| Los textos anónimos no son ninguna rareza, singularmente en las literaturas antiguas y medievales; de modo análogo, ocultar el nombre del autor y sustituirlo por uno falso ha sido un uso generalizado en todas las tradiciones, un uso que ha experimentado recrudecimientos notables en determinadas épocas. Las polémicas de humanistas y teólogos reformados en los siglos xvi y xvii y las modernas prácticas periodísticas de los últimos siglos han intensificado la utilización de los seudónimos. Las causas de este fenómeno son múltiples y pueden entrecruzarse: razones de seguridad personal, ejercicios de ingenio estimulantes para los lectores, simulación de una colectividad de escritores inexistente, desasosegante descubrimiento de la compleja personalidad de cada individuo... Los motivos que suscitan el empleo de un seudónimo no suelen ser baladíes y, por ello, importa mucho tenerlos en cuenta a la hora de acercarse a la lectura, a vía de ejemplo, de Novalis, Stendhal, Fígaro, George Eliot, Azorín o Ricardo Reis.
Leopoldo García Alas Ureña es el nombre civil de «Clarín», y este apelativo es un seudónimo suyo tan conocido que no sería preciso entrecomillarlo. Él mismo llegó a sentir la carga de su identificación con el seudónimo que había popularizado según reaccionaban sus contemporáneos. En la carta que aquí publico, y que es la respuesta a una consulta que le había hecho el autor del mayor repertorio de seudónimos españoles (1), Alas recuerda cómo «algunos creen que mi apellido es ese y me llaman señor Clarín». Este fue el seudónimo que casi sustituyó a su nombre, pero la doble denominación que evocaba su discípulo Ramón Pérez de Ayala —la del catedrático Leopoldo Alas y la del escritor «Clarín»— no es el único perfil de las individualidades onomásticas que construyen el conjunto de su obra escrita.
Una sarta de falsos nombres
El seudónimo «Clarín» —como suele ocurrir en muchísimos casos en la ocultación de los nombres de artistas— no fue el único que empleó el escritor asturiano. Su biografía literaria muestra una sarta de falsos nombres con los que él fue transformando su personalidad literaria, jugando a veces con sus lectores y haciendo un guiño irónico a sus amigos más cercanos. Esta cuestión de la firma, o de las firmas, del escritor reviste un gran alcance hasta el punto de que sirve para plantear uno de los más acuciantes problemas de la moderna creación literaria, a saber, la cuestión de los que se han llamado personajes «complementarios» o «heterónimos» de un escritor, cuestión que, al fin y al cabo, no es otra cosa que la manifestación literaria de un profundo problema de la modernidad.
Según afirmaba nuestro escritor en la carta a Nogués, él comenzó a escribir en un periódico ovetense con la firma de «Benjamín», firma que aparecía también en el Juan Ruiz. Sus modernos biógrafos nos explicarán algún día qué fue el periódico titulado La Estación, en el que empleó este seudónimo, y qué implicaciones literarias puede tener el seudónimo en cuanto a sus resonancias bíblicas o biográficas. Desde la cultura judaica, Leopoldo Alas pasó a la tradición literaria hispana al elegir el seudónimo «Juan Ruiz», que es también el título del periódico manuscrito que redactó entre marzo de 1868 y enero de 1869. La pulcra editora de esta texto, Sofía Martín-Gamero, supone muy verosímilmente que tras este nombre hay un homenaje al comediógrafo Juan Ruiz de Alarcón, ya que a él alude directamente el joven Alas en el número 1 del periódico (2): «Yo sé que algunos han de murmurar al ver mi nombre diciendo acaso: ¿Querrá este pobrecito ponerse al nivel del gran autor dramático puesto que tal nombre da a su periódico?» Y dato significativo para la biografía del escritor y para las prácticas migratorias de los textos periodísticos es el recuerdo de cómo versos de este periódico manuscrito aparecieron en El Cascabel de Carlos Frontaura —coincidencia que ya observó Sofía Martín-Gamero— y la afirmación que hace «Clarín» en la carta a Nogués de que por las mismas fechas (debe de ser entre 1868 y 1870) publicaba sin firma en el Gil Blas (3).
Nuevo esguince literario proporciona la afirmación en la que «Clarín» confiesa haber escrito para El Solfeo con la firma de «Arrecegorbugli» y que la redacción del periódico le había eliminado este seudónimo. El nombre del trapacero abogado de la famosa novela de Manzoni —Arrezzegorbugli— implica una sutil alusión autobiográfica, ya que Alas era abogado cuando escribía en El Solfeo. Y de los nombres de la literatura romántica europea salta nuestro autor a la tradición clásica al elegir nueva firma; en El Solfeo emplea otro falso nombre, «Zoilo» —familiarizado en «Zoilito»—, un seudónimo que remite a la figura del antipático gramático alejandrino Zoilo de Anfípolis, famoso desde la Antigüedad por el género de crítica malévola que aplicó a los poemas homéricos (¿un avatar previo del temido y odiado sentenciador literario que construyó «Clarín» con su crítica «higiénica y policiaca»?).
También en El Solfeo firmó con su nombre civil y con sus iniciales «L A», combinación de letras que se puede interpretar como la nota sexta de la serie tonal, puesto que las firmas de los colaboradores de esta publicación aluden a instrumentos y destrezas musicales (4). Al fin y al cabo, esta práctica de menudear seudónimos relacionados con el título de la publicación era frecuente en los periódicos de tono satírico o costumbrista del xix, desde las románticas Cartas Españolas de Carnerero hasta el becqueriano El Nene (1859-1860) de Manuel del Palacio.
La música
Ahora bien, fue el estímulo periodístico el que propició la adopción del seudónimo «Clarín», que terminó siendo el nombre literario identificado con Leopoldo Alas. «Clarín» es un seudónimo cuyas asociaciones musicales fueron subrayadas por el escritor, sin ir más lejos en el título de su primer libro, el titulado con certera ambigüedad Solos de Clarín, libro que para mayor resonancia significativa lleva una introducción titulada «Prefacio a manera de sinfonía». La posible relación de este seudónimo con el personaje calderoniano sólo fue aludida por el autor en una ocasión. «Muerto El Solfeo, se acabó Clarín», escribió en La Unión, el periódico que continuó la actividad publicística de El Solfeo (5). Como quiera que fuese, la fuerte impronta que ejerció la música en la persona y en la obra de Alas añade un fundamento complementario a la adhesión del escritor a este seudónimo, si bien la aceptación de sus lectores y la comodidad con la que debió de sentirse instalado en este nombre de batalla son razones suficientes para explicar su éxito.
«Flügel»
Pero no concluyó con el famoso seudónimo la búsqueda de otras máscaras onomásticas. La carta que aquí utilizo como fuente de información no tiene en cuenta otro seudónimo clariniano, el que Alas empleó para firmar un capítulo de la novela Las Vírgenes locas, folletín escrito por varios colaboradores del Madrid Cómico que publicó este periódico en 1886. Aquí, junto a capítulos firmados con su nombre, Leopoldo Alas, hay uno firmado por «Flügel» —«En que, por fin, se presentan las verdaderas Vírgenes locas, aunque tarde y con daño»—, que Martínez Cachero ha atribuido muy plausiblemente a nuestro autor (6). Este nombre, con ligera variante, ya había aparecido en un relato incompleto de 1877 (7) para designar al errante personaje Flugel (sic), «alemán de nación y por vocación» que comparte desvelos filosóficos y musicales con el narrador de este relato, extrañamente identificado con otro personaje llamado Clarín (8). Esta proximidad entre el seudónimo memorable y el ambiguo término germano —recuérdese su significado de «alas» y «piano de cola»— reaparece años más tarde en el divertido ensayo de novela colectiva que publicó la revista de Sinesio Delgado. Leopoldo Alas subraya así su identificación onomástica y personal con el seudónimo de origen foráneo del mismo modo que sus contemporáneos le identificaron con el seudónimo de origen musical: «En mi tierra, donde no soy profeta, pero tampoco un trapo de fregar, Clarín me llaman todos cuando no estoy delante, y algunos aunque no esté, y no falta quien lo crea apodo, y se excuse del atrevimiento.»
