| La novela española actual atraviesa un buen momento, y lo digo basándome en el sustancial número y la variedad de obras publicadas. Aunque, y sí tengo un pero que poner, las ficciones experimentales resultan en verdad escasas. Quizá porque el español gusta de lo ya saboreado, y la crítica de prensa, salvadas sean las excepciones, manifiesta una terca inflexibilidad a la hora de juzgar lo diferente al tiempo que mal cumple la función de introducir nuevos sabores. La paliza propinada por los matones habituales a los jóvenes neorrealistas tampoco parece la mejor manera de ejercer la gestión cultural que compete al crítico literario: ayudar a comprender lo distinto y contextualizar lo difícil. Lo importante no es atrincherarse y hostigar al que profesa maneras diferentes a la preferida por uno, por supuesto escudados tras la barrera del poder institucional de un periódico o una revista. Afortunadamente, las editoriales a pesar de los pesares se atreven a publicar propuestas y libros para gustos variados.
El lector de novelas suele apreciar la variedad. Si uno emprende un viaje largo nada puede resultar tan ameno como un libro de éxito comercial, de Noah Gordon o de Tom Wolfe. Lo que en la mesilla de noche resulta a veces interminable se disipa rápido cuando uno le puede dedicar tiempo a la lectura. O sea que hay libros en que la percepción autorial que subyace a toda creación despierta el consciente del lector, le aviva, le transmite algo nuevo con una cierta rapidez, en pocas páginas, mientras hay otros en que esa transmisión ocurre lentamente, a través de muchas hojas. A este último tipo de novelas las voy a denominar «de convivencia». El lector, por la extensión de las mismas, tiene que hacer del volumen un compañero de jornada, con el que nos encontramos repetidamente. La lectura propiamente dicha cuesta tiempo y días. Cuando se vuelve al texto después de una interrupción, el argumento debe tener la capacidad de acogernos sin necesidad de que releamos lo anterior. Poseer esa cualidad especial, un poco a la manera de lo oral, en que lo dicho se cuenta de una manera formulaica para que lo podamos recordar sin problemas, porque el releer no es una buena.
Digo todo esto porque la novela histórica goza de una popularidad extraordinaria, no sé si a causa de la buena acogida recibida por los libros de historia, muy especial los dedicados a los reyes de los siglos áureos, Carlos I y Felipe II, o porque al igual que en el siglo xix los escritores que practicaron el género como Benito Pérez Galdós vendieron muchísimo más de los Episodios Nacionales que novelas de tema contemporáneo. Quizá, ambos se refuerzan simplemente porque a la gente le gusta leer libros donde se explica el pasado. Mucha de la novela histórica de éxito, y conviene advertirlo pronto, carece de mérito literario; el lector se enriquecerá, si el autor es fidedigno a la época que historia en sus ficciones, por los datos que aprenda, no porque el texto amplíe su percepción del mundo y de la vida.
Funciones de la novela histórica
La novela histórica cumple, pues, dos condiciones: la de ser popular con el lector y la de servir para la larga distancia. La relación con el pasado, con lo sucedido con anterioridad, le concede de entrada una cierta autoridad entre un determinado grupo, quienes además de deleitarse leyendo gustan de aprender. O sea, que la acción que suele venir enmarcada por una vista panorámica de una época anterior, de un país lejano, digamos que contiene el bordado argumental, que actúa a modo de tela sobre la que se plasma la acción propiamente novelesca. Podríamos denominarlo, de la manera clásica, su componente arqueológico, tal y como lo llamaba el primer gran estudioso del subgénero histórico, Amado Alonso.
