INSULA «Fuego soy, cuando el orbe se adormece». Fernando de Herrera (1597-1997). Número 610. Octubre 97
 
 

CRISTÓBAL CUEVAS /
LA POESÍA MORAL EN FERNANDO DE HERRERA



La categoría moral de Fernando de Herrera nos consta de modo fehaciente. De él dijo Francisco Pacheco que fue hombre «dotado de grande virtud», lo que comporta una ética humanística y cristiana a la vez. En cuanto a la primera, amó siempre la verdad, el recogimiento, la discreción, la amistad de los mejores —sed hoc primum sentio (decía Cicerón, De amic, 18), nisi in bonis amicitiam esse non posse—. Su espíritu estuvo libre de envidia, aplaudiendo críticamente el valor donde lo encontraba y evitando la maledicencia, «porque no es de mi condición —decía— detraer de su fama [se refiere a Jacopín], ni ofender otra alguna» (1). Ajeno de codicia, se contentó siempre con el modesto beneficio de San Andrés, «pero en esta corta fortuna tuvo y tendrá muchos compañeros —comentaba Rodrigo Caro—, porque a la virtud todos la alaban, pero pocos la buscan y menos la premian» (2). «Fue templado en comer y beber —atestigua Pacheco (3)—; no bebió vino. Fue honestísimo en todas sus conversaciones», y «gran amigo de castidad». Como eclesiástico, cultivó las virtudes cristianas a ejemplo de los santos, de cuyas vidas fue lector asiduo como San Ignacio, según refiere el propio Pacheco (4).

Teniendo en cuenta estos rasgos personales, nada tiene de extraño que su obra sea irreprochablemente moral. Como humanista, siempre tuvo en cuenta el precepto horaciano de unir provecho y deleite: «Aut prodesse volunt, aut delectare poetae: / Aut simul et jucunda et idonea dicere vitae. // Omne tulit punctum, qui miscuit utile dulci, / Lectorem delectando, pariterque monendo» (Ars, 333-334 y 343-344). Esta postura se vio reforzada a partir de la estética propugnada por Trento, base del arte de la Contrarreforma. Siguiéndola, Herrera extrema su delicadeza doctrinal y expresiva, rechazando cuanto pudiera sugerir sentimientos deshonestos. De ahí que aplauda al «honestísimo y venusto Virgilio», que encubre con bellas palabras lo inhonesto de ciertas prácticas pecuarias de los campesinos romanos (Geórg, 3, 135-137) y los desahogos eróticos de Venus y Vulcano (En, 8, 404-406); en cambio, reprueba la indelicadeza de Garcilaso cuando dice que don Fernando [de Toledo] soñaba con doña María [Enríquez] «ardiendo y deseando estar ya echado» (Égl, 2, 1416), o cuando alude al beso con «complosiones torpes» del tipo «boca con boca coge la postrera» (Égl, 3, 189). Resulta, pues, natural que tanto el doctor Lucas de Soria Galvarro como Pedro de Valencia, en sus aprobaciones de 12 de abril y 30 de agosto de 1617 de la edición de Versos de 1619, afirmen que la poesía del sevillano «no tiene cosa contra nuestra santa fe católica ni contra las buenas costumbres».

Un poeta técnicamente «moral»

Pero más allá de la eticidad general de su poesía, Herrera se configura en ocasiones como un poeta técnicamente «moral», categoría a la que pertenecen los vates que el Pinciano llama «buenos», «los cuales levantan los ánimos a los oyentes con la grandeza de las cosas que tratan... por la doctrina y las sentencias de que están adornados» (5). Julio César Scaligero, en sus Poetices libri septem (6), incluye a estos poetas entre los que tratan temas filosóficos de moral común, como Focílides, Teognis y Pitágoras. Lo esencial en ellos es la reflexión que induce a la mejora de costumbres, se apoye o no en recursos satíricos (7). Esa reflexión se da también en algunos de los pasajes más serios de la poesía del sevillano, en que el discurso lírico se extiende en reflexiones trascendentales sobre el ser y el actuar humanos.

Tales reflexiones, re-sentidas con original apasionamiento, provienen de diversas fuentes. Está ante todo la Biblia —Job, Salmos, libros sapienciales, evangelios, epístolas paulinas...—, que le era familiar en su doble condición de eclesiástico y humanista (8). Luego, Petrarca, su más caro punto de referencia, que aparte los Psalmi poenitentiales, el De remediis utriusque fortunae o el Secretum, muestra en el Canzoniere un sentimiento de renuncia a lo mundano y un ansia de trascendencia que fragua en espléndida poesía. Está, en fin, el ejemplo de los clásicos, sobre todo Epicteto, Marco Aurelio, Séneca y el Horacio de las epístolas y sátiras. De éste procede, seguramente con la interferencia de Ausonio, su frecuente recurso al carpe diem —«Cuando perdieres el color hermoso...» (V, 77, 314 y ss.)—, el ideal de la aurea mediocritas y de la vida del campo, el aprecio por la virtus del varón sabio —«Seguid, señor, la llama / de la virtud, que en vos sus fuerzas prueba...» (H, c. II, 65-66)—, el odi profanum vulgus (Od, 3, 1, 1), con su desdén por «la opinión liviana... del ciego error y multitud profana / que se entorpece en la tiniebla oscura», etc.

Fuerte componente estoico

La poesía moral de Herrera se caracteriza sobre todo por su fuerte componente estoico. El poeta, impulsado por anhelos de perfección, proclama su desprecio por el mundo y sus vanidades, convencido de la transitoriedad de todo lo creado —«veo el tiempo veloz que se adelanta, / y derriba con vuelo presuroso / cuanto el hombre fabrica y cuanto planta» (P, I, el. XI, 19-21)—. De aquí deriva su huida a una soledad serenadora, en que el olvido de lo temporal fundamenta la única felicidad posible. Comprende que la apatheia no puede alcanzarse del todo en esta vida, pues aunque se acalle la rebelión de las pasiones, sus gérmenes permanecen como enemigos sometidos, pero no aniquilados: «Ira, miedo, codicia aborrecida / nos cercan, y huir no es de provecho, / que las llevamos siempre en la huida» (H, el. VI, 100-102). Esta precaria paz parece colmar, sin embargo, las aspiraciones de Herrera, que la canta en su poesía y la procura en su vida.

Como puede verse, estamos ante unos versos de ascendencia más filosófica que teológica, y más humanística que cristiana. Si se exceptúan algunas composiciones confesionales —recordemos, entre otras, la «Canción en alabanza de la Divina Majestad por la victoria del señor Don Juan»—, nuestro poeta exalta líricamente una moral natural asumible por cualquier conciencia recta. Ello resulta, sin embargo, compatible con tácitas reminiscencias cristianas. Así, su franco optimismo antropológico se atempera, al parecer, con veladas alusiones al pecado original —«El delito y las culpas son ajenas / de nuestra condición, pero nacimos / con mil flaquezas de miseria llenas» (H, el. VI, 127-129)—. Tal vez sea ese trasfondo cristiano el que explica su pesimismo sobre el hombre «histórico», manifiesto, por lo que a él mismo se refiere, en su contumaz búsqueda de un amor puramente humano, que no puede darle felicidad verdadera —he ahí el «error», concepto básico en los versos de Herrera—. Por eso observaba L. Salembien (9) que hasta su poesía erótica de apariencia más intrascendente refleja una filosofía que, en cuanto referida a la conducta, reviste carácter moral.

En cualquier caso, los versos del sevillano, prolongando una línea de pensamiento que viene de la Edad Media y culmina en nuestro Siglo de Oro, alumbra un haz de reflexiones líricas sobre temas inconfundiblemente morales. El hombre —piensa el enamorado de Luz— busca sin saberlo su propio mal, siguiendo caminos que no llevan a ninguna parte (P, II, el. VI, 109-129). La ambición, la avaricia, el afán de venganza, el amor terreno —«lisonjeros halagos, dulce pena»— tienen el pecho humano «incierto y congojoso». El varón avisado debe desconfiar de los valores al uso, despreciando el atractivo de las riquezas y honores, el brillo de las gestas bélicas —«Dexad ya de seguir el paso incierto / del militar honor», aconseja el «Divino» en una ocasión al duque de Sessa (P, III, s. XXXIII, 1-2)—, la inanidad de los deleites temporales, que «ni fueron firmes, ni fïeles fueron» (H, el. VI, 112), y hasta el amor que esclaviza a sus servidores —«tiempo fue de mi afrenta / atado y sin valor en la cadena» (P, II, s. XCVIII, 5-6).

Los más sentidos versos morales de Herrera se generan precisamente a partir de ese sentimiento desengañado, reflejado en tres elegías capitales (H, el. IV; P, I, el. XI; P, III, el. VIII), que marcan su tránsito desde el pesimismo fatalista de las primeras tentativas amorosas hasta su renuncia final al loco amor del mundo (10). La superioridad de la virtud sobre éste, y de la belleza del Creador sobre la de sus criaturas, hará exclamar al poeta: «¡Cuán vana eres, humana hermosura!» El que arriesga la paz espiritual por conseguirla merece el olvido de los mejores. La amada, a la postre, es sólo el más bello de los objetos perecederos. Herrera, emocionado, resucita, con moderno lenguaje y renovado patetismo, el tópico medieval del Ubi sunt? Una melancólica teoría de interrogaciones desengañadas eleva a categoría moral algunos de sus mejores poemas: «¿Do está la gloria de mi bien pasado...?» (H, el. V, 34), «¿A dó el favor antiguo, a dó la gloria / de mi pasado tiempo y venturoso?» (P, II, el. V, 40-41), «¿Adónde está el placer que yo sentía?» (P, III, s. LXI, 1). Todo se extingue inexorablemente, dejándonos sólo un recuerdo dolorido y el recelo de lo que está por llegar: «De mi grave temor, ¿quién me asegura?» (P, II, el. V, 63).

Poesía de ruinas

En esta línea de pensamiento habría que situar también la poesía de ruinas, que en Herrera, junto al fervor arqueológico y la devoción humanística por las viejas civilizaciones —Troya, Egipto, Tartessos, Roma, Cartago...—, se tiñe de dolor por la fugacidad de las grandezas más «indestructibles». Como dijo el Petrarca del Carmen metricum, los derruidos templos y fortalezas de Roma son heridas que mueven a llanto a quienes las contemplan. En la tradición de Cola de Rienzo, Poggio Bracciolini, Nebrija, Baltasar Castiglione, Lázaro Bonamici o Gutierre de Cetina, esas ruinas simbolizan para Herrera el poder destructor del tiempo y su insuperable contingencialidad (11). Al fondo está la amarga comprobación de la vanitas de cuanto existe, la pretenciosidad de los hombres y el poder de la muerte. Para Herrera, como para otros poetas de su tiempo y posteriores, la poesía de ruinas se configura como un tema moral y «didáctico», que aparta el afecto de lo criado para apuntar, aunque sea implícitamente —con un guiño imperceptible, con un levísimo gesto—, a más durables instancias (J. Bialostocki, 1973). Recordemos un texto significativo: «Pirámides sublimes levantadas, / ostentación de la soberbia humana, / grandes colosos de elevada cumbre, / el tiempo domador, huyendo, allana» (P, III, c. III, 92-95). La referencia a la soberbia de los hombres, manifiesta en los grandes monumentos, y humillada con su destrucción, remite sin duda a los mitos morales de Babel y la Gigantomaquia (vid., por ejemplo, V, 87, 31-40).

