INSULA La escritura interminable. Pío Baroja (1898-1998). Número 617. Mayo 98
 
 

PÍO CARO BAROJA /
RADIOGRAFÍA FAMILIAR O LOS BAROJA DESDE DENTRO



El título de este trabajo, correspondiente a una conferencia que cerraba un ciclo sobre los Baroja, se refiere a la visión familiar de estos seres que han dejado una obra proyectada hacia el exterior, lo que me dio motivo entonces para hacer una serie de reflexiones sobre sus personas.

En primer lugar debo decir que mi hermano Julio, al escribir Los Baroja, o su cariñosa obrita titulada Del país: familia y maestros, dio referencias del abuelo Serafín y de mis tíos Pío y Ricardo e hizo una semblanza interna de la familia desde el siglo pasado; o que mi tío Pío, en el tomo de sus memorias Familia, infancia y juventud, también escribió abundantemente sobre el tema, al que yo después he añadido algunos retazos sueltos en dos libros, uno que titulé La soledad de Pío Baroja y otro, Imagen y derrotero de Ricardo Baroja. Además, existen unas memorias inconclusas de mi madre, Memorias de una mujer del 98, que dan unos claros testimonios de la vida de todos ellos. Lo que yo pueda añadir será poca cosa, más limitada en espacio, y peor dicha.

Por otra parte, pertenezco a un último capítulo, de vejez y de muertes, con hombres ya ancianos y arrinconados, y, por tanto, mi visión de ellos es tardía y triste, aunque conozca por esos testimonios escritos, y por lo que oí en casa en conversaciones y referencias aisladas, cómo fueron sus vidas. Esto en lo que atañe a mis abuelos y a mis tíos.

Con Julio, no, con Julio he convivido, día a día, durante sesenta y siete años y tengo una vida de recuerdos junto a él, desde que era un adolescente espigado hasta el último calor de su cuerpo que recibí en mi mano. Nuestras vidas han estado unidas, año tras año, día tras día, y mi dolor por su muerte es intenso y lo recuerdo constantemente, y me gusta tenerlo en el pensamiento y en el corazón, y por eso quizá todo lo que recuerde en estos momentos parezca extraño y fuera de tiempo, porque me ha dejado, como al rey Lear, viejo y loco.

Lo único que quizá puedo hacer ahora, con cierta serenidad, es tratar de sintetizar, presentar una especie de radiografía o espectrografía en blanco y negro, sobre una placa sin brillo y sin colores, de lo que ha sido el ámbito de mi familia y su trayectoria en estos cien años. Así, sobre un fondo de claroscuro de distintas intensidades, correspondientes a otras épocas o períodos, despojado de afectos y vivencias, aparecerán una serie de líneas, a veces discontinuas, que marcarían los caminos de sus vidas sin paisaje; es decir, un esquema simplificado al máximo, pero en el que no podré eliminar sus trabajos, que siempre aparecerán como sombras.

Infundios persistentes

Comenzaré por decir algunas generalidades que se pueden aplicar a mi familia, a mis tíos principalmente, y empezaré por advertir que al personaje, en general, no se le conoce por su obra, sino por otra serie de datos habitualmente externos: aspecto, retratos, fotografías, biografías y hoy por los llamados medios de comunicación, por su aparición en público y por lo que dicen de él los críticos y periodistas. Con estos últimos elementos se crea una figura, una imagen, un cliché, que puede ser falso y que, sin embargo, persista durante años y se convierta en estatua de bronce. Así, a una persona se le puede tildar de ogro, de misógino, de malhumorado o de no saber escribir o ser mal gramático para toda su vida, como a mi tío Pío, bien por no haberle leído o no conocerlo, o porque un periodista, un día, le importunó con una serie de preguntas estúpidas y lo mandó a paseo; o porque un cursi que presumía de estilista encontró que faltaba una coma, y opinó sobre temas que no le gustaban. Estos calificativos de ogro, misógino, egoísta, o no poner bien las comas y otras sandeces, los ha tenido mi tío Pío, cuando era el hombre más respetuoso, correcto, educado y justo que he conocido; el más sincero, el más fiel a sus ideas, el que mejor y con más cariño ha cantado a su tierra, el que ha escrito páginas perfectas e inolvidables y el hombre más delicado con las mujeres, como se puede ver entre sus páginas, en donde aparecen una variedad de tipos como ningún otro escritor lo ha hecho. No voy a dar ahora la larga y variada lista de sus tipos femeninos, ni marcar el interés que sentían las mujeres por él. Todavía recuerdo a algunas que le oían embebidas en las tardes de Ruiz de Alarcón, ya en su vejez.

No voy a hacer una lista de todos estos textos dictados por el tópico y la ignorancia, pero sí sobre el de la famosa misoginia de Pío, que fue un calificativo estúpido que soltó Silverio Lanza en el banquete que se le ofreció por la publicación de Camino de perfección, que más que una ofrenda era una muestra grosera de una falsedad dicha por envidia. Pero este infundio no paró ahí sino que después, como una cantinela monótona, lo han repetido cada vez que Pío publicaba una nueva novela y aparecía un personaje femenino: así Juan José Domenchina, para Las noches del Buen Retiro; José Corrales Egea, para La sensualidad pervertida; María Alfaro, o Segundo Serrano Poncela, que no solamente le tilda de misógino sino también de egoísta, por citar algunos. La lista de estupideces es larga y no merece la pena de ocuparse de ella.

Otro cliché que ha perdurado ha sido el de mi abuelo Serafín como hombre «shelebre», y así se le cargan todas aquellas anécdotas más o menos graciosas al socaire de un donostiarrismo que no era el suyo ni el de Vilinch, ni el de sus coetáneos, sino de aquella nueva hornada de gente pretenciosa contra la que arremetió su hijo Pío.

En un caso se ha «castigado» la sinceridad por gente ofendida o molesta por sus opiniones y por críticos ignorantes y periodistas torpes o malévolos, en el otro se le ha tomado a broma, quizá por su liberalismo dentro de una sociedad cerrada. En un caso era una actitud, en otro se ha querido ensalzar lo más insignificante de otra persona, y a veces se han contrapuesto esas dos figuras como para marcar la diferencia entre un padre gracioso y un hijo antipático.

Es indudable que uno de los problemas que se le puede plantear a cualquier intelectual de cara al público, y probablemente el que más le puede afectar a su imagen, es el de su relación con el mundo social. En ciertas ocasiones, la vulgaridad es una ventaja, se crea una identificación inmediata con el personaje, cosa que se da en el arte y, sobre todo, en la política. Es el llamado «mensaje», «la vulgaridad al alcance de todos». Pero hay otros personajes que esto no lo logran nunca. Hoy, con los llamados medios de comunicación, el de la identificación o no con la sociedad vigente es rapidísimo y se puede modelar. Del cambio de imagen esta peluquería moderna sabe mucho: se lima un colmillo, se le añade un tufo, se le pone silicona o un tinte, una zamarrilla o un traje negro, y ya está al servicio del socialismo o del capitalismo. Pero para esto hay que prestarse a ello. Estos males, vamos a llamarlos carencias, para una vida social cómoda, las han tenido en mayor o menor grado los miembros de mi familia, no por su aspecto físico o porque fueran antipáticos, sino por otras causas más profundas: de pensamiento y actitud, entre otras, la sinceridad y la dignidad, que ya se adivinan en esa radiografía. Hoy día esta actitud disconforme y crítica se considera peligrosa y, en términos ampulosos, al que no llega el arte ni la literatura, se le llama «alarma social», una nueva figura de censura.

Desde dentro, desde el ámbito familiar, el personaje tiene otra imagen, es otra cosa. Empieza por ser una figura contemplada por otros ojos, y de presencia constante, continua y sin maquillaje, y no es solamente conocida a través de sus opiniones o de su obra, aunque sus ideas y sus opiniones sean vertidas con mayor sinceridad.

El «micelio» y sus partículas

Tras estas consideraciones generales creo que sería necesario hacer una separación entre huella y persona, entre obra y creador, que nos ocuparía páginas y páginas, y renuncio a ello.

Mi familia, a lo largo de estos cien años, ha dejado una larga estela de trabajo, que está ahí para juzgar de ella; de todas maneras, buena parte se ha perdido, se ha roto por el tiempo y por la guerra. Pero quedan muchos testimonios que sirven para ajustar sus personalidades: son unos doscientos escritos, entre novelas, textos, poesías y estudios, y cerca de otros dos mil testimonios plásticos, entre cuadros, aguafuertes o dibujos, y naturalmente muy poca gente conoce esta obra en su totalidad.

Muchas veces me he preguntado dónde residía o de dónde venía el «micelio» que originó tanta producción, tanto trabajo, y he creído que podía venir de las orillas del lago de Como, de los Nessi, litógrafos y también pintores; pero fallaba mi supuesto cuando pensaba también en los Baroja impresores, y en mi abuelo Serafín con esas inquietudes literarias y pictóricas. Y he llegado a la conclusión que si el micelio era vasco, se fortificó con néctar lombardo, en el caso de mi madre y mis tíos, y después recibió savia genovesa y andaluza...

No sé si, en otras tierras o en otros campos, este micelio hubiera tenido un medio mejor para un desarrollo más frondoso, no lo sé; lo que sí sé es que en este medio, en esta tierra arcillosa y calina tuvo que luchar hasta crecer una planta, para muchos una amanita cuasi venenosa, una amanita barojiana, sabrosa, agridulce y algo ponzoñosa que atacaba principalmente al cerebro, produciendo inquietud.

En esta floración las ha habido unas más venenosas que otras, algunas nacidas en caminos yermos, caminos con zarzas y de espinas, o en caminos dolorosos de perfección; otras bajo árboles frondosos o torcidos, o en los árboles de la ciencia, o en otros vericuetos y remansos, y hasta en costas y mares, que, al probarlas, al acercarse y conocerlas, han producido reacciones muy variadas: desde fiebres temperamentales a envenenamientos y sueños, casi éxtasis, de sumo placer. Este es el mundo barojiano, el de un veneno agridulce que, una vez probado, crea una fuerte adicción o repulsa, todo hay que anotarlo, provocado por néctares viejos y desconocidos.

Llegado a este punto podría hablar sobre los «antibarojianos» y sus motivos, pero lo dejaré para otra ocasión.

Si hemos tratado de aislar el micelio y hemos logrado señalar su medio, no podemos dejar de hablar del tiempo, de la época, de ese final del siglo xix y comienzo del xx cargado de acción y lleno, por otra parte, de ilusión. Un siglo que inicia un paso definitivo, el cambio radical de la cultura, y de la ciencia, también de las ideas políticas; un siglo que se va desplazando del mundo antiguo, esencialmente campesino, rural y agrícola, y se aglomera en la ciudad, con la técnica, la mecánica y la industria. Un cambio en el vivir de las personas, una especie de aurora social distinta, de incorporación de la masa, de la homogeneización y de la vulgaridad.

En este paso, en este caminar vivió mi familia. A mi abuelo le tocó el iniciarse, mis tíos vivieron en él sumergidos y compartiéndolo pasionalmente, y mi hermano como testigo excepcional de la muerte de ese mundo arcaico, curioso y variado. En todos ellos está patente esta transformación. No voy a hacer ahora un análisis de cómo influyó en sus obras, basta recordar Juventud, egolatría y cualquiera de las trilogías de Pío, o Las memorias de un hombre de acción, o El Pedigree de Ricardo y los estudios tecnológicos y sociales de mi hermano. Todos son testigos y reflejos de ese cambio.

Pero no quiero seguir adelante sin tratar de hacer una biopsia de ese germen que he llamado micelio por darle el nombre de algo originario, y analizar las partículas que lo componen.

Si lo ponemos dentro de la platina de un microscopio y lo sometemos a un potente rayo de luz lateral —cosa que le gustaría a don Pío—, veremos tres o cuatro esporas de distintas formas y colores: unos microorganismos alargados y con forma de plumas de ave serían los correspondientes a un germen literario; otros, redondos como notas musicales, y unos terceros de vivos colores, los pictóricos; habría unos cuartos, más escasos, más cuadrados, los científicos que tanta importancia tuvieron en Ricardo, y faltarían esos que tienen la forma del símbolo del dólar o la libra esterlina, los prácticos, los económicos. Estos signos van entintados con variados colorantes, brillantes o mates.

En la sangre de mi abuelo figuraban los cuatro primeros casi por partes iguales: ingeniero, dibujante, poeta y músico; en la de sus hijos cambiaron las proporciones. En la de Ricardo abundaron también los cuatro, lo mismo que en la de mi madre, pero en Pío predominaron los literarios, faltarían los pictóricos y escasearían un tipo de musicales; a Pío le gustó la canción popular, más que nada como testimonio social. En Julio, que fue una nueva síntesis, se volvieron a reunir todos en distintas proporciones, heredando de mi madre aquellos gametos misteriosos entre los que le faltaron los de siempre. A pesar de la ascendencia de los Raggio, banqueros genoveses.

Esporas, gametos, gérmenes en definitiva, que se han desarrollado como topos en galerías subparietales, ocultas bajo el humus del cerebro, trabajando día y noche y, asomando a la boca del mechinal, a la intemperie, para quedarse deslumbrados por el sol o mojados por la tormenta, y teniendo que volver rápidamente a ese mundo interior por haber recibido el rayo deslumbrador de la vida, o el azadonazo del sectario, del fanático o del violento, envidioso o malévolo, que los quería volver a enterrar porque podían ser peligrosos para el cansino pacer de los rebaños.

Esto me hace recordar algunas de esas salidas deslumbradoras y también de los golpes recibidos, de los que hablaré luego.

Confrontación entre el sueño y la realidad

He dicho que hemos sido como una familia de topos que vivían en unas galerías interiores trabajando día y noche. También he hablado de nuestras excursiones externas y de los desengaños; quizá por esto esa amanita barojiana ha tenido el néctar agridulce de la elegía, y hemos descubierto unas mil formas distintas de llorar —como dijo León Felipe— al comprobar que lo soñado, lo recordado, el pasado se destruía o era mentira, y que aquellos campos luminosos que deslumbraban eran también campos de sangre, odios y rencores, y hemos llorado hasta con sonrisa, que es la forma más hermosa de llorar.

Quizá aquí, ahora, habría que decir algo sobre ese pesimismo barojiano tan cacareado que, según creo, ha sido el resultado de una confrontación del mundo interior, idealizado, con la realidad exterior.

Cuando Pío se entera, en el comienzo de la guerra civil, de que avanza una columna carlista por el Bidasoa, que no es la de Mina o la del cura Merino, decide junto con el médico y un policía de Vera ir a verla; está pensando casi literariamente y está reconstruyendo la llegada de una «partida» del Escuadrón del Brigante..., pero cuando se encuentra con la tropa que avanza, con las boinas rojas, los fusiles relucientes, los cañones, las ametralladoras, la petulancia, el sudor y la mirada brillante, la realidad en definitiva, siente una repulsa y una disconformidad con lo idealizado, y además, por si fuera poco, está a punto de ser fusilado. Y curiosamente, en ese instante, completa su imagen literaria y nos dice que piensa «gritaré ¡Viva la Libertad!». Otro sueño.

No creo que a estas alturas del siglo, llamado ufanamente siglo xx, y mirando lo que ha sido, ninguna cabeza clara encuentre motivos para sentirse optimista, y más si hace el balance de cien años: millones de hombres muertos, más que durante toda la vida anterior de la humanidad, enfermedades y lacras incurables, miseria, hambre, rapiña, que frente a otros logros no son para sentirse optimistas, y mis tíos no lo fueron, y fue esta otra causa de crítica y de reproche, el cacareado pesimismo barojiano, tantas y tantas veces repetido, frente al ideal de la falsa de sonrisa aunque nos estuviéramos matando. El pesimismo también produce alarma social y, sobre todo, a los que mandan y figuran en nómina.

A pesar de ese pesimismo, traído y llevado, también dieron muestras de ilusión y de sueño, y creyeron en el Hombre genéricamente concebido, y por eso dejaron una obra, un inmenso trabajo, y se sintieron deslumbrados por la vida: así la veneración que sentía Pío por la ciencia, y Ricardo por el arte, y tuvieron sueños de los que están llenos sus páginas, a pesar de pertenecer a Vidas sombrías. Recordemos aquel discurso de Juan en Aurora roja, los cantos del Laberinto de las sirenas, o las gotas nostálgicas de Las noches del Buen Retiro, o sus anhelos sobre nuestra tierra y su tristeza al ver su marcha hacia situaciones imprevisibles.

La línea larga y clara del individualismo

Mi familia, a lo largo de estos cien años que se pueden testimoniar año a año, ha tenido un común denominador, aunque matizado en las distintas personalidades, una línea seguida y constante de la que hablaba al principio y que va de punta a punta en la supuesta radiografía. En el esquema, en el gráfico, lleva el nombre de individualismo, y como atributo del mismo su liberalismo. Un liberalismo viejo que ya aparece en los últimos Alzate, en don Eugenio de Aviraneta y en los primeros Baroja de Oyarzun.

Quizá por eso le interesaron a Pío las personas, los individuos, fueran del bando que fueran, mucho más que las doctrinas.

Y creo que sólo el individualista puede ser liberal, lo demás son entelequias políticas, juegos florales.

Esta línea larga y clara del individualismo, tan rechazada en nuestro tiempo, lleva en nuestro gráfico, a sus lados, dos círculos grandes que la flanquean; son como barrancos abiertos muy cercanos al camino, dos simas peligrosas que pueden dar vértigo y arrastrarte al fondo de la espelunca: la sinceridad y la crítica, dos atributos o facultades de la libertad.

Poder pasar entre estos dos escollos del viejo mar del pensamiento, sólo es posible con la ayuda de la independencia, con la autonomía, con la autosuficiencia intelectual y material.

Llegando a este extremo se puede recorrer ya todo ese camino, navegar a mar abierto y ver clara la línea sin quiebra alguna.

¡Y qué difícil resulta marchar en solitario por este sendero! Y mi familia lo ha hecho, renunciando a muchas cosas con esfuerzo, quizá por reunir una serie de condiciones que no son corrientes y que muchas veces las han llamado de «privilegio», como si fueran dones recibidos gratuitamente y no logradas con privaciones.

Ahora, una vez señalada y vista esta línea, vamos a ver en esa radiografía los distintos claroscuros por los que cruza, sus sombras y sus reflejos, sus subidas y sus bajadas.

Consecuencias del individualismo

Decía que las veces que mi familia ha intentado asomar la cabeza fuera del mechinal y sumarse a una empresa colectiva, ha recibido un azadonazo. Así, cuando Pío se embarca en la aventura lerrouxista y se presenta a concejal por el distrito de Centro (1909), o cuando hace el viaje para candidato a diputado por Fraga (1918), sale trasquilado, lo mismo que cuando Ricardo, entusiasmado ante un cambio político, se la juega trayendo desde París la famosa ametralladora y hace campaña republicana en 1931, en la que no sólo pierde un ojo, sino también a todos sus amigos, entre ellos a Azaña, al que recibe semanalmente en su casa.

La reacción de Pío y Ricardo, en ambas circunstancias, no se dejó esperar: ambos vuelven a su mundo, al individualismo, al de las tinieblas, sobre todo Ricardo que, al perder su ojo bueno, ya no podrá grabar. Pero les quedará para siempre la repulsa hacia el mundo de las empresas políticas. Otra sombra larga y oscura en nuestro gráfico imaginario.

Este individualismo, esta independencia, este sentido crítico y disconforme, ha tenido un coste elevado, la hemos pagado también año a año. Nada, pues, de privilegios.

Cuando Julio muere, muere sin jubilación, sin pensión alguna, sin Seguridad Social ni otro logro de estos que tanto cacarea la Administración estatal, después de haber trabajado cuarenta y cinco años en el Instituto de Investigaciones Científicas.

