INSULA La regeneración literaria del 98. Número 614. Febrero 98
 
 

JEAN-FRANÇOIS BOTREL /
EL LIBRO EN EL FIN DE SIGLO*



A pesar del nuevo reglamento de 1896, el depósito legal dista mucho de poder registrar todo lo impreso en la España de fin de siglo. Gracias al Boletín de la Librería de Mariano Murillo podemos, sin embargo, tener una idea de los libros venales editados: con unos 1.300 títulos publicados en 1898 y a pesar de un crecimiento casi continuo desde los 1.071 títulos de 1890, el ratio título/habitantes (1/14.000) sitúa a España muy lejos de Inglaterra (1/4.000) o de Francia (1/3.000). El libro requiere lectores y, en España, como escribe Rubén Darío, «el analfabetismo es colosal», «la enseñanza descuidada» y subdesarrollada la lectura: sólo una tercera parte de los españoles (6,2 millones) saben oficialmente leer y escribir, con poco escándalo de la opinión dominante, y las 73 bibliotecas públicas ofrecen en total un libro (muy a menudo en latín) para cada 34 habitantes censados. Lógicamente, la política de la mayor parte de los ochenta y tantos editores es prudente, conservadora, con tendencia a la traducción o a la reedición, y se «apoya» en un sistema de difusión más bien arcaico, con librerías que, en su mayor parte, son más bien aún despachos de libros o «tabernáculos»...

No obstante, entre la ceguera o la pasividad mayoritarias en la época y la muy pesimista percepción post-98, puede darse hoy una visión más contrastada de una situación de atraso global no tan uniforme ni tan pasivamente aceptado del mundo del libro y de la lectura.

Barcelona, la pauta

Si a finales del siglo el libro sigue teniendo mayoritariamente un aspecto austero y pobretón (formato in 8.º, encuadernación a la rústica, papel de escasa calidad, cubiertas blancas o grises, a veces a dos tintas), algunos editores catalanes, uniendo «arte e industria», ya se han atrevido a lanzar colecciones ilustradas «con pretensión artística» y encuadernaciones en tela estampada: los libros de lujo de gran formato editados por Montaner y Simón y espléndidamente encuadernados mediante prensas de dorar y estampar las cubiertas como en la «Biblioteca universal» son, en los años noventa, emblemáticos de esta tendencia tachada de «yankee» por E. Gómez Carrillo, quien afirma que «los catalanes (...) no comprenden la belleza exterior de la obra sin pastas escarlatas y cantos dorados». Gracias a los progresos técnicos, la fototipia ya se emplea en Gijón para la publicación de Asturias. Su historia y sus monumentos... (1895) y los colores de las láminas cromolitografiadas empiezan a salir a las cubiertas de alguna colección popular o para niños, al par que la publicidad viste de colores los objetos (etiquetas de Henrich) y las calles, «en una primavera de affiches».

Pero también se empieza a observar una reacción contra el gusto burgués «victoriano» y el «libro elegante», con tipografía cuidada, ilustraciones y series a menudo coleccionables, empieza a ser una nueva referencia.

La pauta la da a todas luces Barcelona... Más que el deliberado arcaísmo de la bibliofilia erudita que, con evidentes preocupaciones culturales catalanistas, lleva por ejemplo al fundador del Institut Català de les Arts del Libre, Eudald Canibell, a restaurar los tipos góticos, el Art Nouveau, con tipografía de importación, es el que más impacta la nueva estética del libro: en lo que viene a ser un objeto decorado, se nota una estilización de las formas, con líneas sinuosas, flores estilizadas, figuras femeninas evanescentes «de cabello avirutado», como dice R. Darío, y una gama coloreada japonesa, una compaginación de la ilustración pensada en función del texto, con una tendencia al «decorativismo» ya perceptible en Margaridó (1890) y Vobiscum (1892) de Apel·les Mestres, quien es, tal vez, el máximo representante de la minoritaria corriente.

Tendrá más impacto la renovación de la estética del libro promovida por l'Avenç, con su rechazo de las reglas clásicas: la portada en forma de jarrón de Medicis es abandonada, se ensanchan los márgenes, el texto se aligera, la policromía reducida a unas pocas tintas se introduce en el mismo texto impreso con tintas coloreadas en papel verjurado, crema o agarbanzado, el formato se alarga desmesuradamente o se convierte en cuadrado. Se renueva la tipografía de los títulos con la introducción de caracteres de fantasía de origen alemán; la ilustración lo invade todo. Se trata obviamente de una voluntad de ruptura con las reglas tradicionales de la imprenta y con el realismo académico anterior. Produce en los años 1896-1899 libros que son casi «libros de artistas», como los de Rusiñol, como Nocturn Morat de Adrià Gual o Crisantemes de Alexandre de Riquer, afectando preferentemente este trato estetizante a las colecciones de poesías o los poemas en prosa intimistas: ahí están los tonos violeta y verde de las primeras obras de Juan Ramón Jiménez en 1900 que pudieron sorprender en Madrid o Vendimias de Eduardo Marquina que se publica en 1901 en Barcelona con ilustraciones en color de A. Gual.

La relativa generalización de la nueva estética del libro se da, sin embargo, con las «diminutas» colecciones: ya desde 1889, la «Colección Diamante», publicada por Antonio López en Barcelona, con sus cubiertas blancas adornadas con líneas ondulantes o motivos de colores, había significado una ruptura con los libros al uso y seguía disfrutando de una favorable acogida (unos diez clientes en Oviedo). El propio Clarín, ya convertido a la ilustración de sus propios libros, destaca en 1897 los aspectos estéticos de Epitalamio de Valle-Inclán, publicado en la «Colección Flirt», «libro chiquitín y bien impreso». Pero será la «Biblioteca Mignon» de B. Rodríguez Serra, iniciada en 1899, colección muy parecida a las de Guillaume o Lemerre en Francia, la que marcará la verdadera ruptura, con sus diminutos y elegantes volúmenes in 16.º alargado y sus cubiertas impresas a dos colores (negro y naranja, rojo y azul, etc.) e ilustraciones «de notables dibujantes» vendidos por 75 céntimos. Según E. Gómez Carrillo, atento al «trabajo tipográfico», «hasta hoy nadie entre nosotros había logrado imprimir libros de un modo tan exquisito»: Rodríguez Serra «trata de ser parisiense y lo consigue». Pronto saldrán a luz más colecciones parecidas, como la «Colección Regente», con sus volúmenes de 100 páginas in 16.º por 25 céntimos.

En 1900, el libro ha dejado de ser un concepto unívoco; existe ya una rica y ecléctica oferta de productos no muy distintos de los que se pueden encontrar fuera de España; la identificación por el aspecto exterior del libro está casi codificada; el libro como obra de arte ha venido a ser para algunos como una prolongación de opciones y prácticas estéticas (a pesar de que a muchos textos y autores sólo se les da «un barniz nuevo») cuando, para la mayoría, leer sigue siendo un inalcanzable objetivo.

En busca de una futura casa común

Sin apenas pretensiones estéticas pero sí con proyecto regenerador, la empresa magna del «forjador de cultura» José Lázaro puede ilustrar otro aspecto del libro finisecular: su casa editorial «La España moderna», homonímica de la revista creada en 1889, representa un intento señero de «propagar la cultura entre los individuos de (la) raza» y de modernizar a España, con la introducción de la literatura y la ciencia europeas, con unos planteamientos enciclopédicos y europeístas: ahí están los 147 títulos publicados entre 1891 y 1895 en la «Colección de libros escogidos», donde se acoge la literatura de creación europea, inclusive la rusa que así se va introduciendo en España. Esta «expresión de España en la cultura universal», que cuenta con la cooperación de Emilia Pardo Bazán, pero también del joven Miguel de Unamuno (como traductor) y de numerosos krauso-positivistas, se continúa con la «Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia», con obras de Engels, Kropotkine, Lombroso, Fouillée, Buisson y, en 1900, de Nietzsche, con un ritmo más lento y una selección con tonos elitistas y orientaciones más científicas. Como es sabido, ninguna de las colecciones de esta ambiciosa empresa de divulgación de exigente nivel tendrá un claro éxito editorial. Pero son como piedras para los cimientos de una futura casa común. A ellas se van a añadir las de la fallida «Biblioteca selecta anglo-alemana» de Clarín, la «Biblioteca científico filosófica» del institucionista Daniel Jorro emprendida en 1894, se cree que por instigación de Giner de los Ríos. Esta preocupación por dotar a España de unas bases intelectuales de referencia cara al futuro será acompañada a partir de 1900 por la «Biblioteca de Filosofía y Sociología» de B. Rodríguez Serra.

A la tradicional actividad editorial de Valencia, donde se publica la «Biblioteca selecta» de Pascual Aguilar y donde Blasco Ibáñez y F. Sempere dan a la edición un giro más comprometido, hay que añadir las empresas con visos regionalistas perceptibles en la misma Valencia con las poesías en valenciano publicadas en la «Biblioteca de Lo rat penat», en Galicia («Biblioteca gallega»), en el País Vasco («Biblioteca vascongada», donde publica Baroja su Casa de Aizgorri), en Aragón («Biblioteca de escritores aragoneses») o en Canarias («Colección de autores canarios»). Este movimiento de afirmación identitaria implica también a las llamadas «provincias», donde el auge de la prensa local viene acompañado por publicaciones patrióticas de reivindicación patrimonial como la Biblioteca iniciada por La Voz de Valdepeñas con Valdepeñenses ilustres de E. Vasco, y en muchas otras ciudades, coincidiendo o no con el resurgir de los juegos florales, se nota tal tendencia a manifestar en libros su peculiar modo de existir al margen de la norma «nacional» pero... por referencia a ella.

No olvidemos que muchos autores noveles publican sus primeras obras en su provincia: Femeninas de Valle-Inclán se publica en Pontevedra en 1895, Ideárium español y las Cartas finlandesas de Ganivet en Granada y Ricardo León tiene su primer editor en Málaga.

Por otra parte, el libro como sus autores se nutre de la prensa: la mayor parte de los 350 y pico libros de cuentos publicados durante el último decenio del siglo tienen su fuente en los más de 10.000 cuentos publicados en la prensa periódica; como observa Clarín, el público español «empieza a leer de veras, pero en vez de empezar por Pepita Jiménez y Sotileza como debiera, empieza por los papeles de actualidades políticas y todo género que le ofrecen a perro chico por la calle». La poesía se puede encontrar tanto en La Ilustración Española y Americana como en los periódicos anarquistas. El folletín, sin tener la vigencia observada en Francia, es, por ejemplo, el lugar de ensayo de las primeras novelas de Blasco Ibáñez (en El Pueblo de Valencia) y pudo existir la ilusión por parte de algunos futuros escritores de nota de redimir a la novela por entregas escribiendo Los misterios del Transvaal en tiempos en los que Los misterios de La Habana o Los mártires del destino todavía se estaban vendiendo por 25 céntimos la entrega de 32 páginas semanales, con ilustraciones de Eusebio Planas. El propio movimiento obrero empieza a ofrecer lecturas «de clase», con la «Biblioteca proletaria» o Redenta de Timoteo Orbe, publicada primero en el folletín de La Lucha de Clases de Bilbao. Hasta la decadente literatura de cordel parece cobrar nueva vida para manifestar el sentimiento del «pueblo» ante el drama sufrido, como en las Cartas que unos soldados de la Isla dirigen a sus queridas madres, publicadas en Lérida, o con la intención manipuladora de «consolar» como en el caso de la Historia de la guerra de Cuba compuesta por «Juan del Pueblo» (tres pliegos). La primera escena de Juan José o el conocido testimonio de Maeztu nos recuerdan que los illiterati no quedan del todo al margen de la cultura escrita; la canción/lamentación de Pilar en Gigantes y cabezudos («Por qué, Dios mío, no sé leer») oída en un teatro o leída en algún folleto de una «Galería de argumentos» puede ser prefiguradora de una fecunda y creciente frustración.

