INSULA El espejo fragmentado. Narrativa española al filo del milenio (50 aniversario Ínsula). Número 589-590. Enero/Febrero 96
 
 

SANTOS SANZ VILLANUEVA /
EL ARCHIPIÉLAGO DE LA FICCIÓN



Al final, esta «ínsula» de su medio siglo de vida se ha convertido en un archipiélago: la multiplicidad de análisis y opiniones recogidos constatan la variedad y la fragmentación de la narrativa española al filo del milenio. Esta dispersión insular no obedece a un diseño previo, pero la observación independiente del actual estado de cosas de nuestra novela difícilmente podía dar un resultado distinto. Ello es la consecuencia, ante todo, de la libertad de los creadores para escribir de lo que quieren y como quieren. Así que el espectador curioso y desapasionado, el que no se guía por ningún prejuicio excluyente, comprueba las innumerables posibilidades que tiene a su alcance. El escaparate de una librería en nuestros finales de siglo refleja un panorama bien tentador e imposible será que nadie deje de encontrar el tipo de texto del que gusta: al lado se alinean el relato mimético y la fantasía sin corsé, la novela tradicional, seguidora de los modelos de siempre, y el vanguardismo rupturista.

Un espejismo

Resulta, sin embargo, que esa variedad tiene algo de espejismo porque la limita el auge arrasador de un puñado de subgéneros que, en última instancia, son los que predominan en una sociedad de consumo que obliga al escritor a inclinarse de manera más o menos consciente por las formas de mayor aceptación. Por qué o cómo surgen no es cuestión que podamos dilucidar, pero a ojos vistas se halla la preponderancia de un número tan limitado de esquemas narrativos que se cuentan con los dedos de la mano: ficción histórica, un temporal que azota el archipiélago desde hace tres lustros y no tiene pinta de amainar; invenciones culturalistas llenas de guiños cómplices al lector, a sólo un paso del ensayo; relatos metaliterarios repletos de escritores que discursean acerca de la propia creación, que refieren las angustias de un escritor, que citan otros textos de manera velada o declarada y celebran la orgía de la inter o intratextualidad, pasto para profesores, en cuyo honor parecen escribirse muchas de las obras de ahora y no para el señor de la calle; novela negra o policíaca, ya reducida a marejadilla y seguida por la peña de sus fieles, y no por las multitudes a las que en algún momento pretendió seducir.

La variedad, en el campo de los contenidos, también puede circunscribirse a algunos fenómenos de alcance general. El más notable es la falta de una visión testimonial, crítica y problemática de la realidad que escamotea muchos datos de nuestra experiencia cotidiana. Hasta el más desatento lector nota una paradoja: puede saber mil detalles de la existencia de pueblos primitivos y lejanos, internarse en regiones exóticas, conocer intrigas palatinas de otros evos... y no llegar a alcanzar nada acerca de las fechas en que vive. Las grandes cuestiones actuales —la droga, el paro, los cambios de mentalidad recientes, la ética del dinero fácil, la pérdida de la memoria histórica, los nuevos valores juveniles...— parece como si no existieran y aguardan la novelación cumplida, pues apenas se encuentra otra cosa que el testimonio más o menos fortuito y epidérmico. La posmodernidad se ha empeñado en quitarle a la novela la capacidad de reconocimiento de la dimensión conflictiva del mundo. Y ha optado por un relato escasamente perturbador, ligero, ensimismado y leve; un relato light, de brumosos perfiles geográficos, temporales y morales y, acorde con esta época superficial y llena de prisas, de muy breve extensión.

Pero como todo cabe en el escaparate de las cada vez más escasas librerías de nuestras ciudades, también se descubre lo contrario. El carácter epigonal de la hora presente y la falta de creatividad que se refugia en el tributo a la tradición motivan a veces reacciones a la contra. Así que junto a la novela tan corta e inconsistente que dura el humo de un par de cigarrillos, ha venido la narración larga, oceánica, llena de meandros. Para ello se han exhibido coartadas: hay que volver a las fuentes del género, el escritor es un fingidor y hasta un mentiroso, nada hay superior al placer de la invención... Pero uno sospecha que en ocasiones la poca contención en las descripciones y la prolijidad narrativa vienen de un deseo de ostentar los poderes del autor. Lo cierto es que existen otras especies frente a esas novelas ensimismadas aplaudidas con frenesí hace un lustro por muchos profesores y críticos (aquellos que se alejan de la dimensión social que debiera poseer un mediador y ahondan en la inutilidad y desprestigio de su trabajo). A disposición del público están también un amplio puñado de ficciones caudalosas, envolventes, de las de toda la vida, que permiten al máximo la aventura de vivir vidas prestadas y que, sin demérito de esas cualidades, encierran un sentido del mundo. Y no menos cierto es que junto a la ficción inane se encuentra otra que indaga con seriedad en conflictos sin calendario: el amor sentido como pasión enajenante; la soledad y la incomunicación, contradicciones de la aldea global y de las urbes millonarias; los dilemas de la identidad sexual; la discriminación de la mujer, contada por las muchas mujeres que se han incorporado a la actividad literaria en estos años pasados...

El comercio

El archipiélago, sin embargo, no está perdido en el océano y hasta él han llegado los mercaderes. Hoy no se puede decir nada acerca de nuestra novela si no hablamos del comercio. No sabremos si fue antes el huevo o la gallina, si el éxito de algunos estimuló la codicia de los vendedores o si éstos supieron lanzar un producto apetecible, pero da igual porque los hechos están ahí: los autores españoles de hogaño han despertado el interés de sus compatriotas, han conectado con las inquietudes de un numeroso lector común y han colocado sus obras en los primeros puestos de las listas de las más vendidas, entre best-sellers de dudosa calidad y prontuarios de bricolaje. Esta reconciliación del público con sus escritores ha provocado una aguda mercantilización. Joven hay partidario del arte refinado que confiesa haber descubierto el camino de Damasco, inaugurar una nueva etapa en que llegará a muchos sin cambiar sus propios modos. La cuadratura del círculo. Y hay también novelistas que sólo cifran su ambición en la venta masiva y que buscan con angustia la notoriedad. Algunos editores, por su parte, ignoran la dimensión cultural de la ficción y convierten la literatura, en forma de libro, en un puro objeto de consumo. Vale lo que vende, es su ideario, pero todos sabemos que no sólo se vende lo que vale. Y también que el mercado tiene leyes inexorables.

Según quién mire al estado del archipiélago, dará pareceres contrapuestos que van del entusiasmo al pesimismo. Quizá entusiasmo sea un término excesivo, pero parece que, a pesar de los pesares, tenemos frente a nosotros una situación bastante positiva: varias promociones en plena actividad, unos mundos imaginarios de múltiples registros, una sociedad lectora interesada, una producción cuantitativamente amplia... La novela, ese eterno enfermo, no está aquejada ahora de las graves dolencias del pasado reciente, pero algún padecimiento sí que sufre. Salvando a quien sea menester, uno echa en falta un mayor aliento argumental porque se da mucho entre nosotros en estas calendas que la novela se construya sobre una ocurrencia y no a partir de una anécdota rica y bien trabada. Faltan historias y sobran menudencias irrelevantes, fragmentos, recortes, textos sobre textos... Y si no suele haber buenos argumentos, tampoco abundan los autores capaces de crear notables protagonistas. Por lo que sea, a falta de tipos memorables, complejos, de los que quedan en la memoria, el autobiografismo de pequeñas peripecias, insignificantes, azota las playas de las islas de nuestra ficción. Celebramos la apoteosis de lo privado, de la pequeña impresión, recuerdo o trauma de infancia, de las menudencias de juventud... Dietarios, memorias, confesiones, peripecias del artista adolescente. Mientras, enfrente de la costa insular, el mundo ancho y ajeno late en el continente.

Historias sin sustancia y personajes sin carne se enmascaran bajo una pulcritud estilística. Se dice que, en términos generales, hoy se escribe nuestra ficción con un castellano más cuidadoso que el de hace unos pocos decenios. Hay quien responde que también ha aumentado la talla media de nuestros conciudadanos y que todo, ser más altos y escribir mejor, se debe a que ahora estamos mejor alimentados. Pudiera ser. Sí se nota —además de la existencia de algunos corsarios escasos de sintaxis y sindéresis— que muchas veces falta el destello personal del auténtico creador del lenguaje. Con frecuencia se leen novelas que están bien, pero que carecen del doble aliento verbal e imaginativo del verdadero artista. Estas novelas pulcras, como pasteurizadas, dan un tono medio de fría corrección a un amplio número de títulos del presente, pero están pidiendo un futuro más creativo.

Los más jóvenes

El porvenir inmediato está en manos de unos narradores muy jóvenes que apenas llevan en la calle un lustro, el que más, y que constituirán la primera promoción de novelistas españoles del 2000. No lo tienen mal, pero tampoco fácil. Deberán liberarse de la casquería que tanto gusta a alguno y sumar otras fuentes a la exclusivista del minimalismo. Y tendrán que aprender que la lengua ha de remontar la imitación de la precariedad expresiva de la calle, por mucho que reproduzca la jerga de ciertos sectores. «Me jode ir al Kronen los sábados por la tarde porque está siempre hasta el culo de gente.» Como arranque impactante del relato de una experiencia particular no está mal, pero no sirve como modelo de estilo porque termina convirtiéndose en excipiente de una falta de arte y de sustancia. Que es como remata un mínimo cuento una de las jóvenes seguidoras de la escuela: «Todo es una mierda, y me quiero morir.» Pero estos novísimos narradores sí que han sabido captar el modo de sentir de un sector joven de la población: transmitir la intensidad de los pequeños sinsentidos del día a día que encierran un drama; recrear la peculiar percepción de la vida de unas gentes con sus propios problemas; asimilar una forma de existencia sin sustratos librescos, hecha con la argamasa del rock y los videoclips. Esta adolescencia formada en el audio y el vídeo y que se había perdido para la letra impresa ha sido rescatada por esos jóvenes que emiten en su misma frecuencia. Esta última promoción podrá caer en la encerrona de una operación comercial, podrá ser manipulada con obras de encargo, pero de momento ha conseguido acercar a la galaxia Gutenberg a quienes se habían alejado de ella por algo peor que el rechazo, la indiferencia. Traen una renovación generacional que tiene todo por hacer, matar al padre y fundar su propio hogar. Hay que verlos sin paternalismos ni reticencias, sino como lo que encarnan, la renovación biológica de las letras. Ésta incluye el consiguiente cambio en el modo de narrar, que ya no puede hacerse al margen de las estructuras fílmicas y televisivas que han calado en nuestros hábitos perceptivos. Por desgracia para algunos, cuando esta Ínsula llegue a centenaria ellos serán ya historia y otros darán el parte meteorológico del archipiélago.

S. S. V.—UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

 
 
  Insula: revista de letras y ciencias humanas