INSULA Misceláneo. Número 654. Junio 01
 
 

MANUEL LOMBARDERO /
CAMPOAMOR Y VALERA



Cuando, va ya para cuatro años, inicié los trabajos que dieron como resultado el libro Campoamor y su mundo (Barcelona, Planeta, 2000), muchas de las personas con quienes comenté el empeño que me había propuesto trataron, con la mejor intención del mundo, de disuadirme por entender que el personaje elegido tenía poco interés. Y sugerían otras figuras del xix: Zorrilla, Bécquer o Valera. Sobre todo Valera.

Indagando sobre la vida y la obra de don Ramón me encontré tantas veces con don Juan que he decidido —Dios sabe si podré llevarlo a término— que mi próximo trabajo verse sobre el ilustre egabrense. (Por fortuna se puede llamar así a los que nacieron en Cabra.)

Don Juan Valera dedicó a Campoamor más atención que a ningún otro escritor de su tiempo, incluso más que a su gran amigo don Marcelino Menéndez Pelayo —cuya obra alabó siempre por encima de su auténtica valía.

Y, lo que me parece más revelador aún: Campoamor inspiró a Valera argumentos para extenderse en artículos que, por llevar casi siempre un aire polémico, suscitaban la curiosidad del lector de periódicos. Artículos, por decirlo de otra manera, que se leían y comentaban, cosa que no siempre alcanzaban los que don Juan publicaba sobre otros asuntos literarios o filosóficos.

Cierto que en bastantes ocasiones Valera escribía acerca de Campoamor —de las cosas de Campoamor, estaría mejor dicho— para rebatirlo o criticarlo, pero en eso no entro ahora. El hecho que quiero destacar es que en don Ramón encontró Valera una generosísima fuente de inspiración.

1856

Situémonos en 1856. Valera tiene o va a cumplir treinta y dos años y es funcionario del Ministerio de Estado. Anteriormente había pasado por las embajadas de Nápoles, Lisboa, Río de Janeiro y Dresde; en las dos primeras como agregado, en Río secretario y en Dresde embajador. En tanto que literato sólo tenía en su haber un libro de versos (1844) del que —según se ha escrito— sólo pudo vender tres ejemplares. Como crítico se había estrenado dos años antes con un extenso comentario sobre Espronceda y el romanticismo. Después había escrito sobre Leopardi, la poesía brasileña y las Escenas andaluzas de su amigo Estébanez Calderón. Ese era su parco bagaje de escritor, por lo que su firma andaba lejos de ser apreciada; en realidad, apenas era conocida. Estaba soltero y, según su propia estimación, tenía la vida —el problema de qué ser y de qué vivir— sin resolver.

Campoamor cumplía en 1856 treinta y nueve años. Su nombre era muy popular gracias a las Doloras, dadas a conocer diez años antes y permanentemente actualizadas porque don Ramón publicaba en la prensa las que, pausada pero ininterrumpidamente, iba escribiendo. En las librerías tenía ya cuatro libros de poesía y tres de ensayos político-filosóficos. Disfrutaba de un enchufe en el Ministerio de Hacienda, y además dirigía el periódico El Estado. Estaba casado desde nueve años antes y vivía feliz, como pez en el agua o como escritor del xix en ateneos, redacciones y tertulias. El problema de qué ser y de qué vivir lo tenía absolutamente resuelto.

«Obras poéticas de Campoamor»

En la Revista Peninsular publicó Valera lo que era su quinto ensayo crítico titulado «Obras poéticas de Campoamor», dando con él inicio a la extensa relación que ya he comentado. Y comienza el ensayo destacando, precisamente, el aire de felicidad que transmite la figura del poeta. Luego le exculpa, o pretende exculparle —cosa que Campoamor agradecería calurosamente porque era un tema que a él le convenía que estuviera en permanente discusión pública— de la acusación de escéptico e impío aunque, sabe Dios por qué clase de temores, Valera admite que en las poesías de Campoamor halla «cosas que en cierto modo se oponen a la moral». Y a continuación destaca que «estas poesías pintan con colores demasiado vivos la mundana hermosura». ¡Sorprendente afirmación en un hombre que sólo disfrutaba de la compañía de sus semejantes —por considerar que entonces estaba entre iguales— cuando era invitado a fiestas y saraos en los palacios de la aristocracia madrileña!