Las iniciativas tomadas por un editor tan despreciado como el «italiano» Maucci permiten ya en 1898 un nuevo abaratamiento del libro y el acceso a la lectura de nuevos lectores: si su nueva colección a 0,50 pesetas casi sólo ofrece numerosas obras de A. Carrillo como Los amantes de Teruel, la «Biblioteca del Siglo XX» empezada en 1899 ya propondrá obras de Daudet, Stendhal, Féval además del imprescindible Zola por 0,60 pesetas el tomo, con llamativas cubiertas al cromo.

Pero no todo es evolución o cambio en la España finisecular: no cabe duda de que la producción y el consumo del libro en su mayoría se sigue rigiendo por normas o hábitos de atrás; la «gente vieja» no ha desaparecido porque intentó afirmarse una «gente nueva»; la vida cotidiana requiere su lote anual de libros útiles; apenas registra el movimiento bibliográfico las consecuencias de la actualidad por muy traumatizante que sea; y muchos libros o impresos quedan semi-clandestinos.

El panorama editorial y la crítica, a pesar de las iconoclastas irrupciones del joven Martínez Ruiz o del grupo Germinal, siguen dominados por Yxart, muerto en 1895 pero cuyo Arte escénico se publica en 1894-1896, Pompeyo Gener, Salvador Canals, Navarro Ledesma o Clarín y, en 1899, Alma contemporánea. Estudios de crítica de J. M. Llanas Aguilaniedo se publica en Huesca.

Auge de la novela y manifestaciones de la «tontería nacional»

Si bien la novela parece haber registrado desde los años 1890 una especie de desafección, en 1902-1903 los 250/300 títulos publicados superan con mucho (cuantitativamente) los 187 de 1887, y las tradicionales traducciones de El Cosmos editorial, por ejemplo, quedan ahora enriquecidas con obras de Maupassant, A. France, D'Annunzio o Sienkiewicz. J. Valera, E. Pardo Bazán, A. Palacio Valdés, J. M. de Pereda siguen publicando sus obras (incluso, sus Obras Completas) con éxito (de la primera edición de Peñas arriba se venden 6.000 ejemplares en un mes, según Ruiz Contreras...) y se sabe que en 1898 reanuda el impecunioso Galdós, como autor-editor, sus Episodios nacionales, que encuentran en los dos primeros años entre 5 y 8.000 clientes/lectores entusiastas, o sea mucho más que los que tenían las dos primeras series y por supuesto la Novelas Españolas Contemporáneas cuando, a principios del siglo, el propio Felipe Trigo no rebasará con Las ingenuas, publicada en Mérida en 1901, unas ventas de 1.000/1.500 ejemplares al año. En 1900 se publica la 22.ª edición de Maruja de G. Núñez de Arce, cuyo ¡Sursum corda! acaso no se había olvidado todavía.

No faltan manifestaciones de la «tontera nacional» encarnada en los monos y caricaturas del Madrid Cómico (7.000 ejemplares vendidos en 1892-1893 entre muy serios abogados, farmacéuticos, médicos, etc.) o en las poesías festivas de los S. Delgado, Pérez Zúñiga, E. Palacio, etc., o las numerosas obras de Vital Aza o Luis Taboada reunidas en volumen e ilustradas por Ángel Pons para M. Fernández Lasanta, editor, por otra parte, de las muy serias colecciones de críticas de Clarín. La ingente actividad dramática, y sobre todo lírica, representada por el género chico y el teatro por horas alimenta las prensas de las galerías especializadas (en 1898 se publica la 6.ª edición de La verbena de la Paloma) hasta que la Sociedad de Autores las sustituya en 1901. ¿Puede concebirse una actividad editorial que prescinda de los almanaques, guías, nomenclátores, memorias, tratados, estadísticas, diccionarios, códigos, manuales y demás agendas de la cocinera o tesoros del confitero y repostero? Las obras más compradas en Oviedo en 1897 son, respectivamente, la Guía del ferrocarril y Mi testamento de Sebastián Kneipp, lo cual no quita que tales libros útiles puedan servir también para practicar el velociclopedismo, iniciarse a la electricidad o viajar a la Exposición Universal de 1900 y enriquecerse con Portafolios de fotografías de ciudades, paisajes y cuadros célebres...

