INSULA Francisco Ayala: El sentido y los sentidos. Número 625-626. Enero/Febrero 99
 
 

ROSA NAVARRO DURÁN /
RETRATO DE FRANCISCO AYALA SOBRE FONDO CERVANTINO



Francisco Ayala es un testigo lúcido, excepcional, del curso de casi todo el siglo xx. Conversar con él es un acto tan gozoso como leer su obra. Sabe escuchar, mantiene la curiosidad por lo que pueden contarle —hecho milagroso a su edad— y pone siempre la palabra adecuada en el lugar justo:

«—¿Viena? Una ciudad desmayada. Fui por primera vez después de la primera guerra mundial.»

    «Después de la primera guerra mundial» dice, y es casi inverosímil, pero cierto. El adjetivo con que califica a la hermosa ciudad, «desmayada», la define mejor que el relato de tres días de visita.

«—Siéntese donde quiera, yo no tengo un lugar preferido. Las costumbres ayudan a organizar el tiempo, pero nunca deben esclavizar.»

    La lección existencial surge sin énfasis, sin pretender serlo. Y la frase queda ahí ya para siempre, porque desde su sencillez ha desvelado algo esencial para esa conquista tan difícil de la vida apacible.

Vida y creación, sin fisuras

No hay fronteras entre su escritura y su palabra viva porque no las hay entre el autor y su obra. En su «Regreso a Granada» dice: «Entiendo que dar razón de mi obra literaria equivale a dar razón de mi vida, pues desde muy temprano sentí que, siendo mi vocación las letras, si había de escucharla y seguirla, todo lo demás tendría que supeditarse a su cultivo. Pero cultivar la literatura no podía ser —según lo entendía yo— convertirla en profesión, dedicarse a ella como actividad profesional» (1). Ese carácter aparentemente diletante de su escritura y a la vez su firme vocación de escritor sueldan los dos ámbitos —el de la vida y el de la creación— sin fisuras. Siempre he rechazado la lectura biográfica de las obras, tal vez porque muchas vidas llegan a empañar la espléndida belleza de la creación; pero ante Francisco Ayala, siempre se descubre al escritor. No hay sorpresa, su elegancia vital hace que su conversación se derrame por las palabras de un libro con la misma naturalidad que los juicios críticos, fruto de una constante mirada inteligente a la realidad, con la ironía de que hace gala el narrador a menudo ante el comportamiento de entes de ficción.

En su discurso de agradecimiento del Premio Príncipe de Asturias, el 23 de octubre de 1998, advertía del peligro de que los «formidables instrumentos que el progreso tecnológico» pone en manos de la humanidad «puedan caer bajo el dominio de mentes insanas o criminales, o simplemente de que sean manipulados por inteligencias cortas y manos torpes». Él, como testigo del devenir de la historia contemporánea, conoce muy bien esa doble faz del ser humano, su capacidad extraordinaria para convertir en ciencia la ficción —lo que antes ha soñado como imposible— y a la vez la torpeza o la locura de personajes que han tenido en sus manos el poder. Su último ensayo fluye con la seguridad del dominio de la lengua y con la fuerza del sentido común que le caracteriza.

En 1964 escribe la «Carta literaria a H. Rodríguez Alcalá», contestando al lector y crítico de sus escritos que se asombra del «desenmascaramiento quizá brutal» —dice Ayala— que hace de las pretensiones del hombre (2). Y es esa, en efecto, una de las constantes de su obra, porque desde su conocimiento de sociólogo y desde la serenidad lúcida de su mirada de águila —siempre hay, en el fondo de su pupila, inteligencia—, ha creado entes de ficción que lo ponen de manifiesto o lo ha dicho en iluminadores ensayos. No olvidemos que el «oscuro periodista y archivero municipal de la ciudad de Coimbra», F. de Paula A. G. Duarte, su álter ego, que prologa Los usurpadores (1949), lo dice ya, al hablar del tema común de los relatos: «el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación» (3). Y, en su «Regreso a Granada», añade cómo conjurar ese mal que devora al hombre: «el ejercicio del poder en la sociedad constituye un mal absoluto, pero inevitable, derivado del pecado original, y que por tanto debe considerarse en principio como una usurpación todo poder ejercido por el hombre sobre su prójimo. Frente a ese mal impuesto por la caída condición humana se ofrece el solo remedio de la abnegada caridad» (4). El remedio sigue, pues, a la denuncia: el ser humano puede ser el tirano o el salvador; es el humanismo de Ayala que se impone sin alharacas, desde la fuerza de la palabra precisa en el decurso de un pensamiento comprensible; nada más lejos de la ampulosidad pretensiosa ni su vida ni su obra.

