| Alfonso Reyes escribió de todo, por no decir que lo escribió todo, o como dice Pascal que decía Demócrito, «habló de todo». La última etapa de su vida la pasó en una biblioteca de dos pisos que se hizo construir en medio de la casa, a la que estaban supeditadas todas las demás habitaciones; una biblioteca con miles de volúmenes, propia de un erudito con vocación de ser no ya escritor sino libro mismo. Enrique Díez-Canedo la llamó la Capilla Alfonsina, como una ironía sobre la monumentalidad de la estancia, y también como homenaje al saber omnívoro de Alfonso Reyes. Desde esa biblioteca, después de haber leído todos los libros posibles, aunque no aritméticamente hablando, inició Reyes la tarea proteica de escribirlos todos otra vez. Eso es lo que se llama voluntad enciclopédica, animada siempre por el deseo de conocimiento, por la usurpación de la sabiduría expresada en los libros de los otros y por un deliciosamente impuro canibalismo cultural que, en los grandes autores, se torna insaciable. Esa enfermedad intelectual que es el enciclopedismo literario arranca de Montaigne y tiene en Feijoo, Diderot, Larbaud, Savinio, Queneau, Borges y Cunqueiro nombres que se hermanan con Reyes.
Una obra diversa y plural, un punto de vista único
La obra magna y magnífica del polígrafo mexicano abarca más de veinticinco volúmenes de obras completas y es tan diversa y plural como el espíritu curioso de su autor, tan amplia y rica, tan sugerente y completa como el saber humanístico al que estaba entregado en cuerpo y alma. Las mil caras de su literatura poseen, no obstante, un punto de vista único, un solo foco desde el que articular formalmente esa ingente capacidad de asumir la totalidad que tenía Reyes, y es la condición inequívoca de ensayista.
Alfonso Reyes es un ensayista en el sentido clásico del término (ese «hablar de todo» de Demócrito), uno de los mejores de la literatura de todos los tiempos, y desde luego el más grande de las letras hispanoamericanas, tal como ya viera Borges. En el ensayo, además, Alfonso Reyes se siente a gusto, incluso como definición, algo elegiaca, de sí mismo: «el ensayo, este centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera». De todas las figuras mitológicas, Reyes decía que el centauro se adecuaba a su ser doble y complementario. El ensayo, así, supone esa manera de hacer literatura desde la mayor flexibilidad posible, desde la tolerancia de criterios, desde la mejor combinación de híbridos, desde ese etcétera que se presenta como la ventana al infinito. Por eso la obra de Reyes que se puede parcializar en géneros concretos, como la narrativa o la poesía, es falsamente pura, ya que ambas gozan inevitablemente de un aire común ensayístico, de una corriente de pensamiento que las diluye en el resto de la obra de Reyes, aislándolas de su naturaleza y volcándolas en el gran magma caprichoso del prolífico divagador que él era.
Su poesía, de la que la crítica siempre destaca la compleja Ifigenia cruel, con ser una parcela corta comparada con el conjunto global de su obra, es una expresión más de todas las que pudiera adoptar su pensamiento. Como otra igualmente puede ser la afición por los libros de gastronomía o por la historia local de su Monterrey natal. Sus relatos participan más de la exposición amena de ideas o de historias literarias que de una ficción enteramente novelística, y de hecho nunca abordó una novela, tal vez por carecer de la necesidad de la sola ficción.
Como escritor, Reyes es una fuerza que atrae a un punto los dos extremos históricos de Homero y Mallarmé. Arcaico y refinado —lo ha dicho Paz—, Reyes guarda en su prosa el vigor de una corriente literaria que lo absorbe todo para a su vez concretarse en un pensamiento unívoco, feliz y lúcido. Sólo por eso, probablemente, se alcanza a entender la sutil felicidad que produce leer a Reyes, o a Borges, o a Queneau, o a Cunqueiro, una felicidad que es la respuesta al estímulo del placer por el conocimiento y por la luz, frente a la ignorancia y la oscuridad, dicotomías muy presentes en Reyes. Pero además, cuando se lee al azar la obra de Reyes, en seguida se capta una profunda raíz popular, humana, carnal. Hay en su prosa, y también en sus temas, una clara sensualidad, procedente de Whitman y de Larbaud, procedente también de la oralidad de su estilo, como si hubiera atendido mucho a los hombres antes de entrar en los libros. Es un enciclopedista burlón, erótico. Y esta bien puede ser la razón de que su obra transmita ese porcentaje de felicidad que le causa al escritor Reyes la escritura misma.
Choque de contrarios
Como toda obra de grandeza, la vasta obra de Alfonso Reyes avanza en el tiempo mediante etapas que van formando una suma de fuentes dispares, de manantiales contradictorios que sólo en un autor desprejuiciado como era él podían transformarse en un caudal nuevo y poderoso. Nacido en 1889 en Monterrey, donde su padre, el general Bernardo Reyes, estaba de gobernador provincial, Alfonso Reyes estudió Derecho en Ciudad de México. Allí formó parte de un grupo de literatos y de poetas que habrían de suponer una ruptura y un arranque hacia una nueva historia de las Letras mexicanas. Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Antonio Caso, Luis Urbina, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer o Castro Leal son los nombres que forman una nueva generación, definida académicamente como posmodernismo mexicano, tras los excesos coloristas de fin de siglo de Tablada y López Velarde. Su poesía, dicha «del crepúsculo» por Octavio Paz, es una poesía de reflexión, intimista, sazonada en ideas y no en vivencias, suave y no áspera, gris y no de extremos, salvo en el caso del extraordinario poeta francotirador que fue Villaurrutia, el solitario asocial que, en cierto sentido, representa el punto opuesto de Reyes.
Por otra parte, la Revolución, pronto convertida en una sangrante herida que no se cierra, supone la muerte de su padre en 1913 en acción de guerra. Este hecho, narrado como un testimonio en Oración del 9 de febrero, habría de significar un gran dolor y un gran desgarro intelectual en Reyes, hasta el punto de que parte de su búsqueda literaria se orientó hacia el choque de contrarios, hallando luego en el helenismo clásico de los grandes griegos y latinos la respuesta a sus preguntas, mediante la expresión filosófica y mitológica de la contradicción como base del pensamiento. Razón y pasión fueron sus inquietudes, como no podía ser menos en un autor que desconfía por igual de la realidad, por ficticia, y de la ficción, por realista.
Se inicia entonces una larga época abundante de experiencias en Reyes. Parte a Europa. Entre 1914 y 1924 está en España, después de un breve, pero muy fecundo, paso por París. Francia le marcará con honda huella. Allí conoce a Jules Romains y a Valéry Larbaud, quien le influirá definitivamente en su pasión por la cultura francesa, en la que encuentra cercanías y revelaciones: Proust, Mallarmé, Gourmont, Valéry, entre otros. Empieza allí una carrera como diplomático que le llevará por varios países y culturas hasta 1939, en que de nuevo se establece en México. La estancia en España es enriquecedora. Escribe y publica Cartones de Madrid (1917), de corte casi periodístico, donde ya se ve el tono de permanente «comentarista» asistemático que va a dar a toda su obra, cruce constante de citas, niveles e ideas. Le siguen su famoso ensayo Visión de Anáhuac (1917), y otras obras que contienen artículos, ensayos, narraciones y poemas: El suicida (1917), Retratos reales e imaginarios (1920), El plano oblicuo (1920) y la pieza poética Ifigenia cruel (1924), arquitrabe retrospectivo de la exégesis de su obra al completo. En España traba amistad con los intelectuales de la época y colabora en El Sol de Ortega y Gasset. Son años en que aprende y debate con Américo Castro, Federico de Onís, Gómez de la Serna y Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán.
Los años posteriores que median entre 1925 y 1939 Reyes trabaja en las cancillerías mexicanas de Francia, Argentina, Brasil y Uruguay. Son años en que fija la madurez de su obra poética y sienta los cimientos de su obra ensayística mediante pequeñas recopilaciones de temática diversa, preámbulo de las grandes obras de erudición que emprenderá al final de su vida, en los veinte años últimos, encerrado de nuevo en México hasta su muerte, acaecida en 1959. Esta etapa es la del estudio de los clásicos helénicos y latinos, con obras como La crítica de la Edad ateniense (1941), Junta de sombras (Estudios helénicos) (1949); sus estudios del Siglo de Oro español, siendo un gran erudito del Polifemo gongorino; sus ensayos sobre la escritura y la teoría literaria, como La experiencia literaria (1942), Tres puntos de exégesis literaria (1945) y Al yunque (1958); sus estudios de literatura inglesa sobre Stevenson o Chesterton y su revisión de Goethe en Grata compañía (1948); sus obras de temática americana, como Última Tule (1942), Tentativas y orientaciones (1944) y Norte y Sur (1945), interés este nunca dejado por Reyes, que reubicó la cultura americana hispana en el marco universal. En los años finales, Reyes fue también un gran traductor y una figura académica de primera magnitud, profesor en la Universidad de Monterrey, fundador e impulsor del Colegio de México y presidente de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1957. En suma, tal vez, junto con Octavio Paz, el intelectual mexicano más importante del siglo.
Un gran asociador
En la escritura de Reyes es común encontrar al erudito que trata de no caer jamás en la pedantería, y sí en la ligera pedagogía. Sazona con humor e ironía sus divagaciones para quitar peso al saber que maneja y sintetiza en cada escrito suyo. Tal vez por ese don de la distancia que tenía, su obra hoy puede leerse con viveza y con el calado de algo que aún palpita, porque siendo en casi todo un heterodoxo, fue en casi todo un ecuánime conciliador. Leer sus ensayos de temática tan amplia como la vida que cabe en una biblioteca produce la satisfacción de adentrarse por el territorio de la armonía entre contrarios, de la paradoja resuelta, de la sorpresa intelectual. Reyes, como Borges, es un gran dialéctico al estilo de los Pensamientos pascalianos, penetra de manera transversal en la cultura, en las culturas, y asocia en perfectas síntesis a filósofos con historiadores, a poetas clásicos con apasionantes disquisidores filológicos, a la razón con la pasión, su gran dúo de dudas, su gran dúo de transmutaciones. De él ha escrito, tan acertadamente, Octavio Paz: «Viajero en varias lenguas por éste y otros mundos, escritor afín a Valéry Larbaud por la universalidad de su curiosidad y de sus experiencias —a veces verdaderas expediciones de conquista en tierras ayer incógnitas— mezcla lo leído con lo vivido, lo real con lo soñado, la danza con la marcha, la erudición con la más fresca invención.» En efecto, mezclaba la danza con la marcha, he ahí la esencia del ensayo, el arte del ensayista.
A. G. O.—ESCRITOR Y CRÍTICO LITERARIO

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