INSULA «Águila o sol». Prosa mexicana I. Número 611. Noviembre 97
 
 

ADOLFO CASTAÑÓN /
DE LA VIDA LITERARIA (Y DE SUS HERMANAS CRÍTICAS)



Hace algunos meses en la ciudad de Xalapa, en el estado de Veracruz, durante la presentación de un libro, un escritor de la región me preguntó si la revista Vuelta, de la cual soy redactor, consideraba que había una literatura de primera y otra de segunda. Le respondí que no podía hablar a nombre de toda la revista, pero que en lo personal respondería afirmativamente: existe una literatura de primera representada por los grandes autores clásicos —Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Montaigne, entre otros— y una literatura de segunda conformada por todos los escritores vivos y aun recién muertos que pugnan por formar parte de la primera categoría.

Más allá de la previsible sonrisa, la situación ostenta, como un camaleón transparente, algunas de las dudas y preguntas que suscita el ejercicio de la crítica literaria, al parecer irreparablemente asociado a la fragua de un canon. Cierto. La crítica no sólo la ejercen los críticos apellidados profesionales. La practican, antes, los editores y, después, los libreros, los profesores y, en todos los casos, el invisible y respetable público, el tumulto urbano y suburbano cuyos gustos no siempre coinciden con los de las corporaciones, empresas, salones y academias que éstos usan invariablemente como pretexto y coartada. La variedad de criterios es además dinámica y resulta particularmente evidente cuando, por virtud de alguna crisis, el muro del tiempo se ablanda y la brújula del canon se agita enloquecida: insegura de sí misma, la gente no sabe qué comer, qué leer, qué releer.

Estrecheces

Caso significativo de la hispanósfera, en México no hay mucho espacio para la crítica literaria en las revistas y suplementos. «Cuando más tres folios (cuartillas mexicanas), y eso porque se trata de ti.» La paga ninguna o muy poca: veinte a treinta dólares por reseña —y eso cuando se es conocido—. En los años setenta, cuando empecé a publicar en los suplementos de los diarios y revistas, aún no cundía el virus visual y gráfico, y seis y nueve era el número reglamentario de hojas. Ya a principios de los noventa, la crisis de los noventa, la crisis del papel, la idolatría gráfica, la fobia a la palabra y el pensamiento expresada en voces como rollo y sesudo fueron reduciendo en los (novo)hispanos pagos el espacio para la letra. El aforismo y los graffitti, el lema comercial, la consigna elocuente se afirman como instrumentos de la sintaxis afásica que campea en la prensa diaria. A esas estrecheces ha de añadirse la paga precaria o nula, la abundancia oceánica de productos editoriales de toda laya y calidad. Otra cara de la misma estrechez la constituye el precio de los libros, que, en realidad, cuestan muy poco en comparación con el precio del tiempo que esa alucinación colectiva llamada prisa convierte en mercancía demasiado costosa como para perderla leyendo, ya no digamos releyendo. Por su parte, los suplementos y revistas prefieren no publicar dos o más reseñas sobre el mismo libro, salvo en contados, ilustres casos. Han de sumarse otras coordenadas para delinear el lugar o la temperatura del país llamado crítica en el seno de las regiones que convenimos en llamar México. Por un lado, la socialización masiva del analfabetismo tanto funcional como supino; por el otro, la burocratización de la Universidad y demás centros académicos que mercantilizan y politizan la actividad intelectual a través de informes, estímulos, actas, capacitación didáctica, evaluaciones. Resultado: eclipse de la libertad de cátedra e investigación, jibarización de la inteligencia general, y en particular de la poética y literaria, de la crítica y filosófica. ¿Habrá que lamentar este paisaje en los territorios llamados México cuando éste no es en modo alguno una excepción y, en el concierto de las naciones, la consolidación de carácter instrumental de la inteligencia se afirma como uno de los distintivos rasgos de las democracias postindustriales? Consuelo de muchos...

Ya en los confines específicamente mexicanos, habrá que reconocer otros ingredientes en el pastel de las específicas críticas. Tómense, por vía de ejemplo, las vidas paralelas de los conceptos «nación» y «literatura nacional» que han llevado a identificar como letras de México aquellas expresiones y voces en que se oyen resonar los grandes momentos históricos estableciendo (como acusa Gabriel Zaid) un sistema de vasos comunicantes entre la historia y su lectura. El canon mexicano no sólo es reciente; se re-siente de una debilidad orgánica: la que identifica ciertos autores y momentos como magnéticos pararrayos, hitos de la historia tal y como ha sido formulada por el Estado-Nación. Estos datos no son irrelevantes al socaire de las mutaciones sociales y políticas que periódicamente van recorriendo el cuerpo social. El canon, la alacena de modelos arduamente fraguados que congregaban la memoria literaria liberal, quedan perplejos ante la premiosa desorientación de los invasores verticales que no parpadean ante el peligro de tirar al niño con el agua sucia. O de guardar el agua sucia con el pretexto de cuidar al niño.

Violencia y marginación

Es lástima pero es cierto: la violencia se da como materia prima de la comunicación, y una estrategia de los medios es venderla con cualquier pretexto. Pero la violencia ¿debe ser materia y método de la crítica literaria? ¿Qué significa desde el ángulo de una sociología del conocimiento el hecho de que menudeen y prosperen los insultos y palabras gruesas como instrumentos de la crítica en los suplementos y páginas «literarias» de los sábados y domingos? No es un secreto que un puñado de directores y redactores de diarios han propulsado desde hace algunos años las técnicas de la injuria como arte del ingenio y autorizan (no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre) el uso metódico del tesoro guarro como forma de edificación crítica.

Si por una parte —y no sólo en México— la literatura ha ido ganando, junto con Gutenberg, un lugar excéntrico en la conciencia moral de los ingenieros de la comunicación y de sus clientelas, por la otra, la literatura —y no sólo en Mexicalpán de las Tunas— se ha vuelto excéntrica en relación consigo misma por virtud de las promiscuas semiótica y lingüística (léase el imprescindible Poética y profética de Tomás Segovia) o, más recientemente, de los estudios culturales y de género que abusan sexual, ideológicamente de la literatura como forma de conocimiento.

Y sin embargo se mueve: como en otras regiones de la América criolla, las legiones de los anémicos de la letra se ven esperanzadoramente compensadas por el fervor magnético (¿renovable?) de las minorías subterráneas y no tanto que se expresan por conductos laterales y prensas más o menos marginales. Habría que decir que cualquier libro publicado por una editorial mexicana que no pertenezca a uno de los cuatro o cinco monopolios privados o públicos, es, en sentido estricto, marginal. No mencionaré en este escorzo a los autores mayores de todos conocidos (encabezados —esa es la palabra— por Octavio Paz). Tampoco ayudaré a resaltar las figuras de los operadores de la industria cultural que se desvelan y afanan, en México como en otros sitios, por controlar (no siempre con éxito) la posteridad propia y ajena. Guillermo Sheridan, Eduardo Hurtado, Luis Miguel Aguilar, Cristopher Domínguez, Aurelio Asiain, Antonio Saborit, Eduardo Milán, Sergio González Rodríguez, Juan José Reyes, Fabienne Bradu, Leonardo Martínez Carrizales, Juan José Doñán son los nombres de algunos lectores en quienes hoy en México la crítica literaria se deletrea en un par de revistas (Vuelta y Nexos), y eventualmente algunos suplementos, con inteligencia.

Pero ¿con qué criterio incluir y excluir nombres de un listín que alojará a los pasajeros afortunados que embarcarán en el avión de la crítica rumbo a la posteridad? Y machacando en la cuestión del canon: ¿qué hacer: optar por una generosidad que corre el riesgo de ser atropellada y tumultuosa, promiscua o ir buscando el corazón de la cebolla hasta reducir la crítica literaria a sus ápices?

«— Volviendo al asunto del canon...
— Metafísico estáis...
— Es que no cobro.»

Los intereses creados

La constatación de que casi nunca coincide la crítica oral con la opinión escrita es trivial. En países como los mexicanos o hispanoamericanos, donde por fuerza de la precariedad la cultura escrita y su estimación pública están en muy pocas manos (cuanto más autorizadas más escasas), la boca del infierno, la crítica devastadora de las hablas se transmuta en silencio cuando no en botafumeiro y alabanza abierta a la hora de las cuentas en el foro. Un tedioso espesor municipal invade la ciudad literaria y cultural corrompida —en México como en tantos otros países— por la peste de los intereses creados, entre bandas y bandos, diarios, editoriales, constelaciones de estrellas más o menos enanas, grupos de comunicación donde la obra literaria y el arte de la opinión pasan a ser sólo un guarismo en la aritmética de la imagen corporativa.

Ese ameno cuadro ha de completarse con el hecho relevante de que en México no existen premios o distinciones asignados por la estimación crítica independiente —como, por ejemplo, en Inglaterra, Francia o Italia— y cuyo peso se mide por la estima crítica y por las ventas a librerías promovidas indirectamente por el mismo premio. En México, prácticamente todos los premios los concede el Estado (un dato que habla menos mal del Estado que de la buena ignorante sociedad que lo sustenta). Pero los premios, aunque no son pocos, tampoco resultan suficientes. Lo prueba la copia de becas —grandes, medianas y pequeñas; eméritas, a creadores conocidos y a jóvenes desconocidos; de toga, pantalón largo y pantalón corto—, el caudal de concursos de todo género, el apoyo a revistas y a proyectos diversos. ¿Qué sería de la literatura mexicana sin esos apoyos públicos? ¿Cómo influye en la práctica y decisión del canon esta despiadada dependencia?

En estas condiciones, se publica mucho; se lee poco; casi nada se relee. La correa de transmisión —aquí como en Atocha— es la banda variopinta de los intelectuales amigos de todos y entre sí, la rueda humana que gira y retorna poniéndote hoy como conferencista, mañana como público y pasado como comentarista, igual que esos relojes flamencos donde las mismas figuritas salen a dar horas diferentes. La hora de la crítica suena y sueña en las llamadas presentaciones (en Venezuela dicen bautizos, y, en efecto, remojan el libro con champaña). La boga de este género ¿acusa el declive de la crítica y el renacimiento del fandango? Sólo sabemos que el género hibrida el brindis y el adjetivo a vuela pluma, la cátedra y el chacoteo, el cotilleo y la disertación. Viene su razón de ser del hambre imperiosa que tienen los editoriales, los periódicos y demás medios de noticias y cuentos frescos para nutrir las insaciables columnas donde se repite lo que se dice que se dice que se repite. Pero viene también de la sed de reconocimiento mundano y social de los autores (y de las editoriales) que han trabajado durante años para luego resignarse al efímero, equívoco episodio de la presentación del libro que, desde el ángulo del autor, ha de ser oído como el primer signo de vida independiente y propio de la creatura llamada libro.

En el episodio de la presentación se alían en matrimonio imperfecto la academia y el piscolabis, la mercadotecnia y el álbum familiar, la familia editorial con sus enseres, sus intereses y mundanos instrumentos. Pero la crítica es ahí como un ave de presa nocturna o un perro que merodea en las afueras del banquete comercial, un subterráneo topo o un lince que simula dormir mientras se diluyen en sus fauces los últimos canapés.

A. C.—ESCRITOR Y CRÍTICO LITERARIO

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas