| Recuerdo uno de los últimos, preciosos dibujos de Rafael. De una gran caracola brotaba la proa de un barco, que navegaba multiplicando estelas como ecos que se abrían en distintas direcciones. Pensé: eso justamente ha sido la obra poética de Alberti, una navegación que desde el mar de Cádiz se abre hacia lo universal.
El mar ha sido, a mi juicio, el elemento aglutinador de todos los componentes de su escritura y el espacio imaginario en que ella se sustenta o navega: «Cantan en mí, maestro mar, metiéndose / por los largos canales de mis huesos, / las tuyas que son olas maestras, / vueltas a ti otra vez en un unido, / mezclado y solo mar de mi garganta: / Gil Vicente, Machado, Garcilaso, / Baudelaire, Juan Ramón, Rubén Darío, / Pedro Espinosa, Góngora... y las fuentes / que dan voz a las plazas de mi pueblo.» Creo que en estos versos del libro Pleamar resume el poeta toda su historia literaria, que se mueve, con la elegancia de una vela clásica latina, entre la tradición y la vanguardia y que es tan moderna a la vez que convierte en vanguardia toda la tradición.
¿Qué le da el mar como aglutinador, como espacio imaginario y, en definitiva, como maestro a la poesía de Alberti? Tres cosas: libertad, claridad y optimismo vital. El mar es, ante todo, emblema de libertad individual y colectiva: «Nací para ser marino —confiesa Alberti— / y no para estar clavado en el tronco de este árbol.» Podrá un hombre verse privado de la libertad, aherrojado, encarcelado, pero nadie le quitará, como a Ulises, la fe en que puede ser libre porque espiritualmente lo es: «Oído, mi blando oído, / ¿qué sientes pegado al muro? / La voz del mar, el zumbido / de este calabozo oscuro.» Sólo a la luz de ese emblema se puede entender de manera cabal aquel grito de guerra por la libertad: «A galopar, / a galopar, / hasta enterrarlos en el mar.»
Pero el mar es, a la vez, aglutinante, espacio literario y maestro de la libertad literaria. Yo «no tengo estilo» —dijo un día Rafael—. «Tengo / olas innumerables que entre todas / crean constantemente uno: el mar.» ¿Podría hallarse definición mejor? El estilo literario de Alberti es el estilo del mar, siempre uno y diverso. Navega a veces —ya lo he dicho— como marinero en tierra con el ritmo y la gracia de una barca con vela latina. Pero se aventura a veces en las simas más profundas de lo surreal, como en Sobre los Ángeles, o se encrespa y fustiga turbulento batiendo contra la cerrazón y la dureza de corazón.
Empujan, en fin, vientos de libertad marina a la poesía de Rafael Alberti llevándola a explorar todos los espacios de la historia, de la mitología o de la experiencia humana: «Yo te miraba, oh Cádiz, bahía de los mitos / ... / Canas de antigüedad, tus estelares fábulas, / tus solares historias, / oh gaditano mar de los perdidos / Atlantes, vesperales jardines de la espuma, / islas desvanecidas del Ocaso!» Los pobres pescadores que salen del Guadalete hacia el mar son los mismos que arribaban a Tarsis en busca de oro y plata y estaño. El mar resume la historia y el mar compendia el sueño. ¿Qué escenario mejor podría soñarse para el encuentro amoroso de Venus y Príapo que el escenario del mar de Cádiz? Uno de los más formidables poemas amorosos de la literatura universal, de ese Diálogo entre Venus y Príapo, acontece en esa bahía: «Amor! La noche se desvae. / Nos baña el mar. (Oh luz!. El mundo canta. / Cae la luna... El viento...)»
El mar maestro le da, además, a la poesía de Alberti claridad y optimismo vital. «Tal vez oh mar —escribía hace ya tiempo sintiéndose un viejo marinero él que, gracias al mar, será siempre joven—, tal vez, oh mar, mi voz ya esté cansada / y le empiece a fallar aquella transparencia, / aquel arranque igual al tuyo, aquello / que era tan parecido a tu oleaje.» La transparencia de forma le ha permitido de continuo a Alberti comunicar sin filtro su alma con el alma de los lectores, y ello hasta tal punto que su poesía, que recoge la voz del pueblo, vuelve al pueblo, y éste la hace y la siente tan suya, que bastantes poemas de Alberti ya no sabemos si son suyos o son de la tradición popular.
Pero hay aún una claridad más activa. En la paleta de este poeta que es pintor predomina un color sobre todos, el blanco. Y él mismo es consciente de dónde le proviene la preferencia de devoción: de Cádiz, del mar: «Blanco Cádiz de plata en el recuerdo»; «Yo soy hijo de la sal más pura»; «espuma de la mar galopadora». Ya sé, ya sé que como siempre ocurre en él, al influjo de lo personal y popular se une lo culto; en este caso, el magisterio de los pintores que manejaron el blanco: el de los blancos platos de Zurbarán, el de las blancas gorgueras del Greco.
Ahora bien, si el blanco lo domina todo en Alberti, es porque él en definitiva quiere adivinar, escrutar la luz entre las sombras. Y con ello llegamos, desde la libertad del impulso del mar y desde su blancura de espuma, a la clave última de su poesía, al punto del que nace su intuición poética: sorprender la luz en lo oscuro; la verdad en la confusión, el error o la mentira; el amor en el odio. Sorprender digo y debiera decir, también, alumbrar, promover; fustigar, incendiar y contagiar... El blanco, la luz se convierten de este modo en principio activo de percepción de un poema, que se ordenará con el ritmo del mar.
Cumplida ya su navegación, todo Alberti está ya en el mar y todo el mar en Alberti. La caracola sigue sonando y amplía sus ecos.
VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA.—DIRECTOR

|