| Quevedo, hombre de Dios y hombre del diablo para unos (Bouvier); hombre de muchas almas para otros; de personalidad múltiple; defensor de la ortodoxia y a la vez irreverente y rebelde; misógino y poeta de amor (autor del que Dámaso Alonso consideraba el mejor soneto amoroso de nuestra literatura, el inolvidable «Cerrar podrá mis ojos la postrera»); para su más reciente biógrafo (Jauralde), víctima del desconcierto ideológico y del pánico de la historia... ¿Hay una aguja de marear que permita la navegación por la obra múltiple de este Quevedo de múltiples facetas?
A mi juicio hay una frase de Borges (otro gran forjador de frases, tantas veces citado por los colaboradores de este número quevediano) que revela (probablemente, sin habérselo planteado de manera precisa) la verdadera condición de Quevedo en lo que a nosotros nos interesa: Quevedo, más que un hombre, es una compleja y dilatada literatura.
Si se aborda la obra de Quevedo desde esta perspectiva desaparecerán las supuestas incoherencias y contradicciones de su obra, porque en ningún manual de escritores está ordenado que un poeta haya de limitarse a una sola variedad de poesía o se obligue a cultivar un solo código expresivo. Quevedo asume todas las tradiciones, todos los modelos, y sobre ellos ejercita una reescritura desde su propio y altísimo ingenio. Su verdadera pasión es la literatura: carece de sentido plantearse si su poesía satírica y burlesca anula o contradice al platonismo del Canta sola a Lisi; si su angustia vital expresada en los poemas a la muerte contradice la ortodoxia del creyente católico; si su defensa del sistema nobiliario choca con las violentas críticas de La hora de todos o Los sueños... En Quevedo hay de todo. Pero es preciso andar con cuidado: decir que Quevedo tiene por pasión principal la literatura no quiere decir que no hayamos de incluir en ella muchas preocupaciones políticas, religiosas, personales, sociales o culturales. La literatura es cosa igualmente compleja. Y una advertencia más: no conviene aplicar a esa variedad una lente reducida que exija una «coherencia» tal como la pueda entender un positivista prelacaniano. Quevedo vive en una época crítica y procesa numerosos datos que reelabora en claves diversas: nada de extraño tiene que haya en su obra elementos muy diversos y hasta contrarios (no diría yo contradictorios). Se le ha visto en alguna ocasión como escritor dispar y confuso, pero quizá la confusión esté en los lectores actuales que no alcanzan a discernir en la obra quevediana los rasgos de coherencia esperables. Quizá esté mal planteado cierto concepto de coherencia: pues, en efecto, pensar que escribir un opúsculo festivo sobre las gracias y desgracias del ojo trasero no es compatible sin disparidad y confusión con escribir una homilía a la Santísima Trinidad es bastante discutible. ¿Por qué no puede un poeta aurisecular escribir un poema o una piececilla en prosa jocosa y también una pieza ascética? ¿Qué tiene esto de dispar? Variedad no es confusión. Hay una tendencia de muchos críticos modernos a exigir de los poetas de otros tiempos una reducción mental y estética que puedan evidentemente comprender con más comodidad. Pero don Francisco de Quevedo no sabía que siglos más tarde habían de pedirle una «coherencia» comprensible.
Innovador en la tradición
Sin duda, como creador, Quevedo —y Cervantes y Góngora y Lope— innovó los códigos y formas poéticas utilizados, los modificó y adaptó. Pero estos poetas no inventaban ex nihilo una lengua poética, ni hubieran podido hacerlo, ya que sus opciones se enmarcan en la tradición artística de su época —lo mismo, dígase o no, sucede a los de hoy—. Por ello, para apreciar la innovación efectuada por Quevedo en su literatura, conviene tener presente cuáles eran las convenciones actuantes. El prestigio de los modelos encauzaba la creación: ciertos contenidos solo podían ser expresados con un lenguaje literario determinado y dentro del ámbito de géneros específicos. Escoger un tema para su desarrollo poético implicaba aceptar las reglas de un género, es decir, un estilo, una escritura que lo conformara. Semejante estilo obligaba además a mantenerse dentro de los límites de ciertos niveles de lengua predeterminados: la poesía amorosa evitaba formas de dialectos sociales que correspondieran a estratos no cultos; la poesía satírica se afianzaba en la reproducción de coloquialismos y vulgarismos, o en la utilización de un léxico que denotara objetos de una realidad prosaica; la poesía moral se construía con palabras que pertenecían a los códigos de la filosofía moral o del discurso religioso. El lector competente de la época registraba, con seguridad, no sólo los casos de adhesión total a las normas generalizadas por las poéticas, sino también la ruptura de las convenciones, o, como se ha venido llamando, la «desautomatización» del código o del género elegido.