Al protagonista del cuento «Corriente» le ocurría que «él nunca ha usado ni piensa usar ningún seudónimo, [pero] sus amigos le han puesto varios motes». Mote y seudónimo son dos formas de nombrar que Alas distingue con precisión; denuesto degradador en el primer caso y forma verbal identificadora de la personalidad en el segundo. Los seudónimos de Leopoldo Alas podían ser efímeros o, incluso, podía él sentirlos como signo de opacidad —«desde la profunda oscuridad de mi seudónimo, que equivale al anónimo» (9)—, pero la analogía última entre falso nombre y persona del escritor termina por imponerse. Ya lo había sostenido orgullosamente su gran modelo, Mariano José de Larra, cuando escribía en una comunicación a los redactores del periódico El Mundo: «Yo soy Fígaro; todo el mundo sabe quién es Fígaro, y por si acaso alguien lo ignora, añadiré que Fígaro y Mariano José de Larra son uña y carne (...). Juntos vivimos, juntos escribimos y juntos nos reímos de ustedes, de los demás y de nosotros.»
El empleo y mutación de seudónimos, de tan evidente raíz periodística, traza un vínculo de identificación entre autor real y nombre inventado, un vínculo que es resonancia privada y pública, del mismo modo que lo es el acto de escribir. En Larra, este procedimiento nos resulta sobradamente conocido; en «Clarín», podemos adivinar algunos pliegues del proceso de su escritura gracias, también, a la trayectoria de seudónimos de los que él hizo uso. Destacan en todos ellos la marca literaria y la nota musical, como asociación motivada con los dos marcos artísticos en los que el escritor asturiano cobijó las zozobras de su espíritu. Leopoldo Alas, la firma que suscribe los trabajos jurídicos y algunos escritos periodísticos, alterna con los seudónimos connotados por marcas artísticas. Y de estos seudónimos, singularmente después de conseguir el «Clarín» de la fama, retorna a una última firma que resulta ser la traducción alemana de su apellido, «Flügel», Alas, y el nombre de otro instrumento musical. «Clarín» y Alas, o como escribimos ahora simplificando todo el proceso, Leopoldo Alas, Clarín.
L. R. T.—UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
* * *
Sr. D. José María Nogués
Salinas (Asturias), 3 septiembre, 1890.
Muy señor mío: Me pide V. una carta y allá va ésta, por si le sirve. También quiere V. nota exacta de todos los seudónimos que haya usado y un apunte bibliográfico de los libros o folletos anónimos que haya dado a la estampa.
A lo último contesto en un periquete, diciendo que, como no haya sido o llegue a ser en sueños, no he dado ni pienso dar a la estampa libro ni folleto alguno anónimo... ni de balde. El cuento de los seudónimos ya es más largo, y le daré la nota que tan cortésmente solicita, aunque sin responder de su exactitud con la cabeza ni parte principal de mi cuerpo. Mas antes de comenzar esa historia, permítame un escrúpulo. ¿Para qué pueden servir esta clase de noticias, no tratándose de autores eminentes? Pero, en fin, eso allá V. Y en último caso peor sería que me preguntaran por las novias que tuve.
A los doce años me hicieron firmar «Benjamín» en un periódico que se llamaba La Estación, natural de Oviedo, y hoy, naturalmente difunto.
A los trece comencé yo a escribir un Semanario satírico que se llamaba Juan Ruiz, y del cual conservo dos tomos empastados de 400 páginas cada uno. El tal Semanario no se imprimía, es claro; pero el seudónimo de «Juan Ruiz» lo usé en algunos versos que me publicó El Cascabel de Frontaura. ¡Qué placer para mí, que no era ni bachiller todavía, verme en las columnas de aquel periódico! Al Gil Blas, de Luis Rivera, también mandé por aquellos años, epigramas, camelos y otras cosillas que también me publicaban, pero sin firma. Por cierto, que hace pocos días, un Semanario festivo de Barcelona, de que yo había sido colaborador, publicaba una quisicosa mía, que sin duda tomó de la colección del antiguo Gil Blas. De modo que sin querer seguía yo colaborando en el tal Semanario.