Quién sabe si los clásicos mandamases del libro de texto como eran entonces los Carderera, Yeves, Avendaño, Méndez Bejarano —y otros profesores negociantes o «matuteros» a nivel local— no habrán sido, con editores como Hernando, los más beneficiados por el comercio del libro, en tiempos en que S. Calleja intenta, con su ambivalente lema «Todo por la ilustración», dar un giro más moderno al libro de texto y al libro infantil.

Aunque no suele registrar su publicación el Boletín de la librería Murillo y a pesar de la laicización empezada hace años de la producción editorial, no han desaparecido las tradicionales novenas, los catecismos y devocionarios así como toda la apologética habitual y necesaria: de El alma devota de la Santísima Eucaristía publica el editor católico G. del Amo 6.000 ejemplares en 1898. Parece incluso que, después del Desastre, se da un aumento coyuntural y transitorio de la literatura piadosa con, entre otras iniciativas, la publicación de «Joyas de la mística española». Pronto se acelerará el aggiornamento de la doctrina de la Iglesia católica con respecto a la novela y a la prensa...

En tan variopinto acervo pudo costarle trabajo a algún estudioso encontrar el Tratado de sociología política de M. Sales y Ferré, los primeros libros de Menéndez Pidal o la edición de La Celestina por Menéndez Pelayo y pudieron pasar casi desapercibidas obras como Tierra de Campos de R. Macías Picavea (1897-1898) y hasta Colectivismo agrario en España de J. Costa (1898) o la publicación, a partir de 1897, de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos.

La inexorable llegada del fin de siglo parece haber marcado poco —al menos en los títulos— los libros de entonces: fuera de la insignificante «Biblioteca de Fin de Siglo», sólo el padre Blanco García parece darse prisa en cerrar el siglo literario con su Literatura española en el siglo XIX, publicada entre 1891 y 1896; las «siluetas fin de siglo» de Miss-Teriosa, las «novelitas fin de siglo» de J. Luc d'Ecil, Las últimas palabras de la Iglesia en el siglo XIX... o la revista lírica El siglo XIX dividida en siete cuadros en prosa y verso por C. Arniches, S. Delgado y J. López Silva con música del maestro Montesinos, son poco calderón editorial para tanto siglo.

Referencias a la actualidad y al futuro

En cuanto a la actualidad (el asesinato de Cánovas, el suero antidiftérico, Filipinas, Maceo, la guerra de Cuba, el proceso Dreyfus, la guerra de los Boers, etc.), la prensa es la que se hace eco de ella fuera de algún que otro librito; y si los ecos del Desastre parecen haber sido más numerosos sobre todo bajo forma de réplicas patrióticas —con puntos de admiración (¡Viva España!, ¡Aún hay patria, Veremundo!, ¡Patria!, ¡Despierta, España!...)— o con la extraña noticia de Los Estados Unidos vencidos por España (Toledo, 1899), pronto aparecen las descripciones militares y los balances como Del desastre nacional y sus causas por Damián Isern, por ejemplo, cuando la colección popular «Glorias de España» —de escasa vida— puede ser considerada como una reacción editorial de J. Nombela a la humillación. También empiezan a aparecer algunas referencias al futuro (¿Nos regeneramos?, La sociedad futura, Hacia otra España, etc.).