Pío y Ricardo también mueren desamparados, y esto es el pago de esta actitud ante la vida social que se extiende hasta la muerte. A Pío, al morir, se le discute hasta el ser enterrado en el Cementerio Civil —fue el primer entierro civil celebrado después de la guerra— porque en esta tierra no se aceptan ideas distintas a las que ostenta el mando, no el poder que siempre ha estado lejano y fuera de nuestras fronteras. Por eso he hablado de individualismo, sinceridad, de crítica, de independencia, autosuficiencia, valentía y coste. Alguien quizá sonría y piense en los honores, en las medallas, en los premios, en las pesetillas. Sí, efectivamente, de estos tres seres que vengo hablando, fue Julio el que recibió más honores y premios, la mayoría tardíos y sobre un rimero de mil dibujos y cien estudios. Otras galas a computar fueron las dos medallas que tuvo Ricardo como grabador en 1906 y 1908, y el premio Cervantes, que paradójicamente recibió por su novela La nao capitana. He dicho dos medallas sobre ciento treinta grabados, mil cuadros, doscientos dibujos y una buena pila de libros.

Con la radiografía delante vemos unos cambios de fondo y unos pasos bruscos de intensidad; de esas zonas claras ya he hecho referencia, los cambios de intensidad pertenecen generalmente a pasos desde el mundo interior de la creación al exterior, y viceversa.

Simplificando, se podía decir que las zonas claras corresponden al soñar, y las más tenebrosas, a la realidad que puede perturbar, pero que sirven de disparador a una nueva representación, a una nueva ilusión. Entre ambas, siempre un grueso calabrote embreado con el opio del trabajo y la gota del sarcasmo.

Matriarcado y soltería

Quizá ahora convendría penetrar en ese mundo familiar interior, y ver cómo está constituida su trama y analizar sus estructuras y formas. En ese mundo interior barojiano existen varios condicionamientos. El primero sería el del afán por el trabajo, y por la lectura, junto a las inquietudes artísticas de mi abuelo. Otro, el de sus constantes viajes y desplazamientos por toda España, que hacen que sus hijos desde jóvenes hayan conocido ciudades, pueblos y paisajes.

Y, por otro lado, el régimen familiar con dos características: el matriarcado y la soltería de los hijos varones, condiciones definitivas, porque son ingredientes, componentes, de su formación, y maneras o formas necesarias para llevar a cabo esta obra constante.

Diré algo sobre los mismos. El conocimiento de España debido a los distintos destinos que tuvo Serafín Baroja fue definitivo para la retina de los dos hermanos: conocimiento de ambientes, tipos, conversaciones, amores, odios, y paisajes que vieron en plena juventud, les dio una gran riqueza descriptiva. Estos viajes y lugares por los que pasaron son de sobra conocidos y no voy a hablar de ellos. Por otro lado, he citado la constitución familiar con la figura materna como eje central, y ese sentido de protección que tuvieron durante gran parte de sus vidas, que, como digo, fueron factores decisivos en la creación de Ricardo y Pío. Años más tarde, muerta mi abuela, sería mi madre la que cumplió con esa función. Porque estos hombres fueron como jóvenes apasionados de vocaciones exageradas, con escasas necesidades materiales y que precisaban de esa protección que les permitió desarrollar sus inquietudes. La verdad es que se conformaron con poco, llevaron una vida sencilla y no tuvieron aspiraciones sociales, ni se crearon otros compromisos y pudieron mantener intactas sus personalidades y su dedicación plena a lo que les gustaba. De aquí la importancia del matriarcado dentro de la familia y, por añadidura, la de la soltería de Pío y Ricardo y de mi hermano Julio para desarrollar su obra. (Aclaro que Ricardo se casó con cuarenta y ocho años y que no tuvo hijos.)