Cuando ya abogado, pero muy joven comencé a enviar artículos en prosa y en verso a Sánchez Pérez, a quien no conocía. Era el año 1875, en Febrero, si no recuerdo mal, y el periódico de Sánchez Pérez se llama El Solfeo. ¡Qué satisfacción para mí, cuando a la primera remesa, me encuentro con medio Solfeo lleno de cosas mías! El artículo de fondo era mío; yo lo firmaba «Arreceborbugli» (del abogado de I Promessi Sposi); pero suprimieron la firma. Después otra cosilla la firmaba «Zoilito», y varias poesías, «Clarín». En la correspondencia particular Sánchez Pérez, sin saber quién era yo, me echaba piropos (una serie de bombos, que empezó entonces y que no acabará hasta que mi querido don Antonio deje de ser excesivamente benévolo). A los pocos días, por la común amistad de Armando Palacio, nos tratamos el director de El Solfeo y yo; fui desde entonces redactor del periódico, y seguí empleando los dos seudónimos: «Zoilito» y «Clarín». El primero lo usaba para los artículos de crítica, el segundo para los versos satíricos. Prevaleció el «Clarín», no sé por qué; del «Zoilito» sólo yo, y tal vez Sánchez Pérez, sé o sabemos en el mundo. ¡Pobre Zoilito! Un pedazo de mi juventud. En paz descanse. De «Clarín» se ha dicho mucho para bien y para mal; de «Zoilito» sólo recuerdo una alabanza que mereció a D. Nicolás Rivero, que me supo a gloria, que Dios le haya pagado y que no he de apuntar aquí.
El «Clarín» muchos me aconsejaron dejarle; hoy nadie insiste en pedirme tal abandono. Al principio pensé emplearle sólo para obras ligeras; hoy, como tengo por ligero todo lo mío, «Clarín» soy para todo. Algunos creen que mi apellido es ese y me llaman Sr. Clarín. En mi tierra, donde no soy profeta, pero tampoco un trapo de fregar, «Clarín» me llaman todos cuando no estoy delante, y algunos aunque esté, y no falta quien lo crea apodo, y se excuse del atrevimiento. Y nada más... Suyo, etc.
Clarín.
(Biblioteca Nacional: Nogués, Anónimos y seudónimos.— Ms. 21101, pp. 91-93).
(1) Se trata de un conjunto de siete legajos que contienen el material presentado al concurso bibliográfico de 1891 convocado por la Biblioteca Nacional; este imponente fondo fue elaborado por el erudito sevillano José María Nogués y se titula Seudónimos, anónimos, anagramas e iniciales de autores y traductores españoles e hispanoamericanos (Mss. 21101-21107). La copia de la carta de «Clarín» se encuentra en Ms. 21101 (para más información sobre esta obra, aún inédita, vid. el estudio de Juan Delgado García Un siglo de bibliografía en España. Los concursos bibliográficos de la Biblioteca Nacional (1857-1953), Madrid, Ollero y Ramos, 2001, 2 vols.).
(2) Leopoldo Alas, «Juan Ruiz» (Periódico humorístico), ed. de Sofía Martín-Gamero, Madrid, Espasa Calpe, «Colección Austral», 1985.
(3) «Juan Ruiz» debía de resonar en la memoria de Leopoldo Alas, ya que en el manuscrito inédito de una pieza teatral escrita en Carreño en 1873 titubea entre titularla con este nombre o con el de «Juan Martín» que prevaleció en los borradores más desarrollados y que se conservan en el fondo familiar Tolivar Alas. En Juan Ruiz, además, empleó los seudónimos de «Benjamín», «Mengano» y las iniciales de su nombre « L. A. U.».
(4) «En un periódico tan “musical” como El Solfeo era natural que al lado de seudónimos como Bemol, Calderón, Compasillo, Maestoso, Bocina, etc., naciera Clarín. El primer seudónimo: L A, reunión de sus iniciales, obedecía también a las necesidades de la armonía» (Jean-François Botrel, en introducción a Preludios de Clarín, Oviedo, 1972, p. xxxi, n. 94).
(5) Jean-François Botrel, en el lugar citado en n. 4.
(6) José María Martínez Cachero, Las palabras y los días de Leopoldo Alas, Oviedo, IDEA, 1984, pp. 255-258 (vid., también, Leonardo Romero, La novela popular española del siglo XIX, Barcelona, Ariel, 1976, pp. 202-204).
(7) «La vocación (Vida y obras de un registrador de la propiedad)», Solfeo, varios números de enero de 1877.
(8) «Lancé una postrera mirada a la botella vacía y seguí al pobre desterrado. Flugel llevaba el organillo y yo a Clarín, que no era poco llevar» (ed. de Cuentos Completos de Carolyn Richmond, Madrid, Alfaguara, 2000, t. II, p. 581).
(9) «Verdades como puños», artículo firmado por «Clarín» en El Solfeo (5 de marzo de 1877), en ed. de Jean-François Botrel, p. 111. 
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