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Mi relación con Amado Alonso arranca del Centro de Estudios Históricos de Madrid, donde los dos recibimos nuestra formación filológica, aunque no coincidiéramos cronológicamente. Yo entré como becario en septiembre de 1927, meses después que Amado fuera a dirigir en Buenos Aires el Instituto de Filología. Entonces, Américo Castro, Navarro Tomás, Onís y Solalinde, los primeros discípulos de Menéndez Pidal, eran maestros consagrados; pertenecían a la generación de 1914, la de Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala y Juan Ramón Jiménez. Amado Alonso, José Fernández Montesinos y Dámaso Alonso eran los filólogos más destacados de la generación del 27; maestros también, pero sin magisterio patriarcal, sino de hermanos mayores cuyos logros iban abriendo camino a los novatos como yo.
Ejemplo y enseñanza
Amado y Dámaso traían dos grandes novedades: la estilística y la teoría del lenguaje. Yo, nacido casi doce años después que Amado y casi diez después que Dámaso, recibí de los dos ejemplo y enseñanza decisivos. Conocí personalmente a Amado Alonso cuando se doctoró en Madrid con una tesis que ampliaba en penetración y alcance su brillante artículo sobre las Sonatas de Valle-Inclán, aparecido en Verbum, la revista porteña, en 1928. No volvimos a vernos hasta 1947. Mientras tanto habían ido llegando a Madrid, antes de nuestra guerra civil y, después de ella, a pesar de la segunda guerra mundial, la espléndida producción personal de Amado y la asombrosa Revista de Filología Hispánica, fe de vida de la escuela que había creado. Pero cuando fue a Madrid en 1947 ya no profesaba en Buenos Aires sino en Harvard; y al saber que yo iba a enseñar en Princeton durante la primavera y el otoño del 48, me invitó a hacerlo también en el curso de verano de Harvard, alojándonos en su casa de Arlington a mi esposa Pilar y a mí. Fue un verano inolvidable: conocimos la extraordinaria, generosa y entusiasta humanidad de Amado en su vida hogareña, con Joan y los cuatro hijos; en la conversación distendida, en la lectura comentada de Residencia en tierra o escuchando discos de Schumann...
No dejó de sorprendernos que aquella vitalidad exultante se abandonara con frecuencia a misteriosos silencios ensimismados. ¿Añoraba sus veinte años de Buenos Aires? ¿Pensaba en sus discípulos dispersos? ¿O sentía algún oscuro presentimiento, que no quería exteriorizar, de fin no lejano? Convivíamos en el trabajo. Todas las mañanas íbamos temprano Amado y yo a la Widener Library de Harvard, donde él tenía un despacho que me invitó a compartir. Estaba ya entregado por completo al estudio de los cambios que transformaron el sistema consonántico español en los siglos xv al xvii. Ultimaba entonces su «Examen de las noticias de Nebrija sobre la antigua pronunciación española» y tenía en el telar los artículos que sobre las sibilantes dentales habían de aparecer en los años inmediatos. Yo corregía pruebas de dos libros que me estaban imprimiendo en Madrid y empezaba a preparar la segunda edición de mi Historia de la Lengua Española.
Una anécdota ilustrativa
Teníamos continuo cambio de impresiones; huelga decir hasta qué punto era provechoso para mí aquel cambio. Contaré una anécdota ilustrativa de la entrega de Amado a los temas que estudiaba; ilustrativa y pintoresca. Los gramáticos renacentistas solían equiparar el sonido de cada consonante al emitido por determinado animal: la b era «sonus ovinus», la rr «sonus caninus», la s «sonus serpentinus»; el de la aspirada dental griega, th latina, recibía la designación de «sonus anserinus», y algún sesudo autor puntualizaba que los ánsares lo emitían cuando estaban irritados. Para la investigación de Amado sobre la pronunciación de las dentales españolas la identificación del «sonus anserinus» no era cuestión baladí. ¿Se asemejaría a una ts, a una t con explosión sorda, a una c interdental como la moderna española? No teníamos ornitólogos a quienes consultar, y decidimos aventurarnos a una exploración en el Zoo de Boston, único lugar donde era posible hacerlo aquel día, sábado por la tarde. Llegamos cuando se acercaba la hora de cerrar; preguntamos a los guardas dónde se encontraban los geese; les extrañó que quisiéramos ver animales tan domésticos a tales horas; y cuando expusimos el interés científico que nos movía, pensaron que los gansos éramos nosotros y nos echaron con cajas destempladas. Días después, en una excursión, encontramos unos granjeros amabilísimos que nos acercaron un par de ánsares y hasta se esforzaron por irritarlos; pero la explosiva linguorrostral que aquellas aves profirieron fue interpretada de manera distinta por cada uno de quienes la escuchamos. La experiencia había fracasado.
Tras el verano de Harvard y el otoño de Princeton enseñé en Yale el cuatrimestre de primavera de 1949. Pilar y yo seguimos viéndonos con Amado y Joan en vacaciones y fines de semana, unas veces yendo nosotros a su casa de Arlington, otras viniendo ellos a la casa que habíamos alquilado en New Haven. En una de nuestras visitas llamé la atención de Amado sobre unos documentos mexicanos que había visto en su casa; en ellos, a muy pocos años de la conquista, se registraban casos indudables de seseo o ceceo, lo que obligaba a replantear el problema del andalucismo en el español americano. Los puntos de vista de Amado no coincidían con los míos y la controversia prosiguió en nuestra correspondencia después de volver yo a España. Terminó con una carta cordial en que Amado proponía que nos tuteáramos. Fue su manera de darme la alternativa. Entonces escribió su «Historia del “ceceo” y del “seseo” españoles», último artículo suyo que llegó a ver impreso.
A lo largo de 1951 fueron llegando a Madrid inquietantes noticias respecto a la salud de Amado. Había tenido que someterse a una intervención quirúrgica sospechosamente rápida y sin satisfactoria recuperación. Por Navidades, Joan, sabedora de que yo había sido invitado a enseñar nuevamente en Yale durante la primavera del 52 y en Pennsylvania durante el verano, nos escribió que Amado había recaído y estaba impaciente por hablar conmigo.
Llegamos a New Haven en febrero y aprovechamos el primer fin de semana para ir a Arlington. Amado estaba en cama, el mal había invadido sus órganos respiratorios; pero me recibió inmediatamente y durante más de dos horas me expuso el plan de su libro y el estado en que se hallaba su elaboración. Haciéndose el fuerte me vino a decir: «Ya sé que esto es pasajero y me repondré; pero quedaré más tranquilo enterándote de todo, para que, si yo no puedo, te encargues tú de revisarlo, completarlo y darlo a la imprenta.»
Puntualizó que dos capítulos, uno de ellos muy extenso, estaban redactados definitivamente; cuatro más y varios apéndices, redactados también, necesitaban retocarse y ponerse al día; en cuanto a los restantes, sólo estaban reunidos los testimonios de gramáticos correspondientes a uno; pero Amado me hizo saber cómo entendía el proceso general de cada fenómeno. Yo acepté, claro está, el compromiso, y entonces me habló de otros proyectos a los que tendría que renunciar: un libro sobre Fray Luis de León y otro sobre Federico García Lorca.
Un soneto de Keats
Al despedirnos para que descansara, me dijo: «No sabes qué tranquilo me dejas»; y al salir de la habitación recordé obsesivamente el soneto de Keats «When I have fears that I may cease to be...» Lo traduje así, pensando en Amado:
Cuando me asalta el miedo de que mi vida se acabe
Sin que mi pluma espigue mi cerebro repleto,
sin que las letras impresas altas pilas de libros
Guarden, ricos graneros, las mieses ya maduras;
Cuando bajo el semblante de la noche estrellada
Vastos y nebulosos símbolos imagino
de una suprema fábula, y auguro que mi vida
No durará bastante para trazar sus sombras
Con maga y feliz mano; cuando presiento, ¡Hermosa
Criatura de una hora! que no volveré a verte
Ni seguiré gozando la atracción y el hechizo
Del ímpetu amoroso, —entonces, en la playa
Del mundo inmenso, erguido, solitario medito
Hasta que amor y gloria se abisman en la nada.
Nuevas instrucciones
Dos meses más tarde, en abril, hospitalizado en Boston y sabedor ya de su cercano fin, me dio nuevas instrucciones para la Introducción, no redactada, y para el capítulo de la velarización de las antes prepalatales g, j y x. Creía que la velarización se había iniciado en Andalucía, donde llegó a un grado de evolución —la aspiración faríngea— no alcanzado en otras regiones. Era —decía— el primer fenómeno revelador de la iniciativa meridional, que después se manifestaría con la irradiación del yeísmo, la aspiración de la -s final de sílaba o palabra, la neutralización de r y l implosivas, etc., cambios todos que creía modernos.
En mayo, en cuanto terminaron mis clases en Yale, fuimos a Arlington. En aquellos sus últimos días tuvo Amado la satisfacción de ver impreso su artículo sobre el ceceo y el seseo; al vérmelo leer, sonrió y dijo: «Es lo mejor que he hecho en mi vida.» A pocos días de su muerte, el jefe del Departamento de Harvard me pidió que enseñara allí durante el curso siguiente; yo acepté sólo para el otoño, pues no podía retrasar más mi reincorporación a la Universidad madrileña. Ese cuatrimestre me sirvió para reunir y examinar todos los originales y material del libro de Amado, mientras Edward Glaser ampliaba la bibliografía que había de incluirse como apéndice de él. Un estudiante graduado, que iba a hacer en barco la travesía del Atlántico, se ofreció a llevar la pesada maleta a Madrid; y estuvo a punto de perderla, pues se la extraviaron en un hotel de París; pero tras prolongada búsqueda la recobró maltrecha, pero sin daño de su precioso contenido.
En Madrid hube de incorporarme a las tareas de la Universidad y del Seminario de Lexicografía de la Academia; tuve que volver a Harvard para enseñar durante el otoño de 1953; sólo al regreso pude entregarme a disponer para la imprenta la parte redactada del libro de Amado. Me esforcé por acomodarme a sus hábitos expositivos y conformar mi criterio con el suyo en todas las adiciones y enmiendas, que señalé con jalones especiales para que no se atribuyesen a Amado mis posibles yerros. Entregué a la editorial Gredos el original del primer tomo, que salió a la luz en 1955. El segundo se retrasó por nuevos desplazamientos míos a los Estados Unidos, Puerto Rico, Argentina y México; gracias a la sabia y eficaz colaboración de María Josefa Canellada de Zamora, excelente fonetista y dialectóloga, se publicó en 1969. Con él se había dado a conocer casi todo lo que Amado redactó, ya de manera definitiva, ya puesto al día por María Josefa o por mí.
La preparación del tercer volumen presentaba dificultades mucho mayores por no disponer de textos redactados y autorizados por Amado. El problema teórico me ha venido vacilante largos años. De todos modos estoy ahora entregado a la tarea de elaborar ese tercer tomo del gran libro de Amado Alonso. Quisiera hacerlo con dignidad científica y alcance que desmerezcan lo menos posible de los dos volúmenes que él redactó. Cuento con la muy valiosa labor previa llevada a cabo por María Josefa Canellada de Zamora. Si Dios me da vida y facultades, espero verlo impreso antes de terminar el presente año.
R. L.—REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 
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