Quizá a esta altura sería necesario echar un vistazo hacia atrás, a lo que dije antes al hablar de individualismo, independencia, autosuficiencia, sinceridad y valentía, puesto que si cualquiera de ellos hubiera tenido otros compromisos, cargos públicos o mantener una familia con hijos, o la veleidad de figurar y llevar una vida social relacionada, hubiera tenido que hacer claudicaciones y alguna renuncia, entre otras, la más preciada, la de la libertad de opinión.

Renuncias y desilusiones

Pero existen muchos otros determinantes para la creación de sus obras: la lectura constante, la contemplación de estampas, los amigos de la familia, la carrera de Medicina en San Carlos, los profesores petulantes o farsantes, la muerte del hermano mayor (Darío) y el viaje a Valencia, y el descubrimiento del Mediterráneo son impresiones imborrables que afloran una y otra vez. Igual sucede cuando va Pío de médico a Cestona y tiene sus enfrentamientos con el médico viejo, y renuncia y se aleja de la profesión, más que nada por ética, por un prurito de dignidad. Otra vez el abandono, la vuelta a esconderse en su mundo soñado. Es en este momento de su vida cuando nos dice que decidió dedicarse a escribir. E igual sucede con Ricardo.

La Dictadura, la Monarquía, la República, la guerra civil, el encuentro en Santesteban, la posguerra, el exilio interior son otras tantas desilusiones, un eterno retorno al trabajo a la casa, al individualismo. Pío no sale de su cobijo, tiene una idea mala de la marcha del país; el tiempo, los años van dándole la razón a sus predicciones. En la vejez, allí en el piso de la calle de Ruiz de Alarcón, vive aislado; media docena de amigos y algunos jóvenes escritores le visitan, sólo sale un rato por las mañanas al parque del Retiro, en donde paseaba hasta que se le hinchaban las venas y recogía, como todo ejercicio, las castañas pilongas caídas —«¡Si hubiera una línea marcada en el suelo y detrás de ella estuviera la muerte, daría el paso tranquilamente!», solía decir.

Ricardo lo pasó aún peor. No voy a repetir aquí lo ya escrito por Julio o por mí sobre la guerra en Itzea y los últimos años de Ricardo, sin un duro, ciego y desarbolado. Pero es que Ricardo también había renunciado a muchas cosas y no se había sometido a la mecánica social. Comenzó por dejar los empleos que como archivero y bibliotecario le correspondían; una vez más no se quiso someter, y esta actitud, con el tiempo, la pagó, no su obra, pues gracias a esa forma de ser nos dejó narraciones y recuerdos que de otra manera no hubiera escrito o pintado. Aquellos viajes de archivero, aquel viaje a Albarracín, aquellas aguafuertes de la excursión con Ciro Bayo y Pío por la vega del Tiétar son inolvidables para los conocedores de sus obras. Ni el éxito de La nao capitana, ni el premio Cervantes, le sirvieron para salir del refugio de la literatura. Los inviernos en Itzea, el opio del trabajo, viejo y desarbolado, era volver a lo de siempre: a encender la pipa en la cocina baja con unos troncos de roble, oír la radio, leer, pintar y esperar que le dieran los domingos un extra, unas natillas con abundante canela o una cuajada con leche quemada por unas ofitas rusientes.

La última ilusión que tuvieron fue pensar que de fuera vendría la solución a la mezquindad interior. Pío creyó que el triunfo de los aliados sería definitivo para un cambio en España, que una vez terminada la segunda guerra mundial implantarían un régimen liberal, y se equivocó; también se equivocó Ricardo, que creía en el triunfo de una Alemania pagana. Ambos se equivocaron.

Vida y lectura

No quiero terminar sin hacer unas consideraciones sobre dos elementos determinantes en el trabajo y en la obra familiar. Uno, la vida; otro, la lectura. Ambos son complementarios y son los elementos conocedores de la historia. El hombre que solamente vive y no lee está expuesto siempre al mal de la ignorancia, frecuente entre políticos y periodistas, y el que sólo lee y hace fichas se queda seco en el recuerdo. Creo que mi familia ha compaginado ambas fuentes, y, por eso, su obra ha sido la de hombres cultos; uno de los literatos más cultos que ha tenido España ha sido Pío, y el historiador más literario, Julio, quizá por ese apego al estudio y al conocimiento de pueblos singulares, como moriscos, saharauis, judíos o vascos, y a esas partes recónditas de las sociedades, magia, religión, etc.

