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Intentar una visión general sobre una trayectoria poética tan variada y extensa en el tiempo como es la de Gerardo Diego y su generación, tiene que partir de una limitación del espacio y de una definición del punto de vista en el cual pretendo situarme.
Lógicamente parto del espacio generacional del 27, suficientemente definido y con una amplia bibliografía testimonial y crítica que haría innecesario e insuficiente cualquier intento de resumirlos aquí en una apretada y tediosa síntesis. Así pues, yo no intento describir ni reconstruir una serie de fechas y acontecimientos de sobra conocidos, pero sí quisiera hacer algunas puntualizaciones con respecto a la presencia y tratamiento que la poesía de Gerardo Diego ha venido teniendo en este tipo de obras, para pasar posteriormente a enfocar su obra desde una visión globalizada, dentro de la trayectoria poética de los otros miembros de su generación.
Diego, punto de referencia
En toda esta literatura a la que me vengo refiriendo encontramos con abundante frecuencia la presencia de Gerardo Diego en lo que podríamos llamar la génesis de la generación del 27, poniendo siempre de relieve su capacidad dinamizadora para la introducción de novedades; así su nombre aparece unido a la aventura ultraísta y creacionista, tanto en el plano biográfico, por su relación con Larrea y Huidobro, como por su quehacer como editor de Carmen y Lola, revista y suplemento significativamente importantes en el conjunto de publicaciones literarias del momento; pero también Gerardo es un punto de referencia obligado cuando se habla de la relación de la generación con la tradición literaria, tanto popular como culta. El centenario de Luis de Góngora como anécdota, como reflexión teórica en torno al lenguaje poético, a la sombra de la poesía simbolista francesa, y como impulso formador y disciplinante tiene que ser analizado en la obra de nuestro poeta como en la de uno de sus protagonistas indiscutibles.
Pero la aportación de Gerardo a la generación culmina con la Antología de la poesía española (1915-1931) de 1932, reeditada en 1934, en donde asume la responsabilidad del antólogo al selecionar una serie de nombres y una presentación determinada. A la vez, afirma la poética de la generación, podríamos decir su mayoría de edad, algo que un olfato y una sensibilidad tan especial como Juan Ramón no podía menos de percibir, por lo que se explica que su reacción violenta se polarice casi exclusivamente en nuestro poeta como responsable de esa afirmación de madurez pública y publicada.
También recogen todos los testimonios y análisis la participación de Gerardo Diego en las que podríamos llamar marcas secundarias de la generación, su formación universitaria y su dedicación a la enseñanza y a la crítica literaria, la relación amistosa con los demás compañeros de grupo, la falta de compromisos trascendentes en su poesía de la primera etapa, etc.
Diego, una figura incómoda
Sin embargo, una vez que rebasamos la fecha de la segunda antología de 1934, el tratamiento a Gerardo cambia, empieza a ser una figura incómoda a la hora de agruparla con otros miembros de la generación; bien es verdad que el grupo completo sufre esa tendencia de la crítica a fijarse en la primera etapa de estos poetas y en todo caso a considerar su obra posterior en función de esos primeros libros, sin remitirnos, salvo en el caso de alguna excepción como Dámaso Alonso, al contexto poético de años posteriores a la guerra civil. Parece, pues, que estos poetas se habían fijado en las décadas de los años veinte y treinta, y posteriormente su obra había crecido por adición y no habría evolucionado.
Este fenómeno, bastante generalizado, se corrige en parte a partir de los años ochenta, aunque podemos encontrar otra orientación, la de considerar la aportación poética de después de la guerra civil como algo ajeno a aquellos primeros impulsos y novedades; en una palabra, los poetas progresistas y revolucionarios se nos convierten en moderados y clásicos y ya tienen poco que decir a las nuevas generaciones poéticas. Esta segunda postura es más visible para determinados autores, como es el caso de Gerardo Diego, que queda un tanto descolgado del grupo; indudablemente, no se trata de una valoración negativa, pero sí de la evidencia de una serie de dificultades a la hora de encuadrarlo en el grupo o emparejarlo con algún compañero en una tendencia habitual de estudios y manuales.
