INSULA Juan-Eduardo Cirlot: La constelación de los símbolos. Número 638. Febrero 00
 
 

CLARA JANÉS /
DESAFÍO Y RIESGO



Sólo un mes de diferencia en la fecha de su nacimiento, de marzo a abril de 1916, separa a los poetas Blas de Otero y Juan-Eduardo Cirlot, cuya obra se sitúa, en cambio, en extremos opuestos. Esa proximidad en sus primeros días, sin embargo, da pie a la comparación y a descubrir que entre esas dos figuras hay otros puntos en común, tanto por lo que se refiere a la forma como al contenido o carácter de sus poemas. Fruto del mismo momento y de la misma tierra y dotados de igual fuerza, ambos parten por un lado del mismo presupuesto formal y por otro de un enfrentarse al ser existencial y al ser poético desde una verdad tan hondamente sentida que convierte su creación y sus vidas en desafío y riesgo.

Conocimiento de la poesía barroca

Lo primero que salta a la vista al leer a Cirlot y a Blas de Otero (sobre todo el de la primera época) es el profundo conocimiento que tienen de la poesía barroca, sólida base en la que se asientan sin temor a la hora de construir. Desde ella efectúan ambos su ruptura, ya sea para adoptar el verso libre —Blas de Otero— ya para orientarse hacia la poesía experimental o permutatoria —Cirlot—, entrando así en la modernidad del modo riguroso que les exige su planteamiento.

Dámaso Alonso, en el ensayo que figura como prólogo de Ancia, título que reúne las primeras obras de Blas de Otero, empieza por señalar: «Hay cierta bronquedad, cierta hirsutez en su poesía, que a mí me gusta», y añade entre paréntesis: «estoy harto de versos barbilampiñados, y a veces una chispita bardajillos». Las palabras encerradas en el paréntesis son importantes, porque se diría que Blas de Otero es el último en alzar su voz con violenta convicción, el último gran rebelde, el último en clamar en el desierto, desesperadamente, proclamando una verdad que coincide con la realidad material que se toca y se palpa. Esa verdad remite al ser del hombre en tierra y requiere una lucha activa, entre otras cosas, por esa libertad basada en lo que el poeta llama coexistencia. La convicción de Blas de Otero es tan pura que a las terribles sucesiones vividas, al terrible desengaño, con frecuencia responde como aquel personaje de Tarkovsky, Andrey Rublyov, que ante la brutalidad de la invasión de los tártaros y su consecuente masacre, hace promesa de silencio, tras exclamar: «toda guerra es de hecho fratricida».

Juan-Eduardo Cirlot, al contrario que Blas de Otero, aparece como los cimientos de un nuevo planteamiento, y se diría que, también al contrario que Blas de Otero, precisamente parte del desengaño en el terreno social, es decir, de un escepticismo que le lleva a apartarse de todo cuanto pueda relacionar al hombre con un ser-para-el-dominio. Cirlot cree, como Christian Jambert, que «el hombre es un ser político, no porque come, sino porque desea», y, como Henry Corbin, cifra la defensa de la libertad en la «defensa de la subjetividad», instalándose en la «pluralidad de los niveles del ser, de los tiempos y de los espacios». Aunque aparece en momentos distintos, pues, el desengaño tiene en ambos poetas el carácter de un substrato.

Implacable ansia de absoluto

En una etapa de la historia en que el mundo ya no puede ser visto «como mansión del hombre» (M. Buber), y en que el pensamiento se centra en la conciencia de que el hombre es un ser avocado a la finitud y a la muerte, ambos poetas se enfrentan en primer lugar con la contradicción que supone constatar, a pesar de ese hecho, su implacable ansia de absoluto. Ambos buscan respuesta a las preguntas fundamentales: qué es el hombre, qué es el mundo, cuál es el sentido de la vida, qué papel tiene en ella el impulso trascendente. Así, Blas de Otero:

Sólo el hombre está solo. Es que se sabe
vivo y mortal. Es que se siente huir
—ese río del tiempo hacia la muerte—.
(...)
Es que quiere quedar. Seguir siguiendo,
subir, a contra muerte, hasta lo eterno.

Ese deseo de eternidad continuamente defraudado por la vida es origen del desengaño y de la rebeldía en Blas de Otero, una rebeldía que en los libros que forman Ancia, Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia se concreta en imprecaciones lanzadas a Dios. Se trata de un grito que nace de lo más hondo y que es el alma de su poesía, su modo de autodefinirse, de autoenunciarse, de rebelarse por ser «ángel con grandes alas de cadenas». Cirlot percibe exactamente lo mismo que Blas de Otero, y así en sus Aforismos del No mundo se lee: «El existente es un ser condenado a saber que dejará de ser, paradoja y contradicción insultante, origen de toda sublevación contra lo-que-es.»

