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El profesor que, al empezar el curso, pregunte a sus alumnos qué poetas españoles del siglo pasado han leído, recibirá seguramente una pobre respuesta: de los más, alguna canción de Espronceda —quizá El estudiante de Salamanca— y una selección de las rimas de Bécquer; de muy pocos, también, una leyenda de Zorrilla, un poema de Rosalía, un romance de Rivas tal vez, y serán excepción quienes hayan leído algo de Campoamor y conozcan siquiera los nombres de Carolina Coronado o de Núñez de Arce.
Creo que al menos dos circunstancias íntimamente relacionadas explican este paupérrimo resultado. La principal es la fractura estética que trae consigo la crisis finisecular y que se ahonda hacia 1920. La nueva sensibilidad —o «sentimentalidad», como proponía Machado— y el elitismo intelectual con que conciben la creación poetas, críticos —fundidos ambos con frecuencia en la misma persona— y lectores, arrinconan los versos decimonónicos como se arrumba en la buhardilla un viejo estrado alfonsino. Este despego ha aumentado con los años. La segunda circunstancia es consecuencia de la anterior: los poetas del siglo xix desaparecen poco a poco de los catálogos editoriales. Parafraseando a Larra, podríamos decir que no se publican porque no se leen y no se leen porque no se publican. De este modo, la herencia lírica de la pasada centuria va hundiéndose en el olvido. Sólo emergen aislados pináculos dispersos, y no siempre es fácil encontrar los vínculos que los unen. Así, rota su continuidad sentimental y estética con el presente, la poesía del Ochocientos que se recuerda sobrevive no sólo anacrónica, sino acrónica e invertebrada, huérfana de las referencias que le son propias, es decir, del paisaje espiritual en que surgió y en donde adquiere su verdadero sentido.
No se me escapan los esfuerzos de los historiadores de la literatura por establecer el perfil poético del siglo, ni quienes han publicado en los últimos años estudios útiles y sugerentes con un fin más o menos didáctico (Ciplijauskaité, 1966; Romero Tobar, 1974; Aullón de Haro, 1982; De la Peña, 1986); ni tampoco las importantes obras generales más recientes sobre el romanticismo, en cuyas páginas la poesía ocupa lugar destacado (Navas Ruiz, 1970; Llorens, 1979; Romero Tobar, 1994); ni los Cincuenta años de poesía española (1850-1900) de Cossío y su complemento, El poeta y el burgués (Poesía y público 1850-1900) (Sevilla, 1990) de M. Palenque.
Pero todas estas aportaciones a la historia y/o crítica literaria —a las que habría que añadir multitud de monografías, artículos y comunicaciones en congresos— no suplen la lectura de los textos. Y ahí estriba la gran deficiencia, en el desequilibrio entre la teoría y la experiencia del lector neófito, al que, evidentemente, no se le dan muchas facilidades. Basta hojear las colecciones de «clásicos» para comprobar su paupérrima oferta de poetas del siglo pasado (1). Si al menos dispusiéramos de una buena antología que paliara estos vacíos... Pero las que el estudiante encuentra en las librerías suelen ceñirse bien a la primera mitad (De la Peña, 1984; Andrés, 1987), bien a la segunda (Ibáñez, 1985; Palenque, 1991) (2). Está lejano ya y es poco accesible el Florilegio de Valera —¿para cuándo una buena edición moderna?—. Se agotaron hace tiempo Las cien mejores poesías del siglo XIX (Madrid, 1956) de Alonso Cortés. Que yo sepa, como más asequibles, hasta ahora sólo disponíamos de los dos tomos publicados por Dobrian (3), pero incluyen pocos autores, si bien generosamente representados.
Se hacía, pues, necesaria una antología bien estructurada y argumentada, con un prólogo que expusiera el estado de la cuestión de la poesía ochocentista con rigor y claridad, «trabajo largo y no siempre grato» que debemos agradecer al profesor Jorge Urrutia.
Voluntad de comprensión
En su Poesía española del siglo XIX, Urrutia se ha acercado a esa casi inabarcable silva con una declarada voluntad de comprensión, más allá del juicio estético, de las circunstancias que concurrieron en la creación poética. «Sólo así —afirma— puede comprenderse una escritura y saber más de nuestra historia, más de nuestra cultura y, a la postre, más de nosotros mismos» (pp. 17 y 18). Por eso dedica las primeras de las doscientas páginas de su densa «Introducción» a recordar los medios que difundieron los géneros poéticos y el influjo que pudieron tener sobre el estilo y tono de los versos. En otro orden de cosas, destaca cómo, conforme se produce el aburguesamiento de la literatura, ya mediado el siglo, crece la consideración social de los poetas, leídos por un público complaciente con los gustos e intereses de la clase dominante. Esta «oficialidad» entrará en crisis junto con la Restauración al tiempo que crecen las disidencias sociales y adquiere impulso un nuevo concepto del Arte.
Con estas notas sociológicas el autor no pretende sumarse a «una crítica marxista primaria e inocente» (p. 20), sino esbozar el marco de la actividad literaria para abordar la primera cuestión de gran calado de su prólogo: la periodización literaria de un siglo que nace neoclásico, liberal y burgués a impulsos de un talante revolucionario, y termina modernista, ácrata, socialista y antiburgués, dentro ya de otro ciclo revolucionario, una vez fracasado el anterior, Romanticismo y realismo sí, pero ¿por dónde deslindar dos épocas cuyos núcleos son tan nítidos como difusa su frontera? Básicamente, el discurso crítico de Urrutia en esta primera parte es una apretada síntesis de las conclusiones más recientes de quienes han estudiado el perfil vital e ideológico y los límites temporales del período romántico. Más innovador se muestra en el análisis de los temas poéticos, con alguna afirmación sorprendente en principio, como las carencias en el tratamiento del religioso y amoroso, que el crítico se explica por el predominio retórico y estético sobre la intimidad y la ideología. Es de lamentar que exigencias de espacio le hayan impedido desarrollar apuntes tan sugestivos. Esta limitación ha debido de condicionar la estructura y redacción de este prólogo, en que su autor se ha propuesto no renunciar a ningún aspecto sin caer en el fragmentarismo. Para ello se ha valido en ocasiones de una especie de «notícula» que aúna brevedad y riqueza crítica. Un buen ejemplo es el engarce entre la plenitud romántica y su ocaso, que Urrutia explica con un ejemplo de doble vertiente: el motivo de la función del poeta y la poesía en la sociedad visto en dos precisas citas de Espronceda y Bécquer, y en el cambio de actitud de Zorrilla ante la muerte de Larra.
Pero donde acaso se encuentren los mayores aciertos de este estudio es en las más de cien páginas dedicadas a la segunda mitad del siglo, la parte más original y en donde el autor se desenvuelve también más a gusto. Me parece que Urrutia ha planteado una propuesta de lectura que articula de manera convincente los géneros poéticos del período —fábula, balada, dolora, cantar, rima, poema— en un proyecto del que participan con sus experimentos y discusiones teóricas una legión de poetas que, cada uno a su modo, se propusieron lograr un lenguaje nuevo y una forma poética concisa y bien dibujada. Ahora Campoamor, Bécquer y Núñez de Arce alcanzan su verdadera dimensión como hitos de las corrientes que en ellos culminan. La historia de la poesía española realista se muestra así en su estructura profunda, sobre la que es fácil superponer los consabidos epígrafes de «social», «científica» «clasicista», «femenina», «dialectal», etc., sin que el estudiante pierda de vista el sentido dinámico de la ordenación.
Coherencia interna
Al redactar esta sólida «Introducción», Urrutia ha tenido buen cuidado de sugerirle al lector el poema de la selección que en cada momento ilustra o confirma lo que expone en su discurso. Es una prueba de la coherencia interna de esta antología que en modo alguno se puede juzgar de arbitraria, aunque no siempre es de grata lectura, como el autor reconoce. A cambio, el lector tiene a su alcance una más que suficiente representación del quehacer poético del siglo xix, y quizá deba a esta Poesía española del siglo XIX la primera lectura de obras de Corradi, Pongiglioni o Rosario Acuña.
Desconfiaba Juan de Mairena de las antologías, porque «dará(n) siempre una idea tan pobre de la poesía como de la música un desfile de instrumentos heterogéneos, tañidos y soplados por solistas sin el menor propósito de sinfonía». Es lo que ha evitado el profesor Urrutia.
L. F. D. L.—UNIVERSITAT DE BARCELONA
(1) Es muy meritorio el afán de algunas instituciones y universidades por editar obras de poetas del siglo xix; pero con frecuencia lo hacen subrayando su condición local y en colecciones de difusión problemática fuera de su ámbito de influencia.
(2) Prescindo de las que se componen con un criterio reductivo, de género (Díez Taboada, 1977), cultural (Azaustre, 1982) o de sexo (Kirkpatrick, 1992).
(3) Poesía española. I. Neoclasicismo y Romanticismo y II. Posromanticismo, Madrid, Gredos, 1988.
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