Trece páginas, en la edición que manejo, ocupa en ese ensayo el análisis de los tres primeros libros de versos de Campoamor: Ternezas y flores, Ayes del alma y Fábulas orijinales. En poco más de dos despacha su opinión sobre las Doloras y aún en ese poco espacio coloca, casi al final, esta frase: «Falta saber si este género —admitiendo la pretensión de Campoamor de que las doloras constituían un nuevo género de poesía— es bueno o malo. Pero algo ha de dejar el crítico por decidir para que el público lo decida.»

Bravo-Villasante, en su casi hagiografía de don Juan, dice que «La guasa fina, la malicia dorada, el buen humor resplandecen en el artículo que Valera dedica a las Obras poéticas de Campoamor». Creo que se equivoca; no hay guasa —en absoluto— ni ironía; sí buen humor. Lo que resulta patente es la inseguridad y vacilación, propias de quien estaba iniciando su andadura como crítico literario. Que la poesía de Campoamor no gustara a Valera —aunque no se atreva a decirlo y hasta casi afirme lo contrario— podría explicarse perfectamente leyendo el primer trabajo crítico de don Juan —fechado dos años antes—, titulado «Del romanticismo en España y de Espronceda» en el que dice: «Verdad es que aún hay una poesía que se apellida didáctica; pero o no es didáctica, o no es poesía», y para afirmarse en ese aserto acude nada menos que a la autoridad de Plutarco, Aristóteles y Empédocles.

Un año después de la aparición de ese artículo y de regreso de su estancia en Rusia acompañando al duque de Osuna, Valera escribe a Campoamor desde Francfort. Se queja de que Cueto haya publicado sus cartas mutiladas «con tan poco arte que aparecieron en los periódicos tontísimas, no siéndolo acaso ellas en realidad». Más adelante dice: «Cuando vaya a España, que será muy pronto, me pondré decididamente a escribir para su periódico de usted...» Luego habla de Goethe y del ingenio alemán, para terminar diciendo: «Las cosas singulares que he notado en este viaje, desde Dusseldorf aquí, no son para escribirlas en cartas, sino para apuntarlas detenidamente en un libro que, a tener yo arte para escribir como tengo alma para concebirle, sería un libro sublime algunas veces, y divertido las más.» (Valera era muy capaz de concebir en la imaginación libros sublimes, mas la pereza, el gusto por la vida social y cierta dificultad para la creación literaria le impedían llevarlos a buen término.)

El discurso de la Academia

El doce de marzo de 1861 Campoamor pronunció su discurso de ingreso en la Academia —tres días después leería el suyo el propio Valera— y don Juan, que ya se había ganado un buen prestigio como crítico, publicó en El Contemporáneo la acostumbrada reseña. La tesis sustentada por el poeta era la de que «la metafísica limpia, fija y da esplendor al lenguaje». Valera discrepó de la teoría expuesta por don Ramón y señaló que «los grandes metafísicos han escrito bastante mal» y que «casi nunca han influido en el habla de una manera muy provechosa». Y por lo que se refería a Kant, a quien Campoamor elogiaba por haber «desentecado» el idioma alemán hasta hacerle casi rival del griego, Valera afirmaba que Kant no pudo ser para nadie un modelo de lenguaje ni de estilo porque no escribía bien. (Como quiera que Campoamor no sabía alemán y Valera sí será obligado que aceptemos su punto de vista.) Ya al final de su comentario escribía Valera: «Fuera de estas contradicciones y de estos errores que en su amor a las sutilezas y paradojas sostiene el señor Campoamor, ¿quién ha de negar que su discurso es bellísimo y que es un dechado de ingenio, de gracia y de primores de estilo, ya que no lo sea de filosofía?»

