INSULA Emilio Prados (1899-1999). La palabra transfigurada. Número 628. Abril 99
 
 

CARLOS ÁLVAREZ-UDE /
JOSÉ LUIS CANO: EL MAR QUE GUARDABA LA ISLA



Cuando en 1943 Enrique Canito abre la librería Ínsula, aún no conocía al que iba ser su compañero de viaje en la revista que fundaría en 1946 con el mismo nombre. Canito que, según nos recordó hace algunos años don Rafael Lapesa, había sido apartado de su cátedra de francés tras la guerra civil por su «rígida honradez laica», explicaba en una larga conversación con José Luis Cano y Antonio Núñez (1) cómo se había producido el asunto: «A muchos de los que se quedaron del lado vencido les fue preciso empezar una vida nueva. (…) ¿Qué nuevo oficio iba a buscar que fuera más afín con mis ideales, que el de vender libros? Por aquel entonces, me refiero a 1943, un grupo de amigos me embarcó en la empresa de montar una nueva librería, orientada a un servicio concreto: el de importar libros extranjeros, con preferencia.» Sus amigos tenían sus propias profesiones, de las que vivían holgadamente, y así Canito tuvo que buscar quien le ayudara en el duro trabajo de sacar adelante una librería: «Me quedé solo con la carga, (…) pero en seguida vinieron dos colaboradores de suma importancia: Guillermo Ayuso [como librero] (…) y doña Olga Bauer (…) que reencontré por medio de un gran amigo (…): me refiero a Juan Guerrero Ruiz. Doña Olga aseguró la vertiente internacional de la Ínsula naciente, (…), doña Olga fue el alma y el comienzo de aquellas reuniones frecuentes de amigos que habían de culminar en la tertulia de los miércoles de Carmen, 9.»

Más adelante, Canito explica cómo nació la revista y cómo conoce a José Luis Cano: «Yo no comprendía una librería que se dedicara sólo a vender libros. (…) Yo pensaba que la obligación del librero era la de crear una atmósfera favorable en torno al libro, un mero catálogo no me bastaba para esto, era preciso algo más, (…) una especie de nueva y vaga Universitas, en la que gentes amantes de comunicar su saber se reunieran con gentes amantes de saber (…). Esa Universitas (…) iría a buscar fuera de la localidad, en las más apartadas regiones y lugares de nuestro país y del mundo, a la multitud dispersa de los que necesitan el libro para su deleite o para su estudio. Esto, traducido a lengua de este mundo concreto, no era ni más ni menos que una revista, pero una revista con unas características especiales.» Será también Juan Guerrero Ruiz, que por aquel entonces dirigía junto a José Luis Cano la colección «Adonais», quien los presente, ante el interés que despertó en este último el proyecto de Canito. En seguida simpatizaron y supieron ver que juntos formaban un equipo suficientemente válido como para llevar sus ideas adelante. Se unían, por un lado, un profesor intelectual amante de los libros y con mirada de proyección internacional y, por otro, un joven poeta que ya tenía en su haber una ardua empresa como era la colección «Adonais». Así apareció el 1 de enero de 1946 el primer número de Ínsula, con una vocación clara: unificar en un proyecto concreto la dispersión intelectual que la guerra civil había ocasionado, es decir, posibilitar que unos y otros se volvieran a hermanar al reconocerse en la que iba a ser durante muchos años la revista de todos.

Los inicios

Las primeras colaboraciones de José Luis Cano en Ínsula son tres reseñas críticas relativamente cortas que, firmadas simplemente con las iniciales, aparecen en el número 1 dentro de una las secciones que más tiempo van a durar: «El Mundo de los Libros». Ya desde un principio mostraba su falta de ambición personal y su entrega al proyecto. En lugar de poner su nombre completo, como ocurre con otros colaboradores, Cano prefiere sentirse generoso ofreciendo de manera casi anónima sus reflexiones sobre libros aparecidos.

En el número 2, aparte de otra reseña en la misma sección también firmada con iniciales, aparece una crónica de una exposición de libros y revistas franceses organizada por el Instituto Francés en España. ¿Cuántas notas breves —y no tan breves— se deberán a la pluma de Cano? Eso nunca lo sabremos. Ese mismo espíritu de generosidad se nota en otro dato curioso: hasta el número 73, correspondiente a enero de 1952, no aparecen impresos en la cabecera los nombres de Enrique Canito como director y de José Luis Cano como secretario. Luego, en enero de 1973, se incorporaría de manera definitiva a la revista Antonio Núñez, quien fue nombrado secretario, pasando entonces Cano a aparecer como subdirector.

Seguirán, a lo largo de los primeros diecisiete números, este tipo de colaboraciones, aunque hay que tener en cuenta que la máquina puesta en movimiento ya no se parará. Si observamos los primeros años de Ínsula, no predominan excesivamente los trabajos relacionados con la literatura, apareciendo junto a otros de carácter científico, musical, artístico, etc. No obstante, como luego advertiré, José Luis Cano empezará a entablar una preciosa correspondencia que, con los años, dará un empujón muy importante para que Ínsula sea algo que ya advirtió Enrique Lafuente Ferrari: «En comparación con otros países más afortunados —Francia, Inglaterra— España es muy pobre en (...) testimonios vivos, directos, personales, llenos de detalles auténticos y de primera mano, sin los cuales la historia es fácilmente distorsionable. (...) Ínsula es (...) un testimonio. Primero, un testimonio de continuidad, una voluntad de salvar la continuidad de la auténtica intelectualidad española, a despecho de todo. (...) Yo estoy seguro que cuando se estudie la historia española de estos últimos años españoles, Ínsula será un documento de primera mano y de positivo valor. Y creo no tardará mucho tiempo sin que a Ínsula se dediquen tesis doctorales por los hispanistas conscientes de varios países» (2). Y un ejemplo reciente es la tesis doctoral que Antonio Guerrero Rodríguez (quien colabora en este mismo número) dedicó a los diez primeros años de la revista.

«Los Libros del Mes»

En el número 18, correspondiente a junio de 1947, aparecía por primera vez «Los Libros del Mes», una de las secciones que ininterrumpidamente, hasta el número 458-459 (enero-febrero de 1985) en que empiezan a salir entregas de fragmentos de Los Cuadernos de Velintonia —que luego editaría completos en libro—, nos ofreció José Luis Cano en las páginas de Ínsula (3). En una breve nota que la encabezaba se advertía que la nueva sección aspiraba «a reseñar los libros españoles que constituyan la actualidad literaria más destacada del mes» y que no pretendía «hacer crítica rigurosa y detenida, sino informar a sus lectores (…) de lo más saliente o característico de nuestra producción literaria». Aun así, seguirá firmando sólo con las iniciales hasta el número 21 (septiembre de 1947), en que lo hace como «J. L. Cano». Y, a partir del número 60 (diciembre de 1950), ya aparece su nombre completo.

Pienso que casi cuarenta años de sección merecería la pena verlos publicados en un solo volumen y valorar si, en verdad, no se caracterizaba por la rigurosidad. Así y todo, el caso es que rastrear todo esa cantidad de reseñas de libros de producción específicamente española seguro que, al menos, nos daría una idea clara de los diversos períodos de nuestra historia literaria de la segunda mitad del siglo, aparte de ver la evolución crítica de una de las personas que más han hecho por la literatura hispánica en los últimos tiempos. Y precisamente en unas épocas tan difíciles como las que tuvieron que vivir en lucha constante con la censura.

Otros trabajos fue publicando Cano fuera de sección, pero en muy pocas ocasiones firmados. Si hiciéramos un repaso en los índices de la revista, veremos que hay una descompensación entre lo que escribió en ella y las entradas con su nombre. Como, por ejemplo, es el caso de otra sección muy importante en la historia de Ínsula: «La Flecha en el Tiempo».

«La Flecha en el Tiempo»

En el número 47 (noviembre de 1949) aparece por vez primera la sección titulada «La Flecha en el Tiempo», que, como es habitual en Cano, no lleva firma. En la misma se da noticia de congresos, premios literarios, centenarios, debates, ediciones curiosas, revistas nuevas o desaparecidas, noticias literarias internacionales, etc., en fin, una gran cantidad de información que venía a ayudar al hispanista a conocer asuntos que, de otra manera, hubieran pasado desapercibidos.

Para hacerse una idea de lo que contenía «La Flecha en el Tiempo», diré que las tres primeras «flechas» se titulaban: «Poesías de García Lorca» (informaba de la publicación en el número 10 de Cuadernos Hispanoamericanos de seis poemas y dos dibujos inéditos del poeta granadino a cargo de Luis Rosales), «Revisión de Anatole France» (sobre el veinticinco aniversario de la muerte del escritor francés tan denostado por los surrealistas) y «Literatura de situaciones extremas» (sobre el auge del tema de la violencia pura en la literatura contemporánea). Y como colofón informativo, las últimas publicadas (en el número 484, marzo de 1987) se titulaban así: «Ha muerto Emilio Orozco», «Homenaje a Ángel Caffarena», «Renacimiento de la Editorial Aguilar» e «Importancia de la bibliografía».

Ahora bien, quizá el punto álgido de esta sección se produzca durante los años sesenta y setenta, coincidiendo con la época de mayor colaboración del «hispanismo de ambas orillas» y contribuyendo de manera esencial a esa voluntad de sus editores de ofrecer una información de «tono abierto y nada oficial». Aún recuerdo muchas veces la indignación que provocaba en determinados ámbitos el que José Luis Cano escribiera alguna «flecha».