Principios éticos

Bajo la casuística de la poesía moral de Herrera, examinada detenidamente, descubrimos un conjunto de principios éticos que, aunque nunca sistematizados por el propio poeta, podrían reducirse a código (12). Hay que buscar la felicidad en los bienes espirituales —declara con los estoicos el beneficiado de San Andrés—, «pues sólo es vuestro aquello / que por virtud pudistes merecello» (H, c. II, 79-80). La victoria más deseable es la que se obtiene sobre enemigos interiores, empezando por las propias pasiones. El varón virtuoso, despreciando los valores que el vulgo adora —amor sensual, ambición de honores y riquezas, miedos y esperanzas inútiles—, sigue «la no usada senda» del autodominio, la libertad de espíritu, el sosiego de los deseos, la armonía íntima y la constancia en el deber. Estos ideales se sintetizan en la virtus clásica, apostrofada por el poeta con sincero entusiasmo: «Sola, Virtud, tú sola puedes tanto / que el gozo dar perpetuo y bien seguro / puedes, si en amor tuyo me levanto» (H, el. VI, 118-120). Cuantos sigan caminos errados deben asumir una profunda metanoia. El poeta ofrece su experiencia como lección: «Voluntad diferente y pensamiento / reina dentro en mi pecho, que deshace / el no seguro y flaco fundamento. // Lo que más me agradó no satisface / al ofendido gusto, y sólo admito / lo que sola razón intenta y hace» (H, el. IV, 7-12).

En el fondo, el cancionero de Herrera no es sino la confesión, a la manera de Petrarca, de un inmenso «error» de juventud, cifrado en la prosecución de vanos ideales de amor y heroísmo mundanos. Pero, al final, la razón da el triunfo a una tabla de valores verdaderos. Lo que hemos intentado mostrar en estas páginas es que tales convicciones, dispersas —con frecuencia, implícitamente— a lo largo de su poemario, alumbran un manojo de versos de alta calidad artística y profunda impostación ética. Estamos ante un subgénero lírico —el de la poesía moral— que da espesor filosófico a la poesía del «Divino», desmintiendo su pretendida intrascendencia de puro manierista formal, satisfecho con imitar lo más epidérmico del Canzoniere del genial poeta de Arezzo.

C. C.—UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

(1)  J. Montero, La controversia sobre las «Anotaciones» herrerianas, Sevilla, 1987, p. 246.

(2)  Varones insignes... de Sevilla, Sevilla, 1915, p. 60.

(3)  Libro de descripción de verdaderos retratos [1599], Sevilla, 1985, p. 178.

(4)  «Tuvo lección particular de los santos» (Retratos, cit.); la frase parece referirse a hagiografías y escritos.

(5)  Philosophía antigua poética [1596], t. I, Madrid, 1973, p. 148.

(6)  Ed. de Venecia, apud A. Vincentium, 1561, p. 5a-b.

(7)  Para la elucidación de la problemática de este tipo de poesía, cfr. A. Rey, Quevedo y la poesía moral española, Madrid, 1995, pp. 17-21.

(8)  Recuérdese el saber escriturario de que hicieron gala, entre otros, Erasmo, Vives, Nebrija, Juan de Valdés y otras grandes figuras del humanismo cristiano.

(9)  «Góngora», Bulletin Hispanique, núm. XXXI (1929), p. 315; sobre el «error» en Herrera, vid., también, A. Bertaux, «L'ode de Herrera La Soledad», Bulletin Hispanique, núm. XXXIV (1932), p. 247.

(10)  Para este aspecto, cfr. A. Vilanova, «Fernando de Herrera», en G. Díaz-Plaja, Historia General de las Literaturas Hispánicas, t. II, Barcelona [1953], 1968, pp. 737-738.

(11)  Creo con Macrì que la instancia moral subyace, como presupuesto vital inobjetable, en la poetización de las ruinas por Herrera, sin que aquélla pueda reducirse —esquematizando empobrecedoramente— a instancia constructiva de su poesía heroica o a mera reflexión legitimadora de las hazañas patrias.

(12)  Tales principios aparecen ejemplarmente, entre otros, en los siguientes pasajes: V, 88; H, s. LXV; P, III, el. I; H, c. II (P, III, c. IV); H, el. VI; P, I, el. XI; P, III, el. V; H, c. VI, etc.

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas