| Las voces y los ecos
Hace ahora cuatrocientos años, la Primera parte de Guzmán de Alfarache cambió el pasado, el presente y el futuro de la literatura española. Aquel volumen en cuarto contenía la autobiografía de un pícaro, y aunque Mateo Alemán se interpuso entre el personaje y el público confesándose autor de la obra, su narración influyó retroactivamente en el Lazarillo de Tormes estableciendo un parentesco no exento de competencia que provocó la constitución y fijó la configuración de la novela picaresca: «Prácticamente, el Guzmán de Alfarache ha incorporado todos los rasgos distintivos del género, que la posteridad convierte en opción» (1). Por otra parte, a pesar de la «tácita conspiración de silencio» (2) con que se recibió la novela en algunos ámbitos, el éxito del Guzmán desencadenó una larga serie de reacciones personales y literarias entre las que destacan las de Miguel de Cervantes y Francisco López de Úbeda, cuyas obras representan dos maneras diferentes —nueva y alternativa la una, reiterativa y paródica la otra— de rechazar la propuesta estética de Mateo Alemán.
Partiendo, pues, del molde estructural del Lazarillo, pero sin supeditarse del todo a él ni a ningún otro de los modelos vigentes y posibles, el escritor sevillano apostó por la integración de elementos heterogéneos, los ató al sólido varal de la narración autobiográfica y les dio cobijo bajo una reveladora frase que es, en sí misma, la solución «baciyélmica» a los problemas teóricos y terminológicos de la incipiente novela: una «poética historia» (3). A pesar de las muchas semejanzas con el Lazarillo, el Guzmán desborda los límites del género picaresco (cuya destrucción se diría anunciada por el constante vaivén entre consejas y consejos) y acaba determinando también la evolución del moralismo barroco. En el gozne de dos siglos, Mateo Alemán no es menos imprescindible que Cervantes para entender el cambio de gusto que experimenta el público de las narraciones extensas, cada vez más desdeñoso con las ficciones irreales y más ávido de aventuras verosímiles.
El Guzmán tampoco es mucho más pobre que el Quijote en la diversidad de interpretaciones: el debate sobre la intentio auctoris no está cerrado y seguramente no hay modo de cerrarlo a gusto de todos, pero hay, por decirlo así, un cierto consenso en la disensión, y todas las miradas suelen confluir en un mismo punto, en la tan innegable como problemática conversión del protagonista (II, iii, 8). Es innegable no sólo porque se produce en el mismo texto, sino porque sin ella no habría narración (como sucede con el caso del Lazarillo), y es problemática porque se tiñe de la necesidad, la insidia o la disimulación que caracterizan al pícaro y a sus aventuras (como también sucede con Lázaro González Pérez: nunca sabremos cuánto es lo que sabe y decide callar). Los muchos péndulos que adornan la obra (del yo al tú, de la conseja al consejo, del pecado a la virtud, del engañador al engañado, del delincuente al defensor del bien común…) encubren o, mejor, descubren una larga tradición de literatura confesional y moralizante que no es necesario poner en relación con la supuesta amargura congénita de un escritor descendiente de conversos ni, en el otro extremo, con el deseo de difundir programáticamente la ortodoxia católica postridentina (4). Más que religiosas y además de narrativas, las implicaciones de la conversión del pícaro son morales y económicas y sintonizan, mejor que con ningún otro, con un pensamiento reformador que ha estudiado detenidamente Michel Cavillac (5). De todos modos, lo que parece más urgente hoy, a los cuatrocientos años de la publicación de la Primera parte de Guzmán de Alfarache, es dejar de considerar las demás obras de Alemán (el San Antonio de Padua, la Ortografía castellana y los Sucesos de D. Frai García Guerra, aparte otras piezas menores) como curiosidades o anomalías e integrarlas en un proyecto de comprensión global de la figura del escritor, siguiendo el ejemplo de los trabajos, publicados o en curso, de Francisco Márquez Villanueva (6).