1865. Han pasado tres años desde el discurso en la Academia. Campoamor había sentido cierta frustración ante el escaso eco que sus teorías filosóficas habían tenido en la prensa crítica —son sus palabras, con lo que parece indicar que no apreciaba en mucho lo escrito por Valera— y decidió «contestar a la incredulidad sensual de nuestros analíticos del día, haciendo una ampliación del discurso de mi entrada en la Academia, regalándoles el credo metafísico más unificado, más lacónico y más sarcástico». Para ello escribió un libro de trescientas cincuenta páginas titulado Lo absoluto.

Las tres cartas

Valera, colocado ya en la cima del escalafón de la crítica, se lanzó sobre él inmediatamente. El 29 de marzo publicaba El Contemporáneo la primera de las tres extensas cartas con las que refutaba las teorías de Campoamor: «Días ha, mi querido amigo, que tengo el propósito de criticar la nueva filosofía que usted ha inventado y divulgado...»

«Las cosas —decía Campoamor en Lo absoluto— tienen más o menos grandor físico, según se aproximan más o menos a lo absoluto de la extensión inteligible; y poseen mayor o menor grandeza moral según se acercan más o menos al tipo de la perfección absoluta (...). La esencia de las cosas son las ideas, y la esencia de las ideas es la idea de cantidad (...). Dios no podría crear sin la base de la cantidad, luego la cantidad es la base de la creación de las cosas.»

«Cantidad —refutaba Valera— es todo lo que es capaz de aumento o disminución. Hay, pues, en nosotros un modo de mirar las cosas que nos las presenta como una cantidad, eso es, como compuesta por partes, las cuales pueden separase de ellas, o multiplicarse haciéndolas mayores. Lo absoluto, con todo, no está compuesto de partes. Si segregásemos algo de lo absoluto ya no sería absoluto. Luego lo absoluto no es cantidad; luego la cantidad no es la esencia de lo absoluto.»

Las dos últimas cartas se publicaron el 16 y el 29 de abril. Campoamor no se dio por aludido, me atrevo a creer que con gran decepción por parte de Valera.

Plagio

Nos vamos a 1876. A finales del año anterior Campoamor había estrenado el drama en tres actos titulado Así se escribe la historia, que fue recibido elogiosamente por algunos críticos, especialmente los del diario La Época. Pero Manuel de la Revilla —entonces un joven de veintinueve años que parecía llamado a la gloria literaria— la trituró con una crítica demoledora. Y en esas diferencias de opinión estaban cuando en El Globo apareció un articulo firmado por un tal Vázquez Muñoz acusando al poeta de plagiar frases enteras de Víctor Hugo. (Luego surgieron Nakens y Valdivia insistiendo en las mismas acusaciones y añadiendo al de Víctor Hugo los nombres de Heine, Sue y Gautier.)

¡La que se armó! Campoamor quiso mantenerse alejado de la polémica mientras en su defensa intervenían Fernández Bremón y Pedro Bofill, pero llegó un momento en que consideró que no podía seguir ausente y se lanzó a la arena: «Yo sostengo la convicción más profunda, y para que sirva de norma a los jóvenes que me sucedan, que en poesía no hay plagio posible, que las ideas son propiedad del que mejor las exprese.»

Valera debió pensar que se le brindaba una buena ocasión de meter su cuchara y desde las páginas de la Revista Contemporánea intervino sentenciando: «Si fuera menester para escribir decir siempre cosas inauditas, del todo originales, que nadie hubiera dicho antes, no habría persona alguna dotada de una razonable modestia que se atreviese a tomar la pluma (...). De notar es también que no son los pensamientos peregrinos los que hacen a menudo grande a un poeta, sino el brío en el sentir, que sólo se manifiesta en la forma, en la dicción, en el modo de expresarse (...). Réstame sólo añadir que en este escrito —finalizaba Valera—, motivado por las acusaciones dirigidas contra el señor Campoamor, tampoco digo yo nada que sea original, nada que no esté dicho y repetido de mil modos diversos. No se escribe siempre para decir cosas nuevas, sino para recordar las ya sabidas a los que las tienen olvidadas, o para enseñárselas a los que, por no acudir a las buenas fuentes, las ignoran por completo.»

