| ¿Por qué cuando se acaba de cumplir el centenario del nacimiento de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) su obra sigue sin ocupar el lugar que le corresponde en la historia de la literatura española? Dos razones pueden aducirse: el cultivo de una literatura de humor, alejada de la conflictiva realidad social que le tocó vivir, y su ideología conservadora y elitista, que lo llevó, inicialmente, a apoyar el régimen vencedor en la guerra civil.
Para entender a Jardiel Poncela en toda su complejidad debería conocerse el conjunto de su obra, desde sus inicios en las revistas Buen Humor y Gutiérrez, en los años veinte y treinta, que no parece haberse tenido en cuenta en la mayoría de los estudios que se le han dedicado. No menos imprescindible resulta su inserción en la literatura de su época, así como la valoración de lo que sus obras significan en la evolución de los diversos géneros.
Jardiel cultivó el relato breve y el artículo, publicados en su mayoría en las citadas revistas; el aforismo, género omnipresente en toda su producción, buena parte reunido en sus Máximas mínimas (1937); cuatro novelas, claramente vanguardistas e innovadoras, tanto en lo formal como en lo temático, que son decisivas para entender lo que fue la narrativa de los años anteriores a la guerra civil (pensamos, sobre todo, en Amor se escribe sin hache, 1929, y La tournée de Dios, 1932), y una larga producción teatral —entre la que destacan Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1939), Un marido de ida y vuelta (1939) y, sobre todo, Eloísa está debajo de un almendro (1940)—, género en el que Jardiel obtuvo sus mayores éxitos.
En todas sus obras, tanto en las narrativas como en las teatrales, Jardiel rompe con las formas tradicionales de lo cómico y apuesta por una renovación del humorismo, basada en la estética de lo inverosímil, que entronca con las ideas de José Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna. Es el suyo un humor disparatado e imaginativo, que surge como producto de una íntima insatisfacción vital y de una actitud crítica, cínica (wildeana), ante la sociedad de su época, algo que no siempre han sabido apreciar los historiadores de nuestro teatro. Mediante la combinación de lo inverosímil, lo insólito, una hábil dosificación de la intriga y los juegos lingüísticos, logra Jardiel distorsionar la lógica de lo cotidiano para mostrarnos lo vulgar de la existencia. Todo ello fundamentado en una poética antirrealista que le proporciona a su obra una personalidad e interés indiscutibles, mucho mayor del que se le viene concediendo.
Sigue vigente también hoy en día su evidente voluntad transgresora y crítica con las costumbres de su tiempo, sobre todo del comportamiento de la clase media, a la que consideraba atrasada, opresiva y ridícula, y de los gustos literarios en boga, que utiliza como una plantilla sobre la que superpone, como contraste, sus singulares obras, con una clara intencionalidad paródica.
Toda esa voluntad renovadora no siempre pudo plasmarla en sus textos. Esto se observa con claridad en algunas comedias, que a veces no contaron con el aplauso del público (no ocurre así en sus novelas, mucho más transgresoras, experimentales y paródicas, aunque las tres primeras reiteren una misma fórmula). La frecuente ausencia de esa recepción ideal que soñaba para sus piezas teatrales le lleva a manifestar continuamente su insatisfacción, de ahí que Jardiel viviera escindido entre la reivindicación de ese teatro antirrealista e inverosímil y la elaboración de un tipo de comedias que, sin traicionar demasiado sus ideales, suscitara el aplauso del público y de la crítica. Así, uno de sus mayores empeños estribó en imponer su estilo y su visión del mundo, en conseguir unos espectadores que por aquel entonces no existían, educándolos en los mecanismos de su humor nuevo, con la conciencia de que «lo original repugna a los públicos».
Flaco favor le han hecho a Jardiel la mayoría de los montajes teatrales que hemos visto de sus obras en los últimos años (la excepción es Madre, el drama padre, dirigido por Sergi Belbel), al reproducir una estética periclitada hace décadas, por mucho éxito de público que haya tenido alguno de ellos. Algo similar ha sucedido con los actos organizados a lo largo de este año. No acabamos de entender por qué el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que en otras ocasiones similares ha recurrido a prestigiosos investigadores, esta vez ha puesto en manos de la derecha nostálgica las escasas celebraciones que se le han dedicado a Jardiel.
Esperamos que este número monográfico, en el que participan algunos de los más reconocidos especialistas en la obra de Jardiel Poncela, contribuya a que podamos comprender mejor la literatura de un autor insatisfecho que, mientras pudo, intentó ir un poco más allá en todos los géneros que cultivó.
F. V. y D. R.—UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA (COORDINADORES) 
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