En primer lugar, las dificultades provienen de la propia naturaleza de su obra, con dos características muy marcadas: la abundancia y la variedad. En la generación del 27 se produce una confluencia de poetas que se distinguen, precisamente, por su gran capacidad de trabajo, lo que se traduce en obras muy extensas, que en el caso de poetas longevos, como Gerardo, les permite aumentar enormemente la variedad de sus registros poéticos y, a la vez, introducir otro elemento particular que es el de la versatilidad. Esto se explica porque el concepto de libro adquiere en ellos, más que en nadie, ese sentido de libro poema que crece y se modifica según las necesidades de articulación con nuevos conjuntos, y sus temas y poemas hacen un largo recorrido de ida y vuelta que los va rehaciendo, podríamos decir que son poemas vívidos, en el sentido de que el paso del tiempo los va modelando paulatinamente, para llegar así a lo que el propio poeta llama «imagen múltiple».
Si, junto a esta peculiar manera de construir una extensa obra, vemos que ésta se desarrolla a través de una serie de registros poéticos también muy variados, de manera que se puede decir que todos los caminos de la lírica española del siglo xx han sido transitados por nuestro poeta, comprendemos la dificultad de abarcarla en una síntesis que nos permita clasificarla como un conjunto fácil y organizado, en una línea asequible para visiones generales y de conjunto. Pero considero que puede haber otro camino interesante, el de contemplar a Gerardo Diego incorporado a su propio grupo y desde la coherencia de los principios poéticos que los impulsan a desarrollarse como poetas.
«Conocimiento y experiencia»
En Historial de un libro, Luis Cernuda, tan enemigo de las modas y de la facilidad técnica aplicada a la poesía de algunos poetas de su generación, desarrolla una idea sobre la necesidad de cambio y renovación en su propia poesía que es interesante que tengamos en cuenta:
«Importa que el poeta se dé cuenta de cuándo acaba una fase y comienza otra en su desarrollo espiritual; mientras el poeta está vivo, es decir, mientras no se agote su capacidad creadora, esa mutación ocurre de modo natural, como las estaciones del año, nutriéndose de cuanto les depara nuestro vivir. Creo que es necesidad primera del poeta el reunir experiencia y conocimiento y tanto mejor mientras que más variados sean. Unas palabras de Empédocles, aunque desligadas de su sentido original, referente según creo a la transmigración de las almas, “porque antes he sido un muchacho y una muchacha, un matorral y un pájaro, y un pez torpe en el mar”, me parecen expresar a maravilla esa sucesión varia y múltiple de experiencias y conocimientos que el poeta requiere, a falta de la cual su obra resulta pálida y estrecha» (1).
Pues bien, me parece que este texto en principio es aplicable a casi todos los miembros de la generación y aún más a estos poetas de voz cambiante como Alberti o Diego, aunque Cernuda no aceptara esta conciencia poética en ellos. Y es precisamente la concepción de la poesía como síntesis de conocimiento y experiencia lo que lleva al poeta a estar abierto a cualquier posibilidad expresiva y también a interpretar cualquier experiencia personal como experiencia lírica, ser muchacha, matorral o pájaro... Desde esta óptica la variedad y diversidad de registros deja de ser un juego superficial, de moda repetitiva o incapacidad creativa, para pasar a ser algo exigido desde el poema como consecuencia de la propia manera de concebirlo.
Hay, pues, en Gerardo Diego, bajo esa aparente dispersión, el mismo rigor creativo que en otros poetas de la generación del 27, el cual se traduce en la unidad de la obra como convergencia y desarrollo de los distintos registros o líneas expresivas, que se inician en la etapa de la juventud y que les lleva a la creación de un universo poético propio, plenamente identificable con la evolución del espacio poético en el que históricamente les ha correspondido vivir. Más allá todo ello de una noción de cambio intrascendente, que haga pasar los distintos elementos por la obra sin dejar ninguna huella.
Tradición y vanguardia
Existen dos grandes líneas poéticas en Gerardo Diego, visibles, por otra parte, en todos los miembros de la generación, que se asocian con la primera etapa de su poesía. Se trata de esas dos grandes ramas desde las que se vertebran sus obras: tradición y vanguardia. Indudablemente, al margen de la anécdota generacional, estas dos tendencias son algo más que etapas disciplinares o formativas; en la mayor parte de ellos es un sustrato siempre presente en su voz y en algunos, como Gerardo y Alberti, es un recurso que con el paso del tiempo adquirirá cada vez más significación en su obra y más potencialidad expresiva.
En Diego, de la tradición popular permanecerá siempre esa adaptación a estructuras métricas ligeras y al procedimiento de la glosa, lo que le permite esa apariencia juvenil, incluso infantil, para abordar algunos temas, como puede ser el religioso en algún momento:
¿Cuánto me dan por la estrella y la luna?
¿Cuánto me dan por el Niño y la cuna?
Este es un Niño sin padre ni abuelo.
Este es un Niño nevado del cielo.
(«El rifador».)
Queda este registro para el mundo del recuerdo y de la nostalgia de la infancia recuperados en los hijos, los nietos o los alumnos como en tantos otros poetas de su grupo y posteriores; en concreto, el motivo navideño nos puede recordar a Alberti.
La experiencia clasicista, al decantarse con el paso del tiempo, deja un poso muy interesante, pues si bien empezó como un alarde competitivo de erudición y un aprendizaje necesario de disciplina técnica, después se evidenciará a través del dominio de los esquemas poemáticos, las estructuras métricas, el dominio de la rima y la brillantez de la imagen y el léxico. Podemos decir que no se trata de encontrar una gran capacidad de mimesis, sino de una visión poética con raíces clásicas, que se adapta a distintas situaciones vitales. Experiencia compartida también con otros poetas, que vuelven y revuelven en la tradición buscando su sentido permanente y, a la vez, hacerlo compatible con la propia voz.
Quizá todo ello provenga del mismo impulso renovador y vanguardista, como si a cada audacia rupturista le correspondiese una búsqueda en el poema clásico; también, en la tradición poética se busca un mundo de experimentación y renovación muy acorde con las exigencias poéticas rupturistas de la época. Pero, más allá de estos impulsos iniciales, la línea clasicista permanece en estos poetas, y por lo tanto en Gerardo, como expresión de una manera propia de ver el mundo y acercarse a la realidad. En algunos aspectos su aportación es tan importante que, como dice Ricardo Gullón (2), no se podría hacer una antología de la poesía contemporánea española sin contar con algunos de los sonetos de Gerardo Diego, afirmación que también podemos hacer de otros miembros de su generación.
La vanguardia es, por otra parte, un elemento sustancial en la poética del grupo que pervivirá en unos poetas más que en otros, pero que será visible en todos. Por una parte, la libertad métrica que les es consustancial y que les permite moverse en este campo con una total flexibilidad. Pero quizá sea en la imagen donde encontremos el elemento más trascendental de estas corrientes. Partiendo de buscar la máxima connotación olvidando o minimizando la representación, el poeta vaguardista recogía como punto de partida la importancia de la imagen en el movimiento simbolista, con el que se sienten deudores, y que se refuerza con su percepción de la imagen barroca, percibida por ellos más como impresión que como proceso racionalizador; juntamente con esta herencia anterior, las primeras vanguardias dejarán en nuestra poesía una imagen doble o múltiple con un léxico realista y concreto, unida a una expresión sintáctica musical; la visión onírica, el subconsciente angustiado y la rebeldía radical serán el segundo paso que el surrealismo introducirá.
Un balance común
Una y otra corriente se alternan o complementan para, con la madurez, convertirse en una poesía de la experiencia —¿por qué no de circunstancias vividas?— que adapta la expresión a cada una de esas situaciones que están en la base del poema. Este fenómeno lo vemos claramente en los libros que ven la luz después de la guerra civil, aunque tengan su arranque en la etapa anterior: Alondra de verdad, Poemas adrede, Biografía incompleta, todos ellos son libros que se van haciendo con el paso del tiempo, que reúnen poemas de varias épocas y que crecen de unas ediciones a otras. En ellos, como dice Luis Felipe Vivanco (3), tenemos una fusión de temas que preocupaban al poeta en su etapa anterior; pero también podemos ver nosotros un impulso similar al de otros poetas de la generación, que en este momento se interrogan sobre los posibles registros de su poesía, después de una experiencia tan terrible como la que acaban de vivir y de que haya coincidido con la crisis de su propia madurez. Surgen así distintas líneas poéticas, formando un único libro, que alcanza la unidad solamente a partir de esa interrogación básica sobre las posibilidades y el sentido del quehacer poético. Un libro como Entre el clavel y la espada, de Rafael Alberti, nos lo puede ilustrar.
No se trata tanto de rastrear el tema de la guerra civil, presente hasta en los silencios, sino de ver cómo, en torno a estos años, ese fenómeno de la «rehumanización» obedece a un cierto balance común a todos ellos. Lo podemos seguir a través de un motivo de la poesía amorosa muy frecuente: el cuerpo amado definido dentro del soneto. En Gerardo Diego, el titulado «Insomnio», que plantea la opacidad del cuerpo dormido de la amada, nos trae ecos de otras series como los Sonetos corporales de Alberti, los Sonetos del amor oscuro de Lorca o los Poemas para un cuerpo de Cernuda.
Más que una semejanza formal y superficial, que indudablemente se puede discutir, planteamos una comunidad o afinidad que observamos en el universo poético de cada uno de estos poetas, más allá o más acá de las diferencias y aportaciones individuales, que ciertamente las hay. Ese universo poético radica, en primer lugar, en las actitudes del poeta o en las relaciones que establece con el objeto de su poema; aquí encontramos que el propio Gerardo nos habla de diversos tipos de poesía atendiendo a este aspecto: dejando a un lado la poesía instintiva de sus inicios con una gran carga sentimental, los términos para denominar las otras fórmulas son poesía relativa y poesía absoluta. La primera es lo que llamamos poesía de circunstancias que se apoya en la experiencia, con lo que ello significa de explicitación del mundo afectivo; aquí no se quiere renunciar a nada, están los sentimientos pero también las amistades, profesión, objetos, homenajes...:
Todo lo que fuera duerme,
queda o pasa,
todo lo que huele o sabe,
toca o canta,
conmigo dentro se ha hecho
viva entraña,
viscera, oscura y distinta,
sueño y alma.
(«Autorretrato».)
Desde estas palabras del poeta, nos podemos explicar el que en este tipo de poesía encontremos muchos de sus mejores poemas, como también ocurre así en otros poetas que sienten esa necesidad de incorporar lo cotidiano a su obra una vez transformado en materia poética por la sensibilidad del poeta. La poesía absoluta nos ofrecería una posición diferente: el poeta enmascara su relación con el objeto, haciendo que el poema pierda referencialidad, como si se desligara del universo real y se erigiera en realidad sustantiva. La filiación guilleniana de este procedimiento no invalida lo que tiene de hallazgo en Gerardo Diego, sino que lo potencia.
Espacio y tiempos poéticos
El espacio poético juega con una doble perspectiva, pues si Gallego Morell (4) podía hablar del provincianismo de nuestro autor, a la vez hay que constatar una tendencia a universalizar las experiencias y objetos. Gerardo Diego, como una gran parte de los poetas de su época, siente una especial predilección por el tema de la ciudad, pero no se trata de una ciudad más o menos admirada, sino que aparecen las ciudades como vividas, cercanas y cotidianas —en el caso de nuestro autor, Santander y Soria—. Esto le da una cierta carga provinciana en aquellos aspectos del vivir diario que al poeta se le enredan en la memoria, pero desde esa perspectiva también la gran ciudad, como Roma en Alberti, puede adquirir ese aspecto familiar y entrañable. Ahora bien, junto a ese sentido que da la mirada hacia abajo, hacia lo cercano como «los tejados de Soria», hay una tendencia magnificadora que casi siempre tiene un sentido de elevación y ampliación espacial, en esa liberación del poema que trasciende la mera experiencia del poeta. Este sentido lo encontramos en su visión del paisaje y lo podríamos ilustrar con muchos de los poemas más conocidos, como «Pico de Urbión» o «El ciprés de Silos». Esta ambivalencia entre lo particular y cercano y lo universal que es una constante de la poesía de la generación del 27, en Gerardo ampliará sus vuelos para trascenderse en experiencia religiosa, que también presenta ese sentido ascensional desde una experiencia concreta e incluso anecdótica. En este campo, la afinidad de nuestro poeta es más bien con poetas más jóvenes, en los que el elemento religioso forma parte de su universo poéti-co, pero se trata de nuevo de una experiencia compartida, porque hay poetas de su generación que utilizan el tema religioso, aunque sea en un registro diferente de búsqueda e imprecación.
En cuanto al tiempo, que es otro de los elementos esenciales de eso que venimos llamando universo poético, como huella de ese arranque inicial, experimental y juguetón, queda siempre esa actitud juvenil y curiosa frente a todo lo nuevo. Así, la canasta de baloncesto en el patio del viejo instituto de Soria es un arbolillo para «La flor del salto», como titula el poema. Pero Gerardo Diego nos deja en su hermosa obra de madurez y senectud otra actitud. Surge así la contemplación de la propia existencia en poemas reflexivos y profundos que acusan el paso del tiempo, bien a través de la propia vida, bien a través del recuerdo de otras existencias, la abuela o la madre, incluso personajes de la literatura o de la Biblia.
Utilizar la palabra contemplación es aquí interesante porque nos hace reconocer una actitud señalada por Díez de Revenga (5), en su libro sobre la poesía de senectud del 27, aplicada a Gerardo Diego; pero, a la vez, nos lleva hacia el título de un libro de Pedro Salinas, El contemplado, que recoge en el tema del mar esa visión distanciada para expresar la identidad existencial, a través del fluir del tiempo. La afinidad, incluso en la utilización del mar, con Rafael Alberti es muy marcada, pero se refuerza aún más con la utilización del humor. Los poemas que Gerardo titula jinojepas tienen un total aire de familia con los poemas escénicos de Rafael Alberti, el cual también presenta esa actitud deportiva y juguetona ante el paso del tiempo, además de esa forma reflexiva y, podríamos decir, machadiana que señalaba antes en Gerardo.
Temática amplia
Todos estos elementos de la poética de Gerardo Diego se estructuran en un abanico temático amplio, tal como señaló en su momento Arturo del Villar (6), que tiene mucho que ver con el que muestra su grupo poético y los poetas que representan la poesía de después de la guerra civil, demostrando la plena pertenencia de Gerardo Diego a su época y su sintonía con las inquietudes de su tiempo.
El paisaje y el mundo de los objetos sigue unas pautas cambiantes de humanización/ deshumanización, para poder expresar esa doble ambivalencia —poesía relativa y poesía absoluta—, así como ese movimiento que va de lo particular a lo universal en un movimiento espiritualizador, comentados anteriormente. Si, como dice Ortega, todo ver es un mirar, cada mirada del poeta descubre el objeto (rosa, ciprés, mar, ventana...) como cercano y concreto, pero lo va estilizando hasta convertirlo en representación abstracta que expresa, sin embargo, su relación con el mundo al que pertenece el objeto. Se trata de una mirada compartida, como nos lo expresaría el seguimiento de cualquier tema —por ejemplo, la rosa— en la poesía de esta época.
A pesar de que se hablase de estos poetas, introductores del vanguardismo, como poetas deshumanizados, los afectos ocupan un amplio espacio en su obra, sobre todo en la de la madurez. El amor como sentimiento trascendente se expresa con una patética tensión, que refleja dramáticamente el paso del tiempo, pues mientras el amor es siempre una llamada de juventud, el poeta se siente a veces lejano y excluido de su esfera. Pero esta visión está compensada con el hallazgo de la ternura serena y cotidiana que sólo el paso del tiempo proporciona. Los amigos, algunos sólo recuperables en el poema, forman otra parte muy importante de la memoria y de la conciencia de ser, por eso esta poesía, dedicada y con fecha en su mayor parte, no puede ser excluida de un balance general sobre el autor, casi podríamos decir que el tema del amigo en la poesía contemporánea está por hacer y uno de sus principales campos estaría en estos poetas, que han querido pasar a la historia literaria más como un grupo de amigos que como generación.
Otro núcleo temático, muy importante y esclarecedor, es el de la conciencia poética, que aparece bien como reflexión sobre la propia voz, bien como la percepción de la poesía en relación con otras artes; en el caso de Gerardo, la música. Se trata de algo más que acercarse de forma descriptiva con la palabra a otras formas de expresión estética, porque lo que se busca es el acercamiento y a veces superposición de varios tipos de discurso, potenciándose así los unos a los otros. Como ejemplo interesante podemos recordar el soneto de Gerardo «Picassonetto»: el lenguaje aquí se apoya en la música para crear un efecto pictórico, que a su vez defina la concepción artística de Picasso y la propia poética. La coincidencia con los poemas que Alberti dedica al pintor es tan evidente como la de los procedimientos de ambos escritores.
La experiencia religiosa englobadora de otra serie de temas, como el paso del tiempo, la muerte, el sentido de la vida, la violencia, nos acerca bastante a esa corriente poética existencial y angustiada de la posguerra española, que busca todas las certezas en su vivencia íntima de fe. Hay, indudablemente, una mayor afinidad con los autores creyentes, y en este campo, como indica Díez de Revenga, Gerardo nos ofrece la obra más completa en el tratamiento del tema religioso, pero, por eso mismo, nuestro poeta recoge todos los matices que la experiencia religiosa deja en la poesía española contemporánea, incluso los interrogantes que desde posturas de negación algunos compañeros suyos se hacen.
El espacio no me ha permitido aportar muchos ejemplos, pero sí quería afirmar la trayectoria poética de Gerardo Diego, plenamente coherente con el espacio generacional en el que le tocó vivir, tanto si lo consideramos restringido a su grupo del 27 como si lo ampliamos a los treinta primeros años de la posguerra, siendo una de las figuras más dinámicas en la capacidad creativa y de innovación. Podríamos concluir que el concepto de variedad y versatilidad no está reñido, en este caso, con el de perfección, y así, como señala Vivanco, Gerardo representa «la palabra artística en peligro» que se libera y consigue gracias a ese rasgo que define a todo poeta y que yo no encuentro palabras más ajustadas que las suyas (aunque podríamos utilizar textos muy conocidos de Lorca y Alberti) para expresarlo. Están en los versos que dedica a «Razias», uno de Los Ángeles de Compostela:
Tuya es la gracia, la delicia tuya
y el ángel y la estela y el donaire.
Y nuestro en gloria y círculo —¡alleluia!—
el aire, el aire, el aire, el aire, el aire.
C. A. del C. O.—UNIVERSIDAD DE GRANADA
(1) Luis Cernuda, «Historial de un libro», en Poesía y Literatura, I y II, Barcelona, Barral, 1972, pp. 192-193.
(2) «Aspectos de Gerardo Diego», Ínsula, núm. 137, abril 1958, pp. 1 y 4.
(3) Introducción a la poesía española contemporánea, vol. I, Madrid, Guadarrama, 1971.
(4) Vida y poesía de Gerardo Diego, Barcelona, Aedos, 1956.
(5) Poesía de senectud. Guillén, Diego, Aleixandre, Alonso y Alberti en sus mundos poéticos terminales, Barcelona, Anthropos, 1988.
(6) La poesía total de Gerardo Diego, Madrid, Los Libros del Fausto, 1984.

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