Imprenta y literatura
Puestos ahora a hacer balance, conviene decir que los problemas de cualquier texto empiezan en el texto mismo, y los estudiosos de la literatura (no sólo los de la española del Siglo de Oro, pero de ésta tratamos ahora) hemos tenido la fea costumbre de anteponer la interpretación ideológica o simbólica a la mera comprensión o explicación del texto. En el campo de los problemas bibliográficos y textuales del Guzmán se ha avanzado algo, pero ni está todo resuelto ni conviene que el examen de esas cuestiones siga siendo una ocupación menor de los especialistas (7).
La bibliografía material ha dado frutos jugosísimos en otras literaturas: bastará con aludir aquí al estudio del in-folio shakespeariano de 1623 (con muchas curiosidades de menor cuantía sobre cajistas, ejemplares o pruebas de imprenta, pero también con importantísimas consecuencias para establecer el mejor texto posible de Shakespeare) o de las diversas ediciones antiguas del Orlando furioso (que proyectan una luz no usada sobre las muchas mutaciones del romanzo). Sólo muy recientemente hemos empezado a ver en España las posibilidades e implicaciones de esos estudios y, a salvo de algunos trabajos puntuales sobre otros asuntos, el primer beneficiado ha sido, lógicamente, el Quijote (8). No se trata únicamente de inventariar las variantes de un texto o de trazar un stemma: el conocimiento profundo del proceso de composición y transmisión de las obras antiguas siempre tiene alguna consecuencia positiva para el conocimiento de la biografía de sus autores y, además, evita que caigamos en infructuosas e ingenuas deducciones como las que a veces se han dado por seguras a propósito de Cervantes o de Alemán.
En la época de la imprenta manual, el desafío editorial que suponía tirar, en el menor tiempo posible, miles de ejemplares de un volumen de varios centenares de folios acabó afectando por diversas razones al modo de relación del autor con su texto y con su público. A diferencia de lo que sucedió con otros géneros literarios, la difusión de la novela (entendámonos: de narraciones extensas como el Guzmán o el Quijote), se confió casi exclusivamente a la transmisión impresa, y era materialmente imposible que un solo editor o impresor pudiese cubrir las necesidades del público ante una obra de gran éxito. «¿De cuáles obras en tan breve tiempo se vieron hechas tantas impresiones —se pregunta y nos informa el alférez Luis de Valdés a propósito del primer Guzmán—, que pasan de cincuenta mil cuerpos de libros los estampados y de veinte y seis impresiones las que han llegado a mi noticia que se le han hurtado, con que muchos han enriquecido, dejando a su dueño pobre?» (II, p. 26).
El éxito y la inevitable limitación de las tiradas provocaban que el texto del autor acabase pasando por muchas manos y padeciendo transformaciones sin cuento, pero también facilitaba o exigía que el creador interviniese de un modo u otro en el proceso de difusión. Por eso es importante conocer las tiradas, tener en cuenta los formatos, separar las ediciones autorizadas (o afines) de las piratas (o afines), no sacralizar las ediciones príncipes, identificar las imprentas, desconfiar de las variantes de las ediciones sin autoridad, seguir en lo posible el trabajo de los cajistas, reconocer los tipos, contar los pliegos y aun las líneas… Son tareas más ingratas y de menor relumbrón que otras, pero al cabo nos dicen más verdades sobre la historia de la literatura.
Los textos del Guzmán (1599-1604)
Tanto el Quijote como el Guzmán fueron obras in fieri (literaria y editorialmente) cuyas editiones principes distan de ser totalmente fiables y definitivas. Es sabido que Cervantes corrigió como pudo los despistes más llamativos del primer Quijote, rizando el rizo de su despiste y de su genialidad. Alemán obró más concienzudamente. Hace ya muchos años que Raymond Foulché-Delbosc puso orden en las numerosísimas ediciones de la Primera parte de Guzmán de Alfarache; opinó con acierto que, entre todas ellas —y su observación vale para los demás libros de Alemán—, las tres que imprimen el retrato del autor —Madrid, Várez de Castro, 1599 (aquí A); Madrid, herederos de Juan Íñiguez de Lequerica, 1600 (B), y Sevilla, Juan de León, 1602 (C)— son «les seules dont le texte doive être pris en considération» (9). La razón es de peso: tanto el grabado en cobre (A) como su copia en madera (B, C) pertenecían a Alemán y lo acompañaron en todos sus viajes, de modo que su presencia en cualquier edición asegura, cuando menos, el consentimiento del autor.
Un examen de esas tres ediciones muestra que hay entre ellas nada menos que unos seiscientos cambios achacables al autor: aproximadamente cuatrocientos en B y otros doscientos en C, que van desde breves pinceladas hasta interpolaciones de varias líneas. Alemán aprovechó la oportunidad para fines literarios diversos: hacer más verosímil una digresión, enriquecer la narración desarrollando motivos folclóricos, poner en boca del pícaro el parentesco y la competencia con Lazarillo de Tormes, apurar el recuerdo de una fuente o añadir argumentos morales a una digresión. Casi como un Guzmán en miniatura, las variaciones de B y de C afectaron por igual a las consejas y a los consejos, de manera que poco tiempo después de aparecida la princeps, el texto más cercano a la voluntad de Mateo Alemán era ya otro (10).
Sin embargo, no todo se reduce a un problema de variantes de autor. Alemán había tenido que esperar más de un año para ver en letras de molde la primera edición, porque la aprobación es de enero de 1598 y la tasa de marzo del año siguiente: la causa principal del retraso fue la muerte del rey Felipe II (los correspondientes Sermones funerales se imprimieron en el mismo taller), circunstancia que aconsejó alterar cierto detalle de la portada a partir de la primera reedición. B se compuso siguiendo a plana y renglón un ejemplar de A, de manera que las cuatrocientas intervenciones del autor complicaron la tarea de los cajistas, que aplicaron soluciones diversas como añadir una línea en algunas formas, amontonar abreviaturas y tildes o suprimir signos de puntuación, y quizá se valieron también ocasionalmente de aquellos «otros medios feos, y no permitidos, que no los expecifico porque se olviden si es possible», en que estaba pensando Alonso Víctor de Paredes al tratar del contar el original, porque tanto en A como en B (pero no en C, que los evita) se advierten esos blancos «desapacibles» que disgustaban al autor del Arte de imprenta (11).
Una tarea pendiente en la edición crítica de las obras en prosa del Siglo de Oro es la vigilancia del contexto tipográfico en que se producen las variantes, porque pudo provocarlas la necesidad de compensar la falta o la sobra de espacio. Esa puede ser la explicación de algunas variaciones de apariencia estilística que afloran caprichosamente en ediciones no controladas por los autores (hay ejemplos en el Guzmán de Coimbra, 1600, y en el Quijote de Valencia, 1605), pero en casos como el de Alemán también es posible que entre los cambios que parecen de autor en B y en C haya algunas injerencias del cajista de turno, o que el contexto tipográfico haya acabado favoreciendo una adición (del autor o del cajista) innecesaria por otras razones (12).
La Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana se publicó en 1604 en Lisboa, adonde Alemán había acudido desde Sevilla con la inmejorable tarjeta de presentación del San Antonio de Padua, recién impreso en su ciudad natal. Frente al año largo que necesitó para ver en letras de molde la Primera parte, los tres meses escasos que invirtió en las gestiones burocráticas y materiales de la Segunda sorprenden un poco, y sólo por excepción pueden hallarse en la época libros en prosa, de formato y extensión similares, autorizados, privilegiados e impresos en un plazo tan breve. Una de esas excepciones es precisamente la primera parte del Quijote, y ahora tenemos la seguridad de que el ingenioso hidalgo y el pícaro atalaya libraron sin saberlo una curiosa batalla por llegar cuanto antes a manos de su público: los dos volúmenes se imprimieron en los últimos meses de 1604 con una celeridad que a la fuerza tenía que dejar señales tipográficas. Lo primero que llama la atención en la Segunda parte del Guzmán es la excepcionalidad de sus preliminares burocráticos: carece de fe de erratas y de tasa y el privilegio se extendió en Lisboa cuando el volumen ya estaba impreso; por otra parte, la «Tabla de lo contenido en este libro» sólo remite a la numeración de folios para el primero de los tres libros; la composición del grueso del libro fue simultánea: con un modelo se compuso el libro primero y la primera mitad del tercero (signaturas A-H8 y Z-EE8), y con el otro el libro segundo y la segunda mitad del tercero (signaturas I-X8, Y4 y Ff-Nn8): las diferencias afectan a la anchura y longitud de la caja, al número de líneas por plana, a la clave de las signaturas, al estilo y tamaño de los tipos, al uso de las abreviaturas, a las sangrías, a la disposición de los epígrafes y a otros detalles menores (13).
Mateo Alemán y la edición
Tantos y tales pormenores no deben, sin embargo, engañarnos: hay aún algunos problemas que los alemanistas tendrán que afrontar más pronto que tarde. Con respecto a la princeps de la Segunda parte estamos en una situación de precariedad: sólo se conserva o conoce un ejemplar que presenta diferencias con respecto al descrito —hemos de suponer que fielmente, aunque no sería su primer despiste— por Foulché-Delbosc; el ejemplar conservado, base de todas las ediciones modernas, está falto de trece folios cuyo texto no se ha vigilado casi nunca. Y está, como problema mayor, el hecho de que Mateo Alemán se despide de su «Letor» de 1604 «teniendo hecha mi tercera parte» y ofreciéndola para «muy en breve» (II, p. 23). A la vista de la tradicional vacuidad o del interés comercial con que se hicieron algunas de esas promesas, ha sido habitual opinar que Alemán no llegó a escribirla y que en su prólogo tan sólo «se cura en salud y señala sus dominios literarios» (14); es una deducción bastante lógica, pero conviene, y parece que es posible, seguir el rastro documental de la intención de publicar esa «tercera y última parte» (II, p. 522) que también promete el protagonista (15).
La relación de Mateo Alemán con el proceso de composición, impresión y difusión de sus obras (y no sólo del Guzmán de Alfarache) bien merece una monografía: en un documento de 1600 se le menciona como impresor (16), y lo pudo ser al menos de su propia traducción de dos Odas de Horacio; tenía en su poder diversos materiales de imprenta que ayudan a identificar ediciones mal llamadas piratas con las que estuvo relacionado comercialmente (como la Primera parte de Madrid, 1601); Clemente Hidalgo imprimió el San Antonio de Padua en la misma casa de Alemán, donde el atareado escritor «de anteanoche componía lo que se había de tirar en la jornada siguiente» (17); la aparente excentricidad de preparar una Ortografía castellana y publicarla al poco de llegar a México responde al deseo de difundir una «nueva y verdadera manera de bien escrevir, para todas las naciones»… Por una razón u otra, en Sevilla, en Madrid, en Lisboa o en México, Mateo Alemán pasó buena parte de su vida a pie de imprenta, y son muchos los datos o indicios de su biografía que revelan una conciencia que podríamos llamar profesional de la actividad literaria y de las posibilidades del libro impreso, así como una inquietud no meramente ocasional y mucho más acendrada y moderna que la de la mayor parte de sus contemporáneos. El autor del Guzmán de Alfarache no fue sólo un escrupuloso corrector de estilo, sino un autor consciente de su papel y un sagaz atalaya de las necesidades del público, ya fuesen de entretenimiento o de formación. Por eso conoció, controló y recorrió, mejor que nadie en su época, el camino que va de la imaginación de un autor a los sueños de muchas generaciones de lectores.
J. M. M.—UNIVERSITAT POMPEU FABRA, BARCELONA
(1) Fernando Lázaro Carreter, «Lazarillo de Tormes» en la picaresca, Barcelona, Ariel, 1972, p. 223. Vid., además, Claudio Guillén, «Luis Sánchez, Ginés de Pasamonte y el descubrimiento del género picaresco» (1965 y 1968), en El primer Siglo de Oro. Estudios sobre géneros y modelos, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 197-211. Citaré el Guzmán de Alfarache por mi edición, Madrid, Cátedra, 1987, 2 vols.
(2) Francisco Márquez Villanueva, «Sobre el lanzamiento y recepción del Guzmán de Alfarache», Bulletin Hispanique, núm. 92, 1990, pp. 549-577 (la cita, en p. 564), y vid. también, del mismo autor, «La interacción Alemán-Cervantes», en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 149-181.(3) «Declaración para el entendimiento de este libro», en Guzmán, vol. I, p. 113; vid. Henri Guerreiro, «Guzmán de Alfarache: una “poética historia” al servicio de un realismo sin límites», en el volumen colectivo La invención de la novela, ed. de Jean Canavaggio, Madrid, Casa de Velázquez, 1997, pp. 207-233, y la contribución de Michel Cavillac en estas mismas páginas.
(4) Un apretado balance de las interpretaciones del Guzmán puede verse en la «Introducción» a mi edición, vol. I, pp. 50-56 (aunque hoy, más de doce años después, matizaría varias de mis observaciones), pero es conveniente completarlo con otros más recientes y con mayor perspectiva como el de Michel Cavillac, «Problemas de la Picaresca (1979-1993)», en La invención de la novela, op. cit., pp. 189-206.
(5) Vid., sobre todo, Pícaros y mercaderes en el «Guzmán de Alfarache». Reformismo burgués y mentalidad aristocrática en la España del Siglo de Oro, Granada, Universidad, 1994, y «Les trois conversions de Guzmán de Alfarache (regard sur la critique récente)», Bulletin Hispanique, núm. 95, 1993, pp. 149-201.
(6) Vid., en particular, «El canto de cisne de Mateo Alemán: Los Sucesos de d. frai García Guerra (1613)», en Inquisición y conversos. III Curso de Cultura Hispano-judía y sefardí, Madrid, 1994, pp. 241-260; el San Antonio de Padua, por su proximidad cronológica, retórica y temática con el Guzmán, ha merecido mayor atención de la crítica (sobre todo de Henri Guerreiro).
(7) Por ejemplo, en la más reciente de las ediciones del Guzmán de que tengo noticia todavía se dan como auténticas varias palabras o frases que Mateo Alemán no escribió nunca y se ignoran por completo las correcciones y aportaciones de la crítica a tal propósito.
(8) Me refiero, claro, al estudio de R. M. Flores, The Compositors f the First and Secon Madrid Editions of «Don Quixote», Part I, Londres, MHRA, 1975, y, sobre todo, a las muchas novedades que a este y otros propósitos supone la «edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico», Barcelona, Crítica, 1998: vid., especialmente, las pp. cxcii-ccii de la «Introducción».
(9) R. Foulché-Delbosc, «Bibliographie de Mateo Alemán. 1598-1615», Revue Hispanique, núm. 42, 1918, p. 551.
(10) El «Apéndice de variantes» de mi edición (vol. I, pp. 485-512) y el estudio de «El texto de la Primera parte de Guzmán de Alfarache» (Hispanic Review, vol. 57, 1989, pp. 1-24), cuyas conclusiones me permito resumir aquí, me eximen de dar ejemplos.
(11) Alonso Víctor de Paredes, Institución y origen del arte de la imprenta, ed. de Jaime Moll, Madrid, El Crotalón, 1984, fol. 35v.
(12) Dos ejemplos de adiciones de B a final de párrafo y en páginas con blancos raros y «desapacibles»: el más anciano dellos dijo A: el más anciano dellos, viéndome con tanta cólera, dijo B (fol. 38v); perseveró en él A: perseveró en él por entonces B.
(13) Resumo aquí lo que puede verse con más detalle en «Prosas y prisas en 1604: El Quijote, el Guzmán y la Pícara Justina», en Hommage à Robert Jammes, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1994, vol. III, pp. 827-848.
(14) Así lo dejé escrito en «Prosas y prisas en 1604», art. cit., p. 837.
(15) Lo digo aludiendo a una comunicación privada de Jaime Moll, que agradezco públicamente, a propósito de la mención o registro, a principios de 1605, de la «Segunda y tercera parte de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana».
(16) Vid. Cristóbal Pérez Pastor, Bibliografía madrileña de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1891-1907, t. I, p. xxxviii.
(17) Luis de Valdés, «Elogio» en la Segunda parte del Guzmán, vol. II, p. 27, y habría que aclarar qué quiso decir exactamente con que «componía (…) lo que se había de tirar».

|