INSULA Levante sus primores la agudeza: Baltasar Gracián (1601-2001). Número 655-656. Julio/Agosto 01
 
 

EMILIO BLANCO /
UN HÉROE SIN MÁSCARA (Y UN AUTOR CON ELLA)



Gestación y publicación

En 1637 publica Baltasar Gracián su primer libro, El Héroe. Aunque no han quedado ejemplares de esa edición, conocemos la dedicatoria que el jesuita le puso a su protector oscense, don Vincencio Juan de Lastanosa. Allí se presenta a sí mismo, modestamente, como «aprendiz de ingenio», y su obra como «primer pino del discurso, si no brinco de la discreción». Se llamaban «pinos» (y aún hoy se emplea la expresión «hacer pinitos» con el mismo fin) los primeros pasos que empiezan a dar los niños, cuando se quieren soltar, según atestigua el Diccionario de Autoridades. El Héroe es, pues, el primer paso en la literatura de Gracián, y de los balbuceos de un autor bisoño da buena cuenta el manuscrito de esta obra, dedicado a Felipe IV, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. El estudio de ese autógrafo revela claramente la voluntad de permanecer en la literatura del jesuita, que sometió su primer trabajo a un complejo proceso de revisión. Introdujo más de quinientos cambios antes de dar a la imprenta su texto: omisiones, agregados, cambios de orden, sustituciones..., en fin, los modelos básicos de variación que conocemos gracias a la crítica textual. Lo que ya no es tan común es que las modificaciones afecten también al cuerpo del texto, puesto que hay párrafos que cambian de lugar, incluso de capítulo, o capítulos que se refunden en uno solo, y al menos ocho epígrafes que también se alteran (1).

Gracián presenta entonces su obra a Lastanosa como un primer intento, y con semejantes palabras la había dedicado antes al rey Felipe IV en el manuscrito citado: «Este juguete de grandeça, este melindre de discreçión llega a los Reales pies de Vuestra Magestad...» Sin embargo, más allá del tópico prohemial de la captatio benevolentiae, cumple observar que no era el autor niño cuando se decide a estampar su libro, y eso se nota en que el volumen destila una madurez pasmosa, que anuncia de alguna manera buena parte de las obras posteriores del jesuita (2). De hecho, en algún momento de la redacción, Gracián da un cambio radical a su obra, y lo que estaba llamado a ser un tratado de educación de príncipes («Afecta el patrocinio de quien recibió el ser, y quiere deberse todo a V. M. como a Idea y como a centro», rezaba la dedicatoria al rey) adquiere un tono mucho más general, como se desprende de la advertencia al lector que antecede a la edición de 1639:

«¡Qué singular te deseo! Emprendo formar con un libro enano un varón gigante, y, con breves períodos, inmortales hechos. Sacar un varón máximo, esto es, milagro en perfección y, ya que no por naturaleza rey, por sus prendas es ventaja» (3).

Vale decir, pues, que lo que antes se ofreció al rey sirve ahora para cualquier otro varón: «Aquí tendrás una, no política, ni aun económica, sino una razón de estado de ti mismo, una brújula de marear a la excelencia, una arte de ser ínclito con pocas reglas de discreción.» Es evidente que Gracián arranca en la literatura con un programa de heroicidad universal, demasiado general y elevado, que se verá obligado a ir precisando y diversificando a medida que el tiempo avance. Así lo prueban los distintos calificativos que el jesuita aplica a su héroe (entendido, culto, advertido, atento, excelente, grande, discreto, raro, máximo, prudente...) y que irán conformando la variedad del paradigma graciano en los opúsculos posteriores: El Político (1640), El Discreto (1646), el prudente en el Oráculo manual (1647) hasta El Criticón.

La primera salida de Gracián presenta así a un héroe sin máscara, que se irá modelando en propuestas posteriores, y a un autor con ella, que persistirá (casi) siempre en la literatura oculto (a medias) tras la careta de una identidad prestada. Porque este primer libro de Gracián se publica, al menos desde la segunda edición, a nombre de Lorenzo Gracián, infanzón. Hoy sabemos que este nombre corresponde realmente a uno de los hermanos del jesuita, auténtica tapadera de sus primeros libros para burlar la censura de la Compañía de Jesús, hasta el cambio de seudónimo de El Criticón, que perseguirá el mismo fin.

Título y contenido

El título del libro es ya indicativo del tipo humano que diseña el jesuita: un varón de excepción, que tenga cualidades regias sin serlo por sangre. Jorge Ayala ha dibujado bien los modelos que pesan en este primer intento literario de Gracián: por su formación humanista, Gracián veía con buenos ojos estas figuras excepcionales (piénsese en El Cortesano de Castiglione, por ejemplo, o en Il Galateo de Della Casa); de su paso por la enseñanza jesuítica, buscaba un modelo ideal de perfección; su erudición, en fin, le surtía de modelos históricos varios con que ilustrar la teoría. Sin embargo, el título no debe llevar a confundir el auténtico mensaje que contiene. No hay que pensar en el concepto moderno de héroe. Más bien habría que remontarse a la mitología de la antigüedad, con ese carácter híbrido —mezcla de dios y de hombre— que atribuyó como condición al héroe, sin descartar en absoluto el uso ciceroniano (heros, ‘varón sobresaliente') que recuerda el padre Batllori (4). De hecho, el campo semántico de la elevación puebla los textos iniciales de El Héroe, con palabras y frases como «superioridad», «eminencia», «subir con propiedad», «elevación del gusto», «realzar un sujeto»...

Y si el título del libro es peculiar, sucede lo mismo con las divisiones de que se sirve su autor. El contenido ya no se fragmenta en capítulos, títulos, partes... como en los tratados medievales y renacentistas. Con arreglo a las costumbres del Barroco, El Héroe aparece dividido en veinte primores. Primor equivale a ‘excelencia', la cualidad de primero en todo, resumen de las perfecciones, de las prendas que adornan al héroe. La denominación no es gratuita, porque, al menos en diez de ellos, se alude al capítulo como primor no sólo desde el título, sino también en el propio texto: «Alerta al primor...» (I), «Avisa este primor...» (II), «No amaestra este primor...» (II), «Parte es de este político primor...» (X), «Sea augusto ejemplar de este primor...» (XI), «Empéñase este primor...» (XIV), y así hasta el XX y último. Veinte primores. No se debe olvidar el número, especialmente el número V, que es principio constructivo habitual en Gracián: veinte (5 x 4) son los primores de El Héroe; veinticinco (5 x 5) los realces de El Discreto; cincuenta (5 x 10) los discursos del Arte de Ingenio de 1642, y cincuenta las meditaciones de El Comulgatorio; trescientos (3 x 100), en fin, los aforismos del Oráculo manual... Gracián se acoge, pues, a los viejos principios medievales de la composición numérica (5).

En el jesuita, con todo, nada es sencillo, porque a esa estructura externa, numérica, perfectamente coherente, le superpone otra interna, la que se desprende del contenido del libro. Y es que Gracián sigue de cerca los principios de la biografía política, tal y como habían quedado establecidos en la edición que Justo Lipsio preparó en 1600 del Panegírico de Trajano, de Plinio el Joven. Es probable, con todo, que se sirviese de la traducción castellana de Francisco de Barreda, publicada en 1622, que llevó el título de El mejor príncipe Trajano Augusto. Su filosofía política, moral y económica, deducida y traducida del Panegírico de Plinio, ilustrada con márgenes y discursos. Gracián no citó nunca a Barreda (lo que no invalida la tesis, porque tampoco mencionó a Cervantes, y casi nada a Quevedo), pero hubo de conocer la traducción, sobre todo si tenemos en cuenta la admiración que sentía por Plinio, según atestiguan las continuas referencias de la Agudeza y Arte de Ingenio. Como quiera que fuere, la crítica coincide en la deuda de Gracián con el texto plineano. Cada uno de los diez discursos o comentarios de Barreda se desarrolla en dos valores políticos: veinte en total, pues, como veinte son los primores de El Héroe. Lo que sucede es que en el jesuita se altera el orden primitivo del traductor, es decir, que los primores I y II corresponden con el discurso décimo de Barreda; los primores III y IV con el noveno; y así sucesivamente hasta llegar al final de El Héroe y al comienzo del texto de Barreda.

Una lectura superficial puede llevar a pensar que la estructura de cada uno de los primores que constituyen El Héroe es similar. No es así, y en el pequeño libro graciano se observan ciertas diferencias que quizá atestigüen el complejo proceso de redacción al que he aludido más arriba. Por lo general, el esquema más frecuente es el que comienza por la presentación de la doctrina, seguida del ejemplo o ejemplos, más una breve conclusión de tipo teórico que cierra el primor (I, VII, X, XV, XVII, XIX). Lo que sucede es que esa estructura básica se duplica en ocasiones, lo que da lugar a que cada primor se divida en dos partes, como ocurre en los que hacen los números II, III, XII, XVI (¿fruto, tal vez, de la reagrupación de materiales?). En otros casos, una vez cerrada la conclusión, se agrega un conjunto de ejemplos (IV, XIII), y en otro se abre el primor con ejemplos históricos para mantener después el orden habitual (VIII). En ocasiones, es el ejemplo el que cierra el primor, quedando éste sin conclusión (IX). En ese sentido, llaman la atención los primores XVIII y XX. El XVIII, porque se cierra con un elogio de Felipe IV. El XX, por su extraordinaria longitud si se lo compara con el resto de los capitulillos de El Héroe.