1883

1883. En abril Valera escribe desde Lisboa a Menéndez Pelayo, quien le había informado de que Campoamor había publicado su Poética: «Esa Poética de Campoamor excita mi curiosidad; será la proclamación y legalización de la barbarie. Diga usted a Campoamor que me envíe un ejemplar, que yo se lo agradeceré mucho.» Y el diecisiete del mismo mes, sin haber recibido el libro, vuelve a la carga y añade un matiz que desvirtúa, en parte, lo de la proclamación de la barbarie: «Si Campoamor ha escrito y publicado un arte poético, ¿no estaría bien que yo entrase en materia hablando de esta arte e impugnándola amorosamente?»

Sin leerlo ya quería impugnarlo. Pero nunca lo hizo. Debió de parecerle que no había tanto barbarismo.

En el verano de aquel mismo año ochenta y tres don Ramón puso a la venta El ideísmo. Valera escribió entusiasmado a don Marcelino —que se encontraba en Santander de vacaciones mientras que Valera, por el mismo motivo, estaba en Madrid—: «Campoamor acaba de publicar un desatinadísimo libro, que se titula El ideísmo. Yo no sé por qué aquellos disparates me han provocado a escribir otros, y he empezado ya, a vuela pluma, ensartando cuanto se me ocurre en una serie de escritos que se llamarán Metafísica a la ligera. Cartas a Campoamor acerca de su “Ideísmo”. Tal vez publique yo esta semifacecia en El Día y luego en un tomito.»

«¿Y qué mayoral de la casa de remonta —se preguntaba don Ramón en El ideísmo— habrá revelado a Darwin la ley de selección y a sus discípulos el desarrollo de la teoría de la evolución...» «No dilucido yo aquí —contestaba don Juan— si hay bastantes pruebas de observación para sostener como tesis o bastantes indicios para adelantar como hipótesis el transformismo de Darwin... Hallo pueril antropomorfismo en representarse a Dios inventando sutil y diestramente pies, porque quiere que la gente ande; oídos porque quiere que oiga, y ojos porque quiere que vea.»

La historia de las pretendidas Cartas a Campoamor acerca de su «Ideísmo» es parecida al cuento de la lechera. Don Juan esperaba vender tres o cuatro mil ejemplares al amparo del nombre del poeta y hasta que aquel tomito impulsara la venta de algunas de sus otras obras. Pero, igual que a la fantasiosa aldeanita, se le rompió el jarro antas de llegar al mercado.

Nuevas polémicas

Seis años después, el quince de enero de 1889, Campoamor publicó un artículo en La Ilustración Española y Americana quejándose de que en el prospecto anunciador de un nuevo periódico llamado El Ateneo se dijera que estaban dispuestos a insertar «toda producción referente a cualquier ramo de la ciencia sin desdeñar la poesía». Era algo así como una carta al director —cuando Campoamor lo escribió El Ateneo aún no había aparecido— de la que, naturalmente, no se espera respuesta.

Pero Valera no estaba dispuesto a dejar pasar aquella nueva oportunidad de entablar otra polémica que tal vez le ayudara a vender tres o cuatro mil ejemplares de un nuevo tomito. Así que, después de meditarlo mucho, pues tardó dos meses en reaccionar, publicó —ya en El Ateneo— un largo escrito defendiendo al autor del prospecto y de la frase motivo del enojo de don Ramón. Para ello utilizó argumentos tan peregrinos como el de que lo que había querido decir el prospectista era que rechazaría la mala poesía y sólo admitiría la buena.

Campoamor entró esta vez al trapo, y entre los dos tejieron una sarta de sofismas, muestras de erudición y a veces de ingenio —incluso algunas tonterías— que debieron hacer la delicia de los lectores: «Yo gusto tanto como Campoamor —decía Valera— de la poesía y de la metafísica; pero la poesía es el arte inútil, y la metafísica la ciencia inútil.» «¡La poesía un arte inútil —replicaba el poeta—, cuando es el himno obligado de todas las glorias humanas y divinas! Si los metafísicos —continuaba don Ramón— dirigen todo el orden intelectual del mundo desde las buhardillas en que viven; los poetas, desde los hospitales en que mueren, dan cuerpo a las ideas, convirtiéndolas en imágenes.»

Valera terminó editando el deseado libro que dedicó a Menéndez Pelayo —al tiempo que le nombraba juez de la contienda— y al que añadió más de sesenta páginas entre prólogo y notas. La venta, sin embargo, fue muy inferior al éxito obtenido por los artículos en la prensa.

En 1901 volvió Valera a ocuparse de Campoamor. El poeta había muerto en febrero después de pasar dos años sumido en la penuria de una salud muy quebrantada y la tristeza de una soledad que los sobrinos no pudieron aliviar.

El Florilegio

Valera, que tenía setenta y siete años, estaba ciego. Ciego pero vivo. Queremos decir que continuaba escribiendo y aún mantenía muchas de las relaciones sociales a las que tan aficionado era. En esa situación decide —o le encargan, como parece más probable— preparar lo que luego sería el Florilegio de la poesía castellana del siglo XIX, que se pondría a la venta al año siguiente. Será la última vez que el crítico analice la obra del poeta, e incluso del filósofo, ahora ya sin ánimo de suscitar polémica.

El Florilegio se componía de cinco tomos, en el primero de los cuales más de doscientas cincuenta páginas están dedicadas a realizar un estudio cronológico de poetas y tendencias comenzando por Meléndez Valdés y terminando por Manuel del Palacio. De Campoamor se ocupa después de un largo exordio en el que, entre otras cosas, afirma que ensalzando mucho a los que valen poco y ensalzando poco a los que valen mucho, propende él a nivelar, a pasar sobre todos el rasero y a suprimir eminencias. Luego añade: «No me remuerde la conciencia de haber escatimado las merecidas alabanzas a los populares y dichosos, ni de haber procurado aupar a los que valen mucho menos, para que con ellos se hombreen.»

Y después: «Satisfecho quedaría D. Ramón de Campoamor de un escrito mío en elogio de sus obras poéticas, cuando le tomó espontáneamente y le puso como prólogo en la edición que Boudry le hizo en París de sus obras.» «Después de Quintana —añade—, de Espronceda y Zorrilla, y por cima de Bécquer, es Campoamor famoso en el mundo», lo que demuestra que el que no estaba en el mundo era el propio Valera porque a principios del siglo xx de Quintana se acordaban muy pocos, Bécquer era una estrella ascendente y Campoamor, en cuanto a popularidad, el astro rey.

No se olvidaba Valera en el Florilegio del Campoamor filósofo, y lejos de reiterar las perrerías que escribía a Menéndez Pelayo a propósito de El ideísmo se pregunta si las teorías de Krause, Schopenhauer o Nietzsche tendrían más valor que las de don Ramón.

*  *  *

Podemos preguntarnos el motivo por el cual Valera dedicó tanta atención a la obra de un escritor con el que tenía tan pocas cosas en común y con el que siempre mantuvo un trato cordial, pero no especialmente amistoso. Siendo aventurado —lo soy por naturaleza— me atrevo a suponer dos causas que se enlazan entre sí. De una parte, a Valera —que en su yo más íntimo se consideraba buen poeta— le molestaba el enorme éxito de don Ramón cuando sus versos eran peores —así lo creyó siempre él— que los que él mismo componía. Y de otra, Valera escribía bien y le gustaba escribir, pero, aunque sus obras completas se componen de más de cuarenta volúmenes, no sabía de qué escribir —de ahí que la correspondencia sea su obra maestra—. Como decía al principio, en Campoamor y sus cosas halló siempre don Juan una fuente de inspiración.

M. L.—LIBRERO Y ESCRITOR
manuel.lombardero@eresmas.net

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas