INSULA El Veintisiete. Espíritus contemporáneos. Número 612. Diciembre 97
 
 

GRUPO DEL 27*



¿Generación, Grupo? El nombre no tiene mayor importancia. En cambio sí que la tiene la amistad nunca renegada o rota de sus poetas. Y digo poetas porque la poesía da el tono y los otros géneros literarios, durante los años decisivos en que se fragua y consolida el grupo amistoso, se dejan influir del fervor poético. No voy a defender una vez más el título de Grupo que siempre servirá para denominar a un mutuo quehacer de escritores o artistas que se sienten hermanados durante diez o quince años. La palabra Generación es más ambiciosa e implica otras condiciones de muy difícil delimitación.

Creo que los sobrevivientes del 27 —o del 25 como prefieren decir otros— lo mejor que podemos hacer, y sólo nosotros poseemos los datos y recuerdos para ello, es recordar y datar. Dejemos el juicio a los críticos, profesores y aficionados o profesionales de la lectura meditada, sin que por ello tengamos a la fuerza que callarnos al considerar nuestra propia colectiva o individualizada obra. La primera observación que tengo que notar —y no soy el primero en decirla— es la aparición por parejas de amigos, que se va a extender por espacio de unos doce años hasta que se unen en el grupo total y moderadamente exclusivo. Creo que los más madrugadores fuimos Juan Larrea y yo que nos conocimos en Bilbao, Universidad de Deusto, en el otoño de 1912. Coincidimos en alguna clase pero nuestra amistad no se estrechó y coloreó de ilusiones poéticas y literarias hasta dos años después. Otra pareja temprana fue la de Salinas y Guillén. Yo conocí a Salinas en 1917 pero creo que para entonces él y Jorge ya eran amigos. A Lorca le vi por vez primera en 1918, pero apenas él y yo nos enteramos. Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre trabaron no menos indestructible amistad hacia la misma fecha. Prados y Altolaguirre, muy jóvenes, sobre todo Manolo, irrumpen en la poesía desde su Málaga y arman un maravilloso tinglado de revistas y ediciones de libros que personalmente compone, tira y regenta el benjamín. Cernuda asiste a la clase de Salinas en Sevilla pero es el más vocado a la soledad. Empieza y termina publicaciones y amistades con los dos malagueños. En Méjico —1950— estaba estrechamente unido a Altolaguirre con una intimidad ejemplar en la que pude colarme por una brecha con gran contentamiento mío y creo que suyo. Entremedias, había sido unos años amigo de Fernando Villalón. Alberti en su primera etapa de pintor conoció a varios de nosotros pero su amistad con su «primo» fue más tarde cuando se consumó. Doy fe de que ya existía firme en 1925. El matiz que la diferenciaba de todas las de nuestras parejas era que fueron los partidarios respectivos de los andaluces los que más contribuyeron a unirlos bajo el signo de la competencia, como si se tratase de toreros. Muchos veían y aún siguen viendo en el recuerdo o en la historia a Rafael y Federico como el Joselito y el Belmonte de la poesía.

Quedan fuera otros excéntricos, más alejados normal o absolutamente por motivos más que nada geográficos o por tardanza en publicar libros bien significativos, de los espadas del mano a mano que íbamos afianzándonos en constituir sin darnos cuenta un grupo poético. En un estudio de generación hay que tenerlos en cuenta, a algunos con altísima consideración. En una crónica de grupo, sencillamente no formaban parte de él en 1927.

Esta fecha es a mi juicio más central y más exacta y simbólica que la de 1925, por otros propuesta. Fue el viaje a Sevilla en los primeros días de diciembre de dicho año, el del centenario de Góngora, el que definitivamente fijó la fecha aproximada, porque hubo ausentes y otros presentes entre el público o en la tribuna, estos últimos menos poetas o centrados en el espíritu del grupo. Terminó de constituirse, ya con carácter incipientemente histórico, con mi antología Poesía Española. 1915-1931 aparecida en 1932. La nómina la propuse yo a todos los incluidos solicitando aprobaciones, y pensando más bien en lo que sabía era el gusto de todos que en el mío particular, puesto que yo era también un tanto excéntrico, aunque todos los críticos e historiadores se empeñen en considerarme centro y lazo de unión, lo que sólo hasta cierto punto y más que nada como organizador y peleador era cierto. Piénsese que sin mí no habría figurado Juan Larrea, de tan alta y original calidad y positiva influencia en otros a partir de la publicación de sus poemas en mi revista Carmen.

En todo caso hay que tener particular cuenta con la historia ulterior de todos los poetas del grupo a partir sobre todo de 1930 y más tarde de 1939. Nuestro grupo no se deshace sino que se fragmenta con el destino, voluntario o casual, y con la incorporación espiritual y poética de otros poetas que antes de esa fecha no se habían definido ni habían escrito su obra fundamental. Por ello, a la altura temporal de 1939 y más tarde hacia 1950, por lo menos, el grupo ideal, ya que no real por los destinos particulares de cada uno, se ensancha y la pasión crece y enriquece la poesía de la generación cronológica. Pero esto ya es historia —y presencia todavía actuante— de la que no es posible dar cuenta en este panorama de urgencia.

GERARDO DIEGO (17-V-77)

* Original mecanografiado del autor. Archivo Gerardo Diego.

 
 
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