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Una riquísima tradición literaria encuentran cuantos se acercan a la cultura portuguesa y es una sorpresa más de las que depara el conocimiento del país vecino, tan cerca y tan lejos; como sorpresa fue hace años el descubrimiento de Pessoa y, actualmente, la evidencia de la alta calidad de la novelística o la poesía, o la difusión de Eça de Queirós, traducido, en los comienzos del siglo. En el área de la creación poética, la segunda mitad del siglo xix fue dominada por una también valiosa presencia, la de Antero de Quental, al que Unamuno, entusiasta de su obra, comparó con Leopardi y Kierkegaard. Y muy pronto se tradujo al castellano uno de sus poemas, en 1880, y la traducción se debió a Leopoldo Alas.
En la época juvenil de estudiante, en Coimbra, Antero fue casi un apóstol laico de la integridad moral, de la exaltación idealista, la rectitud, la austeridad. Después hizo suyos el socialismo, el decidido ataque a los falsos valores consagrados, pero no tardó en decepcionarse de la actividad pública y se recluyó en el aislamiento de una pequeña ciudad provinciana, convencido de la no coincidencia de su sensible temperamento y sus ideas éticas con las realidades de la vida portuguesa en las postrimerías del siglo.
Dualidad «luminosa» y «nocturna»
Su obra poética, en especial los maravillosos sonetos, surge del patético conflicto de fluctuar entre el atractivo de la acción y la realidad y la predisposición a la muerte, dualidad «luminosa» y «nocturna» de su índole. Designó sus sonetos como «memorias de una conciencia» y así confirmó toda la sustancia de intimidad biográfica que hay en ellos.
Una vida con tales rasgos de singularidad —hasta por su inhabitual y sugerente apartamiento a la soledad y a la meditación de su ideario filosófico— ha atraído a estudiosos y lectores admirados de su arquitectura moral, su rara cultura y vocación intelectual, también por las mismas vacilaciones que le atribularon y contradicciones de quien evoluciona en inquieta búsqueda. Buen número de estudios monográficos y ediciones han conformado aún más su significación de símbolo de una época, quizá excediendo a la suya y personificando la nuestra, o cualquiera de esperanzas, quiebras e incertidumbre.
Los especialistas portugueses, cuando se aproximaba el centenario de su muerte, acometieron la labor difícil de publicar las obras completas, y con ellas su correspondencia conservada en archivos particulares. Una vez más se confirma la importancia cultural de guardar y proteger documentos y epistolarios; conservar cartas, incluso triviales, es dar permanencia a los mil sentimientos y peripecias de una vida, que tan fugazmente, si no, se esfumarían en el olvido. Esta correspondencia de Antero —un total de 704 cartas— permite adentrarse en su biografía y en sus ideas, acercándose a lo que éstas representan de una forma más minuciosa que a través de la obra publicada, y ello, preciso es reconocerlo, se debe a la consideración, ayer, de quienes conservaron las cartas respetuosamente y, hoy, al trabajo meritorio de quien las ha recogido y ordenado, la investigadora Ana Maria Almeida Martins, la mayor especialista portuguesa en Antero, que ha realizado la edición, anotada cuidadosamente y dotada de una extensa Introducción y varios índices, en especial uno, muy interesante, el temático, que será útil instrumento de trabajo para todos los anterianos a partir de ahora.
Nuevos materiales de pesquisa
Antero de Quental es considerado y estudiado como un excepcional poeta, un reformador romántico que superó el romanticismo, un pensador contestatario y riguroso, una conciencia fluida, cambiante en su paso del marxismo al quietismo, al retraimiento, al ascetismo budista. Se tiene de él un amplio conocimiento, pero ahora, al disponer de esta secuencia cronológica de todas sus cartas, la investigación se amplía con nuevos materiales de pesquisa. Cartas a grandes figuras portuguesas: Batalha Reis, Alberto Sampaio, Teofilo Braga, João de Deus, que son un complemento a todo estudio biográfico que se emprenda, ya que revelan los matices sutiles de los estados de ánimo, cartas espontáneas sobre asuntos profesionales, ideológicos, privados, en las que aparecen párrafos de inadvertida confidencia.
Especial interés, para cubrir espacios dudosos de su historia personal, son las cartas al historiador Oliveira Martins, figura destacada del liberalismo en Portugal, con el que le unió una larga amistad de intercambio de opiniones y comentarios a libros y trabajos de ambos. Para seguir su vida afectiva es fundamental cuanto le escribe a una hermana suya con información sobre la evolución de sus depresiones, unida a una humana preocupación por los asuntos de familia. Y es preocupación que se extiende a la suerte de algunos amigos, a los que aconseja unas veces y, otras, busca la forma de ayudarles. Un texto utilísimo para conocer el pensamiento y el carácter de Antero es una carta a su traductor al alemán Wilhelm Storck, que le había pedido datos personales; en ella enumera sus fases ideológicas con detalle de autores y libros formativos, su participación en la política portuguesa, la valoración de sus escritos, y esta confesión, hecha a los cuarenta y cinco años, en una edad en que ya estaba cumplido su trayecto vital, constituye una revisión casi testamentaria.
En dos cartas a la especialista en literatura portuguesa Carolina Michaelis de Vasconcelos, que fue catedrática en la Universidad de Lisboa, se encuentra la definición más completa de su teoría poética y las claves del significado de sus sonetos.
Tres años más tarde, una carta desoladora a Alberto Osorio de Castro es anuncio del suicidio del poeta, en su ciudad natal de las Azores, en septiembre de 1891, suicidio cuya verdadera causa aún no se conoce.
También, en este proyecto de publicar las Obras Completas de Antero han aparecido los volúmenes que contienen sus trabajos referentes a filosofía y política, organizados y comentados por el profesor Joel Serrão, que arrojan luz sobre los treinta años de actividad intelectual del poeta, maestro de una prosa perfecta. Se ha recogido lo escrito en su época juvenil y posteriores publicaciones, muchas en forma de folletos, como era costumbre en el siglo xix; descubren a un singular pensador y político, de plena conciencia histórica en aquellos años de importantes cambios como fueron los de 1869 a 1872, con la instauración de los partidos socialistas, las divergencias en la Internacional y los acontecimientos de la Comuna de París, que tuvieron lógica repercusión en Portugal.
Antero y España
No puede prescindirse de este escritor en la atención que se dé en España al pensamiento portugués, como se la dieron las personalidades de la I República, ya que el ideario y la actuación políticos de Antero se relacionaron con el iberismo y con hechos españoles. Dos trabajos suyos —que no fueron traducidos al castellano hasta 1986— focalizaban la situación social de ambos países. Motivado en la revolución española del 68 y en el destronamiento de Isabel II, Antero publicó el opúsculo «Portugal ante la revolución de España. Consideraciones sobre el futuro de la política portuguesa en relación con la democracia ibérica» (aparecido en diciembre de 1868), en el que dio lúcidas apreciaciones sobre el futuro del nuevo régimen, de cuya continuidad dudaba: «Lo que España hará con su libertad es un secreto», y al referirse a la posible federación ibérica, añadía: «Es hacia allí, españoles, hacia donde debéis volver los ojos [...] para vosotros es una realidad secular.»
Tres años más tarde, Antero dio una conferencia en Lisboa desarrollando unas documentadas tesis acerca de los factores que habían coadyuvado a la situación poco floreciente de Portugal y España a mediados del siglo xix. Se tituló: «Causas de la decadencia de los pueblos peninsulares en los tres últimos siglos», y él la atribuía al centralismo que acabó con las libertades locales, al peso de la Iglesia oficializada y a las conquistas en ultramar, sangría de hombres y de fuerza de trabajo e iniciativas que privaron a la metrópoli de un potencial imprescindible para su evolución positiva y creadora.
De este Antero ha escrito Ana Maria Almeida Martins: «Fue un vencedor, dado que los objetivos por los que luchó —libertad de expresión, libertad individual, rechazo del pasadismo patriotero, integración en Europa mediante la federación ibérica— se mantienen actuales un siglo después de su muerte.»
J. E. Z.—ESCRITOR  |