| La poesía visual en Cataluña en el siglo xx empieza, como en casi toda la occidental, al amparo de la vanguardia francesa. Si fue en París donde los caligramas fueron reencontrados por Apollinaire tras un par de siglos de olvido y las tablas de «palabras en libertad» puestas de moda por Marinetti, fue en París donde los poetas catalanes —como de paso los del resto de Europa— buscaron inspiración. El foco que fue París durante un largo período de nuestro siglo alumbró una circunferencia bastante mayor que la que abraza Barcelona, y de ahí las coincidencias, hilos conductores comunes, especularidades y estados de espíritu compartidos que se detectan en toda la poesía vanguardista a la primera ojeada. Intensas y fructíferas relaciones parisinas Fue, pues, por las intensas y fructíferas relaciones que los catalanes mantuvieron con París que los primeros poemas visuales de nuestro siglo vieron la luz en Cataluña (y que lo hicieran tan tempranamente, de forma casi contemporánea a su foco de irradiación), quién sabe, además, si olvidándose de la buena colección de caligramas barrocos locales o de algunos poemas que, aunque deudores de la estética del siglo pasado, fueron publicados a principios del nuestro. Nogueras Oller es un buen ejemplo, con un quizá no tan tenebroso libro como su título —Les tenebroses, del año 1905— quisiera sugerir, y que, aunque contiene algunos peculiares logros y un caligrama, es, por lo que respecta nosotros y por lo general, bastante «negligible». De hecho, los primeros poemas visuales ya plenamente novecentistas se hicieron al amparo de los de Apollinaire y sus discípulos, en especial Pierre Albert-Birot. Y no deja de ser curioso que fuera este poeta quien tuviera más influencia en Cataluña (y pienso en sus dos principales valedores, Josep Maria Junoy y Joan Pérez-Jorba, aunque no fueron los únicos), y ello por cuanto fue Albert-Birot quien propició una extraña hibridación entre el cubismo —la escuela de Apollinaire— y el futurismo, en un no menos curioso «ismo», el nunismo, de vida más bien corta y especialmente ligada a la de su revista divulgadora, Sic. Curioso, por cuanto el ambiente general catalán del momento —y en el que buena parte de los vanguardistas, que llamaré para abreviar con el oxímoron de «clasicizantes», se sintieron perfectamente a gusto— era más bien propicio a una poesía poco dada a apreciar la herencia romántica, entre la que la poesía futurista tenía, como parece evidente, un lugar de honor. Un giro de ciento ochenta grados Como ya parece claro, la poesía visual llegó a Cataluña de la mano de unos poetas que hoy llamaríamos más bien poco vanguardistas, tendentes al noucentisme, cuanto menos desde un punto de vista estético: el Josep Maria Junoy citado y un también muy interesante Joaquim Foguera, quién sabe si poco recordado hoy —aunque de toda evidencia en forma injusta— por su prematura muerte. En un terreno de muy similar adscripción, J. V. Foix hizo también algún poema visual de dirección parecida. De modo que, cuando se vio con toda claridad que el nunismo había flirteado en demasía con el futurismo, es decir, que estaba notablemente contaminado de estética romántica, el giro fue de ciento ochenta grados, y el olvido programático de ese tipo de experimentación dejado en manos de, entre los históricos, Pérez-Jorba, y, entre los nuevos y cuando ya esa poesía visual iba siendo paulatinamente abandonada, Joan Salvat-Papasseit. Es así como podemos observar que Josep Maria Junoy, que habría sido un introductor entusiasta de la estética moreasiana y de la vanguardia, que habría ejercido tradicionalmente de crítico de arte y que en El Poble Català habría dado a sus críticas la forma de caligramas; que, vanguardista militante, habría publicado, a principios de 1917 —aunque el pie de imprenta diga 1916, supongo que para reivindicar, a justo título, la avanzada sobre su maestro Apollinaire en la utilización de la poesía vanguardista como una forma de crítica—, la recopilación Troços, nombre que poco después debía dar título a una revista, que Junoy, digo, abandona la vanguardia cuando la ve una peligrosa forma de reimplantación de una estética de vuelo romántico —algo que, desde luego, sucederá con el dadaísmo, y más aún con el surrealismo—, alertado por viejos vanguardistas como Max Jacob o Pierre Reverdy, no menos que por su viejo maestro Charles Maurras, quien, al contrario de Apollinaire —que habría gustado del caligrama Guynemer—, afirmó de ese poema que era un truc. Los viejos vanguardistas «clasicizantes», Junoy o Foix —Folguera habría muerto ya y el abogado Vicenç Solé de Sojo, que habría publicado un par de poemas vanguardistas en la misma tendencia, se habría decidido a abandonarlos—, dejaron a un lado la poesía visual por verla alejada de sus propósitos, de modo que no podemos sorprendernos de que, cuando en 1920 Junoy recopilara alguno de sus caligramas, instigado probablemente por Joan Salvat-Papasseit, eliminase de ellos todo recuerdo futurista. Salvat-Papasseit: la resistencia Papasseit, al contrario de Junoy o Folguera, provenía del modernismo, es decir, de las filas románticas. En eso se parecía a Pérez-Jorba. Por lo que el alejamiento de la vanguardia de algunos de los novecentistas —entre los que se incluyen algunos de los modelos franceses— no parecía que debiera afectarle. Salvat, por lo demás, empezó tarde: no habría publicado su primer poema vanguardista —en realidad era un manifiesto— hasta diciembre de 1917, «Columna vertebral, sageta de foc», poema en el que la radicalidad de la factura poética se hermanaba a la radicalidad social que siempre le había preocupado. Lo hizo en su revista Un Enemic del Poble, revista de título tan inequívocamente ibseniano que me excusa ahora de ponerlo de manifiesto. Quizá por todo ello, Salvat, ajeno a las palpitaciones de los tiempos, o quién sabe si para oponerse a ellas, no solamente publica poesía visual, sino que, además, redacta proclamas al más puro estilo romántico y futurista, tanto en prosa como en «tablas de palabras en libertad», forma en la que también compone poemas a mitad de camino entre la efusión lírica y la denuncia. Sus dos primeros libros, con títulos y referencias evocadores del mundo de la tecnología avanzada de su tiempo, se publicaron en 1919 y 1921 —Poemes en ondes hertzianes y L'irradiador del port i les gavines, respectivamente—, en un momento en que el futurismo iba perdiendo presencia viva en la Europa vanguardista más allá de las fronteras italianas, añadiendo además algún bello caligrama al más puro estilo apollinaireniano. Sànchez-Juan, Miravitlles, Sindreu En Cataluña, pues, el futurismo parecía resistirse a desaparecer, tanto por la insistencia —progresivamente abandonada a favor de un lirismo más romo, aunque en muchos aspectos superior al precedente— de Salvat-Papasseit como por la irrupción de un nuevo poeta, Sebastià Sànchez-Juan, que empezó firmando como «David Cristià» otro manifiesto futurista y que tuvo una presencia más bien débil en el panorama de la cultura catalana hasta que, ya en tiempos de nuestra posguerra, se hizo censor. Se trató en ambos casos —aunque podríamos añadir alguno más, como Jaume Miravitlles— de poetas que, más que en la vanguardia, estuvieron en la retaguardia de un movimiento vanguardista que muy pronto había de ceder el paso al surrealismo, un movimiento en el que la poesía visual había de tener un papel mucho más secundario y marginal, aunque se siguieran utilizando los recursos tipográficos en sentido enfático en algunos manifiestos, como el Manifest groc, de 1928, o algunos textos dalinianos. No quisiera acabar este breve trabajo olvidándome de un personaje curioso, poeta de fina sensibilidad y humorista, que estaríamos tentados de acercar a Ramón Gómez de la Serna si no fuera porque probablemente estuvo más cerca de Junoy, Foix o Trabal: Carles Sindreu. También éste, en época tardía, frecuentó la poesía visual, con algún acercamiento curioso al fútbol (algo ciertamente poco usual), aunque de forma más bien esporádica en el conjunto de su obra. Habrá que esperar a la posguerra para encontrar formas nuevas en la poesía visual, entre las cuales el nombre de Joan Brossa destaca con luz propia. En lo que hoy nos atañe, habrán sido el cubismo y el futurismo quienes se habrán llevado la mayor parte. J. V.—UNIVERSITAT POMPEU FABRA

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