Hay otras dos funciones que la novela histórica ha cumplido puntualmente: la de hacer patria y la didáctica, enseñar el desarrollo social de una determinada cultura. Como se leerá en diversos artículos de este monográfico, la novela histórica, nacida en la época romántica, va a ofrecer una visión del pasado español que contribuyó a inventar la idea de nuestro país o, más concretamente, como dice Ignacio Javier López, de la nación. Los grandes novelistas del xix, Clarín y Galdós, según Adolfo Sotelo Vázquez, utilizarán sus textos narrativos de carácter histórico para enseñar historia. Es decir, que el discurso de ficción histórico decimonónico espejeaba la realidad con pretensiones panorámicas a la vez que intentaba cumplir el propósito de enseñar algo, de que los lectores aprendieran de los errores cometidos en el allende.
De la novela histórica tradicional (Galdós) a la actual (Díaz-Mas)
Ese modelo constitutivo de la novela histórica española ha ido evolucionando a lo largo de los años del siglo xx, porque tanto el género que sirve de soporte a la narración como la misma historia son distintos. El trabajo aquí incluido de Ángeles Encinar lo atestigua con amplitud. Tanto Galdós como Clarín tenían fe ciega en la educación del individuo, porque era posible separar al sujeto, los propios narradores, de los hechos contados, y de que la historia y el pasado humano marchaban hacia delante en un progreso ético y moral imparable. Confiaban en que el conocimiento del pasado permitiría sacar lecciones de valor universal. Este tipo de planteamiento de la novela histórica ha sido el más utilizado, y concuerda en líneas generales con el de los libros de tipo histórico más vendidos, como El último judío (Barcelona, Ediciones B, 1999) del mencionado Noah Gordon. El autor norteamericano apela a valores universales, a la injusticia que supuso la expulsión de los judíos de España en tiempos de los Reyes Católicos, que tocará a la mayoría de los lectores. Otro aspecto que prima en la obra de Gordon figura en casi todas las ficciones históricas: su carácter documentalista, el proveer una imagen de la sociedad.
Un tipo de novela histórica muy distinta a la de diseño tradicional recién aludida es la artística, como puede ser Herrumbrosas lanzas (Madrid, Alfaguara, 1983 y 1985), de Juan Benet, donde encontramos que tras el fondo histórico se elabora una historia ficticia, un discurso muy particular sobre lo que sucedió en aquel momento. Podríamos también hablar de novela histórica personal. Mas ahora quisiera tratar de un ejemplo reciente, para subrayar el cambio de piel constante de la novela histórica, tanto al nivel del soporte novelesco como histórico.
Paloma Díaz-Mas, en La tierra fiel (Anagrama, 1999), acaba de ofrecer al público lector una de las novelas históricas mejor escritas y diseñadas de nuestra literatura reciente, pues sigue fiel al patrón de las letras medievales de cuando sucede la acción, la Cataluña del siglo xiii, y a la vez la historidad del texto presenta una problemática que nos es exactamente medieval. Digamos que ofrece una lectura actual de la vida de entonces, que espiga modos de vida que hoy en día se han intensificado, y que entonces no eran entendidos como lo son en la actualidad. He decir que dos narradores importantes, Álvaro Pombo y Soledad Puértolas, también acaban de publicar obras afines a la que comentaré enseguida, y aunque son menos fieles al patrón histórico, ofrecen muchas semejanzas en lo que a lectura actual del pasado se refiere.
La fidelidad en la creación del trasfondo, el panorama histórico, y de la forma narrativa hablan del cuidado y el conocimiento de la época de la autora, que no en vano es además de una narradora de primera fila una de nuestras medievalistas notables. Fuera de la precisión factual y la riqueza de expresiones provenientes del léxico medieval, lo que a este lector le impresionó es el esfuerzo que supone redactar una obra con muy escasos diálogos. Y los que aparecen suelen ser parlamentos con fin explicativo o didáctico, no intercambio de opiniones o choque de perspectivas, porque eso se dio en nuestras letras a partir de La Celestina (1499).
Aunque fuera de la admiración, lo importante es el efecto que produce la lectura de un texto de esas características, que impone una lectura digamos sin la habitual y democrática representación de diversos puntos de vista. Esto reduce el abanico de valores autoriales, como ocurría en el siglo xiii, donde la tierra era un lugar para habitar con honra y obediencia al orden establecido. Tampoco figura en el libro la ironía, porque ese modo de conocer el mundo resulta en exceso moderno. La realidad representada se expande por agregación no por una vuelta hacia sí misma para contemplarse.
Díaz-Mas se siente obviamente fascinada por lo medieval, y así lo testimonian sus libros anteriores, como la novela El rapto del Santo Grial (Barcelona, Anagrama, 1984) o mi favorito, el libro de cuentos Nuestro milenio (Barcelona, Anagrama, 1987), que contiene algunos relatos en verdad excelentes. La seduce hallar vida en un mundo hierático, ver la energía que reside en lo pétreo, en la pose que mantiene ese equilibrio entre lo vital y lo inmóvil de las figuras del arte románico. Esa es su característica autorial: encontrar lo en apariencia dormido en la vida. No la magia de la vida, sino simplemente la vida. También es inolvidable, a este respecto, su libro de memorias Una ciudad llamada Eugenio (Barcelona, Anagrama, 1992), dedicado a la ciudad con ese nombre, capital del estado de Oregon (EE. UU.), una urbe adormilada en la que ella supo encontrar el latido humano.
El lector, en La tierra fértil, conocerá la historia de un caballero, don Arnau de Bonastre, y la infinidad de peripecias y vueltas que da su vida. En principio, parece como si la historia narrada fuese una especie de libro de caballerías, tanto por el enorme número de episodios —de ahí, la extensión de la obra: 632 páginas— como por los cambios de situación. Los episodios se superponen, como en las novelas de caballerías, aunque a diferencia de éstas sí van unidas por la causalidad: lo que sucede no ocurre de manera inconexa. La novela de Díaz-Mas, y perdóneseme la perogrullada, guarda mayor parecido con la novela moderna, pues existe una trabazón que une todos esos episodios. El hecho de que la obra carezca de capítulos refuerza, incluso, esa impresión de continuidad de rueda de la fortuna girando sin cesar que recibimos en las obras prequijotescas.
La nueva emotividad
Hace apenas un lustro explicábamos el éxito de la novela histórica en el marco de la posmodernidad: la seguridad del ayer ayudaba a soportar el vaivén ideológico del entonces, cuando el pensamiento occidental parecía que se desmoronaba a nuestro alrededor, sumido en un cuestionamiento inacabable de sus bases. Hoy en día, las circunstancias han cambiado, empezamos a entender conexiones impensables, a establecer lazos que quizá sean menos estrechos que los propuestos por el modelo racional o positivista, pero tan reales como aquéllos. Mucho tiene que ver la estructura de comunicaciones logística y virtual, que ha unido el planeta casi en tiempo real. Se ha acompasado, en cierta medida, el reloj universal, y con ello han desaparecido innumerables lapsos de comunicación.
Además, aparece en esta obra lo que denomino la nueva emotividad, es decir, que aparecen sentimientos cruzados. Este es otro fenómeno muy actual: el ser humano experimenta una acumulación de emociones y sentimientos que llegan y se suman a unos anteriores que, a veces, todavía hemos sido incapaces de asimilar. Estamos lejos del tiempo personal proustiano, que revivía el pasado. Nos acercamos a un tiempo condensado, que es posible vivir en varias cronologías a la vez.
La historia del caballero Arnau de Bonastre contiene de todo. El noble catalán marcha a las cruzadas, acabará en el cautiverio, siendo al fin rescatado. Vuelve a su tierra y descubre que su mejor amigo de la niñez, Bertrán Guerau, a quien él corrompió con sus maldades, enseñándole a robar y violar doncellas, ha asesinado a su padre y se ha apoderado de las tierras del señorío de Bonastre. Una guerra de guerrillas, conducida con la ayuda de varios caballeros amigos, como Bernat de Armengol, le devuelven el honor, sus tierras y el propio castillo de Guerau. Siguen infinidad de vueltas y revueltas de la acción, la toma de mujer, el odio y el posterior amor del caballero de Bonastre con Joan Galva. Y la historia termina cuando el caballero muere a manos de un hijo que lo ha traicionado.