Rebeldía, pues, también en Cirlot, en cuyos versos, por cierto, abundan igualmente los ángeles, aunque no son «fieramente humanos», sino más bien arcángeles de luz zoroastrianos en los que se cifra la clave del mundo imaginal, donde no tardará en instalarse. Por ello, la rebeldía de Cirlot, tan honda como la de Blas de Otero, en vez de arrojarle a la lucha «cuerpo a cuerpo con la muerte» como a aquél, le lleva a dar un salto cualitativo y, negando que ese plano palpable sea la única realidad (no hay que olvidar su interés por el surrealismo sobre el que planea la frase de Rimbaud «la verdadera vida está ausente»), se instale en ese otro nivel del ser, el nivel imaginal, a través del poema, que también le sirve de autoafirmación. El desengaño y la rebeldía que llevan a Blas de Otero al enfrentamiento directo con el mundo conducen, pues, a Cirlot al apartamiento de él.

El dolor; finitud-eternidad

¿Qué es lo que ha puesto a ambos poetas cara a la terrible realidad? Sin duda el dolor, un sufrimiento que el hombre experimenta debido a su propio límite, ya que su impulso es de ángel. En Blas de Otero se manifiesta en una búsqueda de algo que no acierta a definir. Dice en un poema:

Desesperadamente busco y busco,
un algo, qué sé yo qué, misterioso.

En otro afirma: «ando buscando la causa del sufrimiento», pero nadie le da razón de ella. Cirlot, en cambio, teoriza de modo preciso en sus aforismos: «Buda se equivocó. La causa del dolor no es el deseo, sino la carencia que motiva el deseo. Por la renunciación y el ascetismo se anticipa la muerte, pero no se resuelve el problema —los problemas— de la vida (engendrados por la radical carencia del ente que siente, sabe y se sabe).»

Es evidente que para ambos el binomio finitud-eternidad es móvil fundamental de poesía. De Dios dice Blas de Otero: «Quiero tenerte, y no sé dónde estás. Por eso canto.» Ese ansia de absoluto defraudada le lleva no sólo al poema, sino a la pérdida de la fe: «mi inmensa sed, mi sed de ti: ahogándose». Cirlot busca por otros caminos, también poéticos, y halla la solución en Bronwyn, la que renace eternamente, que define así: «La que llamo Bronwyn, en poesía, es el centro del “lugar” que, dentro de la muerte, se prepara para resucitar; es lo que renace eternamente.» La solución de Cirlot está, pues, en el «No mundo» y en una «no vida» o «casi vida»; la de Blas de Otero, por el contrario, en el mundo, esa «rosa volteada / por las manos de Dios», en una voluntad de vivir en la tierra, que expresa en versos como: «¡Quiero vivir, vivir, vivir!»

Este sentimiento se impondrá en Blas de Otero a aquel horror de imaginar «que Dios, el solo vivo, no existiera, / o que, existiendo, sólo consintiera / en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento». Cirlot, por su parte, se lanza a vivir de otro modo: «vivo en lo imposible», dice, y también: «poesía es lo que el mundo no es y no me da». En Aforismos del No mundo, afirma: «Vivimos en la nada, no es que caigamos en la nada al morir. La muerte sólo es la zona oscura de la vida. En ella algo empuja hacia el resurgir. Ese algo (anima=mater) es como un hilo enterrado en la sombra.» Y también: «Si la vida es nada es porque en ella no lo somos todo. Y ser un “trozo” / (...) / no basta. La vida es carencia. Por eso es dinamismo.»

La permutación

En ese resurgir centra Cirlot su última poesía, escrita para Bronwyn, y es ese mismo resurgir el que le lleva a su descubrimiento final: la permutación —aplicación del serialismo de Schönberg a la poesía—, que nos da los ecos más bellos de su «polifonía» en los poemas de Bronwyn, permutaciones, donde se mezclan los planos:

Contemplo entre las aguas de tu cuerpo
la celeste blancura del pantano
desnudo bajo el campo con relieves
y circundado por el verde fuego.

                                 Elige, pues, Cirlot vivir líricamente fuera del tiempo, en un lugar poético de misteriosas aguas, porque «la intuición de amor es absoluta. Todo lo de después (ser o no ser) es relativo, contingente, deteriorado» (Aforismos del No mundo). Y habla en su poesía de lo que no se ve con los ojos de la carne, del mundo imaginal, de la visión cuyo órgano, como afirma Ibn Arabí, es el corazón. Blas de Otero, en cambio, dice:

Hablo de lo que he visto: de la tabla
y del vaso; del varón y sus dos muertes.

Y habla de lo que ve y toca porque es el hombre quien le interesa, el hombre por quien está siempre dispuesto a luchar, esos hombres con todas sus cadenas, con todos sus límites, esos hombres «sordos de sed, famélicos de oscuro». Elige, pues, Blas de Otero lo humano, y apuesta por hacer frente al límite y a la temporalidad, asumiendo el trayecto del existir en la tierra. Cirlot, en cambio, emplea su fuerza en dar la espalda al límite y se lanza a un mundo secreto de vértigo, para vivir en el cable de funámbulo del Ser. Dos soluciones divergentes, sí, pero igualmente apasionadas, que arraigando en su lírica dieron forma a sus vidas. Dos modos igualmente extremos de riesgo, mediante los que ambos crearon poesía y cumplieron su heroica vocación de vivir en peligro.

C. J.—ESCRITORA

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas