INSULA De libros y lectores en la España medieval. Número 675. Marzo 03
 
 

CARMEN CODOÑER /
LA RECEPCIÓN DE LOS CLÁSICOS EN LA EDAD MEDIA



Son pocos los «clásicos» que se perpetúan. El concepto de «clásico» varía de acuerdo con las épocas y, sobre todo, lo que varía son las razones que llevan a seguir adjudicándole a una obra o a un autor la consideración de tal; como consecuencia, la aceptación, incluso la aplicación que se hace de cualquiera de estos autores, está sometida a alzas y bajas. Cada época tiene sus propios clásicos, consideración que un escritor adquiere por razones no siempre explicables.

Por otro lado, la visión sobre la época de la que me voy a ocupar adquiere distintos matices en función de la naturaleza del estudio, sea éste filológico o literario. Si recurrimos a estudios filológicos, no es raro encontrar para estos siglos la utilización del término «clásico» aplicado a Donato o Prisciano, que son gramáticos y además pertenecen a los siglos iv y vi, respectivamente, siglos ya alejados de lo que para nosotros ha quedado fijado como época clásica. Es evidente que el filólogo está aplicando la categoría de clásico en un sentido no coincidente con la utilizada por el especialista en literatura, ampliando el alcance de «clásico» al espécimen que ha alcanzado el reconocimiento general dentro de cualquier género escrito, sea éste literario (en el sentido que actualmente el término tiene), o no.

La razón primordial es que el filólogo en su objeto de estudio no tiene por qué establecer distinciones entre lo literario y lo no literario. Sin embargo, en este caso resulta sumamente interesante partir de la acepción habitual, es decir, interesa aplicar criterios de valor literario, aun sin abandonar la idea de que dichos criterios pueden variar de acuerdo con el momento. El mundo medieval se mueve en torno a una gama de autores de valor desigual, algunos de los cuales coinciden con la actual valoración, mientras que otros han desaparecido del horizonte del hombre culto, hasta llegar a ser casi desconocidos.

Innecesario parece insistir sobre el hecho de que, para el estudio de esta cuestión, dependemos de los manuscritos y que aunque, por lo general, aceptemos que son los autores y comentarios más importantes o, por lo menos, más utilizados, los que se han conservado, no hay que excluir la posibilidad de pérdidas valiosas.

Desde tres ángulos

Aceptadas estas premisas, el problema de la recepción de los clásicos admite muchos modos de abordarlo. De antemano excluyo el consistente en analizar el uso que de ellos hacen los autores, puesto que se trata de un trabajo cuyas conclusiones sólo podrán salir a la luz en el momento en que el estudio y adecuada edición de los numerosos autores medievales latinos esté finalizado, momento todavía lejano. Me limitaré, por consiguiente, a plantear la cuestión desde tres ángulos: por un lado, examen de las declaraciones de los escritores que tratan de los autores que deben ser estudiados en las escuelas, es decir, las declaraciones teóricas sobre los programas escolares. Estas observaciones siempre deben ir matizadas por la idea de que los enunciados teóricos proceden de individuos cuya colocación personal, culturalmente privilegiada, no es posible hacer extensiva a una mayoría y que con ellos expresan un desideratum raramente alcanzable.

Por otro lado, existe la posibilidad de rastrear, a través de los manuscritos, cuáles han sido los autores más aceptados, método que ha alcanzado espléndidos resultados en la segunda mitad del siglo xx (1).

Sería interesante añadir a las dos aproximaciones anteriores cuáles son los autores que son objeto de escolios y comentarios, puesto que ello implica su uso, así como un intento de discernir qué es lo que se busca en los autores clásicos.

Desde hace unas décadas, dentro de la periodización que se hace de la historia, se acepta la Antigüedad Tardía como período de transición entre la Antigüedad y la Edad Media y a Isidoro de Sevilla († 636) como figura representativa del final de ese período (2). Por lo que se refiere a la Edad Media propiamente dicha, no se discute la existencia de dos momentos claves durante el período así llamado: los llamados Renacimiento Carolingio y Renacimiento del siglo xii. La inclusión de la etapa que abarca la segunda mitad del siglo vii y casi el siglo viii entero, etapa de difícil definición, se debe a que, en mi opinión, puede contribuir a esclarecer determinados aspectos de la recepción posterior.

Desde mediados del siglo vii hasta finales del siglo viii, la información que tenemos es muy escasa y procede especialmente del análisis de las gramáticas, dado que las noticias sobre el uso de los autores clásicos son prácticamente inexistentes.