El uso de modelos para el estilo poético estaba claramente definido en las poéticas italianas y en España, desde el Brocense hasta Gracián, pasando por Carvallo y otros, los editores de obras poéticas y los preceptistas se ocuparon del estudio de las fuentes o de la exposición de los principios teóricos que regían el procedimiento. El punto de partida de muchos textos de Quevedo pueden ser unos versos de un autor clásico, una expresión que se recrea, una alusión a un pre-texto poético que transforma emulando al escritor que los produjo. Se crea así una especie de diálogo entre un autor y sus predecesores a los que intenta superar. Quevedo formuló poéticamente esta imagen del diálogo con la literatura del pasado en un conocido soneto:
Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o fecundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.
En fuga irreparable huye la hora,
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudio nos mejora.
La erudición de Quevedo, sus vastas lecturas de autores clásicos y españoles se hace presente en sus reelaboraciones poéticas siempre convincentes y originales. De hecho, la noción de originalidad de esta literatura puede estudiarse en esa capacidad de transformar un subtexto en un nuevo enunciado. Ya lo veía así González de Salas en su introducción a la musa Polimnia:
«Pero en la imitación hoy moderna de los famosos auctores de la edad pasada (...) es virtud digna de alabanza lo que ahora figurábamos vituperio, y destreza estimable de el ingenio y de la doctrina. El traer, digo, a los idiomas vulgares ilustres copias y traslados de los originales de las dos eruditas lenguas griega y latina, bien ansí como los mismos latinos se enriquecieron y adornaron usurpando a los griegos el esplendor, y mejor caudal de sus sciencias y artes.»
La voz de Quevedo en el ciclo de poemas amorosos a Lisi difiere mucho de la voz elaborada en los sonetos o romances satíricos, en los que vitupera o castiga a figuras femeninas obviamente despreciables para quien enuncia el poema. El elogio hiperbólico de la belleza de la amada, formulado en las convenciones del código petrarquista, se opone así al retrato grotesco de la dueña, de la vieja o de la pidona. La voz estoica de las prosas doctrinales alterna con la burlesca de las Cartas del caballero de la tenaza y otros opúsculos festivos.
Como ha señalado Lázaro, Quevedo es un glosador, que concibe fragmentariamente sus obras partiendo a menudo de textos previos: así compuso el Marco Bruto o la Política de Dios. Estos ejercicios de amplificatio con los que construye a veces su prosa complementan el trabajo de la imitación en la unidad más o menos cerrada de un poema. En ambas tácticas, Quevedo demuestra lo que hoy percibimos como su pasión por la letra, por el lenguaje, con el que fabrica conceptos y a partir del cual concibe sus ficciones artísticas.
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Las colaboraciones de este número evidencian de manera indiscutible, pienso, esta variedad y esta pasión por la literatura que llevó a Quevedo a ejercitarse en numerosas formas expresivas. Ejercicio que no debe ser tampoco interpretado, en la vía posromántica, como falta de sinceridad o de originalidad.
En los trabajos que pueden leerse en estas páginas se aborda la persona y obra de Quevedo en sus varias facetas; no todas, sin duda, pero sí algunas de las más representativas, desde las observaciones de conjunto a las de obras concretas.
Nos honra incluir el clásico estudio de Lázaro Carreter sobre Quevedo y la invención por la palabra, que pone de relieve precisamente la grandeza verbal de Quevedo, sus «insólitas operaciones con las palabras», que «forman parte de su pasión, en idéntica medida que el amor, la cólera, el anhelo de verdad o el odio a lo falso».
La personalidad de Quevedo, su formación cultural, su aplicación de la retórica, la transmisión de su obra (de la que se pueden deducir datos interesantes sobre su recepción) constituyen el objeto de algunos artículos aquí contenidos.
Otra categoría es la formada por los asedios específicos a algunas de sus obras o sectores literarios más relevantes: el Buscón, los Sueños, la prosa festiva, la poesía amorosa, satírica y moral, la obra histórica y política y el teatro.
En todos ellos se ponen al día cuestiones que afectan de manera nuclear a la literatura quevediana en sus mil caras. Se estudia y se comenta por excelentes conocedores del universo quevediano la relación del escritor con el poder, su actitud ante los sucesos que le tocó vivir y la sociedad en cuyo seno desarrolló su vida y sus obras; su construcción de mitos nacionales e ideológicos; su dedicación a la poesía de amor, o su gusto por las burlas más ingeniosas.
Quevedo, señalaba Raimundo Lida, es complicado, y por eso invita a simplificar. Pero Quevedo es muchos Quevedos: no todos, pero sí algunos de ellos, se asoman a estas páginas.
I. A.—UNIVERSIDAD DE NAVARRA 
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