| En su número 152-153, de 1959, Ínsula se ocupaba, con elenco de lujo, de la (escasa, ahora nos damos cuenta) literatura gallega producida durante los anteriores cien años aproximadamente. Han pasado cuarenta desde entonces y quien no haya mantenido contacto durante este tiempo con Galicia y su cultura no podría dar crédito al enorme avance que experimentaron ambas en todos los terrenos, incluido el de la literatura, ya no sólo entendida y valorada ésta por la rica agregación más o menos afortunada y cualificada de textos y por el incremento y diversificación de sus correspondientes agentes productores, sino como lo que las metodologías sistémicas actuales denominan sistema literario. Debido a este crecimiento, que podríamos, desde luego, calcular de forma muy aproximada en cifras y sobre el que podríamos debatir ampliamente acerca de aspectos menos cuantificables con resultados sorprendentes, estudiar hoy la literatura gallega ya no es tarea que pueda abarcar un solo individuo, cosa que sí ocurría hace cuarenta años, e incluso veinticinco, cuando arrancaba (1975) el período que nos va a ocupar en el presente número monográfico.
Ciertamente, el hecho de que ese arranque coincida con el año de la muerte del dictador Franco, aun en su carácter casual de tener que computar desde ahí los veinticinco años, marca para la cultura gallega un hito de gran trascendencia, pues, aunque ya desde el año 1950 (fundación de la emblemática Editorial Galaxia) es fácil apreciar cómo paulatinamente pudo la literatura gallega ir sacando de nuevo la cabeza a la luz, después del período de represión de la posguerra, es a partir de aquel año cuando podemos constatar su consolidación definitiva, debido a fenómenos varios que sólo figuraban con anterioridad como desideratum utópico en el horizonte de una sociedad literaria que, como Sísifo, había llegado varias veces hasta bastante cerca de la cima de la montaña o meseta de seguridad (una seguridad siempre relativa, claro), para verse súbitamente obligada a rodar otras tantas hacia el valle y comenzar de nuevo la penosa ascensión.
Efectivamente, después de la muerte del generalísimo y consiguiente restauración de la democracia, Galicia pudo conocer, por primera vez en la historia y amparada en la Constitución Española (1978) y en el Estatuto de Autonomía (1980), el estudio de su lengua y de su literatura en todos los niveles de la enseñanza. Son varios los colaboradores de este número de Ínsula que coinciden en valorar este hecho como decisivo para la consolidación del sistema literario gallego, en muchos aspectos. Por una parte, el fenómeno de la escolarización generó un lectorado potencial que animó definitivamente a los agentes comerciales a la creación de nuevas empresas editoriales con legítimo ánimo de obtener beneficios, descargadas del puro testimonialismo y voluntarismo que caracterizaban a las existentes en el período anterior, cuando una editorial dedicada al libro en lengua gallega era más que nada el lugar de una ideología, no un negocio, o no sólo un negocio.
Por otro lado, la entrada de la lengua en las aulas potenció definitivamente los esfuerzos de sistematización que se venían realizando desde presupuestos filológicos serios y rigurosos, cuando menos desde 1972, año de la creación del Instituto da Lingua Galega (ILGA), un centro universitario de investigación que propició la limpieza e implantación del estándar lingüístico culto (en rigor, inexistente con anterioridad y, en cualquier caso, cargado de vocablos y de formas falsamente gallegas o hipercastizas, de vulgarismos, e incluso de palabras inventadas, todo ello debido, en gran parte, al afán diferencialista respecto del castellano), así como la fijación de una normativa ortográfica, también inexistente de forma oficial hasta entonces, mediante la que se consiguió encauzar en gran medida toda la dispersión y las fluctuaciones que hasta ese momento caracterizaban la escritura del gallego, dejada al albur, voluntad e incluso capricho de cada usuario.
El artículo de Víctor F. Freixanes, en el que se asegura que «el libro gallego mueve hoy en torno a 5.000 millones de pesetas al año», así como los catálogos de las principales empresas editoriales (Galaxia, Edicións Xerais, Sotelo Blanco Edicións, Ediciós do Castro, Ir Indo, Laiovento, etc.) y de las instituciones públicas y privadas están a la vista y nos autorizan a afirmar, sin temor a la exageración, es más, quizá con una cierta timidez, que se han publicado bastantes más títulos en gallego en los últimos veinticinco años que en los anteriores ciento veinticinco, a contar desde 1850, aproximadamente, que es cuando Sísifo, digo, la literatura gallega reinició su andadura después de estar sumergida e invisible en el valle durante cinco siglos, olvidada la sociedad gallega (también la sociedad literaria) del antiguo esplendor y del indudable prestigio que había conocido la lírica trovadoresca gallego-portuguesa cuando menos entre los años 1200 y 1350.
Y si aplicamos estas consideraciones a sectores como los de la literatura infantil y juvenil, tenemos que hablar prácticamente de que es en estos veinticinco años cuando podemos levantar acta de su nacimiento efectivo en la lengua de Galicia, como no duda en afirmar Blanca-Ana Roig. O el teatro, que habiendo conocido una existencia lánguida a lo largo de casi cien años, si bien con, quizá, una docena de textos dramáticos de no poco interés, a cargo de alguna de las firmas más importantes del elenco intelectual gallego, como pueden ser Rafael Dieste, Otero Pedrayo, Castelao, Blanco-Amor o Álvaro Cunqueiro, no se consolidó, y para eso en términos relativos, como bien se encarga de reconocer Anxo Abuín, hasta este último período del siglo xx, en el que han aparecido numerosos autores y directores, así como iniciativas privadas y públicas (con la creación del Centro Dramático Galego al frente) que van haciendo realidad el sueño de poder algún día ser tenido en cuenta el teatro por la sociedad en la que se produce, toda vez, además, que el teatro gallego se ha abierto al mundo y se ha dejado impregnar de la influencia de dramaturgos foráneos, como Koltès, Beckett, Müller, Dario Fo, Brecht, etc., por no hablar, naturalmente, del influjo de Valle sobre algunos autores.
Por otra parte, tampoco faltamos a la verdad si decimos que la novela, ese género de vocación urbana que tanto define el estado de salud de una literatura en lo que se refiere a masa lectora, es también en estos veinticinco años cuando realmente hace eclosión, al menos desde su cara cuantitativa, hasta el punto de tener que deslindarla para su estudio, tal y como hemos hecho aquí con la colaboración de Silvia Gaspar, de un posible tratamiento conjunto con la narrativa breve, género este, en cambio, ya muy consolidado en Galicia desde el siglo xix y que ahora sólo hace continuar, si bien con una producción más abundante todavía y con una mayor «diversidad de voces, tendencias y temas», como asegura Teresa Seara en su trabajo sobre el asunto.
Pero donde se está a producir, quizá, un mayor dinamismo dentro del sistema es en el terreno de la poesía, toda vez que se han incorporado a su escritura las promociones más jóvenes, fenómeno este no nuevo en la literatura gallega, como no sea por la verdadera avalancha que se está a dar cada año y por la rebaja creciente de la edad de iniciación, cosa que sí es insólita, moviéndose como se movía con anterioridad la literatura gallega por incentivos ideológicos y por lo tanto minoritarios. A lo que hay que sumar la incorporación masiva de la mujer al entusiasmo lírico, fenómeno asimismo insólito por lo que tiene de efecto normalizador en una literatura realizada hasta ahora, prácticamente, sólo por hombres. Todo lo cual está produciendo cambios radicales en el lenguaje poético y las consiguientes confrontaciones dialécticas entre las diferentes generaciones, a veces incluso muy elevadas de tono.
Precisamente, las enormes diferencias que existen entre las diversas poéticas que confluyen en el período que tratamos, aun a sabiendas de que las divisiones generacionales no gozan de mucho prestigio (ni siquiera con el bálsamo de Mannheim), han aconsejado repartir la observación de estos veinticinco años de poesía entre diferentes especialistas: por una parte, Xosé M.ª Álvarez Cáccamo y Román Raña Lama, que son grandes poetas ellos mismos y buenos conocedores de la tradición poética europea, trazan las líneas generales de las generaciones del 36 y del 50; por otra, Xosé Luís Axeitos e Iris Cochón, quienes, sin desconocer aquella tradición, están muy al día en lo que se refiere al conocimiento de las patatas calientes que puse en sus manos: las llamadas generaciones de los 80 y de los 90, respectivamente. Por su parte, Xosé M.ª González Gil, atentísimo seguidor del tema que se le encomendó, nos informa del estado de la cuestión en cuanto a escrituras alternativas, relacionadas con las artes visuales, un fenómeno que, con escasos y puntuales antecedentes dentro de las letras gallegas, conoce ahora, propiamente, su acta de nacimiento, con no poca fortuna, hablando en términos relativos, como se echa de ver de la lectura de este trabajo.
La existencia real de un sistema literario no se da sin otras componentes que de siempre han servido para calibrar su maduración y consistencia. Sin querer, ni poder ser exhaustivos al respecto, entre ellas quizá la actividad traductora y los estudios literarios (entre los que incluiremos el ensayo, por necesidades de espacio) sean dos de esas componentes imprescindibles, y también en estos dos ámbitos nos encontramos con que los últimos veinticinco años han supuesto, para el primero de ellos, prácticamente, su iniciación (aunque con venerables e interesantes antecedentes), seguida de una cierta actividad que se ve muy dificultada por «la pereza de la sociedad gallega ante la posibilidad de acceder a la literatura universal desde su propia lengua», como nos recuerda crudamente Xosé Manuel Silva. Y para el segundo, su definitiva consolidación y sistematización, con la aparición de colecciones de ediciones anotadas y críticas, monografías, diccionarios, revistas especializadas, suplementos periodísticos, etc., todo lo cual autoriza a Ramón Nicolás a hablar de «eclosión a inicios de los años noventa», aunque limitada, lógicamente.
Ciertamente, queda por consolidar un lectorado espontáneo suficiente y no inducido fundamentalmente desde las instancias escolares y académicas, pero la realidad es que el sistema, en general, sí se está consolidando y cohesionando, hasta el punto de permitirse entrar en debates, combates y embates (de éstos, y bien amargos, podrá el lector catar alguno en estas páginas) entre las diferentes generaciones de autores, que luchan por hacerse un sitio en el canon y por erradicar de los discursos culturales las alusiones a la condición periférica que definía hasta hace poco a la literatura gallega.
Finalmente, para redondear este monográfico, era de justicia informar a los lectores de Ínsula de la ya non tan corta tradición que se viene perfilando todos los años desde 1963 en torno al 17 de mayo, fecha en la que se celebra el Día das Letras Galegas, instituido en un principio por la Real Academia Galega para conmemorar el centenario de la salida a la luz de los Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro, y asumido desde 1979 por el Parlamento de Galicia declarando a las diferentes personalidades del mundo de las letras que la Academia propone para tal evento como figuras del año correspondiente. A este respecto, Luís Alonso Girgado, nos ofrece una semblanza de Roberto Blanco Torres, figura extemporánea respecto del contenido de este monográfico (1891-1936), periodista y poeta, víctima de la barbarie de la guerra civil, en el que el mundo de la cultura y de la enseñanza fija prioritariamente para 1999 sus estudios y homenajes.
La generalidad de las personas a quienes, por su condición de figuras notables de la cultura gallega, hemos pedido unas pocas líneas con que salpicar de comentarios condensados este monográfico de Ínsula y a quienes agradecemos profundamente la generosidad de haber acudido a nuestra convocatoria, creo que puede decirse que se pronuncia de forma optimista ante la realidad literaria de Galicia. Una realidad que anima a Darío Villanueva a asegurar que «los últimos tres decenios han representado la consolidación y el desarrollo de un verdadero sistema literario gallego», afirmación que comparte plenamente, cum grano salis intencionadamente ambiguo, el que suscribe, quien, además, y después de haber observado los sudores y esfuerzos de Sísifo, subiendo y precipitándose montaña abajo varias veces a lo largo de ocho siglos, se congratula de verlo ahora sentado en sólida terraza, tomando su merecido aperitivo y observando desde la cima el panorama amplio y refrescante, con sus banquitos de niebla y todo, que le ofrece la literatura gallega. Eso sí: con seguridad tendrá Sísifo que procurar no asomarse demasiado a ese precipicio que, desgraciadamente, la historia de la infamia tiene siempre a mano para procurar el infortunio de la humanidad. No podría rematar bien esta pequeña presentación sin agradecer la confianza depositada en mí por parte del director de Ínsula, Víctor García de la Concha, al encargarme la coordinación de este número sobre letras gallegas. Un encargo que bien creí no poder llevar a cabo teniendo en cuenta el escaso tiempo de que disponía. Por fortuna, y gracias a la generosidad de los colaboradores, todo ha salido razonablemente bien, pero desde luego nada hubiera sido posible sin la ayuda, el entusiasmo, la profesionalidad y la entrega de Carlos Álvarez-Ude, a quien agradezco sin reservas la fluida y transparente comunicación que me brindó a lo largo de los dos últimos meses. Así que a él se deberán los aciertos y sólo a mí todo lo reprochable. Cura ut valeas, lector/lectora.
A. T. V.— UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA 
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