| El coste cultural de la crisis del Antiguo Régimen fue en España muy elevado. A tal extremo llegó el deterioro que una verdadera solución de continuidad estaba a punto de producirse cuando los moderados acometieron con palmario éxito el reordenamiento del país conforme a pautas que llevarían, muy lentamente, a su modernización. Su impulso permitió remontar la hondonera de las regencias, punto crítico de la anemia cultural y científica provocada por el cambio de paradigma en la convivencia nacional. Así como las crisis de subsistencias registraban su período álgido durante las semanas en las que el cereal había ya granado pero no se había aún recogido; la década de María Cristina y Espartero, testigo del estertor de la Ilustración y de los vagidos del triunfo romántico, señaló el momento clave de un tránsito cultural de no menor entidad en la vida española que el que coetáneamente estaba acaeciendo en el plano político-social.
La superación de este tracto no fue, sobra decirlo, producto de una generación. De los días de su madura adolescencia, guardó Menéndez Pelayo un negativo recuerdo de la formación de sus camaradas de aulas bachilleriles y universitarias así como de la bibliografía de la época, mimética y enteca a la vez. No hubo, desde luego, demasiada exageración en las evocaciones del poeta frustrado e impenitente censor del liberalismo tanto en su vertiente moderada como progresista que fuera el polígrafo santanderino. Hoy aparece claro como la Gloriosa señaló el fin del despliegue del enorme esfuerzo del nuevo régimen por asentar sus fundamentos ideológico-administrativos, aquellos que permitieron su rodaje por un paisaje mental aún por entero no construido de acuerdo con sus deseos y gustos. El consolidamiento más que la reconversión —como quieren en la actualidad ciertos historiadores amantes de la novedad por la novedad— del sistema constitucional durante el canovismo hizo posible un desarrollo cultural notable, especialmente por su equilibrio y armonía en el cultivo de las principales áreas artísticas y científicas. Su evolución sostenida y creciente daría lugar a la denominada, quizá un poco enfáticamente —a la española—, «edad de plata» de las letras hispanas.
Al margen de la mayor o menor exactitud del calificativo, es lo cierto que su onda expansiva no se detendría hasta el inmenso abismo de 1936. Ni trasgos ni avatares de innegable importancia —guerra en el Atlas, primera dictadura del novecientos, término de la monarquía de Sagunto...— amenguaron su potencia creadora, lo que ilustra bien de su fuerza. En España como también en los países de su misma fisonomía espiritual, esto es, Francia, Portugal o Italia, dicha etapa podría tal vez englobarse y etiquetarse con el marbete de plenitud humanística, aludiéndose con ello al último período de la vida intelectual de Occidente en el que el ideal renacentista alcanzó quizá su máxima vigencia en todo el universo educativo y cultural.
Un acabado exponente de la España de entreguerras
Los contemporáneos no son casi nunca buenos observadores y, sobre todo, jueces de su realidad. Alguien en el que el esprit de finesse era seña de identidad familiar como Julio Caro Baroja y cuya pluma fuese probablemente la de mayor poder de captación y análisis de las mores de su tiempo, trazó un cuadro muy parcial y algo injusto de sus profesores en los diversos grados de la enseñanza, en especial, de la universitaria complutense. Otro espíritu de su mismo o parecido linaje intelectual, justamente del que con tan grande intellecto d'amore dibuja Rafael Rodríguez-Moñino el perfil de su andadura terrenal, rememoró con semejante palestra sus años estudiantiles en las mismas aulas y por iguales calendas. Bien sabido es, empero, que el Alma Mater madrileña conoció por entonces una fase roborante si no áurea de su recorrido por la contemporaneidad. El quehacer de uno y otro —con muy gruesa y digna compañía: Francisco Ayala, Antonio Tovar, Julián Marías...— comparecen para atestiguarlo, si fuera menester.
Pues el ancho y, singularmente, bien arquitrabado orbe intelectual del escritor extremeño se enraíza en el fértil humus de la cultura humanística que ahormó su despertar y primeros pasos por las roderas del mundo del espíritu. En este y en otros muchos sentidos fue un acabado exponente de la España de entreguerras (aquí y a tales efectos, la civil sustituyó a la mundial de 1939). En el campo de la formación de las elites intelectuales sería el período, desde mediados de la centuria dieciochesca, de mayor semejanza con Europa. El provinciano entusiasta y capaz, pertrechado de la doble e intensa experiencia educativa salmantina y escurialense, llamado irresistiblemente por el servicio a las musas y atravesado por los ideales de la Institución Libre de Enseñanza y de los regeneracionistas finiseculares, halló en el Madrid rebosante de ensueños y realidades culturales de fines de los «felices veinte» la atmósfera propicia para sellar su destino con el de un progreso y una modernidad interpretados en clave pedagógica e ilustrada. En adelante, toda su existencia no sería otra cosa que el desarrollo del compromiso contraído entonces con insuperable entusiasmo y convicción. La cátedra más que el foro habría de ser la palestra profesional desde la que hiciera, llegado el momento, esta asunción de responsabilidades, a la vez íntimas y cívicas.