Toda la historia parece escrita según las reglas convencionales, pero no es así. Arnau de Bonastre es un caballero muy particular. Sigue en todo la norma habitual de conducta caballeresca. Exige vasallaje, ofrece protección y no tolera ninguna desviación del patrón de conducta esperado del buen caballero. Arnau quiere ser tan buen señor como lo fue su padre. Todos los arquetipos de la épica, popularizados en el Cantar de Mio Cid, tienen vigencia en estas páginas. A la vez exige lealtad de sus vasallos, él se siente obligado a ser buen vasallo de su rey y de los señores que le son superiores. Por eso, cuando el rey le pida soldados, el acudirá inmediatamente en su ayuda.
Sin embargo, lo que en la obra se cuenta tiene ese tinte moderno al que aludí antes. Mientras el Cid lucha para que el rey le perdone y le permita volver a Castilla, y la batalla contra los moros sirve para conseguir un botín con el que satisfacer al monarca, aquí, al contrario, nos encontramos con una recreación de la Cataluña medieval; tanto los lugares, como las personas, sus nombres, comidas y costumbres cotidianas tratan de profundizar, de arraigar la identidad de la comunidad que vive en torno al castillo de Guerau y de las posesiones del señorío de Bonastre. Todo cuanto se cuenta tiene que ver con esa identidad catalana. Díaz-Mas nos acerca aquel momento mostrándonos las fibras del ayer que mejor reconocemos en nuestro presente, el del acervamiento de la identidad personal con una realidad lingüística, étnica y de espacio.
No obstante, esa identidad en que existen los individuos de esta historia no mejora las enormes dificultades que plantea la coexistencia humana. Y aquí es donde entra de lleno en la obra la nueva sentimentalidad, donde la novela rompe su fidelidad al pasado, pues los hombres obedecen a sus propios impulsos. Uno de los aspectos significativos de don Arnau es su bisexualidad. No sólo tomó por mujer a Tibors de Fenal, una con la que le unen lazos de consanguinidad, sino que se enamora de uno de sus enemigos que acaba siendo su amante, Joan Galba. Esto supone, entre otras cosas, que la novela histórica, y en su rama de caballería a la que ciertamente pertenece la obra, pierde su adscripción al sexo masculino. El dominio del varón desaparece, y la esfera del poder del señor se ve contaminada por su ambigua sexualidad.
La autora describe escenas de amor entre el caballero y su vasallo, donde el amor físico complementa la armonización de actitudes que precede o acompaña a todo amor verdadero. Resultan por tanto muy convincentes, y sin darnos cuenta nos llevan a recrear en ellas un sentimiento muy actual, en que el goce del cuerpo parece haberse desligado de todo cuanto no sea placer, la pura sexualidad. Curiosamente, en este argumento situado en la época medieval, cuando la religión imponía su visión del mundo, lo espiritual cumple apenas un papel ritual; los curas suben de las ciudades próximas en Pascua florida y otras fiestas significadas de la Iglesia a confesar y administrar los sacramentos a cuantos viven en el castillo. O sea, que en la novela las relaciones interpersonales, el amor, la obediencia al señor, todos estos encuentros en la intimidad del estrado señorial, nos llevan a concebir una esfera íntima muy distinta de la que es habitual en la época medieval.
Al separar la fuerza de los atributos de la virilidad, pues don Arnau sigue siendo un esforzado caballero y su amante, Joan Galba, también, la novela de Díaz-Mas relee la vida medieval, la reescribe. El caballero ideal, llámase el Cid o Amadís, nunca puede pensarse en femenino. Lo que nos viene a decir que la autora no practica sólo un medievalismo formal, sino también con fuerza, con contenido.
La novela histórica como obra testimonial
Las novelas históricas son, pues, novelas de convivencia, en muchos casos por la extensión de las mismas, que exigen una gustosa relación de días o semanas de lectura. Además porque obligan a compartir una determinada perspectiva histórica, a ver el entonces desde el hoy, y eso también hermana al lector con el creador. Cuando el cuadro de valores compartidos por el autor y su audiencia es amplio, como en el caso de Díaz-Mas, estamos ante una obra de arte en su sentido más esencial, pues permite un intercambio que ilumina nuevas percepciones, confiando intuiciones secretas, cuando nuestra realidad se extiende. Quizá la novela está intentando otra manera de experimentar, al igual que Pablo Picasso a comienzos de siglo buscaba nuevos senderos experimentando con la presentación de figuras provenientes del antiguo arte ibérico o africano, hallar en la literalidad histórica una nueva textura ficcional.
Uno tiende a sospechar que la literatura histórica indica un regreso a la literatura de tipo contenidista, una que testimonia nuestra época. Puede resultar paradójico lo que digo, por el distanciamiento propio de la novela histórica, pero, quizá, esta manera de encontrar, por ejemplo, la disociación de la preferencia sexual del poder podría indicar que la autora está testimoniando un momento histórico, aunque sin romper con la tradición literaria, de encontrar una forma narrativa apropiada, un lenguaje, etcétera, como ella en efecto hace admirablemente.
Hace años Francisco Rico cerraba un innovador libro sobre el Lazarillo de Tormes con estas palabras: «la historia de la novela moderna —casi hasta ayer— es la historia de una cierta novela realista [el Lazarillo y el Guzman de Alfarache], constituida ni más ni menos que en el rechazo de la doctrina jerárquica de los estilos y caracterizada por la convicción de que todos los asuntos y personajes son dignos de la misma atención literaria». Algo parecido sucede con La tierra fértil. Percibimos claramente que la autora sigue los modos de la novela histórica, admite, ya lo dijimos, la jerarquización del mundo civil medieval, pero rechaza la jerarquización en cuanto a lo personal. En cierta manera se niega a aceptar que la sociedad del allende desconociera en la tierra lo que la religión católica prometía en la futura: que los cuerpos y las almas conocen maneras de trato que se escapan a las presiones sociales, al estado o clase social. La atención literaria que se les presta les concede la libertad.
La obra de Díaz-Mas ofrece, y esa es la gloria de la buena literatura, un suplemento a lo que sabemos sobre la Edad Media. Pueden decirnos que en aquella época las cosas sucedían de otra manera, decir que el hacer bisexual a un caballero del xiii es llevar las cosas demasiado lejos, desde luego si se piensa que la literatura y sus obras no tienen vida, no cambian de significado con el paso de los años, si se las considera urnas cerradas. La novela histórica de gran calidad no deja de ser una obra en lugar de un texto. Y hago la distinción entre aquel producto de la escritura cerrado, dependiente de un autor, que supone la obra, y el abierto, el texto, que puede ser alterado, cambiado, sin que el sistema de valores que lo sostiene varíe. La novela histórica obliga al autor a proyectar una ética, su imaginación moral tiene que manifestar la razón de sus preferencias. Las novelas convencionales se apoyan en las creencias corrientes y más aceptadas, mientras que la originalidad obliga a tomar posiciones arriesgadas.
En fin, la novela histórica tiene muchas tareas que cumplir, pero su principal misión en nuestra época no consiste ya en ofrecernos un mapa de un país, los contornos de una nación, ni educarnos en las vías del humanismo y la democracia, sino ofrecer una alternativa viva a la lectura del pasado histórico. No trastocarlo, sino ayudarnos a revivirlo, a hallar en el pasado lo que suplementa, lo que permanecía latente, sea como hicieron, entre otros, Juan Benet ofreciendo un discurso personal de lo acontecido en tiempos pasados, o como hace Paloma Díaz-Mas releyendo con una imaginación innovadora el ayer.
G. G.—UNIVERSIDAD DE AMSTERDAM 
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