No olvidemos, por fin, que muchos impresos, menos canónicos, alimentan otras lecturas, como los 125 pliegos de aleluyas o las 102 historias de cordel del fondo Hernando en 1896, los almanaques Quitapenas o Quitapesares, la «Biblioteca Demi-Monde» u «Horizontal-Express».

¿Un 1898 del libro español?

Si para el libro español, cada vez más preocupado por el mercado hispanoamericano, el último decenio del siglo xix es más bien globalmente un período de crisis dentro de una situación de por sí objetiva y relativamente poco alentadora (le falta bastante para dejar de ser un producto de consumo minoritario o excepcional), también es verdad que se está beneficiando el sector de una evolución favorable, desde años atrás, del contexto legal y tecnológico que permite, a pesar de los pesares, a unos editores como Hernando capitalizar y a otros advenedizos como Lázaro, Maucci o Rodríguez Serra aventurarse por nuevos campos editoriales y/o intelectuales, con un claro aumento de los títulos a partir de 1898. A pesar de las carencias de la política educativa y de la «losa de plomo» del analfabetismo, el número de alfabetizados sigue creciendo, con un saldo positivo de más de 90.000 al año, y unos nuevos lectores, al utilizar las nuevas colecciones o el libro de lance, se incorporan a la cultura escrita e impresa.

No hay, pues, ningún 1898 del libro español: el examen del «movimiento bibliográfico» manifiesta una voluntad difusa de abrir España al pensamiento y a la literatura europeos, y aunque con un evidente retraso con respecto a la Europa del Norte y con fuertes disparidades entre las ciudades y el campo, los hombres y las mujeres y la España más desarrollada y la de los «desiertos culturales», existe una búsqueda de la modernidad por parte de unas minorías, más representadas en Barcelona que en otras partes, que ya empieza a tener consecuencias concretas hasta para aquellos que se sitúan aún con mentalidades y prácticas de antiguo régimen cultural. Se están gestando las iniciativas que pronto, después del encantatorio pero salutífero sursum corda, permitirán, en los primeros años del nuevo siglo, un salto cualitativo, un como despegue tozudamente preparado por una parte de la España no oficial y la creciente incorporación de nuevos sectores de la sociedad española al quehacer cultural común.

J.-F. B.—UNIVERSITÉ RENNES 2

(*)  Este breve estudio se apoya en uno más extenso que se ha de publicar en la Enciclopedia Fin de Siglo donde se encontrará la lista completa de los numerosos libros y artículos de donde se han sacado las imprescindibles informaciones. Una bibliografía mínima podría ser:

Raquel Asún Escartín (1991), «La editorial La España Moderna», en Estudios y ensayos, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, pp. 169-217.

Jean-François Botrel (1988), La diffusion du livre en Espagne (1868-1914), Madrid, Casa de Velázquez.

— (1993), Libros, prensa y lectores en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez/Pirámide.

Agustín Escolano (dir.) (1992), Leer y escribir en España. Doscientos años de alfabetización, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez/Pirámide.

Hipólito Escolar (dir.) (1996), Historia ilustrada del libro español. La edición moderna. Siglos XIX y XX, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez/Pirámide.

Ángeles Ezama Gil (1992), El cuento de la prensa y otros cuentos. Aproximación al estudio del relato breve entre 1890 y 1900, Zaragoza, Universidad de Zaragoza.

Francesc Fontbona (1992), La xilografia a Catalunya entre 1800 i 1923, Barcelona, Biblioteca de Catalunya.

Brigitte Magnien (ed.) (1995), Hacia una literatura del pueblo: del folletín a la novela, Barcelona, Anthropos.

S. Salaün y S. Serrano (eds.) (1991), 1900 en España, Madrid, Espasa Calpe.

Eliseo Trenc (1977), Las artes gráficas de la época modernista en Barcelona, Barcelona, Gremio de industrias gráficas de Barcelona.

Pilar Vélez i Vicent (1989), El libre com a obra d'art a la Catatunya vuitcentista (1850-1910), Barcelona, Biblioteca de Catalunya.

 
 
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