apple: Languages in New York City, Berlín, Mouton de Gruyter.

(6)  Cfr. James Crawford, Hold your tongue: Bilingualism and the politics of «English only», Reading, MA, Addison-Wesley Pub., 1992.

(7)  Cfr. Guillermo Cotto-Turner, Trópico en Manhattan: Novela, San Juan, PR, Editorial Occidente, 1951.

(8)  Gracias a Pedro López Adorno por señalarme el «Glosario». En Puerto Rico se acostumbra neorriqueño, pero en Nueva York preferimos nuyorican o nuyorriqueño.

(9)  El ensayista puertorriqueño Salvador Tió reclamó haber sido el autor del vocablo «Spanglish», fenómeno que ridiculizaba en 1948 (S. Tió, Desde el tuétano, San Juan, PR, Editorial Cultural, 1992, p. 5). Décadas más tarde lamentó no haber patentado el término: «el invento no fue patentado y todo el mundo lo ha seguido usando sin ningún respeto por los derechos del autor...» (Tió, ibíd., p. 6). Pero mucho antes de que Tió les diera nombre, los préstamos y la mezcla eran comunes en las comunidades mexicanas en EE. UU. En 1917, Aurelio Espinosa publicó una lista de 300 préstamos, y en 1930 algunas que llegarían a ser parte del español de Nueva York eran populares en el suroeste, por ejemplo, basadas en taxes, truck, boarder, ice cream, lunch, laundry, boss (C. McWilliams, «North from México», en The Spanish-speaking people of the United States, 2.ª ed., Nueva York, Greenwood Press, 1948).

(10)  Otros nuyorquismos en el «Glosario» o no llegaron a ser populares, o son legítimos, por ejemplo, toquear (hablar < to talk), craca (galleta < cracker), flaua (flor < flower), caque (bizcocho/pastel< cake) (Cotto-Thurner, op. cit., pp. 243-44). Los préstamos que aparecen entre comillas en este texto son los que aparecen en el «Glosario». Otros, la mayoría, aparecen en negrilla sin comillas, porque se han integrado al español puertorriqueño de Nueva York.

(11)  The Marine Tigre fue uno de los barcos que traía a los emigrantes de la isla antes de los vuelos directos. A los que eran recién llegados se les llamaba marín taiguers o grinjornes (cuernos verdes < green horns), despectivamente. Jíbaros son los campesinos de Puerto Rico, y se le decía jíbaro a alguien si no era muy sofisticado. Spiks, el insulto que designaba a todos los hispanos, pudo haberse originado en una imitación de la pronunciación de espik (hablar) en lugar de speak «hablar». Pororican viene del nombre americano para la isla, Porto Rico.

(12)  Listas de los criollismos, africanismos y tainismos puertorriqueños se encuentran en Malaret (Augusto Malaret, Vocabulario de Puerto Rico, 2.ª ed., Nueva York, Las Américas Pub., 1937), Del Rosario (Rubén del Rosario, Vocabulario puertorriqueño, Sharon, CT, Troutman Press, 1965) y Álvarez-Nazario (Manuel Álvarez-Nazario, El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico, San Juan, ICP, 1961; y del mismo autor: El influjo indígena en el español de Puerto Rico, Río Piedras, Ed. Universitaria, 1977, y El habla campesina del país, Río Piedras, Ed. Universitaria, 1977), Núñez y Delgado (R. Núñez de Ortega e I. Delgado de Laborde, Los que dicen ¡Hay bendito!: Dichos, modismos y expresiones del habla coloquial puertorriqueña, San Juan, Plaza Mayor, 1999) han recopilado modismos regionales.

(13)  Se puede comprar una foto de cada uno de los edificios en NY en el 1940. Envíe 25.00 dólares al NYC Department of Records/Municipal Archives, 31 Chambers Street, NYC 10007. Mi edificio fue derrumbado durante la destrucción del Sur del Bronx en los años 1970; todavía queda un hueco en su lugar.

(14)  Cfr. Uriel Weinreich, Languages in contact, The Hague, Mouton, 1953.

(15)  Papi fue uno de los fundadores del Centro Mexicano de NY, un club social-cultural, a fines de los años veinte. Estuvo activo hasta morir en 1987, sirviendo de presidente y de director del Ballet Folklórico por muchos años.

(16)  En la década de los noventa, a «Father G.» le interrogaron sobre el papel de su hermano en «La Mafia». Ese hermano, Vincent, conocido como «The Chin» («la barbilla») era líder de La Mafia del bajo este de Manhattan, pero el padre Gigante negó saber de la afiliación de su hermano.

(17)  El hijo de la señora Tyson, Cyril, llegó a ser demócrata prominente en el Gobierno de NYC en los ochenta, mientras que Colin Powell se hizo el líder afro-americano de los republicanos, a nivel nacional.

(18)  Cfr. Oscar Lewis, La vida: A Puerto Rican family in the culture of poverty- San Juan and New York, Nueva York, Random House, 1965.

(19)  Cfr. Antonia Pantoja, Memoir of a visionary, Huston, Arte Público Press, 2002, pp. 73-74.

(20)  Las experiencias de Seda en los tumultuosos días tempranos de los Estudios Puertorriqueños en Hunter College con estudiantes y colegas (1970-1972), incluso con esta servidora, quienes retamos su estilo y visiones académicas elitistas, cimentaron su opinión negativa de los puertorriqueños de Nueva York.

(21)  Aspira abrió oficinas en varias ciudades, incluso una en Puerto Rico. Los trabajos de Sánchez-Korrol y Pantoja incluyen detalles sobre la fundación de Aspira y otras organizaciones.

(22)  Pantoja, op. cit., p. 76.

(23)  Ibídem.

(24)  Cotto-Turner, op. cit., p. 57.

(25)  Cfr. Ana Celia Zentella, Growing up bilingual, Malden, MA, Blackwell, 1997.

(26)  Se espera que el número de puertorriqueños en los EE. UU. sobrepase los de la isla para el 2010.

(27)  Mi trabajo como directora del B. O. L. T. (Basic Occupational Language Training) para el Foro Puertorriqueño —promovido por Toni—, como miembro fundadora de la Facultad de Estudios Puertorriqueños en Hunter College, y ahora como la única miembro puertorriqueña en la facultad de Estudios Étnicos en UCSD, es un pequeño pago por lo que debo a la comunidad puertorriqueña en Nueva York, que me vio crecer.

(28)  Cfr. Miguel Algarín, «Introducción», en M. Algarín y M. Piñero (eds.), Nuyorican Poetry, Nueva York, W. Morrow, 1975.

(29)  Ibíd., p. 15.

(30)  Vid. los caps. 5 y 6 de Zentella, op. cit., para una explicación de la gramática y las funciones del Spanglish.

(31)  Cfr. Algarín, op. cit., p. 15.

 
 
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