Julio

A casi tres años de la muerte de Julio necesito hablar de él, hacer unas consideraciones sobre su obra, recordar cómo y cuándo se fraguó su personalidad científica y su enorme capacidad de trabajo. Fue en Itzea y durante la guerra, durante aquellos tres años de hostilidad exterior que Julio pasó hora tras hora entre los libros. Por aquellas manos jóvenes pasaron miles de libros, centenares de citas, de páginas, de litografías y grabados. Muchas veces lo he dicho: Julio vio todo lo que el hombre había escrito, dibujado o pintado desde Altamira a Pablo Picasso; de física, matemáticas, apenas sabía las cuatro reglas. Pero la imagen, el retrato de los mil hombres que han arrastrado el carro del arte o del progreso le eran conocidos a través de cuadros, estampas y grabados. El bombardeo del barrio de Argüelles de Madrid (1937) con la destrucción de la imprenta de nuestro padre también le liberó de otro compromiso: el haber sido impresor. Allí, en aquel bombardeo, Julio volvió a librarse, a la vez que se perdieron más de cien planchas de aguafuertes, muchos originales de las novelas de Pío, dramas de Ricardo, escritos de Aviraneta y retratos familiares. El que no le dejaran opositar en la posguerra también le valió para su trabajo. La anglofilia conocida de Pío en pleno franquismo, y con el Gobierno vertido hacia la Alemania nazi, el acercamiento y amistad con el encargado de asuntos exteriores yanqui, Phillip Bonsal, y el del hispanista inglés Walter Starkie, director del Instituto Británico, que le ofreció trabajo para que le facilitara datos sobre una España curiosa, también le sirvieron —amén de las pesetillas que le daba el escritor inglés— para completar su mundo. Creo que esa afición a comprar libros escritos por viajeros extranjeros por España vino de entonces, de los comentarios y bibliografía que le pedía Walter Starkie cuando estaba preparando Don Gitano. Esta colección de libros se conserva en Itzea, antes estuvo en la casa de Churriana y frecuentemente la consultaba Gerald Brenan, vecino de ese pueblo. Sus estudios sobre las sociedades características diferenciadas —saharauis, moriscos, judíos, vascos— podían venir también de entonces, de la extensa lectura de testimonios de viajeros antiguos y modernos que las marcaban con particular interés, con cosas curiosas y sorprendentes.

Era interesante oírles hablar a Pío y a Julio cuando rememoraban esos momentos de la guerra mundial, en que los domingos se reunían un grupo de anglófilos en el Instituto Británico de Madrid, al que iba media docena de personas y que después, al cambiar el rumbo de la contienda, fue aumentando poco a poco el número de asistentes hasta llenarse los salones, y ya dejaron de ir.

Reflexiones finales

Si tuviera que hacer unas reflexiones finales, podía decir que el individualismo es una fruta agridulce, muy cara, y se paga siempre aun al paso de los años. El ser individualista, el querer ser libre, el no pertenecer al rebaño es un privilegio caro.

Los míos, con la sinceridad en sus escritos, al decir lo que pensaban, al no compartir inquietudes colectivas, se quedaron encerrados, en ese camino o callejón que va desde el individualismo y la libertad hasta la elegía. Y sólo les quedó el trabajo.

Al terminar, pienso que gran parte de lo dicho son elucubraciones y que son, más que nada, el resultado de mi estado de ánimo; por eso, no creo que deban tomarse muy en serio, y que la visión que he ofrecido sobre este mundo interior de mi familia es algo triste; que, en realidad, sus vidas no fueron tan descarnadas y más alegres y agradables de lo que he contado, por lo menos en la parte que correspondió a sus sueños, a sus poemas, a sus cuentos, a sus novelas, a sus estudios y a esos miles de dibujos y cuadros.

P. C. B.—ESCRITOR

 
 
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