A lo largo de toda la Edad Media la recepción de un autor clásico se hace a través de la escuela; la escuela está en manos del clero y sus enseñanzas van dirigidas a alumnos que, en su mayoría, están destinados a cumplir esa misma función. Además, ya a mediados del siglo vii la lengua latina se ha distanciado perceptiblemente de las lenguas maternas vernáculas. Estas dos circunstancias hacen que la situación de que voy a hablar se perfile de una manera más precisa. Por un lado, el primer hecho permite decir, aunque en la actualidad suene de modo extraño, que el «clásico» insustituible es la Biblia, y dentro de ella selecciones de determinados libros, como el Psalterio. El segundo me lleva a otro de tipo de conclusiones: el aprendizaje a leer se hace en latín, lengua cada vez más alejada de la lengua materna; aunque todavía en estos siglos pueda aventurarse que la conexión entre ambas facilite el aprendizaje del latín, hay que pensar que éste se vería favorecido por el método de aprender de memoria la lectura realizada por el maestro o por los estudiantes más avanzados (3).

El grammaticus, continuando con el método tradicional vigente en la cultura clásica, es muy posible que se base para la transmisión de «saberes» en la lectura de poetas, que, como en el caso de la Biblia, se reduce a pasajes seleccionados. El método aplicado a la lectura, siempre teniendo en cuenta la mayor dificultad que supone el que la lectura se haga sobre un texto literario en latín, parece ser también una prolongación de método clásico: se lee el texto para tratar de entenderlo desde todas las perspectivas y, por su mediación, transmitir conocimientos básicos de todo tipo. Pero el nivel de comprensión ha cambiado y con el progresivo desconocimiento del latín literario se inicia un proceso inevitable: en la explicación del texto prima la información gramatical y léxica, a lo cual hay que añadir la simple identificación de lugares y de personajes reales y mitológicos, aspectos cada vez más alejados de las vivencias de los hombres. Puede añadirse a esto la confusión entre el uso de figuras y el valor literario que éstas aportan al texto, así como la extraordinaria importancia concedida a la corrección prosódica y métrica. Al hecho de que el estudio de los autores se realice sobre fragmentos, hay que sumar la consecuente disección del texto, que impide, al menos de manera colectiva, una recepción adecuada del mismo.

El clásico se transforma así de modo exclusivo en fuente de una información que le es ajena en cuanto que desplazada de su finalidad teórica. Tanto da Virgilio como Prudencio, con tal de que sirvan a esos fines. La permanencia de Virgilio o de otros autores clásicos en la escuela hay que entenderla como insustituible en la medida en que transmite datos no existentes en los autores cristianos y también, por qué no, como testimonio de un respeto no reconocido explícitamente a la cultura y el mundo clásico, del que se sienten continuadores.

No es fácil encontrar una ratificación a las hipótesis avanzadas. Las gramáticas pueden ayudar en esta tarea, aunque la relatividad de las conclusiones alcanzadas está marcada por el hecho de que la mayor parte de las gramáticas de estos siglos son adaptaciones quasi literales de gramáticas anteriores (4). En todo caso, su contenido remite al maestro, no a los discípulos. Esta es la razón de que los resultados que se desprenden del estudio en la escuela durante estos siglos deban considerarse aplicables a los litterati, una parte mínima de la población.

Dos casos servirán para ejemplificar. Si hojeamos la gramática más original del siglo vii, la de Julián de Toledo (640-690) (5), observamos que a una presencia abrumadora de citas de Virgilio corresponde un uso muy bajo de Horacio (siete), menor de Ovidio (dos) y menor todavía (una) del resto de autores latinos. El más tardío es Persio y el más antiguo Ennio. Es evidente que el panorama puede simplemente reflejar la situación de gramáticas anteriores y no ser más que el resultado de la adopción de los mismos ejemplos. Es llamativo, junto a esto, la inserción de numerosos ejemplos procedentes de autores latino-cristianos; no sólo los tradicionales Padres de la Iglesia (que en su condición de prosistas aparecen menos), sino poetas como Prudencio, Ausonio, Sedulio o Eugenio de Toledo (6). Si pensamos que todos ellos son utilizados para ilustrar la corrección u ornato de la frase, se impone la idea de que todos ellos son asumidos por Julián como modelos de latinidad y, por tanto, susceptibles de adquirir la consideración de clásicos, aunque únicamente sea en ese sentido.