La casa, el exilio, la libertad

Su casa es luminosa, carece de los adornos vacuos. La describe Juan Cruz un 20 de septiembre de 1996 en El País y lo recoge Ayala en «Pequeñas confesiones»: «En la casa de Francisco Ayala hay tres ventanales; cuando la claridad es más azul se evidencia la sobriedad de su equipaje: hay tres libros grandes encima de una mesa bajita, y el resto está limpio, como si la mesa estuviera entre el silencio y el olvido» (5). Todos los lugares son su lugar o ninguno. Su saber estar en la existencia le ha dado esa capacidad asombrosa de adaptación ¡hasta a la tragedia del exilio! El exilio le arroja «a la precariedad de lo imprevisto», a «un espacio abierto y, como tal, desoladoramente inseguro», y tiene que «improvisar una manera por completo nueva de hallarme en el mundo». Es el desasimiento del caminante lúcido de la existencia que sabe distanciarse o prescindir de las cosas, renunciar a toda dependencia de lugares, de costumbres, de objetos, en vez de lamentarse continuamente de la pérdida. Él descubre —de nuevo otra gran lección para el ser humano— que el «desasimiento que esta desamparada situación me imponía resultó ser —muy pronto pude comprobarlo— bastante acorde con mi inclinación natural, con mi sentimiento de la libertad, con mi genuina actitud frente al misterio de los destinos humanos» (6).

Y es ese sentimiento de libertad el que le lleva a respetar siempre la del prójimo y no entregar la suya, como dice en «Pequeñas confesiones», pinceladas autobiográficas llenas de sabiduría y de rigor ético. Las cierra con lo que de él decía «una mujer muy sagaz y muy vivida»: «Este Ayala, ¡qué misterioso es! Es como el durazno maduro. Se deja comer muy gustosamente por aquellos a quienes él quiere; pero ¡que nadie se engañe!: si alguno, en llegando al hueso, intenta hincarle el diente, puede que se le quiebre» (7).

Desde esa defensa de la libertad que siempre hace —y predica con el ejemplo—, se confirma lo que en la mencionada «Carta literaria» él decía: su «inclinación natural más cervantina que no quevedesca». Ayala comparte con la pastora Marcela del capítulo XIV del Quijote la asunción de su libertad como condición de vida: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», dice ella. Pero también tiene la actitud del propio don Quijote, que hace caso de las palabras de Marcela y, defendiendo su voluntad, desafía a aquellos que, sin escucharla, querían seguirla.

Francisco Ayala, en el discurso que pronuncia al serle entregado el Premio Cervantes, el 23 de abril de 1992, manifiesta su simpatía y su deuda para con el escritor:

«Para empezar, la advocación de Cervantes tenía que tener una resonancia de intensa simpatía en quien, como yo, ha dedicado muchas horas de su larga vida, y llenado muchas páginas, en continua aplicación al estudio de su obra; y, sobre todo, para un autor de ficciones literarias que, no menos que cualquier escritor de invenciones tales, ha debido moverse dentro del ámbito espiritual y trabajar mediante los recursos técnicos que, para universal magisterio, estableciera el autor del Quijote» (8).

Cuenta cómo lee de niño el Quijote y cómo hace suyas algunas de sus palabras «entonces malsonantes, cuyo significado ignoraba». Reconoce lo que señalaron los críticos (9) lectores de su primera novela, «los ecos inconfundibles del Quijote», y glosa en su discurso —como cierre de ese reconocimiento y deuda perenne— un pasaje del que él llama «Libro fundamental»: «Me refiero —dice— al capítulo que relata cómo las personas afectas a don Quijote han decidido, entre su primera y segunda salida, expurgar piadosamente la biblioteca del hidalgo para quemar los malditos libros de caballerías.» Y comenta, con esa concepción cervantina de la existencia,

«… me parece a mí que esa búsqueda silenciosa de la condenada puerta es más penosa que todos los descalabros sufridos por el caballero en sus aventuras; que esa bien intencionada acción de quienes bien lo quieren, al prohibirle el acceso al lugar de la lectura, resulta más cruel que cuantos escarnios le fueron infligidos, pues cierra el paso al campo de la libre imaginación, al que se supone no pueden ponérsele puertas» (10).

Escribe sobre Cervantes una serie de ensayos (11), recrea en uno de sus relatos, El rapto (1965), una invención cervantina (12), le apasiona el escritor desde su condición de crítico que sabe advertir la maestría técnica: «apenas puede imaginarse engarce que Cervantes no haya utilizado en la montura de su obra» (13). Practica su juego de espejos, la multiplicación del narrador con sus distintas perspectivas; y en su admiración se perfila ese retrato vital que su palabra va creando.

Advierte y subraya la disidencia de Cervantes:

«Esta situación vital de Cervantes, como conciencia disidente, el conflicto íntimo de la disociación cultural que en ella se expresa, constituye una indicación más preciosa para la interpretación del mito quijotesco que los contenidos racionales e ideológicos que pueden desprenderse del texto» (14).