Teoría del héroe y ejemplos históricos

No resulta fácil exponer en tan breve espacio las claves comprensivas del héroe de Gracián. Puede decirse que, junto a ese sentido señalado de elevación que lo coloca por encima de los demás mortales, el héroe de Gracián se caracteriza por la conjunción de prendas. Al comienzo de la lectura, se tiene la sensación de que las prendas que se exponen en los primores iniciales están relacionadas con cualidades innatas, para ir dando paso más tarde a las adquiridas. Así lo probaría el siguiente texto del final del tercer primor: «Hasta aquí, favores de la naturaleza; desde aquí, realces del arte» (p. 14). La sensación no pasa de serlo, porque en realidad el mismo Gracián explica más adelante la necesidad de aunar las dos condiciones para lograr la condición de héroe:

«De las prendas, unas da el Cielo, otras libra a la industria; una ni dos no bastan a realzar un sujeto. Cuanto destituyó el cielo de las naturales, supla la diligencia en las adquisitas. Aquellas son hijas del favor; éstas, de la loable industria, y no suelen ser las menos nobles» (VI, p.18).

De ahí que las prendas dedicadas a ponderar cualidades innatas y adquiridas se entreveren en el cuerpo de El Héroe. De ser posible la distinción, las prendas más importantes tendrían que ver con la eminencia —como ya se ha apuntado—, ser el primero (VI-VII), la fortuna (X-XI), y con tres cualidades plausibles —despejo, imperio natural y simpatía (XIII-XV)—, así como las relacionadas con el alcance de la virtud (XX).

Sea como fuere, será la conjunción de todas las prendas la que garantice la condición de héroe, que resulta ser algo fuera de lo común. De ahí la abundante presencia de voces relacionadas con el campo semántico de lo extraordinario y sobrenatural: milagro, prodigio, maravilla... (6).

Ante tanto milagro, prodigio y maravilla (pero sobre todo ante el milagro), hay que preguntarse por el valor que da Gracián a los aspectos religiosos en la formación de su héroe, porque las referencias directas son mínimas en el texto. Quizá de la exposición de Gracián se desprenda un héroe laico, pero lo cierto es que no deja duda del valor que otorga a la religión: en el primor III se llama a San Agustín y a San Lorenzo «los héroes verdaderos» frente a los demás ejemplos históricos; en el XII, y al hablar de las tres gracias, hay un pasaje oscuro que parece dar a entender que es preferible la de Dios a cualquiera otra (7), y, finalmente, en el XX, el más largo, dedicado todo él a la virtud, la conclusión no puede ser más clara: «ser héroe del mundo, poco o nada es; serlo del Cielo es mucho, a cuyo gran Monarca sea la alabanza, sea la honra, sea la gloria» (p. 155). Si la coda es sincera, no queda el más mínimo lugar para la duda. Y no parece que Gracián dude (sobre todo si se tiene en cuenta la extensión del último primor), pero no es menos seguro que a una mente tan fina no se le escapaban las diferencias entre el mundo celestial y el humano, regidos por lógicas diferentes. La lógica de El Héroe (como más tarde la diputada para el político, el discreto o el prudente) se ofrece para este mundo en crisis: los héroes del Cielo habrán de tener otras prendas y guiarse por otros primores.

E. B.—UNIVERSIDADE DA CORUÑA

(1)  Pueden verse todos estos cambios en Miguel Romera-Navarro, Estudio del autógrafo de «El Héroe» graciano (Ortografía, correcciones, estilo),, Madrid, CSIC («Anejo XXXV de la Revista de Filología Española»), 1946. Sólo citaré un caso, el pasaje núm. 398 del estudio de Romera, correspondiente al primor XIV, en el que Gracián llegó a corregir hasta cinco veces (p. 155).

(2)  Han notado, entre otros, el carácter programático de El Héroe Jorge Ayala, Gracián: vida, estilo, reflexión, Madrid, Cincel, 1988, p. 65, o Luis Jiménez Moreno, «Apunte sobre El Héroe de Gracián, y moral de señores nietzscheana», en Simposio Filosófico-literario sobre Agudeza y Conceptos de Baltasar Gracián (16 y 17 de abril de 1999), Zaragoza, UNED, 2000, pp. 99, 101.

(3)  Al carecer de la primera, cito por la segunda edición de la obra (Madrid, Diego Díaz, 1639), pero a través de Baltasar Gracián, Obras Completas, ed. de E. Blanco, Madrid, Turner-Biblioteca Castro, 1993, vol. II, p. 7.

(4)  Miguel Batllori y Ceferino Peralta, Baltasar Gracián en su vida y en sus obras, Zaragoza, Institución Fernando el Católico/CSIC, 1969, p. 55.

(5)  Cfr. E. R. Curtius, Literatura europea y Edad Media Latina, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1984, pp. 700-712.

(6)  «Fondo de juicio y elevación de ingenio, que forman un prodigio si se juntan» (III); «Estos son milagros del corazón de un héroe» (IV); «Es la simpatía uno de los prodigios sellados de la naturaleza» (XV), etc.

(7)  «Y de verdad que la de Dios, del rey y de las gentes son tres gracias más bellas que las que fingieron los antiguos. Danse la mano una a otra, enlazándose apretadamente todas tres, y si ha de faltar alguna, sea por orden» (XII, p. 29). Pero ¿en qué sentido?

 
 
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