Pero, de forma semejante a la gran mayoría de los miembros de su generación, la década siguiente despeñó planes e ilusiones del más limpio metal. El Rodríguez-Moñino de la Segunda República fue un intelectual volcado hasta el hondón de su ser en el triunfo de las más nobles causas de la política advenida en 1931. Conquistado ya un merecido prestigio en los medios literarios y científicos, su juventud no fue obstáculo para erigirse en uno de los jefes de fila del movimiento cultural impulsado desde las esferas más progresistas del régimen, en cuyos sectores radicales militaría con ardor, al igual que muchos otros intelectuales de su misma cepa social y extracción doctrinal. Tal actividad se desenvolvió invariablemente, como hasta su muerte tuvo particular empeño en precisar, dentro del campo de la más estricta y franciscana ortodoxia republicana, mostrándose renuente a cualquier ventaja profesional o personal. Entre éstas no figuró, naturalmente, el logro de su cátedra de Lengua y Literatura Españolas en la Enseñanza Media, pocos meses antes de desatarse la tolvanera sangrienta que aventó los trabajos y afanes de una de las juventudes intelectuales de más alto gálibo de la España contemporánea.
Dolor sin orillas
«... médico de duquesas y adulador de princesas, / y tonto, un tonto perfecto, / de los pies a la cabeza. / No regresarás, Gregorio, porque ¡ay de ti, si regresas!» Con la atribuida paternidad de estos versos así como de otros dirigidos a Franco aún más críticos que los consagrados a don Gregorio Marañón escritos en el Madrid de la contienda civil, y su testificado y caluroso elogio al «Romance del Mulo Mola», de José Bergamín, en El origen y formación del Romancero de la guerra de España, no cuesta esfuerzo alguno imaginar las dificultades que, a través de un corto —para los tempos de la época...— pero muy intenso calvario de juicios y depuraciones, habría de vencer el descollante erudito pacense en los días del franquismo puro y duro antes de reanudar su fecundo comercio con los más arduos trabajos de investigación filológica y etnológica. Su cuidadoso pero también muy elegante biógrafo apunta más que enumera las principales estaciones del via crucis; lo suficiente, con todo, para atisbar el dolor sin orillas que produjera en el alma del más eficaz y abnegado defensor de los tesoros artísticos y bibliográficos del Madrid de los tres primeros meses de la guerra. Mendacidad, bajeza, avilantez y toda la rica gama de actos innobles que ofrece el catálogo de la conducta humana —peraltados en días de miedo e insolidaridad— las impresionó en la sensible retina de su ánimo. Tampoco, por suerte, faltaron las acciones de gallardía y bondad. Los interesados en la historia de aquellos años extraerán de la documentación aportada por el sobrino de Antonio Rodríguez-Moñino ancho caudal de noticias e informaciones de subido valor. (Si bien aquí, como en otros extremos, no es obligado seguirle en algunas —ciertamente, muy escasas— filias y fobias, ni en parte de sus retratos y semblanzas...)
Pero, al mismo tiempo, su fidedigno testimonio historiográfico constituye, a la vez, otra prueba irrefragable de lo estrambótico de la condena posterior de dicho período como un desierto cultural. También en el libro que porticamos se reconstruye al hilo de la existencia del gran crítico y erudito un panorama iluminado por la exactitud. Páginas sin duda tremantes las consagradas por el autor del estudio que prefaciamos a la asombrosa tarea de reanudación de la tradición liberal desde el exilio interior de la angosta España de la posguerra. En la nómina de estos «acreedores preferentes» de la cultura hispana de la época resalta el nombre de Antonio Rodríguez-Moñino. Era muy anchuroso el caudal de responsabilidad y consecuencia con los ideales abrazados en la juventud para que negruras y opacidades transitorias a fuer de políticas pudieran agostarlo. Por lo demás, el espíritu de los autores frecuentados por su lectura y pluma vendrían en su auxilio. Super adversa augeri. En los instantes de desaliento no sólo el estoicismo de su carácter y educación, sino igualmente el estímulo de amigos probados —don José Lázaro Galdeano a la cabeza— y muy especialmente el de una esposa en verdad admirable, le servirían de espuela para remontar lógicos baches en una España oficial cerrada en buena parte a sus méritos y reluctante a su ética y estética.
