INSULA Misceláneo. Número 582-583. Junio/Julio 95
 
 

JOSÉ MANUEL MARRERO HENRÍQUEZ/
ÉXTASIS, DE MANUEL PADORNO: DÍA CLARO DEL ALMA



No se puede legítimamente transgredir el texto hacia otra cosa que él, hacia un referente (realidad metafísica, histórica, psicobiográfica, etc.) o hacia un significado fuera de texto cuyo contenido habría podido tener lugar fuera de la lengua, fuera de la escritura en general. No hay, en definitiva, posibilidad de trascender el lenguaje; «Il n'y a pas de hors-texte», no hay fuera de texto (1).

Estas palabras de Derrida invitan al silencio o, a lo sumo, a la ironía de jugar con imágenes cambiantes y moldeables, montadas sobre el vacío, en un ejercicio de radical escepticismo. Más aún si se está inmerso en la «cultura del simulacro» en que Baudrillard encuentra la imagen tan revalorizada frente a la realidad que representa que la realidad misma acaba por desvanecerse, incapacitada para suscitar poética alguna (2).

La advertencia de Mallarmé al atribulado Degás-escritor que busca ideas, y no palabras, para su poesía, difícilmente puede despertar hoy el deseo de un libro que contenga el mundo. Sin embargo, en Éxtasis Manuel Padorno realiza este deseo y lo configura en una forma en la que resulta vano disociar la enigmática unidad de la intención informadora y de la materia informada.

Cabe preguntarse por qué escoge Manuel Padorno la sextina para verter su éxtasis y amoldarlo a sus conceptuosas exigencias formales. Composición más adecuada para el juego de las ideas que para la expresión de arrobo, Manuel Padorno, como bien aprecia Víctor García de la Concha, aprovecha «dos valores expresivos de la sextina, el que estructuralmente la configura como un orbe clauso en el que los distintos elementos se interpenetran y funden, y otro, de índole connotativa, por el que los versos van y vienen como las olas del mar, siempre igual y diverso a cada instante» (3).

Formada por seis estrofas de seis versos y por una de tres, todos endecasílabos, en la que la palabra final de cada verso de la primera estrofa se repite, con alteración de orden, en la palabra final de cada verso de las estrofas siguientes, con la excepción del terceto de cierre, que ha de incorporar en cada verso dos de las palabras-rima, la sextina de Manuel Padorno no juega conceptualmente con las palabras sino que profundiza con veneración en sus posibilidades semánticas para aprehender el múltiple sentido de los reducidos objetos denotados de contemplación: el mar, la luz, el sol, la playa.

Éxtasis tematiza el asombro ante la naturaleza costera y expresa con afecto el sentir que suscita en el que observa y el conocimiento de lo oculto a que su claridad da acceso. Su conceptuosidad es más el resultado de la normativa inexcusable de la repetición de palabras de la sextina que la consecuencia de un ejercicio deliberado del poeta. No hay en sus páginas malabarismo lingüístico ni artificiosidad verbal, y sí un exquisito cuidado formal que hace de la sextina cuenco en el que las palabras luz, playa, agua, claridad, multiplican las resonancias significativas de la luz, playa, agua y claridad observadas en ese otro cuenco que forman el cielo y el mar hasta unirse en el horizonte.

Circunscrita en el recinto de bien delimitada geometría de la sextina, la diafanidad de la naturaleza canaria es explorada en las diversas resonancias del endecasílabo por una palabra que la transforma en vía extática y la libera tanto de la disociación racionalista sujeto-objeto a que su percepción la constriñe como del anulamiento sensual que la mística teológica propone. En Éxtasis, el observador y lo observado, el afuera y el adentro, la claridad y la oscuridad, se revelan versiones sensuales de la luz única que todo lo baña y que, desde el Atlántico, reclama su propia lengua y el hallazgo de su propia imagen.

Gran aventura es la de Éxtasis, al encuentro de una palabra evanescente que se agazapa tras la lectura periférica y excéntrica de nuestra lengua desde el fondo atlántico de su discurrir y que late, inquieta por realizarse, más allá de las limitaciones culturales del casticismo. Palabra atlántica es la de Manuel Padorno, y su poesía, en certera apreciación de Jorge Rodríguez Padrón, «como la isla, una indagación (discusión) en el otro lado de la realidad, la otra cara del lenguaje: vertiginosa ausencia de presencias, en las cuales el poeta ve algo más; se ve, pero con la mirada inversa; doble itinerario, hacia la posesión, hacia la recuperación.Porque aborda otra zona de la experiencia» (4).

Era tiempo de que un libro descubriera la poética mística de la claridad canaria en sextinas como la «del color de mi país» o la «de la claridad (nuestra)», complacidas de sentir el universo en la riqueza infinita de lo sensible. Era tiempo también de que la estética atlántica, esa que Jorge Rodríguez Padrón reconoce intelectualmente esbozada en el Unamuno que al comenzar el siglo aprecia dañinos y disparatados «los pujos de magisterio literario que [...] en España se dan muchos [al...] ejercer el monopolio del casticismo [pues...] desde que el castellano se ha extendido a tierras tan dilatadas y apartadas [...] tiene que convertirse en la lengua española o hispánica, en cuya transformación tengan tanta participación unos como otros», se formalizara con el regocijo de poetizar el espacio insular (5). Ahí están sus versos, ofreciendo desde el Atlántico una vía extática diferente, la del día claro del alma, envés arrobado de la «doctrina de la noche» que requiere, como escribe San Juan de la Cruz en el capítulo primero del libro primero de Subida del Monte Carmelo, «salir de todas las cosas afuera, y de los apetitos e imperfecciones que hay en la parte sensitiva del hombre».

Envés arrobado el de Manuel Padorno, que penetra hacia afuera en todas las cosas, con una luz que alumbra más allá de lo que la visión percibe, más allá de lo que la palabra señala, al borde mismo del silencio, allí donde la luz «... de día / o de noche, incendia el pensamiento» (6). De los sentidos y de lo sentido depende la contemplación extática de Éxtasis, pero sólo para alcanzar la plenitud del desvío y gozar de la sabiduría de las cosas más allá de su consistencia, de su gravitación física, más allá de su contingencia: «Ahora ven, sin quieres, al desvío. / Sobre la larga carretera blanca, / esa que cae y gira, da la vuelta; / esa que entra allá, por fuera y sale / donde nada se ve, pero es visible / adonde nada más que el agua. El agua» (7).

Hacia afuera mira el poeta en Éxtasis, desde su ventana hacia el horizonte, hacia «la carretera marina» a que Manuel Padorno consagra una sextina: «Y pisaré, anhelante, los cristales / de luz, las olas de la mar celeste, / la llamarada de agua, carretera / que sube arriba, ya desde la orilla / al infinito, donde funde azules / emborronados límites el día.» Hacia afuera mira el poeta, allí donde la luz lo hace sentirse parte de la totalidad del Universo y saberse manifestación de una vitalidad única, la vitalidad que se esconde tras la claridad, tras la playa, tras el sol, tras la misma muerte, esa «oculta claridad, la otra parte...» que todo lo traspasa y que va a su encuentro reclamando su percepción detenida (8).

Motivos frecuentes en la obra de Manuel Padorno, en A la sombra del mar (1963), en El hombre que llega al exterior (1990), nunca como en Éxtasis se hacen el sol, la claridad y el mar isleños sustancia de una poesía extática celosamente guardada entre las tapas del libro. Desde la sextina que inaugura su éxtasis, «Sextina del mar mi casa», Manuel Padorno sitúa al poeta en la ventana por la que se cuela la claridad atlántica, en Punta Brava, donde «... crece el día azul, / en la playa invisible, transparente / [donde] reside el oleaje de la luz» (9). Allí el paisaje desborda su perfil geográfico e invita al poeta a la experiencia mística: «Al abrir los cristales el azul / invadirá mi casa, blanco día / el espacio que media entre la playa / y el horizonte, bulle el oleaje / entre los muros, casa de la luz / la misma playa: el vaso transparente.» Allí también la naturaleza y el poeta se encuentran y se reconocen en mutua contemplación arrobada: «Y mi ventana, sima transparente / me deja ver el mar, la luz azul / pero también el árbol de la luz / (que no se ve) bullente, claro día / encima de mi casa el oleaje / de la celeste abovedada playa» (10).

Inspirado por la luz canaria y por su palabra atlántica, esa que, en palabras de Jorge Rodríguez Padrón, «se impone como territorio verbal antes que como testimonio existencial; espacio y no tiempo», que se desarrolla en la tensión simultánea, «hacia fuera (búsqueda) y hacia dentro (hallazgo); [y que se] debate entre la intuición de lo posible y la pluralidad sugestiva de lo oculto» (11), Manuel Padorno escribe su Éxtasis y con él incide en la tradición mística e inscribe sobre ella un paisaje que amerita elevarse a la categoría de mito, de las literaturas hispánicas y, por supuesto, de la literatura canaria. Acción generosa la escritura extática de Manuel Padorno; su finalidad ha terminado en su misma práctica y su razón de ser se ha agotado en la consecución de una textura: la experiencia mística del día claro del alma y de la naturaleza isleña invitan al gozo de sus palabras.

J. M. M. H.—UNIVERSIDAD DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

(1)  De la Gramatología, México, Siglo XXI, 1984, p. 202.

(2)  «Simulacra and Simulations», en Selected Writings, Standford University Press, 1988, pp. 166-184.

(3)  ABC Cultural, núm. 142 (22 julio 1994), p. 8.

(4)  El sueño proliferante y otros ensayos,Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Servicio de Publicaciones, 1993, p. 80.

(5)  Op. cit., p. 11.

(6)  Éxtasis (1973-1993), op. cit., p. 47.

(7)  Ibídem, p. 83.

(8)  Ibídem, p. 40.

(9)  Ibídem, p. 12.

(10)  Ibídem, p. 11.

(11)  Ibídem, pp. 71-72.

 
 
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