INSULA José Saramago: Escritura abierta. Número 663. Marzo 02
 
 

EDUARDO LOURENÇO /
PESSOA Y SARAMAGO (*)



Ni siquiera el ficcionista más extravagante se podría imaginar que, en el marco mediático en que vivimos, Fernando Pessoa llegase un día a convertirse en el San Juan Bautista de José Saramago. Ya lo era del aura que por lo menos hace unos treinta años, gracias a él, comenzara a emanar sobre la cultura portuguesa. En este sentido, el sentimiento de euforia colectiva en que se sumergía el espacio de la literatura, e incluso de la lengua portuguesa, con la atribución del Nobel al autor del Año de la muerte de Ricardo Reis, tiene algo que ver con la gloria universal de Pessoa.

Una perspectiva clásica

En los últimos años, se ha hecho casi ostensivo —y quizá necesario—, por parte de autores sobradamente conocidos de nuestras letras, manifestar su poco aprecio, e incluso extraer de ello algún provecho, de su distancia o desdén con relación a la memoria o incluso a la obra de Pessoa. Es un reflejo comprensible, antiguo como el mundo mismo de las letras. Sucede, sin embargo, que Saramago no sólo nunca comulgó con ese asesinato virtual, como ha mantenido con la figura, el destino y la mitología del autor de Mensaje, a primera vista tan ajena a su visión del mundo, de la historia y de la sociedad, un constante y misterioso diálogo. Bastaría esto para excluirlo de la larga y nunca escrita historia de la incomodidad y de la incomprensión de que ha sido blanco el fenómeno Pessoa, así como para situarlo en un espacio cultural y literario que poco tiene que ver con aquel en el que sus sinceras e insistentemente proclamadas convicciones ideológicas lo identifican fácilmente. Me refiero, naturalmente, a su participación literaria en el que fue durante tres largas décadas el movimiento ideológico y literario dentro del marco portugués: el neorrealismo.

Es obvio que sólo en el orden reductoramente ideológico —aunque esté presente en el texto como visión simbólica explícita— se puede integrar un libro como Memorial del convento en un movimiento que ya estaba entonces, y desde hace mucho, exhausto o muerto. Pero no sólo la poética, sino también la arquitectura del imaginario de Saramago, desde el Memorial, resultan de otra relación entre la escritura y su función antirrepresentantiva de lo llamado «real», debido a su carácter intrínsecamente irónico y lúdico. Así, incluso en su primer libro, de 1947, en plena vigencia de la poética neorrealista, no hay nada que esté en conformidad con la práctica canónica de esa época. Estamos ante una perspectiva clásica, más próxima, por cierto, de las grandes tradiciones del siglo xix que de la psicología realista o expresionista de los años treinta.

No es fácil imaginar qué senderos de la vida y de la literatura han convertido al autor de Terra do pecado en el de Memorial del convento o El año de la muerte de Ricardo Reis, esto es, a un autor dotado de la observación poco complaciente de la sociedad y de sus pasiones, en un arquitecto de grandes narraciones parahistóricas destinadas a subvertir la memoria y la mitología idealizadoras del pasado portugués. Todo sucedió como si de repente, para acceder y entender un presente que le robaba el Portugal que tanto había esperado, hubiese decidido imaginarse por su cuenta otro pasado —el pasado auténtico— que le explicase mejor la impotencia y el derrocamiento de la utopía en la cual había apostado para liberar a Portugal de los fantasmas más nefastos y nunca realmente desvanecidos de la escena cultural lusa, como los de la intolerancia. José Saramago no es el único escritor portugués que dialoga con Pessoa. Augusto Abelaira, Almeida Faria, el mismo Vergílio Ferreira, que tan pronto se había ofuscado ante la visión de Pessoa, y la idolatría que inspiró Agustina Bessa-Luís en O manto son algunos de nuestros autores para quienes Pessoa fue una fascinación, un desafío y un interlocutor. Quizá no lo haya sido tanto para ninguno de ellos como para Saramago, que no sólo ha revisitado su mundo ficcionalmente a través de sus versiones —Ricardo Reis— como además se ha impregnado de una forma paradójica, a través de un sentimiento casi nihilista de la vida, tan opuesto en términos literarios a su positiva visión de la Historia y del destino de los hombres. Para él, quizá más que para nadie, existió la galaxia pessoana, su travesía se imponía para llegar a la otra orilla que le estaba destinada.

El Pessoa más sobrio

El neorrealismo de los años cuarenta y cincuenta había destacado, en Pessoa, a Álvaro de Campos, sobre todo al poeta de la Oda Triunfal. José Saramago escogió al Pessoa más sobrio, neoclásico en su forma, desprendido de todo, el Ricardo Reis del «Jugadores de ajedrez», indiferente a las tragedias del mundo, el más extraterrestre de los heterónimos. Pero también el más «trágico» por no reconocerse como otra cosa que puro tiempo, vida evanescente, no vida, nada. Y esta música es la insólita música de fondo del autor, no sólo del Año de la muerte de Ricardo Reis, sino también, si nos fijamos bien, de toda su obra, aunque el aliento épico y el sarcasmo justiciero del Memorial parezcan ocultarla. Se escucha, por ausencia, en el Ensayo sobre la ceguera, e impregna esa extraordinaria aventura de amor y melancolía que es Todos los nombres.

El año de la muerte de Ricardo Reis infunde vida y amor al fantasma de sí mismo, al hombre entre la vida y la muerte que es el poeta de las Odas. Pero más allá de este llamamiento a la vida, de esta espectacular «conversión» de Ricardo Reis al mundo, a sus trabajos y a sus éxtasis, lo más pungente en esta ficción es la ficción en el interior de la ficción del encuentro de Ricardo Reis con su hermano-creador, Fernando Pessoa, vivo en su muerte. Quien desee hacerse una idea acerca de la inmersión y de las profundas afinidades entre la visión de Pessoa y de Saramago, debe acompañarle a éste en ese excepcionalmente emotivo encuentro de ficción entre Ricardo Reis y Pessoa. No es solamente un encuentro de ficción. Es el encuentro mítico entre dos creadores en el horizonte de una misma cultura, que si uno ha marcado para siempre con el sello de una inquietud sin ejemplo, el otro ha transfigurado en epopeya inquieta.

E. L.—UNIVERSIDAD DE TOULOUSE

(*)  Este trabajo ha sido traducido por Pedro Abreu.

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas