INSULA Misceláneo. Número 666. Junio 02
 
 

ANTONIO SÁEZ DELGADO /
LA VOZ TRANSPARENTE DE EUGÉNIO DE ANDRADE



Pocas voces de la poesía iberoamericana del siglo xx resuenan con tanta vitalidad como la de Eugénio de Andrade (Póvoa de Atalaia, 1923), el poeta portugués vivo con mayor prestigio y presencia dentro y fuera de sus fronteras nacionales o lingüísticas. Su obra poética —ininterrumpida desde 1940—, lejos de revelar el agotamiento o la asfixia propios del paso del tiempo, se abre paso a través de los años (de los libros) con una fuerza y una pujanza tan apasionada como contenida, tan libre como serena.

Eugénio de Andrade es, sin duda, uno de los poetas más importantes de la literatura portuguesa, una voz única e inconfundible en la lírica lusa del último siglo, un poeta que convierte las páginas que toca en la revelación más auténtica, en ese misterio insondable que nos acerca a la tierra y al puñado de cosas importantes de la vida. Porque pocas veces encontramos en la poesía del pasado siglo una voz que se enfrente al oscuro misterio de la naturaleza, del hombre y de las palabras con un pulso tan firme y con un aliento tan certero como el que muestra el poeta de la Beira Baixa, desde sus primeros poemas de la década de los cuarenta hasta Los surcos de la sed, su poemario de 2001. Es difícil encontrar una voz tan auténtica, tan equilibrada en su propia unidad simbólica, y a la vez tan diferente, con una capacidad de registros y sugerencias que asemeja un tratado de poesía. Porque la obra de Eugénio de Andrade, si única e inconfundible en la única coherencia posible (la del poeta con su propia obra, con su voz), es también algo así como una línea delgada y firme que se alza en vertical sobre las páginas de la historia de la literatura portuguesa reciente, pues atraviesa los diferentes momentos históricos (y estéticos) predominantes con la limpieza y la claridad de quien tiene algo propio que decir al margen de lo que se está contando en cada momento.

Una poesía elemental

La de Andrade es una poesía elemental en el mejor sentido de la palabra, unida y vinculada a la naturaleza y a la historia, a la tierra y al cuerpo que vive sobre ella. En sus versos se transparenta el difícil equilibrio entre profundidad y misterio, entre claridad y ocultación, entre simpleza y transparencia. La voz del poeta se ha ido haciendo, a mi parecer, más delgada con los años, más hialina, más íntima tal vez, siempre más depurada y transparente. La lectura de Todo el oro del día, la excelente antología preparada y traducida con igual rigor por Ángel Campos Pámpano, nos proporciona esa enseñanza, la mejor que podemos obtener de la lectura de la obra de Eugénio de Andrade: el poeta se va despojando de las palabras innecesarias, va adentrándose en un territorio en el que predomina el nombre sobre el adjetivo, la esencia sobre el propio objeto. La tierra, la luz, el verano..., las palabras, las voces, los nombres habitan esta poesía ante la que uno tiene, siempre, la tentación de pronunciar la palabra sinceridad.

Ángel Campos Pámpano, amplio conocedor de la trayectoria poética del poeta y traductor de varios de sus libros, ha sabido conservar en su versión castellana ese aire tan leve como contundente que respira la poesía de Andrade, y ha tenido el acierto de iniciar el volumen traduciendo la «Poética» del autor que abría su Antologia breve, en la que traza el itinerario perfecto que surca las claves de su creación: «El acto poético es el empeño total del ser hacia su revelación. Este fuego de conocimiento, que es también fuego de amor, en el que el poeta se exalta y se consume, es su moral. Y no hay otra. (...) Es contra la ausencia del hombre en el hombre contra lo que la palabra del poeta se subleva, contra esta amputación en el cuerpo vivo de la vida se rebela el poeta.» Con este pórtico, al que siguen unos Primeros poemas (1940-1944), se inaugura el viaje por libros como Las manos y los frutos (1948), Los amantes sin dinero (1950), Las palabras prohibidas (1951), hasta mañana (1956), Corazón del día (1958), Mar de septiembre (1961), Ostinato Rigore (1964), Oscuro dominio (1971), Víspera del agua (1973), Escritura de la tierra (1974), Homenajes y otros epitafios, Umbral de los pájaros (1976), Memoria de otro río (1978), Materia solar (1980), El peso de la sombra (1982), Blanco en lo blanco (1984), Contra la oscuridad (1988), Vertientes de la mirada, El otro nombre de la tierra (1988), Cercano al decir (1992), Oficio de paciencia (1994), La sal de la lengua (1995), Pequeño formato (1997) y Los lugares de la lumbre (1998), culminando con unos inéditos de Los surcos de la sed, libro recientemente publicado en nuestro país. La de Andrade es, sin duda, poesía «humana» en su sentido más profundo, poesía que camina despacio, marcando las huellas en el camino hacia una revelación cada vez más transparente, más próxima a esa tensión que habita —pero sin ceder a sus excesos— el espacio que media entre las palabras (las gastadas palabras, dice el poeta) y el silencio que las rodea. La tradición en la que se inscribe su forma de mirar el mundo y de entender la poesía es tan antigua como sabia: Homero, Virgilio, San Juan de la Cruz, Bashô o Kavafis configuran parte del universo literario de un poeta que es, también, espectador y lector atento de la poesía como forma de salvar las miserias cotidianas que dan sentido a este peregrinaje. Poesía humana, sí, fiel a la tierra y sus entrañas, enamorada del hombre, de la verdad de su sangre y de su alma.

La hondura de una voz

Porque la poesía de Eugénio de Andrade ha permanecido siempre fiel a su propio instinto, manteniendo la hondura de una voz que pervive en medio del ruido del mundo. Desde Portugal, uno de los extremos de ese mismo mundo, sus versos trazan una rosa de los vientos para demostrarnos que, al final, nada existe más universal que el color de la tierra que pisamos, que el agua que corre para regar el huerto de la infancia. Se trata de una poesía tan cercana como cosmopolita, en la que se transparentan los motivos y las preocupaciones de un hombre que, en soledad, observa el paso del tiempo y ve caer la tarde sobre un mundo que es a veces el mismo y siempre otro desconocido. Poesía universal como el corazón del hombre, poesía verdadera que nos habla del peso del aire, de la importancia de la sed, de la sal de la lengua y de los otros nombres de la tierra.

Todo el oro del día es un itinerario maravilloso para acercarnos a esta poesía esencial, fecunda, deslumbrante en ocasiones como lo es la vida cuando nos muestra sus secretos más íntimos, esas que nos atan definitivamente a los seres y a las cosas que amamos. El lector que se adentre en sus páginas encontrará, sin duda, una forma nueva y propia de mirar el mundo, de apropiarse de tanto misterio y tanto silencio como nos rodea. Y lo hará de la mano de versos simples y encantadores, de un profundo y enraizado amor a la vida y a su paisaje cotidiano, cada vez más transparente y, perdonen, más verdadero: «Con las cuatro hojas / del trébol del verano / haré una casa / sin puertas sin ventanas / para esconderte, / haré un río / de sombra donde dormir / contigo en los ojos / para no morir.»

A. S. D.—UNIVERSIDAD DE ÉVORA

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas