| A imagen y semejanza de Franz Kafka y de Jorge Luis Borges, su singular émulo, Juan José Arreola ha logrado un plural y seductor mundo de representaciones literarias. Fantasioso zoófilo, teólogo sofístico y sarcástico, enciclopedista paródico, crítico humorístico de la moderna tecnomanía, es sobre todo el amador empedernido, obsesivamente sujeto al atractivo de la mujer, su tentación y su castigo.
El gran histrión
En sus prosas multiformes, Arreola, el gran histrión, asume todos los papeles imaginables a partir de la relación de pareja con esas criaturas que son apasionado objeto de su apetito o de su rechazo. Asume (pero en solfa) los magníficos como los denigrantes. Sueños de omnipotencia erótica en su intimidad mental conviven y combaten con pavores mutiladores. Alternativamente aparece Arreola como el poseedor absoluto y abusivo que somete a la amante al trato vejatorio que el apremio lúbrico reclama; o resulta el seducido y entrampado por la mujer fatal; es el que cae en la corola de captura de la flor carnicera, aquel que queda adherido al papel pegamoscas de una coqueta o aprisionado por la babosa tela de una araña hembra que lo envuelve con su óctuple abrazo y lo sorbe; o se hunde con su provocativa media manzana en un meloso charco de jarabe. Así el fantasma de la lujuria lo precipita al tragadero, al insondable abismo de la carne apetente, en perpetuo celo.
Arreola en su deleitable prosa breve, esa mascarada de varia invención, es el perverso polimorfo que se alucina fabulando su meretriz (la odalisca, la esclava, la geisha, la hurí, las quimeras exóticas y eróticas del Occidente fin de siglo); se ilusiona figurándose la licenciosa que sumisamente se pliega al mandato voluptuoso del polígamo varón. Pero Arreola en sus ficciones es también el eunuco reducido a servil abyección, el fisgón que prepara el lecho para los embates amorosos de su dueña con los machos de turno, y espía luego las orgías. Su prosa acoge todos los fantasmas que la confusa, irresoluta puja entre carne y espíritu genera, desde las proyecciones ideales de intangibles e inmaculadas damas de pensamiento —tipo Laura, Beatriz o Dulcinea— hasta la mujer viperina, la felina, la vampiresa, la que mata y come al macho que la sirve, y devora su cría.
Familiaridad con los bestiarios, teatro de variedades
A menudo Arreola recurre a los animales como semejantes, como símiles o alegorías de la contextura, la condición y la conducta humanas. Por algo nació entre pollos, puercos, chivos, guajolotes o pavos, vacas, burros y caballos; por algo un borrego negro lo siguió en sus primeros pasos y lo persigue aún en el recuerdo. De ahí su familiaridad con los bestiarios. Personajes interpósitos, los animales, encarnación del otro, parecido y diferente, extraño y casi congénere, sirven para revelar nuestras tendencias más profundas, la enigmática alteridad que alojamos en nuestro propio cuerpo, y sirven para tender lazos solidarios que nos posibilitan simbólicamente nuestro reintegro a la naturaleza original, restablecer la solidaridad del comienzo. Arreola explota con pericia sin par la ancestral tradición de los bestiarios. En su prosa, los animales vuelven a encarnar divinidades sobrehumanas, se ligan con los poderes portentosos a que aspiramos, y a la vez nos recuerdan el reclamo y gravitación vital de las funciones inferiores, de lo genital y excrementicio. Los animales intercambian con nosotros rasgos, caracteres y destinos. Vuelven a ser emblemas de virtudes y defectos. Criaturas celestiales o infernales, encarnan tanto lo áureo como lo rastrero y deleznable.
Lo mejor de Juan José Arreola se da en su prosa breve. En los textos cortos de Bestiario, Confabulario, Palindroma y Varia invención, condensando para potenciar su capacidad de manifestación (formal, rítmica, imaginativa, gnómica, simbólica), Arreola alcanza su máxima calidad literaria. Esa brevedad, labrada por un artífice de la lengua, compuesta por un diestro manipulador del artilugio retórico, contiene todo lo necesario para dar al texto pleno acabamiento y algo más, algo más de significativo. Tiene todo para concitar en el lector, por contagio o seducción irresistibles, el gozo verbal, el transporte fantasioso, el acicate sensual, el sacudón incitante del ingenio, la chispa irreverente del humor, un contacto estremecido con lo medularmente humano. De todo hay en esta comedia del arte menos la naturalidad, menos la literalidad, menos una toma directa y cruda sobre lo real. Con la inventiva de Arreola entramos en un teatro de variedades donde estratagemas y trampantojos se ponen en feliz combinación. Todos los ardides de eficaz ilusionismo funcionan aquí para escenificar el más variado repertorio de fábulas representadas por el más diverso reparto de personajes. Todo emplazamiento, todo argumento, todo lugar y todo tiempo intervienen en este espectáculo prodigioso, tan vasto y tan diverso como el disparatado mundo. En la archiliteraria escritura de Arreola, el mundo está tamizado por el arte de la palabra, pasado por el filtro de la armonía imitativa. Traslado, fingimiento, artificio, este trato no da facsímil sino ornado, galano simulacro.
Alto estilo, memoria de la lengua
Rara alianza hace en Arreola la elocuencia con la concentración. Arreola es el jíbaro de la prosa, descuella por su talento de miniaturista. La forma breve propicia esa reducción enriquecedora, esa concisión perfectamente perfilada, suficiente, definitiva que presentan los cortos escritos de Arreola, quien profesa un amor absoluto por la forma. Nunca el apunte, lo bocetado, la impresión que apenas se asienta en la página. Más que de suspensiva y alusiva ligereza, esta prosa tiene por su acabamiento y lo troquelado mucho de medallón. «La acusación tan reiterada —acota Arreola— que se me ha hecho de manierista, de amanerado, de filigranista, de orfebre, lejos de ofenderme, me halaga.» A menudo se alambica o espirala, gusta de la florida floritura, de las pompas barrocas. En efecto, Arreola suele reconocerse como un neobarroco que propende en su verba a la resonancia sinfónica, al ritmo marcado, majestuoso, al virtuosista y rimbombante alambicamiento. Busca infundirle un arrebato arrebolado, el encrespamiento vehemente de la pasión. Tiende al dramatismo, a la teatralidad. No descarta el énfasis ni la grandilocuencia, pero los pone casi siempre en sibilino contrapunto con el humor que despabila, desciende y desinfla, que vuelve el rapto vanilocuente.
El estilo alto, la galanura y la prosopopeya son a menudo homenaje de Arreola a la gran literatura, su rememorativa parodia. Arreola, rindiéndole como lo hace imitativo tributo, encarna al gran histrión, al escritor de más ínfula porque todo en sus escritos se torna archiliteratura. Su prosa opera evidentemente como memoria (a veces latinizante) de la lengua (más, cuando el modelo remedado es castellano: Quevedo, Góngora, Cervantes, Gracián). Su prosa es ecuménico espejo, espejo de tinta de la literatura in extenso. En ella se vislumbran trazas, se escuchan sin duda ecos de Montaigne; ciertamente, de Aloysius Bertrand y su Gaspard de la nuit, de Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud —inevitables precursores de la prosa poética—. El Huysmans de À rebours, el Jules Renard de Histoires natu-relles, el Paul Claudel de Connaissance de l'Est, el Henri Michaux de L'Espace du dedans también son emulados por Arreola. Pero, si consideramos el repertorio y el registro, dos influencias resaltan, resultan, como el mismo Arreola lo indica, decisivas: las de Giovanni Papini y Marcel Schwob. Muchos, tantos textos de Arreola adoptan el módulo de las Vies imaginaires (que también Borges aplica a su Historia universal de la infamia). Schwob dice que el biógrafo no es un historiador sino más bien un retratista que individualiza caracterizando mediante el rasgo único, lo singular pintoresco y el detalle sorprendente. «Loco de amor», «Baltazar Gérard», «Epitafio», «El discípulo», «Dama de pensamientos», «Allons voir si la rose»..., enumero sólo algunas de estas sucintas fabulaciones biográficas a las que Arreola otorga magno poder de evocación, ambientación y sobre todo personificación.
Arreola, con brío y brillantez, se inscribe en el trayecto transformativo del poema en prosa, dotado desde el comienzo, desde los Petits Poèmes en prose de Baudelaire, de una extraordinaria capacidad de adaptación a distintos propósitos enunciativos y de transformación. Se beneficia de su labilidad formal y genérica, de su mutante fluctuación entre lo lírico y lo prosaico, lo poético y lo narrativo, lo expresivo y lo objetivo, lo anecdótico (Mallarmé subtitula «Anecdotes» la sección de Divagations donde reúne sus poemas en prosa) y lo descriptivo, lo realista y lo fantástico. Como luego Arreola, su predecesor Alfred Jarry practica una mezcla extraña de invención fantástica y de humor negro; busca una oscuridad que sea a la vez «simplicidad condensada» o «lo complejo comprimido y sintetizado» (pienso en «La migala»). También Jarry combina tics simbolistas con un romanticismo macabro y propende más a lo teológico que a lo esotérico. La poética de la prosa breve de Arreola se emparenta con la de Huysmans, quien dice en À rebours, por boca de Des Esseintes, su arquetipo decadentista, que el poema en prosa es «jugo concreto», «óleo esencial», «lo suculento desarrollado y reducido a una gota». Arreola presumiblemente coincide con Max Jacob cuando en el prefacio de Un cornet à dés dictamina que «El poema en prosa es un objeto construido, y no el escaparate de un joyero». ¿Se acerca Arreola a la sugerencia de esta mínima prosa de Max Jacob: «Del teclado de su abdomen la abeja saca sonidos amarillo y negro»? Seguro lo consigue con su «Cuento de Horror»: «La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.»
Pero hay otros dos modelos aún más formadores de la prosa de Arreola, más determinantes: Jorge Luis Borges (sobre todo) y Franz Kafka (lo ligo con «El guardagujas», el más kafkiano de los relatos de Arreola). La impronta de Borges es la más constitutiva y la más sutil. No obra en superficie. La prosa borgeana, por su ajuste perfecto, su equilibrado balanceo, su precisa y concisa elegancia, instaura un patrón de permanencia, de clásica modernidad. Borges es el canon estilístico del cual Arreola tomará lo mejor: el rigor constructivo aunado a una serena fluidez, una selección tan armónica del léxico que otorgan a la mesurada y amena enunciación carácter definitivo. Arreola adopta esta pauta prosaria para manifestar su particular inflexión, infundiéndole los acentos de intensidad, la vehemencia y la pompa que corresponden a su temperamento personal.
Un luciferino, un empedernido formalista
A pesar de su versación psicoanalítica, Arreola no se deja pasmar por las espontáneas e instintivas impulsiones del psiquismo profundo, por la pujanza alucinatoria del revolvedero íntimo. No es un alucinado sino un luciferino, que zapa su lirismo volviéndolo sardónico. Arreola no quiere dar el salto icárico en pos de lo irracional. A pesar de que persiga el estro armónico, su literatura nada tiene que ver con la improvisación en trance o la escritura automática. Arreola es un empedernido formalista, un virtuoso de la prosa sujeta a la máxima exigencia artística. Nada deja pasar sin la sanción aprobatoria del examen estético. Para él, el texto literario es una composición orgánica, un sistema de proporcionadas compensaciones, un todo autosuficiente, bellamente configurado y coaligado por una cohesión intrínseca.
Arreola trata la prosa breve con dúctil y desenvuelta libertad. Con ese mínimo continente, en esa mónada verbal consigue una extraordinaria diversidad de modos, tonos, caracteres, conformaciones. Nada parece convenir mejor a su talento y disposición que ese potenciador de energías significativas circunscriptas a una corta extensión, dentro de cuyos límites el juego literario, concentrándose, consigue desplegarse lo necesario a su completa resolución.
S. Y.—UNIVERSIDAD DE PARÍS VIII

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