Casi coser y cantar
Mas, incluso en un país como el nuestro, la inteligencia y el trabajo todo o casi todo lo pueden. Se oxigenó el clima de la sombría posguerra, aumentó la nómina de los hispanistas y las universidades norteamericanas robustecieron sus estudios ibéricos... Al socaire de tal halagüeña coyuntura el nombre y prestigio de uno de los más notables conocedores de nuestra literatura tradicional irradiaron ultrapuertos y ultramar. Instalado primordialmente hasta entonces en la cultura francesa, la nueva tesitura desplazó el eje de sus principales actividades a tierras estadounidenses. Lo que la mediocridad y envidia de algunos colegas más que el veto gubernamental impidiera (el episodio del levantamiento, en 1966, de la depuración que, como catedrático de Instituto sufriera en 1940, no pasó de ser una astracanada de la siempre viva España negra y de la indeficiente «vocación por la injusticia del Ministerio de Educación», en frase de un estupendo y eutrapélico espíritu —Dionisio Gamallo Fierro—), la docencia, repetiremos, en centros de enseñanza superior de un maestro que tenía mucho y original que decir acerca de los principales capítulos del pasado ibérico, lo llevarían a cabo varias universidades de la mencionada nación al encargarle el desempeño de cátedras de mayor relieve.
Y ya todo fue casi casi coser y cantar. Con viento favorable se hincharon las velas de los proyectos más abrigados del autor. No pocos de ellos arribaron a puerto y la dilatada y acribiosa bibliografía de Rodríguez-Moñino acrecentó sus títulos y peso. Las puertas de la anhelada Academia de la Lengua —cerradas en dos ocasiones por rencores y mezquindades muy propios de su siempre asfíctica atmósfera— se le abrieron por fin à tambours battants, y serondos frutos de un concienzudo y entusiasta trabajo en las veneras de la erudición regional y nacional se entrojaron con una emoción que no había perdido el estremecimiento de la mocedad.
Quizá, tan abultadas venturas fueron demasiado grandes para no suscitar el relente de los dioses de Iberia. O, tal vez mejor, su salud —a menudo quebradiza— no pudo resistir el ritmo trepidante de inquietudes y afanes amontonados en cotas avanzadas de una existencia gastada en vigilias laboriosas y días colmados de esfuerzo y tensión. En todo caso, cuando apenas traspasado el cabo de la sesentena la Parca cortó sus hilos, la mies recogida era abundosa. Durante largo tiempo alimentaría o inspiraría el mejor trabajo realizado en los tajos de la investigación sobre el folclore, la erudición y la literatura de amplias capas del pasado de su patria. Realzando lo singular de su personalidad, la gratitud no había de faltarle a su memoria; y una gratitud no encerrada en los límites del mundo académico e intelectual, sino viva y cálida en la ciudadanía de su idolatrada Extremadura, para la que soñó un refulgente porvenir amasado en el cultivo y actualización del envidiable patrimonio legado por las gentes que forjaron, en voluntaria penumbra casi siempre, los diversos eslabones de su historia.
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Cerca ya del centenario de su nacimiento en 1910 en la localidad pacense de Calzadilla de los Caños, aquietadas las polémicas que envolvieron un buen tramo de su existencia, Antonio Rodríguez-Moñino se recorta, en las cumbres de la erudición española contemporánea, como una de sus piedras miliares. Los altos niveles aquistados por la filología española en el siglo xx tiene en su copiosa y excitante obra uno de sus más sólidos sillares. La rica y un mucho azarosa vida intelectual de su tiempo encuentra en su peripecia individual un observatorio de excepción. Y la marcha de la sociedad española por los senderos de una convivencia profundamente astillada por el sectarismo y la intolerancia, un actor-víctima de insuperable plasticidad.
El proporcionarnos Rafael Rodríguez-Moñino, con la mesura, discreción y rigor que le son congeniales, tan copioso material para la meditación acerca del siglo que acaba de pasar a la jurisdicción de la historia es acreedor a la gratitud más encendida. En nombre de sus futuros lectores —a no dudar muy numerosos—, se atreve a tributársela el ocasional prologuista de su hermoso libro.
J. M. C. T.—UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA
REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS
(*) El presente texto es el «Prólogo» a la obra de Rafael Rodríguez-Moñino Vida y obra de Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970), próximo a publicarse. 
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