Riqueza de las amistades

A partir de 1948, los contactos de Cano con los poetas del 27 se intensificarán, lo que supone una mayor presencia de éstos en los números; tanto de los que estaban exilados como de los que se habían quedado en España. No sólo hablando de sus obras o dedicándoles números (como a Jorge Guillén, núm. 26, febrero 1948), sino dando cabida a trabajos firmados por ellos mismos, de los que algunos son auténticas joyas, como «Tres poetas metafísicos» de Luis Cernuda (núm. 36, diciembre 1948, pp. 1-2). Pero también la correspondencia de Cano con alguno de ellos sirvió de puente para poder elaborar números monográficos dedicados a diversas literaturas latinoamericanas (4), así como para que, por ejemplo, Cernuda hiciera llegar a España, vía Ínsula, textos de una mujer del 27 entonces olvidada: María Zambrano. Cernuda escribe a Cano enviándole un texto de esta escritora y pensadora («Dos fragmentos sobre el amor») y pidiéndole enérgicamente que, de darlo, debe de ser en primera página (5). También esos contactos permanentes entre Cano y los poetas del 27 y otras generaciones más jóvenes facilitarán la publicación de obras suyas en la colección de libros que, con el nombre de Ínsula, lanza Enrique Canito: Ocnos, de Luis Cernuda; Nacimiento último, de Vicente Aleixandre; Teatro, de Pedro Salinas; el Troilo y Crésida, de Shakespeare, en traducción del propio Cernuda; Ángel fieramente humano, de Blas de Otero; Hacia otra luz (Poesías completas), de Carlos Bousoño, o Palabras a la oscuridad, de Francisco Brines. Y es que, además, su labor en la colección «Adonais» le ha hecho entrar en contacto con las firmas poéticas más prestigiosas del momento, a la vez que con los nuevos autores que van surgiendo. Más tarde, se irán incorporando a la revista las nuevas generaciones: los «excluidos de la Pléyade» (o generación del 60), los novísimos, etc.

Otra amistad importante será la que tengan a lo largo de toda su vida José Luis Cano y Ricardo Gullón. Éste, que entonces vivía en Puerto Rico, le facilita a Ínsula un contacto fundamental: Juan Ramón Jiménez, quien ya había tenido relaciones con Enrique Canito antes de marchar al exilio. Y, así, empiezan a aparecer colaboraciones del que será, en 1956, Premio Nobel. Desde el número 33 (septiembre de 1948) se sucederán poemas y trabajos hasta su muerte, en 1958.

Otros grandes autores llegarán a Ínsula, gracias a los contactos y amigos de Cano, pero enumerarlos ahora llevaría muchas páginas. Sí conviene llamar la atención sobre la tertulia de la calle del Carmen, que, haciendo honor al nombre, supondría una «isla de encuentro» con todos aquellos que venían de fuera o que, viviendo en España, querían participar del proyecto, intercambiar ideas, informar o informarse, etc.

A finales de 1982, y después de soportar una crisis —al igual que otras revistas y editoriales—, Espasa Calpe compra la sociedad editora de Ínsula, y, en 1983, su número de enero aparece ya con José Luis Cano como director. Siempre, desde sus orígenes hasta que en 1987 Víctor García de la Concha toma el relevo al frente del proyecto, nombrando a Cano presidente honorífico, la aportación intelectual, crítica y humana del amigo recientemente desaparecido fue decisiva para la revista.

En realidad, sería imposible —por falta de espacio— hacer un número entero de la revista citando toda la aportación de este filántropo, de este «poeta de la bahía» que un día conoció la «isla» regentada por Enrique Canito y que se convirtió a sí mismo en el mar que la acogía.

C. A.-U.—SECRETARIO DE ÍNSULA

(1)  A. Núñez, «La pequeña historia (Ínsula, 1946-1970)», núm. 284-285 (julio-agosto 1970), pp. 24-26. Este número extraordinario conmemoraba el XXV Aniversario de la revista.

(2)  E. Lafuente Ferrari, «Ínsula, presencia y testimonio», núm. 284-285 (julio-agosto 1970), p. 3.

(3)  Conviene advertir que, en un principio, esta sección, aparte de por J. L. Cano, estaba firmada en ocasiones al alimón por otros colaboradores, como era el caso de uno de los que más apoyaron desde sus inicios el proyecto Ínsula: Manuel Cardenal Iracheta, o el de otro habitual colaborador en aquellos tiempos: Juan Antonio Gaya Nuño.

(4)  Por supuesto, el gran animador de las «Letras de América» fue el magnífico crítico y escritor Jorge Campos, seudónimo literario de Jorge Renales Campos.

(5)  Efectivamente, apareció en el núm. 75, pp. 1 y 4.

 
 
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