Se da cuenta de su inquietud por su «oficio»: «… nos hallamos ante una de las conciencias literarias más despiertas, más inquietas, más sobre aviso, de todas las épocas. El dramático buceo del escritor en las cuestiones de su oficio y del poeta en el sentido y valor de la actividad poética llega a atosigarlo» (15). Advierte cómo el novelista no sentencia, no impone una única realidad, una única verdad: «A Cervantes la realidad del mundo moral se le aparece como problemática, y por eso lo que él nos propone no es una solución, sino el problema mismo, para que, debatiéndolo entre sus términos, tratemos de hallarla con nuestros recursos personales en el foro de nuestra libre intimidad» (16).

Leer a un escritor es intimar con él, dirá Ayala (17), pero sólo se intima de veras con alguien a quien se tiene simpatía en su sentido etimológico, con quien se comparte el sentimiento. Francisco Ayala ofrece como «una serie de novelas ejemplares» los relatos de Los usurpadores (18). Y lee así la ejemplaridad de las novelas cervantinas: «Sus novelas, que bucean en el pozo de la naturaleza humana buscando la regla de la conducta debida, resultan ser, tal como él las rotuló, sencillamente ejemplares» (19).

Su admiración por Miguel de Cervantes siempre tiene una doble faz, lo ve como autor de «unidades poéticas de sentido inagotable« (20) y lo sabe «humanista cristiano» (21). Si no fuera inadecuado cambiar de registro en este contexto y utilizar el de Sancho, diría: «Dime con quién andas y te diré quién eres.» Cervantes es el amigo de siempre de Francisco Ayala, al que éste nunca ha renunciado.

Con su condición de defensor de la libertad del ser humano, de conciencia lúcida de una época, con la mirada a su alrededor desde el desasimiento, con su fe en el mundo de la ficción literaria, con todo ello, se puede esbozar el auténtico retrato de Francisco Ayala… sobre fondo cervantino.

R. N. D.—UNIVERSIDAD DE BARCELONA

(1)  El tiempo y yo, o El mundo a la espalda, Madrid, Alianza Editorial, 1992, p. 65.

(2)  El escritor en su siglo, Madrid, Alianza Editorial, 1990, p. 272.

(3)  Los usurpadores, ed. de Carolyn Richmond, Madrid, Cátedra, 1992, p. 100.

(4)  De mis pasos en la tierra, Madrid, Alfaguara, 1998, p. 53.

(5)  Ibíd., p. 81.

(6)  Ibíd., p. 171.

(7)  Ibíd., p. 84.

(8)  «Discurso en la entrega del Premio Cervantes 1991», en Rosa Navarro Durán y Ángel García Galiano, Retrato de Francisco Ayala, Barcelona, Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 1996, p. 49.

(9)  Vid. Mariano Baquero Goyanes, «Cervantes y Ayala: El arte del relato breve», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 329-330 (noviembre-diciembre 1977), pp. 311-326; en su nota 2 da otras referencias bibliográficas sobre el tema. También, Carmen Escudero Martínez, Cervantes en la narrativa de Francisco Ayala, Universidad de Murcia, 1989, y Rosa Navarro Durán, «Francisco Ayala y Miguel de Cervantes», Cuadernos Cervantes, núm. 14 (mayo-junio 1997), pp. 78-81.

(10)  «Discurso en la entrega del Premio Cervantes 1991», cit., p. 50.

(11)  Los recoge en Cervantes y Quevedo, Barcelona, Ariel, 1984. Y en El tiempo y yo, o El mundo a la espalda, hay otros tres con referencias cervantinas: «Cervantes, abyecto», «Armas y letras» y «Don Quijote guardará nuestro sueño».

(12)  El episodio de Vicente de la Roca y Leandra, que cuenta el cabrero al final de la primera parte del Quijote.

(13)  «La invención del Quijote», en Cervantes y Quevedo, op. cit., p. 39.

(14)  «Un destino y un héroe», en Cervantes y Quevedo, op. cit., p. 11.

(15)  «La invención del Quijote», cit., p. 45.

(16)  «La técnica de la composición en Cervantes», en Cervantes y Quevedo, op. cit., p. 78.

(17)  «Leer a un escritor es conocerlo más que se conoce al común de los conocidos, es ser íntimo suyo», en «Cervantes, abyecto», en El tiempo y yo, o El mundo a la espalda, op. cit., p. 208.

(18)  Introducción a El Hechizado, en Los usurpadores, ed. cit., p. 255.

(19)  «El nuevo arte de hacer novelas», en Cervantes y Quevedo, op. cit., p. 136.

(20)  «El túmulo», en Cervantes y Quevedo, op. cit., p.198.

(21)  «El nuevo arte de hacer novelas», cit., p. 136.

 
 
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