Por desgracia, no conocemos los textos que eran utilizados por los alumnos, aunque tal vez estos se redujeran a textos bíblicos, oraciones y algún florilegio virgiliano o de los Disticha Catonis, autor que es citado por Julián de Toledo (7).

He tomado como segundo ejemplo un autor procedente del extremo Norte de la Europa de aquellos momentos: Aldelmo de Malmesbury (640-709). La lista de autores clásicos mencionados es larga: Virgilio, Lucano, Juvenal, Ovidio, Persio, Terencio, junto a prosistas como Cicerón y Plinio. Eso sí, siempre acompañados de poetas y prosistas cristianos en pie de igualdad: Sedulio, Prospero y Arator representan a los poetas; Lactancio, Agustín, Casiano, Isidoro, etc., a los prosistas (8). Y lo que es más interesante, llegado el momento de emitir su opinión sobre cuáles son los libros dignos de custodia, los autores no cristianos desaparecen en beneficio de los cristianos. En su epigrama de arca libraria no resulta sorprendente encontrar sólo libros sacros (9):

ARCA LIBRARIA
Nunc mea diuinis complentur uiscera uerbis
Totaque sacratos gestant praecordia biblos.

La equiparación entre clasicismo y cristianismo mantenida por Julián de Toledo y por Aldelmo de Malmesbury sólo se da en el mundo de la gramática, en donde metros, tropos y figuras pueden ser ejemplificados utilizando unos y otros autores. Esta labor, como es lógico, no implica valoración estética alguna, y esa es precisamente la razón que alienta la inicial integración de los autores cristianos dentro del mundo de la escuela, de donde habían estado ausentes hasta el siglo v o vi (10).

Renacimiento Carolingio

El Renacimiento Carolingio supuso un impulso notable en la recuperación de los clásicos. La atención prestada a la formación escolar por parte de Carlomagno nos descubre un mundo que se abre a una nueva concepción de la cultura (11). Es cierto que las normas emitidas al respecto van referidas en concreto a restituir la corrección de los libros católicos; también lo es que las razones aducidas para justificar esta necesidad van ligadas a necesidades de orden religioso. Las normas relativas a cuidar la lectura y copia de los textos cristianos (uel legendo uel scribendo) redunda en la proliferación de scriptoria que atienden encargos de los poderosos, pero también cubren necesidades internas. Ahora bien, no entra dentro de lo verosímil limitar su aplicación a ese campo, sobre todo, si pensamos en un hecho bien conocido: en la corte de Carlomagno se concentra un numeroso grupo de intelectuales procedentes de distintos países: Alcuino de York (ca. 730-804), Teodulfo de Hispania (ca. 760), Paulo Diácono (ca. 720-ca. 799) y Pedro de Pisa (s. viii) de Italia, etc., cuyo conocimiento de los autores clásicos, queda fuera de dudas y, con ello, la idea de que las normas emanadas del emperador se extiendan también a estos autores, línea bien vista por el restaurador del Imperio de Occidente. La importancia de esta actitud no radica tanto en la familiaridad que con los clásicos pudo haber tenido el círculo de intelectuales citado, sino en la valoración que de ellos se hizo como representantes literarios de un mundo clásico digno de ser emulado. Asumir que no sólo los escritores cristianos eran dignos de perpetuarse es quizá la impronta carolingia que mayor repercusión tuvo sobre el futuro de los clásicos. La presencia de un grupo, por numeroso que sea, coincidente en un lapso de tiempo relativamente breve, no hubiera supuesto más que una momentánea recuperación de una cultura literaria reducida a los estrechos límites de la Corte. La incidencia sobre la escuela, sobre la práctica del copista, es lo que otorgó transcendencia a la política de Carlomagno. En efecto, si atendemos al grupo de litterati de nivel inferior, es decir, a las personas que asisten a la escuela y saben leer y escribir, grupo mayoritario, la huella que sobre ellos puedan haber dejado los clásicos se diluye y es imperceptible durante el siglo siguiente (12).

Si nos ceñimos a los autores arriba citados, conocedores y admiradores de los clásicos, encontramos en ellos repetido el tópico que hizo célebre Jerónimo: Ciceronianus es non christianus. En sus escritos de madurez encontramos esas mismas manifestaciones de malestar ante la cultura clásica. Llegado el momento de ocupar los cargos a que están destinados y de reflejar cuál es su postura ante el pasado, el mismo Teodulfo, que en sus poemas 25 y 27 se divertía lanzando pullas contra sus adversarios (13), vuelve sobre sus pasos y habla en pasado de lo que fueron sus lecturas. Si bien sigue exhortando a los muchachos de corta edad (pueri) a que sigan componiendo poemas, parece dar por sentado que esta actividad corresponde a una etapa de la vida en que la seriedad no es exigible, considerando la redacción de poemas como una necesidad de escuela (poema 46), para cuya ejecución es necesaria la lectura de los clásicos.

Ermenrico de Ellwangen (814-874) relata un sueño en que Virgilio se le aparece como un monstruo de espantosa apariencia. Los clásicos son aceptables durante el período de aprendizaje, ellos son los autores a través de los cuales se alcanza la formación. Transcurrido ese período, nada nos liga a ellos (14).

Aun así, si repasamos sus poemas y sus declaraciones, los encontramos plagados de reminiscencias de poetas, y entre ellos casi exclusivamente Virgilio y Ovidio (los pasajes tomados de ellos son lo que dominan sus poemas, con ausencia del resto), poetas presentados expresamente bajo una perspectiva moralizante, que va a ser asumida por toda la Edad Media (15):

Et modo Pompeium, modo te, Donate, legebam (16),
Et modo Virgilium, te modo, Naso loquax.
In quorum dictis quamquam sint friuola multa,
Plurima sub tegmine uera latent.
Falsa poetarum stilus affert, uera sophorum,
Falsa horum in uerum uertere solet.

Los tiempos del aprendizaje pasaron, y ahora lee a Gregorio, Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Hilario, Isidoro, Juan Crisóstomo (lista tópica), y entre los poetas, a Sedulio, Paulino, Arator, Avito, Fortunato, Juvenco y Prudencio, lista que, a tenor de la anterior, parece tener también un carácter de lugar común. Si bien es cierto que las lecturas quedan sedimentadas en lo profundo y redundan en beneficio de la escritura literaria de los mismos autores que dicen haber renunciado a ella, es factible pensar que, aceptando que este sea el caso de los hombres destacados, una lectura superficial de poetas clásicos, encaminada al aprendizaje de la lengua latina, no tiene por qué dejar su huella en la gran mayoría de los estudiantes destinados a desempeñar una función como sacerdote o como cortesano.

Los discípulos de los intelectuales carolinos presentan una imagen similar, aunque podría decirse que en un estadio de permisividad más controlada. Los «juegos» del aprendizaje y de la «intimidad» se reducen. Cuando Rabano Mauro (780-856) utiliza el verso es para componer un poema a la cruz; la utilización de los recursos del carmen figuratum se da, pero siempre en honor de motivos cristianos.

La lectura en la escuela, por los datos que pueden deducirse de los manuscritos que pueden tomarse con alguna probabilidad como «libros escolares» presenta un sesgo interesante. El nivel elemental parece estar representado por epítomes de manuales que simplifican el acceso a las artes, explicaciones de cuestiones mitológicas y junto a ello poemas de la más diversa procedencia: clásicos, pseudoclásicos y anónimos se suceden, una veces completos, otras fragmentarios. Parte o el total de los disticha Catonis acompañan.

En cuanto al nivel superior de la enseñanza, al que acceden un menor número de estudiantes todavía, la diversidad se mueve dentro de márgenes muy estrechos (17).

No puede negarse que los hombres cultivados de este período conocen los clásicos, como tampoco que ese conocimiento parece irse haciendo rutinario, no valorado más que en la medida en que su manejo ayuda al aprendizaje de la métrica cuantitativa y su lectura aporta los datos necesarios para comprender un mundo cada vez más alejado. Clásico se identifica con pagano, lo cual cuenta con la ventaja de la posible ampliación del canon. Se mantienen los autores que desde un primer momento se han utilizado en la escuela y cuyo valor literario no se discute (Virgilio), los que pueden constituirse en base moralizante (Horacio, sátiras, Juvenal y Persio), los que resultan necesarios para la formación «teórica» (Ars poetica de Horacio) e información (Ovidio), y autores que por unas u otras razones se han introducido con el tiempo: Claudiano y Estacio.

El renacimiento del siglo xii

La separación de la enseñanza de materias, el predominio concedido a la lógica, o al derecho, y el aislamiento de los clásicos, constituye paradójicamente el principio del humanismo. Lo que podría haber sido la ruina de los clásicos significa su verdadero renacimiento. Se consolidan tendencias que abocarán a escuelas volcadas sobre los textos o sobre la disquisición teórica. Con todo, los poetas dejan de ser clave del conocimiento. Los siglos xii y xiii son los siglos del descubrimiento de la prosa clásica como fuente de información para las distintas materias. La diversificación en la enseñanza conduce a la especialización en los textos, lo cual favorece la percepción de la poesía como tal, con independencia de sus posibles aplicaciones prácticas. Los autores clásicos se consagran no sólo como modelos métricos o fuente de donde extraer expresiones, sino en verdaderos modelos cuya emulación cuaja en realizaciones propias en cualquiera de las lenguas. El hecho de que los clásicos dejen de ser el único modelo, unido a lo anterior, es lo que facilita su percepción como tales, en el sentido que para nosotros tiene la noción de «clásico»: textos cuyo valor literario, sin más, es válido para cualquier época.

C. C.–UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

(1)  Pueden verse, sobre todo, los trabajos de B. Munk Olsen, especialmente los artículos reunidos en La réception de la littérature classique au Moyen Âge (IXe-XIe siècles), Copenhague, Museum Tusculanum Press, 1995.

(2)  No entro a discutir el carácter lábil de estas periodizaciones, que cambian de acuerdo con la especialidad de que estoy hablando: historia, literatura, lengua, etc. Un resumen de los enfoques dados al problema y de las fechas ofrecidas por los distintos especialistas y en las distintas épocas podemos encontrarlo en el artículo de R. Martin, «Qu'est-ce que l'Antiquité “tardive”? Reflexions sur un problème de périodisation», en Aîon. Le temps chez les romains, ed. De R. Chevallier, París, A. & J. Picard, 1976, pp. 261-304.

(3)  Puede verse sobre este punto el libro de M. Banniard Viva Voce. Communication écrite et communication orale du IVe au IXe siècle en occident latin, París, Institut des Études Augustiniennes, 1992.

(4)  Estos momentos iniciales de la Edad Media se caracterizan por la abundancia de gramáticas, especialmente en la zona irlandesa y anglosajona. Vivien Law, Grammar and grammarians in the early Middle Ages, London-Nueva York, Longman, 1997.

(5)  Manejo la edición de M. Maestre Yenes (1973), sin entrar en el problema de la autoría.

(6)  U. Schindel, Die lateinischen Figurenlehren des 5. bis 7. Jahrhunderts und Donats Vergilkommentar: mit zwei Editionen, Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 1975.

(7)  Lo cita cuatro veces, aunque siempre sea el hexámetro inicial del dístico primero: Si Deus est animus nobis, ut carmina dicunt.

(8)  MGH Auct. Ant. XV, IV, de septenario et metris y de pedum regulis.

(9)  PL 89, col. 138.

(10)  Depende de que aceptemos la existencia de un Donato cristiano en el siglo v, sobre el que se habían basado Isidoro y Julián de Toledo.

(11)  Admonitio Generalis (789), MGH, Cap. I, 22, c.72. También De litteris colendis. Para más información, vid. el cap. 6 de Rosamund McKitterick, The frankish kingdoms under the carolingians, Edimburgo, Longman, 1983.

(12)  Si se hace extensivo a todos los estudiantes, me parece excesivamente optimista, al tiempo que reducido a autores cristianos, el juicio de Rosamund McKitterick emitido en su artículo «Charles the Bald (823-877) and his library: the patronage of learning», The English Historical Review, núm. 95 (1980), pp. 28-47. Dice allí que el hijo de Carlomagno recibió «the usual instruction given in the cathedral and monastic schools at the time». Ésta consistiría en una buena instrucción gramatical que precedería al Salterio, las obras sobre cronología de Beda, los tratados pedagógicos de Alcuino, Juvenco, Sedulio, Fortunato, Arator, los Disticha Catonis, la enciclopedia isidoriana y Marciano Capela. En el mismo sentido se pronuncia G. Brown, «Introduction: the Carolingian renaissance», en Carolingian culture: emulation and innovation, ed. de Rosamund McKitterick, Cambridge University Press, 1994, pp. 1-51.

(13)  Poet.Car.Med.Aeui. 1,pp. 385 y ss.

(14)  MGH Epist. V, pp. 561 y ss., epístola al abad Grimaldo. Otros casos en que se reproduce la situación en B. Munk Olsen, L'attegiamento medievale di fronte alla cultura clásica, Roma, 1994.

(15)  Poema 47.

(16)  Obsérvese la mención de los gramáticos.

(17)  Eva Sanford, «The use of classical latin authors in the libri minores», Trans. Proceed. Philol. Assoc., núm. 55 (1924),pp. 190-248.

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas